06 octubre 2015

Recordando Conciertos.




El otro día que estaba instalado en el ocio total puse a pujar con todas sus fuerzas a mi ahora ya esmirriado cerebro. Mi intención al echar a andar a mis perezosas y lerdas neuronas era el tratar de recordar mi historial de conciertos, historial que he venido acumulando desde los años más párvulos de mi vida.

Lo más que me dio mi memoria pa’ atrás fue quizás el primer concierto al que asistí en mi vida, por supuesto que fue en calidad de “te subes al coche y nos acompañas”, porque a esa edad siendo entonces un escuincle nalgas miadas yo no tenía ningún poder de decisión ni libre albedrio, o sea, o hacía lo que decían mis superiores o me atenía a las consecuencias. Y mis superiores en este caso eran por su puesto mi tía y mi madre quienes convencidas por mi primo mayor decidieron asistir a este concierto de talla internacional.

Eran los 70’s, para ser precisos 1977, el auge de la música disco. La cita fue en el ahora descuidado Teatro Ferrocarrilero, teatro que pertenecía (no sé si aun) al Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la República Mexicana. El teatro está en Buenavista, frente a la exclusiva zona residencial llamada Tlatelolco (dicho esto con un ligero y sutil sarcasmo). Hasta allá nos desplazamos en el Datsun de mi tía, dos mujeres adultas y cinco escuincles cabrones. Seguramente el boleto no era costoso porque la verdad nosotros éramos de clase media baja jodida, hoy en cambio… estamos peor.

Las luces se apagaron, de nuestro grupo los únicos interesados en lo que estaba por aparecer en el escenario eran mi madre, mi tía y el más grande de mis primos que tendría en aquel entonces 15 años. Se abrió el telón y luego de unos segundos aparecieron en el escenario cinco morenazos de fuego, negros pues, todos ellos enfundados en llamativos trajes harto brillosos que destellaban cuando los seguidores del teatro los tocaban. Por supuesto que mi hermano, el más pequeño de todos, mis otros dos primos y yo no teníamos ni la más mínima idea de quiénes fregados eran esos cambujos tan excéntricos. Los asistentes allí presentes desde el primer tema estallaron en júbilo y desde sus butacas intentaban bailar los temas que fueron tocando. En un momento de su concierto se presentaron, ellos eran los hermanos: Ralph, Pooch, Chubby, Butch y Tiny, conocidos como The Tavares Brothers o simplote Tavares. El concierto llegó a su clímax cuando interpretaron uno de sus más grandes éxitos “Heaven Must Be Missing an Angel”, tema que sonó mucho en las estaciones de radio de aquellos años.  


Mi primer concierto: Tavares en el Teatro Ferrocarrilero.


El concierto de Tavares no significó mucho para mí porque francamente mis intereses musicales por aquel tiempo eran otros, digamos más tipo Cri Cri. Sin embargo con el tiempo llegué a entender la importancia de aquel concierto en mi bagaje musical ya que significó el primer concierto internacional al que asistí, o para ser precisos el primer concierto al que asistí, punto.

Pero el tiempo siguió avanzando y de nuevo un buen día me ordenaron “súbete al Datsun y te callas”. Qué bonitos eran aquellos tiempos en los que los papás y mamás mandaban, hoy los niños son los que toman las decisiones y los abnegados padres se limitan a obedecerlos con ciega fe, por eso es que hay tanto escuincle mal educado hoy en día. Pues bien, me subí al coche de mi tía y ahora nos dirigimos a la Arena México. A este lugar solíamos asistir con mayor frecuencia, no a conciertos pero sí a espectáculos familiares tales como: el Circo Atayde Hermanos, el Disney on Parede y el inolvidable Holliday On Ice. Quizás por esa razón recuerdo que iba un poco más optimista respecto a lo que estaba por ver, además me encantaba todo lo que vendían afuera de la Arena México, en especial una enormes muelas de plástico rellenas de cientos de mini chicles.

Ya habían pasado dos o quizás tres años desde aquel concierto de Tavares en el Teatro Ferrocarrilero así que yo ya estaba a punto de entrar en lo que viene siendo la bonita edad de la punzada, o sea la pubertad. Mis berrinches ya tenían más sustancia y más carácter así que más le valía a mi madre que no me fuera a salir con algo que no me gustara porque no se la iba a acabar.

Ya instalado en nuestros lugares vi en el programa de mano de qué se trataba el asunto, decidí darle una oportunidad al par de rucos que estaban por venir. Luego de que las luces se apagaron y el modesto escenario se iluminó apareció en el escenario un jovenazo luciendo tremenda melena, galán indiscutiblemente y si no que le pregunten a toda la bola de escuinclas y señora gritonas que hicieron de aquel lugar un manicomio con sus gritos. El novel cantante comenzó a cantar música que en mi vida había escuchado hasta que finalmente pude reconocer una, indiscutiblemente su éxito del momento. El tema en cuestión era una composición del maestro Roberto Cantoral que llevaba por nombre “Al Final”, tema con el que había participado en el festival OTI aquel flaco con ojos de Sargento Dodo que respondía al nombre de Emmanuel.

Emmanuel habrá cantado aquella noche una media hora, quizás 45 minutos, era lo que se conoce ahora como “telonero” del artista principal. Luego de su bonita racha de aplausos y eufóricos gritos se despidió y dio lugar a que apareciera la siguiente estrella en el escenario. Debo decirles que ese fue un momento muy importante en mi vida musical porque justo allí fue donde nació mi “amor eterno” por esa artista. Directo de España llegaba Marieta, la querida e inolvidable Rocío Durcal a la que conocían en México gracias a sus películas de juventud como aquella que hizo a lado de Enrique Guzmán, “Acompáñame”. Ya por aquellos años Rocío había grabado temas de Juan Gabriel que la había hecho triunfar en México, temas como: “Tarde”, “Jamás me cansaré de ti”, “Fue un placer conocerte”, “Me nace del corazón”, “Cuando yo quiera has de volver”, “No lastimes más” y “Te voy a olvidar”, entre otras. Aquel concierto me encanto, fue mi segundo concierto en mi vida y este sí lo disfruté al 100%, tanto que como les decía ahí fue donde nació mi amor por Rocío Durcal y su música.

Después de esos dos conciertos a los cuales asistí porque me llevaron y no por decisión propia comencé a imponer mis propios gustos, gustos que afortunadamente coincidían con los de mi patrocinadora oficial, o sea mi madre, por lo que no tenía ningún problema a la hora de convencerla para que aflojara el billete necesario. He de reconocer que mis gustos musicales siempre fueron algo extraños, sobre todo para un joven puberto imberbe, porque la música que me gustaba era como para más gente adulta y no para chicuelos como yo.

Mi madre y yo comenzamos a ir a conciertos de los cantantes de moda de aquellos años. Muchos de esos cantantes surgieron del Festival OTI, aquel de donde salieron una gran cantidad de artistas que terminaron por convertirse en los más famosos, como fue el caso de Emmanuel. Recuerdo que a inicios de los ochentas asistimos al Teatro Lirico y al Teatro de la Ciudad (Esperanza Iris) a ver entre otros artistas a Raphael (en plenas facultades), a José Luis Perales, a Sergio Esquivel (que me chiflaba por aquellos años) y a Napoleón (del que sigo siendo su fan de closet).

El tiempo pasaba y yo seguía creciendo. Los conciertos en el centro nocturno El Patio que se encontraba en la calle de Atenas 9 eran los más importantes y codiciados. Yo aun no tenía la edad suficiente para entrar a un centro nocturno y aunque la hubiera tenido seguro no me hubiera alcanzado el varo para ir a uno de esos shows. Como era centro nocturno no solo había que pagar el espectáculo, también había que soltar una buena lana para la cena y el pomo sin contar las generosas propinas que había que aflojar para obtener un buen lugar. Ahí me hubiera encantado escuchar a José José quien en ese tiempo aun tenía una gran voz. Fue ahí también donde Juan Gabriel comenzó a hacer sus legendarios conciertos que luego llevó al nuevo centro de espectáculos Premier que se encontraba al sur de la ciudad en San Jerónimo. Para los tiempos del Premier yo ya tenía la edad suficiente para entrar a esos espectáculos pero lo que no tuve nunca fue el billete, así que me la pelé. Ahí en Premier vivieron sus mejores años Juan Gabriel, Yuri, Emmanuel.

De pronto los artistas comenzaron a hacer palenques. El dinero que circulaba en esos lugares era harto atractivo para ellos. Mi padre que vivía en Monterrey y que tenía amigos palenqueros me contaba cómo les pagaban a los artistas con bolsas de papel llenas de efectivo, efectivo que seguramente evadían del fisco. Fue en los palenques de Monterrey y de sus alrededores que vi a Vicente Fernández cantar y cantar hasta que la gente dejara de aplaudir (luego de dos horas aquello ya era de hueva). También vi a Lupita D'Alessio que, ya con unos alcoholes, todos los ahí presentes le aplaudíamos cada vez que nos mentaba la madre a los hombres. Y claro que no faltaron en esos palenques Juan Gabriel, la gran Lucha Villa, Emmanuel y hasta Lucía Méndez, entre otros muchos más.

En la universidad tuve mi etapa rebelde, contestataria y piojosa. En esos años llegué a ir a varias peñas y cafés donde la música de protesta, el canto nuevo y la trova cubana eran las que rifaban. En la Sala Ollin Yoliztli vi a Richard Villalón quien se puso de moda gracias a dos temas de autores cubanos: “El breve espacio” y “Ojalá”. También vi a los importantes, la mayoría de ellos en el viejo Auditorio Nacional: Oscar Chavez, Tania Libertad, Alberto Cortez, Amaury Pérez, y por supuesto a Silvio Rodríguez y a Pablito Milanes. Carlos Díaz “Caito” y Guadalupe Pineda tampoco faltaron por aquellos años. Los conciertos de Jorge Reyes en el Espacio Escultórico en Día de Muertos son también dignos de recordar.

Y así me la llevé todos los 80s viendo artistas chabacanos, nada en especial que se pueda decir me haya marcado musicalmente para el resto de mi vida salvo una que otra excepción. Pero un buen día de 1989 sucedió un milagro. Una persona cercana a mi primo que trabajaba en la Pepsi le preguntó si quería boletos para el concierto que iba a dar Rod Stewart en el Estadio Corregidora de Querétaro. Cuando supe eso casi se me sale el corazón de la emoción. Por primera vez en mucho tiempo, luego del fallido concierto de Queen en Puebla, alguien se animaba a traer a México a un artista internacional de ese tamaño y yo no me lo pensaba perder ni de chiste. Le rogué a mi madre para que me diera permiso (y el varo correspondiente) para ir a ver a uno de mis grandes ídolos del rock. Mi madre se puso guapa y me dio el permiso y el dinero para comprar el boleto, mismo que consiguió mi primo con su amigo de la Pepsi (la Pepsi fue el patrocinador oficial del concierto). Mi primo que de niño prácticamente me había llevado a ver a Tavares ahora me iba a llevar a ver a Rod Stewart. La experiencia que viví ese año en Querétaro, esa sí quedó marcada para siempre en mi memoria musical. Sin duda aquel concierto de Rod Stewart ha sido uno de los 10 conciertos más importantes e inolvidables de mi vida, sobre todo por toda la experiencia rockera previa al evento que fue harto intensa. Ya en otro post conté cómo fue esa experiencia así que no voy a entrar en detalles pero gracias a ese concierto se abrieron las puertas para que muchos otros artistas importantísimos vinieran a tocar a nuestro país.

Después de haber escuchado aquel año cantar a Rod Stewart “Hot Legs” nunca imaginé que con el tiempo podría decir que he tenido la suerte de escuchar a los Rolling Stones cantar en vivo “Satisfaction”, o a Michael Jackson cantar “Billie Jean”, o a Kiss “Detroit Rock City”, o a Sting “Every Breath You Take”, o a Earth Wind and Fire “Fantasy”, o a Phil Collins “You Can't Hurry Love”, o a U2 “With or Without You”, o a Paul McCarney “Get Back”, o a Pavarotti “Nessun Dorma”,  o a Placido Domingo “E Lucevan Le Stelle”, o incluso a la Sonora Santanera cantar “La Boa” con sus miembros originales.

Ha habido mucha música en mi vida en tantos años, música de todos los géneros: clásica, ópera, zarzuela, jazz, trova, pop, rock, vernácula, etc. Algunos conciertos simplemente han sido inolvidables gracias a la compañía, como por ejemplo uno de Miguel Bosé que disfruté como enano a lado del amor de mi vida, mi hija Friducha. Otros conciertos los disfruté solo por el hecho de saber que mis acompañantes la estaban pasando bomba, como los de Chayanne, Enrique Iglesias, Mijares, Kabah, Shakira, Ricky Martin, etc. Otros más simplemente me gustaron y ya, independientemente de que el talento de dichos artistas pueda llegar a ser cuestionable. Por otro lado los conciertos de Enrique Guzmán, Miguel Ríos, Ana Gabriel, Pepé Aguilar, Timbiriche, Joaquín Sabina, Alanis Morissette, Botellita de Jerez, Moderatto, y muchos de Rocío Dúrcal y Juan Gabriel, son conciertos que puedo decir me encantaron y me traen muy buenos recuerdos.

Pero ni son todos los que están ni están todos los que son. Tristemente me he perdido varios conciertos que nunca más tendré la oportunidad de volver a ver, como el de Queen en Puebla que aunque sé no fue mi culpa porque yo aun era muy pequeño siempre viviré arrepentido de no haber ido. Frank Sinatra vino a México y no lo vi, y también sufro por eso. Tampoco me voy a perdonar no haber visto a José José cuando aun tenía voz, ahora ya no tiene caso verlo. Grupos ochenteros como Mecano o Soda Stereo me habría encantado conocerlos. Pero hay otros artistas que aun no pierdo la esperanza de ver, artistas como: Serrat, Billy Joel, The Who, David Bowie, Bruce Springsteen, Jimmy Page, Roger Waters, Tony Bennette, Kokín, Pablito Ruiz y el Coque Muñiz. Y claro también están los artistas que jamás vería ni aunque mi vida dependiera de ello, tipo: cualquier reggaetonero, cualquier grupo de banda, Jenni Rivera (aunque me la resucitaran), Belinda, Alex Lora, y claro al estúpido de Arjona.  


De los primeros.

En los palenques.

De mi época piojosa y pandrosa.

Los que nunca pensé ver.

Más de los que nunca pensé ver.

La Santanera con sus miembros originales.

No fui, me llevaron, pero me gustaron.

Buenos conciertos, grandes recuerdos.

Los que ya me la pelé.

Los que están en la mira.



Todo comenzó en 1977 con Tavares en el Teatro Ferrocarrilero, hoy la lista sigue creciendo y espero que hasta el último de mis días la música siempre esté presente en mi vida. Por supuesto que yo no pienso salir con la gatada de pedir que lleven música a mi entierro… ¡¿eso ya qué?! Yo la música me la pienso llevar puesta al otro mundo con la esperanza de que en el más allá existan los encores para así poder volver a disfrutar de todo el soundtrack de mi vida. Ánimas que así sea.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!


30 agosto 2015

Acerca del Preciado Líquido




Durante muchos años me vi forzado a tomar cerveza de las marcas del Grupo Modelo, esto por una cuestión de solidaridad con uno de mis sponsor principales (mi padre). De un tiempo a la fecha me he reencontrado con la marca Tecate y me siento harto cómodo, como que de aquí soy. Y es que quién no tuvo un tío borracho que desde niño le convidó un sorbo de su Tecate en bote, claro previamente preparada con limón y sal. Yo creo que todos los bebedores consuetudinarios de este preciado liquido hicimos nuestros pininos de esta manera, chuapando a escondidas del bote de un tío pedote. No dudo que esa bonita costumbre de ponerle limón y sal a la cerveza (michelada) haya nacido con la Tecate de bote. Los que me conocen saben que yo soy muy chocantito a la hora de las bebidas, NO ME GUSTA que se mezclen con nada, pero debo de reconocer que una buena michelada para comer o para quitarse “la calor” es una gran opción, claro si la peda va para largo no es recomendable, cansa.

Otra cosa que me tiene encantado ahora que redescubrí la Tecate de bote es su nuevo tamaño ligeramente más grande (473ml) que el del bote tradicional. Yo por lo pronto seguiré tomando las otras marcas que me chiflan: Negra Modelo, XX Lager y por supuesto Heineken, pero de ahora en adelante agregaré a mi dieta diaria la Tecate que llegó para quedarse. Y bienvenida sea esta chabocha chevecha que che chube a la cabecha. ¡Chalud!





Otro día con mas calmita... nos leemos.

25 agosto 2015

Comprando unos Tenis




Qué difícil es comprar un trinche par de tenis, es una verdadera monserga, al menos para mí. Tan fácil que es ir a mi zapatería de toda la vida, buscar el mismo modelo de toda la vida (bostoniano negro o café de suela volada), pedir mi número de toda la vida, darle una caminadita para probarlo, y ¡listo! Pagar y retirarme con un par de chapatitos  nuevos muy coquetos sin mayor bronca.

La verdad es que yo nunca he sido amante de los tenis, ni siquiera cuando era chavo, yo siempre preferí mis Vagabundo o mis Exorcista de Canada o ya más grande mis Top Sider o mis Crayons con suela transparente. Sin embargo desde chico siempre hubo la necesidad de tener por lo menos un par de zapatos tenis para la escuela o para hacer algún deporte. En aquellos lejanos años no había tanta bronca, mi Sacrosanta (madre) simplemente me llevaba a cualquier zapatería La Joya o Canada para que escogiera mis tenis, y listo. Entonces no había tanta variedad de modelos y marcas como ahora, era muy fácil escogerlos. Generalmente los tenis que compraba eran marca Dunlop, blancos, como de lona, sin mayor chiste. No eran costosos y en la zapatería La Joya había el plus de que a los niños coquetones y bien portados como yo nos regalaban hartas paletas mismas que esparcían generosamente dentro de las cajas de zapatos. Unos pedían de regalo un calzador, yo jamás, ni que estuviera loco, yo pedía mi bonita dotación de paletas de dulce para tirarme toda la tarde frente al televisor a ver las “caris” de Canal 5: Meteoro, Ahí viene… ¡Cascarrabias!, Heidi, Birdman, La Pantera Rosa, Los 4 Fantásticos, Los Picapiedra, Marino y la Patrulla Oceánica, La Hormiga Atómica, etc.


Muy parecidos a este modelo eran los tenis que usaba cuando niño; este modelo
es de dama pero eran casi idénticos. Marca Dunlop, claro.


Realmente yo nunca le di lata a mi madre a la hora de comprar mis tenis. Sin embargo había niños harto chocantitos, niños que fregaban mucho a sus padres clasemedieros pidiéndoles tenis de importación. Pero cuál importación, en ese tiempo no se importaba ningún tenis, la única forma de tener tenis gabachos era encargándoselos a alguien que fuera de vacaciones por aquellos lares o bien yendo uno mismo. Pero como en mi familia la jodidez era el común denominador, pues no había quien nos trajera unos codiciados (por otros no por mí) tenis Adidas.

Según recuerdo Adidas fue la primera marca de nombre que se comenzó a ver en México, luego llegó Nike, Converse, Vans, Puma, Reebok, New Balance, y todas las demás marcas harto caras que hoy conocemos. Los dos modelos que rifaban por aquellos años eran los que usaban dos personajes harto admirados por la muchachada de entonces, me refiero a: Paul Michael Glaser mejor conocido como el detective Dave Starsky  de la serie de televisión “Starsky and Hutch” y al vocalista de Queen Freddie Mercury. Starsky usaba unos tenis azules con franjas blancas de un material parecido al “ante”, por su parte el gran Freddie Mercury usaba los clásicos tenis blancos de piel con franjas negras. El nombre de los modelos no lo recuerdo bien, pero quizás eran “Universal” y “Columbia”. Por supuesto que con el tiempo, en cuanto tuve la posibilidad de pisar tierra gabacha me compré mis tenis Adidas, primero unos como los de Starsky y luego unos como los de Freddie Mercury.



Los tenis Adidas de Starsky que todos queriamos tener.

Los tenis Adidas de Freddie Mercury, mis favoritos.

Más o menos así fueron mis primeros tenis Adidas allá a finales de los 70s.

Mi modelo favorito de tenis, obvio, como los que usaba mi amado
Freddie Mercury. 


Luego, ya que era más grade y atrevido, emprendía junto con mis primos o amigos desafiantes expediciones a los bajos mundos del barrio bravo de Tepito en donde se podían conseguir tenis americanos traídos de contrabando. El viaje a Tepito era toda una experiencia, poco a poco nos íbamos internando en un callejón repleto de mercancía contrabandeada, televisores y videocaseteras marca Sony, estéreos para coche marca Pioneer, Clarion o Alpine, bocinas y ecualizadores de marcas muy chafas como Mustang. Pero no solo vendían electrónica, también habían puestos pletóricos de bonita pornografía, películas en formato beta del “Chato Donald” como les llamaban los cábulas de los puestos. Y no faltaba el viejo sucio que se acercaba a nosotros, al fin chavos pubertos libinoputridos, a ofrecernos la bonita Yumbina y la Tinta China para darle rienda suelta a nuestras más depravadas intenciones copulatorias. La leyenda urbana decía que bastaba darle un poco de Yumbina a una dama para que esta se abalanzara inmediatamente sobre uno deseosa de sexo y pasión; por otro lado la famosa Tinta China tenía un efecto retardante en el “calambre” masculino, es decir que uno podía durar horas y horas dándole duro hasta que la dama en cuestión tirara la toalla. Jamás nos atrevimos a comprar nada de eso, la verdad es que a pesar de que éramos unos jóvenes imberbes esos filtros de amor nunca nos inspiraron confianza, gracias a eso ninguno terminamos en la "correccional de menores" luego de haber intoxicado a una niña. Otra cosa que nunca faltaba en esas expediciones era el señor que en un carrito como del super, quizás robado de algún Aurrera o Gigante, nos ofrecía huevos de caguama mismos que aseguraba tenían poderes mágicos que incrementaban la potencia sexual… cómo si a esa edad necesitáramos más potencia de la que la misma juventud nos ofrecía.

Al final y luego de sortear los peligros y riesgos propios de esa exclusiva zona comercial conseguíamos los tan codiciados tenis para alguno de los primos o amigos, y así, todos felices y fascinados nos pasábamos a retirar antes de que algunos “pillos” nos dieran baje con la mercancía recién adquirida.

Tiempo después dejamos de visitar Tepito y comenzamos a frecuentar los bazares que empezaban a ponerse de moda. El que más visitábamos por encontrarse relativamente más cerca de nuestra colonia era el de Pericoapa, aunque también íbamos a uno que se ponía en el Hotel de México (hoy World Trade Center) o al que estaba por el Metro Hangares a un costado del aeropuerto. En estos sitios las compras eran más seguras y en un ambiente más relajado y fresa, nada que ver con los machines de Tepis.

Pero finalmente y gracias al Tratado de Libre Comercio las fronteras de abrieron a todo lo gringo y entonces llegaron a borbotones los tenis. Las tiendas como Deportes Martí  se llenaron de tenis y otras especializadas como Foot Locker (había una en Perisur) ofrecían una gran variedad de marcas y modelos. Hoy, como les decía al principio, para mí es una verdadera monserga comprarme tenis, tan solo pararme frente a ellos y ver tanta variedad ya me da güevita: Además los modelos de hoy soy muy pelados y harto jotitos, los colores son fluorescentes y chillantes o bien dorados y plateados que solo resaltan la peladez de quien se atreve a usarlos. Yo sigo buscando los modelos más discretos y sencillos, modelos de la marca Adidas preferentemente, pero pareciera que mientras más estrafalarios y llamativos son resultaran mejores. Ojalá todo fuera más sencillo como antes cuando mamá me compraba mis tenis Dunlop blancos, ojalá que al menos por los más de 2,000 pesos que cuestan unos tenis hoy en día nos regalaran mínimo una bolsa de paletas de dulce como cuando yo era un niño feliz, ojalá todo fuera como antes, tratándose de tenis y de muchas cosas más.


Así de complicado es comprarse tenis en estos días, entre tanto modelito
uno se siente perdido.

De entre todos los tenis que vi estos fueron los que
resultaron más de mi agrado. Y ya, tan tan.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!

03 agosto 2015

L'Histoire du Parfum de Said Le Pew




Luego de la tan bonita encuesta saidiana que la mismísima María de las Heras envidiaría y de ver que el resultado arrojó un rotundo a la pregunta ¿Qué prefieren las mujeres, un hombre que use loción o que no use?, y también atendiendo a la curiosidad de algunas damas procedo a contarles la historia del Perfume en mi vida.

Los primeros olores “perfumados” que mi nada desmemoriada nariz recuerda son los que procedían de un par de frascos vacíos que mi padrino-tío me regaló cuando yo habré tenido como 5 años. A esa edad los tesoros que acumula un niño suelen ser muy extraños. En una pequeña caja de madera que no recuerdo cómo llegó a mis manos yo guardaba celosamente mis más preciados tesoros, algo así como “las joyas de la corona”. Entre esos objetos que yo atesoraba recuerdo bien: un dado transparente de color rojo, una mini pistola tipo revolver que alguna vez formó parte de un llavero, un estuche pequeño en forma de disco que alguna vez contuvo pastillas de menta (para mí no era un frasco de pastillas sino un OVNI), una ficha de dominó, un cochecito  posiblemente marca Hot Wheels que mi papá me había comprado en un viaje de trabajo a Chetumal y que era la réplica de un autobús muy parecido a los Estrella de Oro de dos pisos que por aquellos años cubrían la ruta México-Acapulco, y claro, los dos frascos vacíos de colonia English Leather y Brut que mi tío tuvo a bien heredarme en vida.

Si me permiten abro un paréntesis para platicarles una pequeña y aburrida anécdota relacionada con esos “mis tesoros”. Resulta que cuando yo tenía 7 años a mi padre le ofrecieron un mejor puesto en otra ciudad, como era una gran oportunidad de trabajo no nos quedó de otra más que agarrar nuestros tiliches y mudarnos a la bonita ciudad de Chihuahua. Llegamos a vivir a una colonia bonita, no furris, bastante tranquila y limpia. Si mi memoria no me falla la dirección era Blas Cano de los Ríos, colonia San Felipe. Ya viviendo en Chihuahua un día mi padre me regaló una pequeña caja fuerte posiblemente para fomentar en mí la sana costumbre de ahorrar mis domingos, cosa que yo no hacía. Esa caja fuerte (ni tan fuerte) la coloqué en la parte más recóndita de una cómoda. Por supuesto que si algo tenía que proteger celosamente esa caja de seguridad era mis tesoros, así que coloqué dentro de ella los artículos ya mencionados. Un fin de semana en que nos fuimos de paseo a El Paso (Texas), unos cacos entraron a nuestra casa a robar y al encontrar mi caja fuerte se olvidaron de todo y se enfocaron a ella. Cuando regresamos a la casa la encontramos completamente vuelta de cabeza, todo era un desorden, pero lo único que faltaba era mi caja fuerte. A mis padres les dio mucho gusto que los malandrines no se hubieran llevado ninguna otra cosa pero para mí fue una verdadera tragedia haber perdido de esa manera mis tesoros. Al otro día mi papá comprendió la magnitud de mi tragedia y me llevó a comprar juguetes, pero nada pudo suplir aquellos objetos invaluables. Luego, ya de grande, cuando lo superé, me reía a carcajadas al imaginar cuál habrá sido su cara cuando lograron abrir la caja fuerte y descubrieron su contendió, probablemente tomaron mi pistolita e intentaron suicidarse con ella por pendejos (perdonando la licencia poética).

Pero bueno, retomando la historia de mis frascos vacíos de English Leather y Brut les contaré que lo que más me gustaba de ellas era la cadenita con una plaquita que tenía la botella verde de Brut y el enorme tapón tipo madre del frasco de English Leather. Desde el momento que llegaron a mis manos rellené los dos frascos con agua para que parecieran nuevas. Por supuesto que los frascos aun conservaban parte el olor característico de ambas lociones, así que mi memoria “organoléptica” lo sigue trayendo a mi mente todo el tiempo.

Pero uno no siempre es niño, uno crece, uno madura, así que cuando ya tuve uso de razón y capacidad de decisión y voz propia y carácter y todo lo necesario para poder escoger yo mismo mis propias lociones, llegó el momento de comprar mi primer perfumito. Y claro, había que ser muy cuidadoso y preciso para no regalarla, así que luego de analizar entre varias opciones en el mercado llegué a la conclusión que la mejor era una bonita y finííísima loción marca Avon que venía en un bonito y coqueto frasco ambar en forma de “piano”. Al poco tiempo la vida me dio una segunda oportunidad misma que no desaproveché comprando, ahora, una fragancia coquetona también marca Avon contenida en un frasco en forma de “coche de carreras”. Y así fue como tuve mis primeras lociones.

Abandoné la niñez para entrar a la bonita y puberta edad de la punzada, la conocida como adolescencia. En la secundaria mis gustos se comenzaron a cotizar mejor y cambié la marca Avon por dos que en ese momento eran las que rifaban, aunque la verdad no había tanta variedad de fragancias como ahora, las fragancias a las que me refiero eran, seguro las recordaran, Paco Rabanne y Pierre Cardin. Para ese entonces mis padres ya se habían divorciado, nosotros nos habíamos regresado a la Ciudad de México y papá se había mudado a vivir a Monterrey, así que en las vacaciones cuando iba a visitar a mi papá había que consentirme comprándome lo que yo quería. Cuando viajábamos de compras a Laredo, lo primero que ponía en mi lista eran esas dos lociones, mismas que comprábamos en una famosa farmacia que se encontraba en el centro de Laredo cruzando apenas el puente. En un gran ejercicio de memoria y apoyándome por supuesto en Google Maps les diré que la citada farmacia se llama Laredo Downtown Pharmacy y se encuentra en la esquina de Matamoros St y Salinas Av. Una vez que nos abastecíamos de perfumes para toda la familia, cremas para mi mamá y mi perversa madrastra, y uno que otro chocho para mi achacoso padre, entonces sí ya pensaba en el resto de mis compras: tenis, jeans, camisetas, chamarras, calzones, calcetines, en fin, todo el ajuar completo, y todo de las marcas de moda de aquellos años: Adidas, Nike, Calvin Klein, Sergio Valente, OP, Levi’s, Members Only, y otras que no recuerdo. Eso ya lo comprábamos en el Mall del Norte a donde corríamos a protegernos de los más de 110°F que normalmente hacen por aquellos lares.

Luego entré a la prepa, mis gustos dejaron aquellas lociones que parecían hechas para viejitos y no para jovenazos como yo. Aparecieron más fragancias en el mercado mexicano, ya no había que viajar al extranjero o ir a Tepito a exponer el físico para conseguirlas. Entonces comencé a usar dos lociones que a mí en lo particular me encantaban. Una se llamaba Drakkar Noir de Guy Laroche y la otra era Quorum de Puig, loción que por cierto anunciaba uno de mis ídolos de aquellos años, el gran Plácido Domingo (desde chavo me gustó el bel canto).

Y finalmente llegué a la universidad. Para entonces el mercado ya estaba inundado de lociones, incluso comenzaron a aparecer las copias piratas que se vendían en los tianguis y bazares de moda (mi favorito, obvio, Pericoapa). La estrella de ese entonces era una fragancia de Calvin Klein que se vendió a lo bestia, seguro la recuerdan o incluso la siguen usando, se llama Eternity. Confieso que yo tenía dos, una era una excelente copia que me trajeron de Nueva York y otra más pequeña pero original para ocasiones especiales. Hoy, luego de tantos años, de repente siento la tentación de volver a comprarla, pero hasta ahora me he resistido. Estoy seguro que tarde que temprano la nostalgia me ganará y terminaré comprándola para evocar esa bonita etapa de mi ya longeva y putrefacta vida. En esa etapa de universitario también use una fragancia que hasta la fecha es mi favorita, se trata de Van Cleef & Arpels, loción que desde hace mucho tiempo no encuentro porque probablemente ya la retiraron del mercado, al menos en México.


Hoy ya no soy universitario, eso quedó atrás, hoy soy un flamante adulto contemporáneo en avanzado estado de descomposición, pero eso sí, aun apto para el consumo humano, así que sigo comprando mis fragancias para oler rico y así gustarle a las féminas que me rodean. Hoy ya no tengo que pedirlas por catalogo a Avon o viajar hasta Laredo o buscarlas en el bazar de Pericoapa, hoy mis lociones ya las encuentro fácilmente en cualquier tienda departamental. Las lociones que hoy uso y que vengo usando ya desde hace bastante tiempo son: Egoiste de Chanel que es la que casi uso diario, Pasha de Cartier que también uso mucho, Latitude Longitude de Nautica que es una que ya no encuentro y que me gustaba mucho, CK One de Calvin Klein y Boss de Hugo Boss. A estas alturas de mi vida ya no soy una persona que le guste andar probando y experimentando con fragancias nuevas, seguramente con estas que uso ahora me quedaré por un buen tiempo sino es que hasta el final de los tiempos, o lo que es lo mismo…  per secula seculorum.


Loción Brut con su coqueta cadenita y plata metálica.

English Leather con su tapón de madera.

La primer loción que compré, Avon en frasco de piano.

Gracias al autor de la foto por el recuerdo que me trajo.

La segunda loción que compre también marca Avon.

Paco Rabanne, la seguiría usando tranquilamente.

Pierre Cardin tenía un olor bastante fuerte para un jovenazo
de mi edad.

Drakkar Noir, buena, bonita y barata.

Quorum, me encantaba su olor y el diseño de su frasco.

Eternity, clásico de clásicos, tan clásico que hasta la chotearon.

Van Cleed & Arpels, mi favorita de todos los tiempos.



Los tiempos pasados no fueron mejores... ¡pero sí más chidos!

22 julio 2015

Cachirulo en el Metro




Como ya les he contado una vez al mes tengo que usar el Metro para viajar hasta la lejana comarca de Polanco en donde administran mis centavitos. Podría hacer el recorrido en mi fiel corcel blanco pero prefiero darle la vuelta al tráfico usando el bonito transporte público. Generalmente en esas expediciones ocurren muchas cosas, cosas que por lo general terminan en entuertos y muinas para este que escribe; pero hay ocasiones, como la pasada, en las que descubro cosas que me ponen de muy buen humor.

Mientras caminaba por el andén escuchando en mis audífonos un bonito concierto de Billy Joel de pronto descubrí en una de las paredes la foto de uno de mis personajes favoritos, el gran Enrique Alonso “Cachirulo”. Es cierto que soy un adulto contemporáneo en avanzado estado de descomposición y que ya tengo mis añitos, pero tampoco tengo tantos como para haber vivido en carne propia aquellos tiempos del programa Teatro Fantástico que hizo famoso al gran Cachirulo. Quién no ha escuchado aquella frase de: “Adiós amigos, no olviden tomarse su chocolatote”, y es que si no la escucharon en la voz de Cachirulo seguramente se la escucharon a Manuel “El Loco” Valdés cuando hacía el personaje de Cachiruloco en Ensalada de Locos.


Cachirulo en la pared de una estación del Metro.


En fin, a mi no me tocó esa época, pero me contaron. Lo que sí me tocó fue el Enrique Alonso amante de la zarzuela y el teatro de revista. El maestro Alonso fue el protegido de la gran María Conesa por eso él le tenía un gran cariño y admiración (como yo). El tuvo la suerte de conocer y trabajar al lado de dos de las más grandes estrellas del género chico, María Conesa y Lupe Rivas Cacho. Enrique Alonso heredó muchas cosas invaluables de la Conesa, entre ellas su vestuario. Siempre tuvo la intención de hacer un museo para poder exhibir todo ese vestuario, los telones y demás objetos que poseía, pero las autoridades encargadas de la cultura en este país tristemente nunca mostraron interés. En la década de los ochentas Enrique Alonso montó tres espectáculos maravillosos que me permitieron imaginar cómo fueron aquellos años en los que la Conesa, la Rivas Cacho, la Montalvan, la Derba y la Iris eran las grandes estrellas del teatro. Las obras a las que me refiero fueron: “Dos tandas por un boleto”, “La alegría de las tandas” y “El futuro está pelón”.


Maria Conesa.

Lupe Rivas Cacho.


Cuando descrubrí su foto en una de las paredes de la estación del Metro llegaron a mí todos estos recuerdos que, como dicen, me hicieron el día. Bravo por la persona que haya tenido la genial idea de colocar la foto de Enrique Alonso “Cachirulo”, espero ver pronto alguna otra foto que de nuevo me haga viajar al mismo tiempo que en el Metro, en el tiempo.



Adiós amigos, y ya saben… ¡no olviden tomarse su chocolatote! 

07 julio 2015

Las Computadoras en Pañales




Fue en la Facultad de Contaduría y Administración de la UNAM cuando yo tuve mi primer acercamiento con lo que con el tiempo se convertiría en uno de mis vicios, no, no se confundan, no me refiero a la mota de calidad que vendían en la Facultad de Filosofía y Letras o a las sabrosas féminas de mi vecina Facultad de Trabajo Social, me refiero por su puesto a las computadoras.

En mi facultad se impartían en aquel entonces, y creo que hasta la fecha, tres carreras: Administración de Empresas, Contabilidad e Informática. Yo cursé la carrera de Administración pero como el resto llevábamos materias los primeros semestres que aplicaban a todo el fino estudiantado universitario, en eso que llaman “tronco común”. Una de esas materias obligatorias para todos los escolapios de la FCA tenía que ver con chompus, no recuerdo bien el nombre de la materia pero seguramente era algo así como “Introducción a la informática” o algo por el estilo.

Pues bien, ahí estaba yo sentadito en mi banca con el resto de mis compañeritos echando cigarro, ¡ah! porque han de saber que por aquellos lejanos tiempos se podía fumar dentro del salón de clases, cuando hizo su aparición el maestro de esa novel materia, novel al menos para este que escribe. En cuanto cruzó por la puerta el maestro fui inmediatamente cautivado, seducido diría yo, por su exquisita personalidad. El profesor de Informática debió tener en ese tiempo unos 55 años, era una exótica mezcla entre Albert Einstein y el Dr. Emmett L. Brown de “Volver al Futuro”. El pelo del ilustre hombre era largo, canoso y de acomodo caprichoso, iba enfundado en un alegorico traje a cuadros completamente desalineado y con el saco cubierto de restos de gis, y como detalle de distinción, la bragueta abierta de par en par sin mostrar el menor signo de pudor. Sus zapatos eran unas coquetas botitas de media caña de ante (de “ante” de la revolución, porque estaba muy gastadas), y haciendo juego con el resto de su outfit un flamante portafolio Samsonite de plástico negro. Con una brazo hacía maravillas para impedir que el portafolio cediera y vomitara la gran cantidad de documentos que contenía; con el otro brazo sostenía varios libros mismos que complementaban su look de científico loco. Ese era mi maestro de Informática, desgraciadamente no recuerdo su nombre completo, pero se llamaba Carlos.

Por supuesto que su personalidad de inmediato atrajo mí atención y la del resto de mis compañeros. Lo primero que hizo luego de presentarse fue pedirnos a todos para la siguiente clase una cosa llamada “disquete” de 5 ¼ porque dijo que nos iba a grabar ahí algo llamado Sistema Operativo MS-DOS. Claro que mientras él decía eso, todos, sin excepción, poníamos cara de “juat”, no teníamos ni la más trinche idea de qué nos hablaba. El resto de la clase fue bastante aburrida, vimos solo teoría, la historia de la computación seguramente, cosas de esas que a uno lo hacía perder el interés en la clase y comenzar a mandarse papelitos con el resto de los compañeros (algo así como los tweets de hoy en día).

Saliendo de clases mis contlapaches y yo fuimos a Copilco en busca de los dichosos disquetes, ahí en Copilco habían muchas papelerías así que seguramente encontraríamos una que los vendiera, y ya de paso, nos jambaríamos unos buenos tacos de cecina de esos que tanto nos chiflaban, no por nada yo había rebautizado aquel lugar como “Tacopilco”, el reino del suadero y la cecina.

Los disquetes los vendían sueltos o en cajas con 10 piezas, los había de varias marcas, recuerdo entre otras: Basf, Maxell, Fuji, Polaroid, Kodak, Memorex… sin embargo los que más se vendían eran marca Verbatim. Había unos muy coquetones que venían en diferentes colores, otros tenían una caja de plástico que al girarle una manivela los expulsaba hacia arriba formándolos en escalerita uno detrás del otro haciendo más fácil el acceso a cada uno de los floppys (al disquete también se le conocía como floppy). Compramos algunas cajas y nos los repartimos, recuerdo que no eran caros. Luego, como nos lo habíamos prometido, fuimos a degustar unos ricos tacos de cecina bajo el tradicional e infalible sistema de que “el que coma menos paga”… afortunadamente yo nunca tuve que pagar ni un quinto, mis 17 tacos de cajón siempre me salvaron de tal erogación.


Verbatim era la marca más popular de disquetes en
aquellos años.

Algunas de las marcas de disquetes más conocidas.

Después de los disquetes de 5 1/4 llegaron los de 3 1/2 con
más capacidad.

Antes de los disquetes de 5 1/4 existieron los de 8 pulgadas,
eran enormes.


Finalmente llego el día tan esperado, la cita para la clase de Informática fue en el Laboratorio de Computación de la facultad. Nos formamos y en orden fuimos avanzando hasta quedar todos sentados frente a una futurística computadora IBM cuasi portátil. A mí ya se me quemaban las habas por ver qué cosas maravillosas podían hacer aquellas maquinas que parecían salidas de una película de ciencia ficción. El profesor nos regresó los disquetes que le habíamos dado y en los que él previamente ya había grabado el dichoso Sistema Operativo. Nos explicó cómo introducirlos en una ranura a un costado de la diminuta pantalla, giramos un manivela y enseguida recibimos la orden para encender la computadora. De pronto aparecieron unas letras en color verde sobre un fondo negro, nada fuera de lo común, de hecho no sabíamos que hacer. Por supuesto que aquellas maquinas con tenían mouse, así que todo había que hacerlo con el teclado. Lo más que apareció en la pantalla fueron unas cuantas palabras que decían que se trataba de una Computador Personal IBM, la fecha y la versión del DOS. Al final de eso, parpadeando, se encontraba algo así:

A>_


- ¡¿Y eso quééé?! -, nos preguntamos todos. Pues eso era todo lo que la trinche computadora sabía hacer, lo demás había que enseñárselo nosotros. El profesor luego de ver que ya todos teníamos listas las computadoras con el sistema operativo procedió a enseñarnos a copiar un disco, a formatearlo, a ver sus archivos, a borrar archivos, a imprimir, etc. Todo había que hacerlo con palabritas llamadas “comandos” (diskcopy, filelist, delete, etc), neta que mi desilusión fue harta. Creo que no fui el único que para ese momento se preguntó: “¿Bueno y cuándo nos va a enseñar a viajar en el tiempo o algo chingón?”.


Así eran las maquinas del Laboratorio de Computación de la FCA. El teclado
podía cubrir la pantalla para convertirla en "portátil". 

Más o menos esto es lo que veíamos en la computadoras de aquellos tiempos
cuando usábamos el Sistema Operativo MS-DOS.


Para la siguiente clase nos explicó que aquello era solo una probadita de lo que podía hacer una computadora, que ahora sí venía lo bueno. Yo harto escéptico lo escuché y me dije: “démosle otra oportunidad, igual y ahora sí viene lo mero bueno”. El profe Carlos nos dijo que nos enseñaría a programar la computadora para que esta hiciera todo lo que nosotros quisiéramos, ¡ah chinga! eso ya sonaba más interesante, igual y con eso yo podía cambiar mis malas calificaciones por dieces o programarla para que ella hiciera todas mis tareas… si, aja, cómo no. Si, ya sé, seguramente estarán pensando que probablemente al nacer me faltó oxigeno o me le caí al doctor y por eso en ese tiempo no era ignorante sino pendejo, pero tienen que entender que por aquellos jurasicos años la gente común y corriente no sabíamos bien qué chingados eran y para qué servían las computadoras. Yo en mi casa había escuchado hablar algo de ellas porque mi madre había trabajado con unas maquinas “perforadoras” de IBM que fueron las precursoras de las computadoras, pero hasta ahí y nada más.

De nuevo el profesor nos pidió otro disquete, ahora para grabarnos una cosa llamada Basic. El Basic era un “lenguaje” de programación, había otros: Pascal, Cobol, Fortran, Algol y otros que no recuerdo, pero según el maestro este era el más fácil y el más indicado para comenzar a aprender a programar una computadora. Hicimos lo propio, le dimos el disquete, nos grabó el Basic y nos citó en el Laboratorio de Computación de nuevo. Para no hacerles el cuento largo resulta que salí harto bueno para eso de la programación, todos mis trabajos fueron acreedores a un bonito 10, hice cosas interesantes pero nada que me hiciera cambian de carrera, así que dejé eso de la computación y la informática para mis amigos más nerds y yo seguí con mis clases de Administración.

Durante la carrera fueron apareciendo programitas muy rudimentarios que comenzaron a hacer más fácil las tareas y los trabajos en la escuela, así fue como descubrí Wordstar, un procesador de textos harto rudimentario pero que hizo que pronto me olvidara de mi vieja máquina de escribir Lettera 25 de Olivetti. Otro programa que llegué a utilizar mucho mientras estudiaba en la universidad fue Flow, un programa diseñado para elaborar diagramas de flujo y organigramas principalmente. Luego llegó a mis manos Print Master, programita coquetón que hacía carteles y simpáticas tarjetas de felicitación, así que le dije adiós a las costosas tarjetas de Ziggy, Garfield y Disney que compraba en Sanborns para mis románticas amigas. Un programa muy bueno que hacía que los trabajos que presentábamos lucieran harto profesionales se llamaba Harvard Graphics, que como su nombre lo dice servía para hacer graficas de todo tipo. Para las cuestiones de números, porque yo llevaba materias como Costos, Contabilidad, Investigación de Operaciones, etc., existía un programa súper útil, era una hoja de cálculo tan buena como la actual y muy conocida Excel, esa hoja de cálculos se llamaba Lotus 123. Todos estos programas funcionaban con el Sistema Operativo MS-DOS, en monitores monocromáticos verdes o amarillos, y para imprimir usábamos las viejas impresoras de matriz de puntos que tenían una cinta entintada como las maquinas de escribir. Claro que existían ya las primeras impresoras laser pero eran algo así como una leyenda urbana porque sabíamos que la facultad tenía algunas pero nadie las había visto. Para imprimir a color había un Plotter pero no estaba al alcance de la perrada, era solo para profesores o investigadores de la facultad. Pero de todos esos programas maravillosos y harto útiles para mis trabajos de escuela había uno que era mi preferido, se llamaba Strip Poker, un juego de cartas en el que la oponente era una hermosa fémina (habían como cinco diferentes damas a escoger) que conforme iba perdiendo se iba desnudando. Ahí fue donde yo aprendí a jugar poker, y era tan bueno que las muchachonas siempre terminaban en pelotas; lástima que la calidad de los gráficos era sumamente rudimentaria así que mi cerebro que sí era de alta resolución tenía que encargarse de completar el trabajo. Con ese programita pasé horas y horas de solaz y esparcimiento, aparte de que desarrolle bastante los “bíceps” de mi brazo derecho… you know what I mean.


Wordstar vino a enterrar a mi Lettera 25 que me acompañó en mis tareas
y trabajos desde la secundaria. 

Así se veía la primitiva pero eficiente hoja de calculo Lotus 123.


Los monitores de aquellas viejas computadoras desplegaban los caracteres normalmente en dos tonos, los había color verde y otros amarillo (ámbar). Era muy cansado trabajar en esos monitores monocromáticos, la vista chillaba a gritos luego de unas horas, por eso había que comprarse unas buenas gafas para computadora. Las gafas para computadora eran unos lentes con la mica amarilla que según protegían la vista y evitaba que se cansara. Yo obediente a los rumores científicos compré mis gafas amarillas y las use un buen tiempo, la verdad no sé si realmente me sirvieron o simplemente me hicieron lucir exquisito con aquel look estilo Bono.


Gafas para trabajar en los viejos monitores monocromáticos de las
computadoras de antes.

Con el tiempo y como cada vez más estudiantes comenzaron a dominar el uso de las computadoras, conseguir una era una monserga ya que no había las suficientes en la facultad, así que mi novia me hizo caso y se metió a hacer su servicio social en el CIFCA (Centro de Informática de la Facultad de Contaduría y Administración). Al poco tiempo la pusieron a cargo de la sala de computadoras y listo, problema resulto, teníamos computadora las horas que quisiéramos sin formarnos ni nada. Luego que terminó ella su servicio yo hice lo mismo y así nos la llevamos por un buen tiempo. Más adelante, casi al final de la carrera, mi novia que no era tan bolsona como yo comenzó a trabajar y a ganar varo, con ese varo pudimos comprar una bonita computadora marca Printaform, ¡con pantalla a color! (creo que se llamaba VGA). Por supuesto que aquella computadora Printaform todavía era muy rudimentaria, seguía funcionando con el Sistema Operativo MS-DOS, sin disco duro y sin mouse (cero Windows). Fue hasta que entré a trabajar a unos laboratorios suizos cuando conocí lo que era Windows y lo que era un mouse… de internet ni hablar, no existía.

Hoy cualquier trinche escuincle de primaria me da la vuelta en la compu, son unos duchos y nos hacen ver torpes e idiotas a los ya mayorcitos, de cualquier modo nadie me quita el gusto de haber vivido en carne propia la aparición a gran escala de las computadoras personales. Desgraciadamente cuando terminé con mi novia ella se llevó su Printaform, de lo contrario seguro que aun la conservaría como reliquia. Sin embargo aun conservo una computadora que compré en el desaparecido Aurrera y que fue de las primeras en salir al mercado, me refiero a una Commodore 64 que se conectaba a la televisión porque no tenía monitor y que usaba cassettes para almacenar la información.


Con el tiempo sustituyeron en mi escuela las pequeñas computadoras
"portátiles" por otras que ya tenían el monitor más grande aunque
seguían siendo monocromáticas.

Así es la Commodore 64 que tengo, solo que la mía es negra.

El "datasette" servia para almacenar información en cassettes.


En fin, los tiempos cambian y como diría Flash: “en chinga”. Hoy todos llevamos en nuestras bolsas de la camisa una computadora súper poderosa llamada smartphone y lo vemos con toda  naturalidad, y es que tristemente hemos perdido ya la capacidad de asombro, bueno yo no, yo sigo hecho un pendejo maravillándome con todas las cosas que pueden hacer estas mini computadoras. Ánimas que mi capacidad de asombro nunca se pierda, porque lo que sea de cada quien, se siente retebonito quedarse con la boca abierta de vez en cuando (sin albur, claro está).



Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!