27 febrero 2016

Promoviendo la lectura




Decía la querida y siempre bien recordada maestra Emma Godoy que la mejor manera de fomentar la lectura en una casa era dejar olvidado, así como que no quiera la cosa, un libro en el baño. Bueno eso era antes, hoy en día eso ya no funciona, hoy lo que pide la gente que va al baño a “hacer del cuerpo” es una buena conexión de WI-FI.

Aquella interesante sugerencia de la maestra Godoy era una actividad poco higiénica si ustedes quieren pero era una solución harto práctica y efectiva para pasar un rato de solaz. El problema en muchas casas era que el cuarto de baño contaba con una biblioteca poco culta e importante. Uno esperaría encontrar por lo menos un cuento corto de Borges como “Funes el Memorioso”, o bien para aquellos estreñidos y constipados algo más sustancioso como “El Nombre de la Rosa” del recientemente fallecido Umberto Eco o un clásico como el Quijote de Cervantes. Pero no, normalmente la lectura que se encontraba en los baños de las casas era algo más vulgar e intrascendente pero que bien cumplía con la necesidad fisiológica de evacuar. Quizás aquello era porque lo que entraba por la vista casi instantáneamente salía por el colon y esfínteres vecinos.

Las casas peladísimamente pretenciosas solían colocar incluso un elegante revistero junto al retrete con la literatura lista para ser usada. Ni de chiste se podía encontrar ahí por lo menos el Times o el Architectural Digest, no, nada de eso, solo se encontraban revistas de moda o bien de la naciente industria del chisme cachetón. Las casas más populares, las normalitas, colocaban la literatura sobre el bote de la ropa sucia o bien sobre esa infalible estantería que iba por arriba del WC.

Lo más común, lo que no podía faltar en esas bibliotecas privadas eran las historietas, los cuentitos o bien las fotonovelas, todos muy fáciles y rápidos de leer de un solo “tirón”, o en este caso de una sola “pujada”. Yo recuerdo haber visto entre la literatura para criaturas y criaturos cosas como: Archi, El Capulinita, Condorito, Memin Pinguin, La Pequeña Lulú, Periquita y los clásicos super héroes como Superman, Batman o Flash, solo por nombrar algunos. La icónica Familia Burrón no podía faltar en el cuarto de baño de una familia que se preciase de tener un gusto refinado y nice. Por otro lado los adolescentes ya gozábamos por aquellos años con la revista recién llegada del gabacho MAD que era sumamente divertida y útil para literalmente “cagarse de la risa” (perdonando la figura poética) jeje. 














Pero no solo los críos íbamos al baño, las señoras, las damitas de la casa, también necesitaban de su literatura para tirar el miedo. Ellas solían tener en ese espacio sus propios cuentos y fotonovelas. El famoso Lágrimas, Risas y Amor, mejor conocido como el Lágrimas y Risas, era lo que rifaba por aquellos años. El Lágrimas y Risas eran historietas románticas que se publicaban si mal no recuerdo semanalmente, estaban impresas con tinta café y en un papel de no muy buena calidad, eso sí muy útil cuando se agotaba el Liz o el Pétalo. De esta publicación salieron joyas como: “Rarotonga”, “María Isabel”, “Yesenia”, “Gabriel y Gabriela”, “Ladronzuela”, “Rubí”, y el famoso “Pecado de Oyuki”. Casi todas las historietas fueron escritas por la legendaria Yolanda Vargas Dulché o por su esposo. Esas historietas luego fueron llevadas a la televisión por Televisa convirtiéndolas en sus telenovelas de mayor éxito. He de confesar que yo siendo aun un puberto sucumbí al encanto de una de esas publicaciones y durante unos meses fui esclavo de ella, tanto que corría al puesto de periódicos para comprarla en cuanto salía. Eran tan chiquitas que se leían en un segundo y luego había que esperar varios días a que publicaran el siguiente número.

Las revistas femeninas también eran muy socorridas por las reinas de la casa. No podían faltar las revistas Vanidades o Cosmopolitan, revistas pletóricas de artículos dirigidos a la mujer. Una revista en particular que yo recuerdo haber visto siempre en la casa de mi abuela o mejor dicho en el baño de mi abuela era la revista Kena. La dueña y editora de esta publicación era una mujer muy “metida” en la política que incluso llegó a estar al frente de la Delegación Benito Juárez, me refiero por supuesto a Kena Moreno.  Las más o mejor dicho menos afortunadas en cuestiones de IQ lo primero que leían eran los horóscopos, siempre soñando con que su signo zodiacal les diera la buena noticia, la noticia esperada, que iban a viajar, que iban a ser ricas o que iban a encontrar al amor de su vida. Pero no solo las mujeres con un IQ escasito tenían literatura en el baño, otras con una inteligencia promedio gustaban del Selecciones (del Reader’s Digest), pequeña publicación con artículos muy interesantes y con un nivel digamos superior al de las revistas femeninas antes mencionadas.

Las revistas de chismes de la farándula francamente yo no las recuerdo por aquellos años de mi infancia, el peladísimo TVyNovelas o el TV Notas me imagino que aun no existían en aquel tiempo. Sin embargo una de las revistas más vendidas y que se podía encontrar en prácticamente todos los hogares de México era el Tele-Guía. Esta pequeña revista era la compañera inseparable del televisor pero no faltaba quien la cogía de la mesita y se le llevaba al WC para enterarse no solo de la programación de la semana sino también de los chismes de los artistas nacionales y extranjeros que comenzaban a aparecer en esa revista. De esa revista recuerdo la columna de alguien que se hacía llamar “Chucha Lechuga”, creo que el autor de esta simpática columna era el mismo Rafael Amador director de la revista. El Tele-Guía lo leía toda la familia, papá, mamá, hijo puberto y nene, cada uno encontraba ahí lo que le interesaba.













Los caballeros, los Reyes de la Casa, igual tenían sus publicaciones favoritas que iban desde el tradicional periódico hasta publicaciones más chabacanas y, por qué no decirlo, peladas. Cuentos como Kalimán y Chanoc eran la delicia de esos caballeros que no deseaban esforzarse de más mientras sus intestinos hacían lo suyo. Las aventuras de Kalimán con su fiel paje Solín emocionaban a sus lectores y frases como “Serenidad y paciencia mi querido Solín” se volvían parte del vocabulario popular de sus fans. Chanoc y Kalimán llegaron hasta la pantalla grande. Cómo olvidar al ya para entonces tristemente decrepito Tin Tan personificando a Tsekub Baloyán en “Chanoc contra el Tigre y el Vampiro”.

Pero no había mejor epíteto para describir la peladez y el mal gusto de algunos, en cuanto a literatura varonil se refiere, que el legendario Libro Vaquero. Estos cuentos, más sustanciosos que otros, eran la delicia de los caballeros libinopútiridos porque venían acompañados de ilustraciones harto eróticas y sugerentes. Mujeres generosas en sus formas eran el imán infalible para atraer a los inquietos caballeros que disfrutaban de esa lectura, más aun en la intimidad del cuarto de baño. La calidad del producto dejaba mucho que desear pero eso no importaba porque cumplía con su objetivo, el de despertar la libido de sus jadeosos lectores.






Claro que también se podían encontrar publicaciones más subidas de tono, tanto que podían haber sido tachadas de pornográficas. Estas revistas como: él, Caballero o Signore, no se encontraban a la vista de todos, había que encontrarlas ocultas en el bote de la ropa sucia, en el estante más alto escondidas entre las toallas o bien en cualquier otro lugar discreto lejos de la mirada de curiosos. Los hombres solteros o con un pensamiento más moderno o progresista no tenían ningún problema en dejarlas a la vista de cualquiera, después de todo ellos no las compraban por las muchachas en pelotas sino por sus interesantes artículos (si, aja). Revistas como el Playboy o el Penthouse llegaban a México solo por encargo, había que aflojarle una lana a algún valedor que fuera a viajar al gabacho para que se trajera alguna de estas revistas mismas que siempre terminaban rolando entre cuates.






Hoy como les decía los tiempos son otros, ya nadie lleva un libro o una revista al baño, lo de hoy es entrar al baño con el celular o la tableta. Muchas de las publicaciones que vimos durante muchos años a lado del retrete hoy ya no se encuentran o están a punto de desaparecer. Los libros digitales poco a poco ganan terreno, cosa que a mí no me molesta, mientras atrás de ellos siga el genio y la creatividad de un buen escritor el medio por el que su material llegue al lector es lo de menos. Los nostálgicos que aun conservamos algunas de estas publicaciones, cuentos o revistas deberíamos de escanearlos y digitalizarlos para evitar que nuestros intestinos en algún determinado momento los lleguen a echar de menos. Después de todo la nostalgia no solo vive en nuestros corazones o en nuestras mentes, las tripas también tiene sus recuerdos.


El WC, el espacio de lectura favorito de nuestros ya lejanos tiempos.


Los tiempos pasados no fueron mejores... ¡pero sí más chidos!