03 agosto 2015

L'Histoire du Parfum de Said Le Pew




Luego de la tan bonita encuesta saidiana que la mismísima María de las Heras envidiaría y de ver que el resultado arrojó un rotundo a la pregunta ¿Qué prefieren las mujeres, un hombre que use loción o que no use?, y también atendiendo a la curiosidad de algunas damas procedo a contarles la historia del Perfume en mi vida.

Los primeros olores “perfumados” que mi nada desmemoriada nariz recuerda son los que procedían de un par de frascos vacíos que mi padrino-tío me regaló cuando yo habré tenido como 5 años. A esa edad los tesoros que acumula un niño suelen ser muy extraños. En una pequeña caja de madera que no recuerdo cómo llegó a mis manos yo guardaba celosamente mis más preciados tesoros, algo así como “las joyas de la corona”. Entre esos objetos que yo atesoraba recuerdo bien: un dado transparente de color rojo, una mini pistola tipo revolver que alguna vez formó parte de un llavero, un estuche pequeño en forma de disco que alguna vez contuvo pastillas de menta (para mí no era un frasco de pastillas sino un OVNI), una ficha de dominó, un cochecito  posiblemente marca Hot Wheels que mi papá me había comprado en un viaje de trabajo a Chetumal y que era la réplica de un autobús muy parecido a los Estrella de Oro de dos pisos que por aquellos años cubrían la ruta México-Acapulco, y claro, los dos frascos vacíos de colonia English Leather y Brut que mi tío tuvo a bien heredarme en vida.

Si me permiten abro un paréntesis para platicarles una pequeña y aburrida anécdota relacionada con esos “mis tesoros”. Resulta que cuando yo tenía 7 años a mi padre le ofrecieron un mejor puesto en otra ciudad, como era una gran oportunidad de trabajo no nos quedó de otra más que agarrar nuestros tiliches y mudarnos a la bonita ciudad de Chihuahua. Llegamos a vivir a una colonia bonita, no furris, bastante tranquila y limpia. Si mi memoria no me falla la dirección era Blas Cano de los Ríos, colonia San Felipe. Ya viviendo en Chihuahua un día mi padre me regaló una pequeña caja fuerte posiblemente para fomentar en mí la sana costumbre de ahorrar mis domingos, cosa que yo no hacía. Esa caja fuerte (ni tan fuerte) la coloqué en la parte más recóndita de una cómoda. Por supuesto que si algo tenía que proteger celosamente esa caja de seguridad era mis tesoros, así que coloqué dentro de ella los artículos ya mencionados. Un fin de semana en que nos fuimos de paseo a El Paso (Texas), unos cacos entraron a nuestra casa a robar y al encontrar mi caja fuerte se olvidaron de todo y se enfocaron a ella. Cuando regresamos a la casa la encontramos completamente vuelta de cabeza, todo era un desorden, pero lo único que faltaba era mi caja fuerte. A mis padres les dio mucho gusto que los malandrines no se hubieran llevado ninguna otra cosa pero para mí fue una verdadera tragedia haber perdido de esa manera mis tesoros. Al otro día mi papá comprendió la magnitud de mi tragedia y me llevó a comprar juguetes, pero nada pudo suplir aquellos objetos invaluables. Luego, ya de grande, cuando lo superé, me reía a carcajadas al imaginar cuál habrá sido su cara cuando lograron abrir la caja fuerte y descubrieron su contendió, probablemente tomaron mi pistolita e intentaron suicidarse con ella por pendejos (perdonando la licencia poética).

Pero bueno, retomando la historia de mis frascos vacíos de English Leather y Brut les contaré que lo que más me gustaba de ellas era la cadenita con una plaquita que tenía la botella verde de Brut y el enorme tapón tipo madre del frasco de English Leather. Desde el momento que llegaron a mis manos rellené los dos frascos con agua para que parecieran nuevas. Por supuesto que los frascos aun conservaban parte el olor característico de ambas lociones, así que mi memoria “organoléptica” lo sigue trayendo a mi mente todo el tiempo.

Pero uno no siempre es niño, uno crece, uno madura, así que cuando ya tuve uso de razón y capacidad de decisión y voz propia y carácter y todo lo necesario para poder escoger yo mismo mis propias lociones, llegó el momento de comprar mi primer perfumito. Y claro, había que ser muy cuidadoso y preciso para no regalarla, así que luego de analizar entre varias opciones en el mercado llegué a la conclusión que la mejor era una bonita y finííísima loción marca Avon que venía en un bonito y coqueto frasco ambar en forma de “piano”. Al poco tiempo la vida me dio una segunda oportunidad misma que no desaproveché comprando, ahora, una fragancia coquetona también marca Avon contenida en un frasco en forma de “coche de carreras”. Y así fue como tuve mis primeras lociones.

Abandoné la niñez para entrar a la bonita y puberta edad de la punzada, la conocida como adolescencia. En la secundaria mis gustos se comenzaron a cotizar mejor y cambié la marca Avon por dos que en ese momento eran las que rifaban, aunque la verdad no había tanta variedad de fragancias como ahora, las fragancias a las que me refiero eran, seguro las recordaran, Paco Rabanne y Pierre Cardin. Para ese entonces mis padres ya se habían divorciado, nosotros nos habíamos regresado a la Ciudad de México y papá se había mudado a vivir a Monterrey, así que en las vacaciones cuando iba a visitar a mi papá había que consentirme comprándome lo que yo quería. Cuando viajábamos de compras a Laredo, lo primero que ponía en mi lista eran esas dos lociones, mismas que comprábamos en una famosa farmacia que se encontraba en el centro de Laredo cruzando apenas el puente. En un gran ejercicio de memoria y apoyándome por supuesto en Google Maps les diré que la citada farmacia se llama Laredo Downtown Pharmacy y se encuentra en la esquina de Matamoros St y Salinas Av. Una vez que nos abastecíamos de perfumes para toda la familia, cremas para mi mamá y mi perversa madrastra, y uno que otro chocho para mi achacoso padre, entonces sí ya pensaba en el resto de mis compras: tenis, jeans, camisetas, chamarras, calzones, calcetines, en fin, todo el ajuar completo, y todo de las marcas de moda de aquellos años: Adidas, Nike, Calvin Klein, Sergio Valente, OP, Levi’s, Members Only, y otras que no recuerdo. Eso ya lo comprábamos en el Mall del Norte a donde corríamos a protegernos de los más de 110°F que normalmente hacen por aquellos lares.

Luego entré a la prepa, mis gustos dejaron aquellas lociones que parecían hechas para viejitos y no para jovenazos como yo. Aparecieron más fragancias en el mercado mexicano, ya no había que viajar al extranjero o ir a Tepito a exponer el físico para conseguirlas. Entonces comencé a usar dos lociones que a mí en lo particular me encantaban. Una se llamaba Drakkar Noir de Guy Laroche y la otra era Quorum de Puig, loción que por cierto anunciaba uno de mis ídolos de aquellos años, el gran Plácido Domingo (desde chavo me gustó el bel canto).

Y finalmente llegué a la universidad. Para entonces el mercado ya estaba inundado de lociones, incluso comenzaron a aparecer las copias piratas que se vendían en los tianguis y bazares de moda (mi favorito, obvio, Pericoapa). La estrella de ese entonces era una fragancia de Calvin Klein que se vendió a lo bestia, seguro la recuerdan o incluso la siguen usando, se llama Eternity. Confieso que yo tenía dos, una era una excelente copia que me trajeron de Nueva York y otra más pequeña pero original para ocasiones especiales. Hoy, luego de tantos años, de repente siento la tentación de volver a comprarla, pero hasta ahora me he resistido. Estoy seguro que tarde que temprano la nostalgia me ganará y terminaré comprándola para evocar esa bonita etapa de mi ya longeva y putrefacta vida. En esa etapa de universitario también use una fragancia que hasta la fecha es mi favorita, se trata de Van Cleef & Arpels, loción que desde hace mucho tiempo no encuentro porque probablemente ya la retiraron del mercado, al menos en México.


Hoy ya no soy universitario, eso quedó atrás, hoy soy un flamante adulto contemporáneo en avanzado estado de descomposición, pero eso sí, aun apto para el consumo humano, así que sigo comprando mis fragancias para oler rico y así gustarle a las féminas que me rodean. Hoy ya no tengo que pedirlas por catalogo a Avon o viajar hasta Laredo o buscarlas en el bazar de Pericoapa, hoy mis lociones ya las encuentro fácilmente en cualquier tienda departamental. Las lociones que hoy uso y que vengo usando ya desde hace bastante tiempo son: Egoiste de Chanel que es la que casi uso diario, Pasha de Cartier que también uso mucho, Latitude Longitude de Nautica que es una que ya no encuentro y que me gustaba mucho, CK One de Calvin Klein y Boss de Hugo Boss. A estas alturas de mi vida ya no soy una persona que le guste andar probando y experimentando con fragancias nuevas, seguramente con estas que uso ahora me quedaré por un buen tiempo sino es que hasta el final de los tiempos, o lo que es lo mismo…  per secula seculorum.


Loción Brut con su coqueta cadenita y plata metálica.

English Leather con su tapón de madera.

La primer loción que compré, Avon en frasco de piano.

Gracias al autor de la foto por el recuerdo que me trajo.

La segunda loción que compre también marca Avon.

Paco Rabanne, la seguiría usando tranquilamente.

Pierre Cardin tenía un olor bastante fuerte para un jovenazo
de mi edad.

Drakkar Noir, buena, bonita y barata.

Quorum, me encantaba su olor y el diseño de su frasco.

Eternity, clásico de clásicos, tan clásico que hasta la chotearon.

Van Cleed & Arpels, mi favorita de todos los tiempos.



Los tiempos pasados no fueron mejores... ¡pero sí más chidos!

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