22 julio 2015

Cachirulo en el Metro




Como ya les he contado una vez al mes tengo que usar el Metro para viajar hasta la lejana comarca de Polanco en donde administran mis centavitos. Podría hacer el recorrido en mi fiel corcel blanco pero prefiero darle la vuelta al tráfico usando el bonito transporte público. Generalmente en esas expediciones ocurren muchas cosas, cosas que por lo general terminan en entuertos y muinas para este que escribe; pero hay ocasiones, como la pasada, en las que descubro cosas que me ponen de muy buen humor.

Mientras caminaba por el andén escuchando en mis audífonos un bonito concierto de Billy Joel de pronto descubrí en una de las paredes la foto de uno de mis personajes favoritos, el gran Enrique Alonso “Cachirulo”. Es cierto que soy un adulto contemporáneo en avanzado estado de descomposición y que ya tengo mis añitos, pero tampoco tengo tantos como para haber vivido en carne propia aquellos tiempos del programa Teatro Fantástico que hizo famoso al gran Cachirulo. Quién no ha escuchado aquella frase de: “Adiós amigos, no olviden tomarse su chocolatote”, y es que si no la escucharon en la voz de Cachirulo seguramente se la escucharon a Manuel “El Loco” Valdés cuando hacía el personaje de Cachiruloco en Ensalada de Locos.


Cachirulo en la pared de una estación del Metro.


En fin, a mi no me tocó esa época, pero me contaron. Lo que sí me tocó fue el Enrique Alonso amante de la zarzuela y el teatro de revista. El maestro Alonso fue el protegido de la gran María Conesa por eso él le tenía un gran cariño y admiración (como yo). El tuvo la suerte de conocer y trabajar al lado de dos de las más grandes estrellas del género chico, María Conesa y Lupe Rivas Cacho. Enrique Alonso heredó muchas cosas invaluables de la Conesa, entre ellas su vestuario. Siempre tuvo la intención de hacer un museo para poder exhibir todo ese vestuario, los telones y demás objetos que poseía, pero las autoridades encargadas de la cultura en este país tristemente nunca mostraron interés. En la década de los ochentas Enrique Alonso montó tres espectáculos maravillosos que me permitieron imaginar cómo fueron aquellos años en los que la Conesa, la Rivas Cacho, la Montalvan, la Derba y la Iris eran las grandes estrellas del teatro. Las obras a las que me refiero fueron: “Dos tandas por un boleto”, “La alegría de las tandas” y “El futuro está pelón”.


Maria Conesa.

Lupe Rivas Cacho.


Cuando descrubrí su foto en una de las paredes de la estación del Metro llegaron a mí todos estos recuerdos que, como dicen, me hicieron el día. Bravo por la persona que haya tenido la genial idea de colocar la foto de Enrique Alonso “Cachirulo”, espero ver pronto alguna otra foto que de nuevo me haga viajar al mismo tiempo que en el Metro, en el tiempo.



Adiós amigos, y ya saben… ¡no olviden tomarse su chocolatote! 

07 julio 2015

Las Computadoras en Pañales




Fue en la Facultad de Contaduría y Administración de la UNAM cuando yo tuve mi primer acercamiento con lo que con el tiempo se convertiría en uno de mis vicios, no, no se confundan, no me refiero a la mota de calidad que vendían en la Facultad de Filosofía y Letras o a las sabrosas féminas de mi vecina Facultad de Trabajo Social, me refiero por su puesto a las computadoras.

En mi facultad se impartían en aquel entonces, y creo que hasta la fecha, tres carreras: Administración de Empresas, Contabilidad e Informática. Yo cursé la carrera de Administración pero como el resto llevábamos materias los primeros semestres que aplicaban a todo el fino estudiantado universitario, en eso que llaman “tronco común”. Una de esas materias obligatorias para todos los escolapios de la FCA tenía que ver con chompus, no recuerdo bien el nombre de la materia pero seguramente era algo así como “Introducción a la informática” o algo por el estilo.

Pues bien, ahí estaba yo sentadito en mi banca con el resto de mis compañeritos echando cigarro, ¡ah! porque han de saber que por aquellos lejanos tiempos se podía fumar dentro del salón de clases, cuando hizo su aparición el maestro de esa novel materia, novel al menos para este que escribe. En cuanto cruzó por la puerta el maestro fui inmediatamente cautivado, seducido diría yo, por su exquisita personalidad. El profesor de Informática debió tener en ese tiempo unos 55 años, era una exótica mezcla entre Albert Einstein y el Dr. Emmett L. Brown de “Volver al Futuro”. El pelo del ilustre hombre era largo, canoso y de acomodo caprichoso, iba enfundado en un alegorico traje a cuadros completamente desalineado y con el saco cubierto de restos de gis, y como detalle de distinción, la bragueta abierta de par en par sin mostrar el menor signo de pudor. Sus zapatos eran unas coquetas botitas de media caña de ante (de “ante” de la revolución, porque estaba muy gastadas), y haciendo juego con el resto de su outfit un flamante portafolio Samsonite de plástico negro. Con una brazo hacía maravillas para impedir que el portafolio cediera y vomitara la gran cantidad de documentos que contenía; con el otro brazo sostenía varios libros mismos que complementaban su look de científico loco. Ese era mi maestro de Informática, desgraciadamente no recuerdo su nombre completo, pero se llamaba Carlos.

Por supuesto que su personalidad de inmediato atrajo mí atención y la del resto de mis compañeros. Lo primero que hizo luego de presentarse fue pedirnos a todos para la siguiente clase una cosa llamada “disquete” de 5 ¼ porque dijo que nos iba a grabar ahí algo llamado Sistema Operativo MS-DOS. Claro que mientras él decía eso, todos, sin excepción, poníamos cara de “juat”, no teníamos ni la más trinche idea de qué nos hablaba. El resto de la clase fue bastante aburrida, vimos solo teoría, la historia de la computación seguramente, cosas de esas que a uno lo hacía perder el interés en la clase y comenzar a mandarse papelitos con el resto de los compañeros (algo así como los tweets de hoy en día).

Saliendo de clases mis contlapaches y yo fuimos a Copilco en busca de los dichosos disquetes, ahí en Copilco habían muchas papelerías así que seguramente encontraríamos una que los vendiera, y ya de paso, nos jambaríamos unos buenos tacos de cecina de esos que tanto nos chiflaban, no por nada yo había rebautizado aquel lugar como “Tacopilco”, el reino del suadero y la cecina.

Los disquetes los vendían sueltos o en cajas con 10 piezas, los había de varias marcas, recuerdo entre otras: Basf, Maxell, Fuji, Polaroid, Kodak, Memorex… sin embargo los que más se vendían eran marca Verbatim. Había unos muy coquetones que venían en diferentes colores, otros tenían una caja de plástico que al girarle una manivela los expulsaba hacia arriba formándolos en escalerita uno detrás del otro haciendo más fácil el acceso a cada uno de los floppys (al disquete también se le conocía como floppy). Compramos algunas cajas y nos los repartimos, recuerdo que no eran caros. Luego, como nos lo habíamos prometido, fuimos a degustar unos ricos tacos de cecina bajo el tradicional e infalible sistema de que “el que coma menos paga”… afortunadamente yo nunca tuve que pagar ni un quinto, mis 17 tacos de cajón siempre me salvaron de tal erogación.


Verbatim era la marca más popular de disquetes en
aquellos años.

Algunas de las marcas de disquetes más conocidas.

Después de los disquetes de 5 1/4 llegaron los de 3 1/2 con
más capacidad.

Antes de los disquetes de 5 1/4 existieron los de 8 pulgadas,
eran enormes.


Finalmente llego el día tan esperado, la cita para la clase de Informática fue en el Laboratorio de Computación de la facultad. Nos formamos y en orden fuimos avanzando hasta quedar todos sentados frente a una futurística computadora IBM cuasi portátil. A mí ya se me quemaban las habas por ver qué cosas maravillosas podían hacer aquellas maquinas que parecían salidas de una película de ciencia ficción. El profesor nos regresó los disquetes que le habíamos dado y en los que él previamente ya había grabado el dichoso Sistema Operativo. Nos explicó cómo introducirlos en una ranura a un costado de la diminuta pantalla, giramos un manivela y enseguida recibimos la orden para encender la computadora. De pronto aparecieron unas letras en color verde sobre un fondo negro, nada fuera de lo común, de hecho no sabíamos que hacer. Por supuesto que aquellas maquinas con tenían mouse, así que todo había que hacerlo con el teclado. Lo más que apareció en la pantalla fueron unas cuantas palabras que decían que se trataba de una Computador Personal IBM, la fecha y la versión del DOS. Al final de eso, parpadeando, se encontraba algo así:

A>_


- ¡¿Y eso quééé?! -, nos preguntamos todos. Pues eso era todo lo que la trinche computadora sabía hacer, lo demás había que enseñárselo nosotros. El profesor luego de ver que ya todos teníamos listas las computadoras con el sistema operativo procedió a enseñarnos a copiar un disco, a formatearlo, a ver sus archivos, a borrar archivos, a imprimir, etc. Todo había que hacerlo con palabritas llamadas “comandos” (diskcopy, filelist, delete, etc), neta que mi desilusión fue harta. Creo que no fui el único que para ese momento se preguntó: “¿Bueno y cuándo nos va a enseñar a viajar en el tiempo o algo chingón?”.


Así eran las maquinas del Laboratorio de Computación de la FCA. El teclado
podía cubrir la pantalla para convertirla en "portátil". 

Más o menos esto es lo que veíamos en la computadoras de aquellos tiempos
cuando usábamos el Sistema Operativo MS-DOS.


Para la siguiente clase nos explicó que aquello era solo una probadita de lo que podía hacer una computadora, que ahora sí venía lo bueno. Yo harto escéptico lo escuché y me dije: “démosle otra oportunidad, igual y ahora sí viene lo mero bueno”. El profe Carlos nos dijo que nos enseñaría a programar la computadora para que esta hiciera todo lo que nosotros quisiéramos, ¡ah chinga! eso ya sonaba más interesante, igual y con eso yo podía cambiar mis malas calificaciones por dieces o programarla para que ella hiciera todas mis tareas… si, aja, cómo no. Si, ya sé, seguramente estarán pensando que probablemente al nacer me faltó oxigeno o me le caí al doctor y por eso en ese tiempo no era ignorante sino pendejo, pero tienen que entender que por aquellos jurasicos años la gente común y corriente no sabíamos bien qué chingados eran y para qué servían las computadoras. Yo en mi casa había escuchado hablar algo de ellas porque mi madre había trabajado con unas maquinas “perforadoras” de IBM que fueron las precursoras de las computadoras, pero hasta ahí y nada más.

De nuevo el profesor nos pidió otro disquete, ahora para grabarnos una cosa llamada Basic. El Basic era un “lenguaje” de programación, había otros: Pascal, Cobol, Fortran, Algol y otros que no recuerdo, pero según el maestro este era el más fácil y el más indicado para comenzar a aprender a programar una computadora. Hicimos lo propio, le dimos el disquete, nos grabó el Basic y nos citó en el Laboratorio de Computación de nuevo. Para no hacerles el cuento largo resulta que salí harto bueno para eso de la programación, todos mis trabajos fueron acreedores a un bonito 10, hice cosas interesantes pero nada que me hiciera cambian de carrera, así que dejé eso de la computación y la informática para mis amigos más nerds y yo seguí con mis clases de Administración.

Durante la carrera fueron apareciendo programitas muy rudimentarios que comenzaron a hacer más fácil las tareas y los trabajos en la escuela, así fue como descubrí Wordstar, un procesador de textos harto rudimentario pero que hizo que pronto me olvidara de mi vieja máquina de escribir Lettera 25 de Olivetti. Otro programa que llegué a utilizar mucho mientras estudiaba en la universidad fue Flow, un programa diseñado para elaborar diagramas de flujo y organigramas principalmente. Luego llegó a mis manos Print Master, programita coquetón que hacía carteles y simpáticas tarjetas de felicitación, así que le dije adiós a las costosas tarjetas de Ziggy, Garfield y Disney que compraba en Sanborns para mis románticas amigas. Un programa muy bueno que hacía que los trabajos que presentábamos lucieran harto profesionales se llamaba Harvard Graphics, que como su nombre lo dice servía para hacer graficas de todo tipo. Para las cuestiones de números, porque yo llevaba materias como Costos, Contabilidad, Investigación de Operaciones, etc., existía un programa súper útil, era una hoja de cálculo tan buena como la actual y muy conocida Excel, esa hoja de cálculos se llamaba Lotus 123. Todos estos programas funcionaban con el Sistema Operativo MS-DOS, en monitores monocromáticos verdes o amarillos, y para imprimir usábamos las viejas impresoras de matriz de puntos que tenían una cinta entintada como las maquinas de escribir. Claro que existían ya las primeras impresoras laser pero eran algo así como una leyenda urbana porque sabíamos que la facultad tenía algunas pero nadie las había visto. Para imprimir a color había un Plotter pero no estaba al alcance de la perrada, era solo para profesores o investigadores de la facultad. Pero de todos esos programas maravillosos y harto útiles para mis trabajos de escuela había uno que era mi preferido, se llamaba Strip Poker, un juego de cartas en el que la oponente era una hermosa fémina (habían como cinco diferentes damas a escoger) que conforme iba perdiendo se iba desnudando. Ahí fue donde yo aprendí a jugar poker, y era tan bueno que las muchachonas siempre terminaban en pelotas; lástima que la calidad de los gráficos era sumamente rudimentaria así que mi cerebro que sí era de alta resolución tenía que encargarse de completar el trabajo. Con ese programita pasé horas y horas de solaz y esparcimiento, aparte de que desarrolle bastante los “bíceps” de mi brazo derecho… you know what I mean.


Wordstar vino a enterrar a mi Lettera 25 que me acompañó en mis tareas
y trabajos desde la secundaria. 

Así se veía la primitiva pero eficiente hoja de calculo Lotus 123.


Los monitores de aquellas viejas computadoras desplegaban los caracteres normalmente en dos tonos, los había color verde y otros amarillo (ámbar). Era muy cansado trabajar en esos monitores monocromáticos, la vista chillaba a gritos luego de unas horas, por eso había que comprarse unas buenas gafas para computadora. Las gafas para computadora eran unos lentes con la mica amarilla que según protegían la vista y evitaba que se cansara. Yo obediente a los rumores científicos compré mis gafas amarillas y las use un buen tiempo, la verdad no sé si realmente me sirvieron o simplemente me hicieron lucir exquisito con aquel look estilo Bono.


Gafas para trabajar en los viejos monitores monocromáticos de las
computadoras de antes.

Con el tiempo y como cada vez más estudiantes comenzaron a dominar el uso de las computadoras, conseguir una era una monserga ya que no había las suficientes en la facultad, así que mi novia me hizo caso y se metió a hacer su servicio social en el CIFCA (Centro de Informática de la Facultad de Contaduría y Administración). Al poco tiempo la pusieron a cargo de la sala de computadoras y listo, problema resulto, teníamos computadora las horas que quisiéramos sin formarnos ni nada. Luego que terminó ella su servicio yo hice lo mismo y así nos la llevamos por un buen tiempo. Más adelante, casi al final de la carrera, mi novia que no era tan bolsona como yo comenzó a trabajar y a ganar varo, con ese varo pudimos comprar una bonita computadora marca Printaform, ¡con pantalla a color! (creo que se llamaba VGA). Por supuesto que aquella computadora Printaform todavía era muy rudimentaria, seguía funcionando con el Sistema Operativo MS-DOS, sin disco duro y sin mouse (cero Windows). Fue hasta que entré a trabajar a unos laboratorios suizos cuando conocí lo que era Windows y lo que era un mouse… de internet ni hablar, no existía.

Hoy cualquier trinche escuincle de primaria me da la vuelta en la compu, son unos duchos y nos hacen ver torpes e idiotas a los ya mayorcitos, de cualquier modo nadie me quita el gusto de haber vivido en carne propia la aparición a gran escala de las computadoras personales. Desgraciadamente cuando terminé con mi novia ella se llevó su Printaform, de lo contrario seguro que aun la conservaría como reliquia. Sin embargo aun conservo una computadora que compré en el desaparecido Aurrera y que fue de las primeras en salir al mercado, me refiero a una Commodore 64 que se conectaba a la televisión porque no tenía monitor y que usaba cassettes para almacenar la información.


Con el tiempo sustituyeron en mi escuela las pequeñas computadoras
"portátiles" por otras que ya tenían el monitor más grande aunque
seguían siendo monocromáticas.

Así es la Commodore 64 que tengo, solo que la mía es negra.

El "datasette" servia para almacenar información en cassettes.


En fin, los tiempos cambian y como diría Flash: “en chinga”. Hoy todos llevamos en nuestras bolsas de la camisa una computadora súper poderosa llamada smartphone y lo vemos con toda  naturalidad, y es que tristemente hemos perdido ya la capacidad de asombro, bueno yo no, yo sigo hecho un pendejo maravillándome con todas las cosas que pueden hacer estas mini computadoras. Ánimas que mi capacidad de asombro nunca se pierda, porque lo que sea de cada quien, se siente retebonito quedarse con la boca abierta de vez en cuando (sin albur, claro está).



Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!