05 enero 2016

Las Cartas van en el zapato.




Sí está padre y se ven muy bonito los niños lanzando al cielo sus cartas a los Reyes Magos atadas a globos pero yo prefiero a la antigüita, como lo hice yo tantos años, poniendo mi zapato con mi “pliego petitorio” junto al árbol de navidad.

Sin duda la Noche de Reyes era la noche más emocionante del año. Los grandes sugestionaban a los más chicos señalando en el cielo las tres estrellas en las que se desplazaban Melchor, Gaspar y Baltasar. Todos jurábamos que a medida que se acercaba la hora las estrellas se veían cada vez más cercanas. Estoy seguro que el mismísimo Carl Sagan hubiera dado fe de esto, después de todo el también fue niño.

Días antes las mamás comenzaban a ejercer presión a los inquietos y traviesos escuincles amagándolos con el clásico: “Si no te portas bien no te van a traer nada los Reyes”. Uno mal que bien como que le iba midiendo el agua a los tamales evitando hacer travesuras de alto impacto, solo las necesarias para pasar el rato. Cada año era lo mismo, con todo y travesuras el trío de monarcas siempre se ponían guapos y cumplían con su obligación de agasajar a los críos. Pero no fuera a ser que por primera vez nos cumplieran la amenaza y nos dejaran solo el famoso “cuerno retorcido” para los niños fregones, por eso había que hacer lo posible por portarse bien.

En la tele Tío Gamboín, Rogelio Moreno y Chabelo se encargaban de hacer que los niños no nos termináramos de decidir por qué pedirle a los Reyes Magos.  Un día nos decidíamos por la tradicional Avalancha, al otro día cambiábamos y queríamos una bicicleta Vagabundo, luego veíamos la pistas Scalextric y también la queríamos, o el Chutagol, o el nuevo Aventurero de Acción con agarre Kung-Fu, o el Espirógrafo para los que tenían inquietudes artísticas. Para que no se viera muy manchada la carta había que disfrazarla con regalos menos costosos y más razonables, por eso había que agregar: “…y mis dulces” o “…y unos zapatos”, cosas que francamente no nos interesaban en lo más mínimo pero hacían que la carta se viera más factible. Por supuesto que no siempre los Reyes podían cumplir todos los deseos, a mí por ejemplo nunca me pudieron traer la minimoto Carabela que les pedí o el avión de control remoto que siempre quise.

Hoy en día la inocencia en los niños cada vez desaparece a más temprana edad. Los trinches escuincles mayores se encargan de terminar con toda la ilusión y la magia que representan los Reyes Magos en los pequeñines. En mis tiempos la cosa era al revés. Recuerdo que en una ocasión los chavos más grandes de la cuadra se tomaron la molestia de ir a un jardín que se encontraba muy cerca para dibujar en el lodo lo que parecían ser las huellas de un camello, un caballo y un elefante. La emoción que nos dio a los más pequeños descubrirlas al día siguiente es algo que nunca se me va a olvidar. Y estoy seguro que la emoción que sintieron los mayores al ver nuestras caritas de asombro es algo que tampoco a ellos se les va a olvidar nunca.

Muy de mañana el 6 de enero, luego de ver lo que los Reyes nos habían dejado en nuestros zapatos, corríamos a la ventana para ver quién de nuestros amigos se encontraba ya en la calle jugando con alguno de sus regalos. En cuanto veíamos al primero salíamos todos para contarnos qué nos habían traído los Reyes Magos. Algunos siempre salían más rayados que otros, pero no importaba, el gusto era el mismo, lo que festejábamos era la magia. Hoy tristemente ya no ocurre eso, si acaso los mocosos se mandan un whatsapp con todo e imagen para presumirse uno al otro su “gadget” o “dispositivo”, pero no comparten la experiencia del hecho mismo. No saben lo que es compartir, no saben lo que es ser amigo “de cuerpo presente”. Nosotros, luego de enseñarnos nuestros regalos, siempre, irremediablemente, terminábamos jugando con el más modesto de todos, con una simple pelota, pero todos, juntos, compartiendo el día más maravilloso del año.

Hoy las cartas a los Reyes Magos se van en un globo al cielo cubriéndolo de colores, pero yo, como decía al principio, prefiero que los niños sigan dejando sus cartas en los zapatos. De esta manera los Reyes Magos pueden conservar ese bonito recuerdo de los niños de la casa. Yo por ejemplo aun tengo las cartas que mi hija les dejó a los Reyes Magos, incluso tengo las mías. Pero sea cual sea el medio, lo que hay que fomentar es la ilusión en los niños. Que la inocencia y la fe en algo tan mágico como son los Reyes Magos perdure por lo menos… hasta el final de los tiempos, NO ANTES.


Los tiempos pasados no fueron mejores... ¡pero sí más chidos!