04 octubre 2014

Caruso en México




Enrico Caruso llegó a la Ciudad de México el 22 de septiembre de 1919 para presentar una temporada de ópera. Caruso viajó en tren desde Laredo junto con sus acompañantes: la soprano mexicana Ada Navarrete, el bajo David Silva y el director de orquesta Genaro Papi, todos ellos grandes figuras del Metropolitan Opera House de New York. El Presidente Venustiano Carranza fue quien costeó los pasajes de esa pequeña compañía.

El comendador, Enrico Caruso, estaba en la cúspide de su carrera cuando llegó a la Ciudad de México. En mayo había recibido un homenaje en Nueva York por 25 años en los escenarios. En dicho homenaje se dice que recibió 100 mil dólares en regalos y además se le dio nombramiento de capitán de la policía neoyorquina.

Para no quedarse atrás, El Abate Benigno escribió tres días antes del debut de Caruso en el Teatro Iris, un sentido homenaje rimado al cantante que en una de sus estrofas decía:

...pero habrá, como hubo en Nueva York, policía
que te honre y te haga tal como la de allá
miembro honorario suyo para que nunca olvides
que police allá fuiste y tecolote acá.


La idea del Abate no tuvo eco. No obstante algo tuvo que ver el tenor con la policía mexicana. El 4 de octubre, el conductor Ubaldo Bassini atravesó a toda velocidad las calles de Revillagigedo, en el Centro Histórico, provocando varios accidentes a su paso, pero evitando daños en su vehículo Hudson gracias a su pericia.

Los elementos policiacos lo persiguieron hasta la colonia Juárez y posteriormente a la Roma. En la Plaza de Orizaba, Bassini, o alguno de sus acompañantes, dispararon sobre los policías sin herirlos. Finalmente fue detenido y, cuando se le preguntó la causa de su locura, respondió que fue por haber comido unas horas antes unos exquisitos macarrones con Enrico Caruso.

El viernes 26 de septiembre, cantantes de ópera mexicanos, entre ellos la soprano Consuelo Escobar de Castro, ofrecieron un homenaje al tenor en el Teatro Arbeu (en República del Salvador 49, donde hoy se ubica la Biblioteca Lerdo de Tejada). Caruso manifestó de puño y letra su deseo "de conocer y aplaudir sus muy distinguidas facultades para el arte sublime y puro de la ópera que ya por muy buenas referencias tengo en gran estima".



Así lucía el Teatro Arbeu a principios del siglo XX. 

Varios cantantes mexicanos ofrecieron una función
en honor a Caruso en el Teatro Arbeu.


La actuación de los compatriotas no secundó las palabras del tenor. Como explicó el cronista teatral del diario El Universal: "había yo no sé qué genio maléfico en el ambiente del Teatro Arbeu que todo mundo fracasaba a pesar de sus buenas intenciones". Josefina Llaca desafinó, Ángel R. Esquivel y Rodolfo Cervantes no estuvieron a la altura, y Consuelo Escobar convenció. El público los abucheó.

El domingo siguiente, enfundado en un traje de charro, con todo y sombrero, el tenor asistió a la kermés de los Caballeros de Colón, realizada en la Quinta Lira, en donde comió quesadillas y tortas a la usanza callejera.

El lunes 29 de septiembre de 1919, a las nueve de la noche, inició la primera de seis funciones que Caruso ofreció en el entonces recién inaugurado Teatro Esperanza Iris (hoy conocido como Teatro de la Ciudad Esperanza Iris).


Teatro Esperanza Iris.


Tres mil personas llenaron el foro ubicado en la calle de Donceles, donde daría la cara por el canto mexicano la yucateca Ada Navarrete (madre de las actrices Queta y Ada Carrasco Navarrete), quien hizo a Adina, y el bajo David Silva, quien hizo a Dulcamara en la ópera “L'elisir d'amore” (El Elixir de amor), de Donizetti. Esa noche Caruso tuvo un éxito rotundo, el telón se levanto diez veces para ovacionarlo.

A la prueba del lunes para tenor ligero, siguió la del jueves 2 de octubre para tenor dramático: “Un ballo in maschera” (Un baile de máscaras), de Donizetti, interpretando a Ricardo, al lado de la conocida contralto italiana Gabriella Besanzoni.


Gabriella Besanzoni.


Por presión de los abonados accionistas, “Samson et Dalila” (Sansón y Dalila), de Saint-Saëns, se cantó en el Teatro Iris el 3 de octubre. Los operómanos brincaban de gusto por tener en escena una obra nada trillada y un cartel nada común.

El 5 de octubre, domingo a las 3 de la tarde, la pareja Enrico Caruso - Gabriella Besanzoni pisó el escenario de El Toreo de la Condesa con “Carmen”, de Georges Bizet. Lo que más se oyó esa tarde en la enorme plaza de toros no fueron las voces ni la música de la orquesta, sino las ovaciones del público. Más de 22 mil personas soportaron la lluvia del tercer acto para poder escuchar al gran Caruso interpretando al cabo Don José de “Carmen”.

Para ese entonces Caruso fumaba en exceso y ya presentaba dolores de cabeza que se le agudizaron al llegar a México. A veces su voz no era tan brillante como  él quería. Para su presentación en El Toreo de la Condesa cuentan que se puso un poco de bálsamo de Bengué en la nariz, se frotó con él toda la cabeza y el cuello, y salió a escena.


La primera presentación de Caruso en el Toreo de la Condesa fue con la
ópera "Carmen" de Bizet.

La lluvia cayó durante el tercer acto sobre los tendidos pero eso no importó,
la gente ahí reunida disfrutó de la función de ópera.


Vendría “Un ballo in maschera” (Un baile de máscaras), en El Toreo, la lluviosa tarde del 12 de octubre. Cinco días después, el 17 de octubre, Caruso se presentó con “Marthe” Martha, de  Friedrich von Flotow, en el Teatro Iris, en donde daría vida a Lionel. El domingo 19, el foso de la colonia Condesa fue el escenario de la ópera “Samson et Dalila” (Sansón y Dalila).

El jueves 23 tocó el turno a “Pagliacci” (Payasos), de Leoncavallo. Luego de haber interpretado soberbiamente el aria más conocida de la ópera, el público explotó en una gran ovación y el escenario del Iris se llenó de flores mientras el tenor lloraba emocionado.


Caruso en el papel de Canio de la ópera "Payasos".

"Payasos" fue una de las óperas más aplaudidas en su visita a México.


Todo mundo quería conocer al gran cantante italiano; la gente se disputaba los más de 20 mil boletos disponibles para verlo el domingo 26 de octubre en “Aida”, de Giuseppe Verdi, de nuevo en El Toreo de la Condesa.

La función de “Aida” resultó inolvidable. Contaba un cronista de la época que él nunca supo si Caruso cantó bien o no, si la orquesta se lució o no; de lo que sí dejó constancia en un ágil texto fue de la fiesta popular en que se transformó la función.

La temporada se acababa. El empresario trataba de arreglar algunas fechas más, pero era imposible. El martes 28 de octubre, Caruso cantó en el Teatro Iris un concierto organizado por el H. Ayuntamiento de México cuyas ganancias se destinarían a mejoras materiales de la ciudad capital. Acompañado por la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida nada más y nada menos que por el maestro Julián Carrillo, el tenor incluyó en el programa un conjunto de canciones napolitanas.


El maestro Julian Carrillo.


El jueves 30 octubre, Caruso se despidió del Teatro Iris con su peor actuación en México, debido a que estaba enfermo. En “Manon”, de Jules Massenet, Caruso se hallaba ya muy fatigado, se le veía agotado; tosía a menudo pero esquivaba los escollos de la partitura hábilmente apelando a sus buenas mañas de viejo lobo de escena.

Su salud y su estado de ánimo cambiaron sorprendentemente apenas 24 horas después, cuando artistas nacionales ofrecieron al comendador una noche mexicana en su honor, ahí mismo en el Teatro Iris. Instalado en la platea de honor, el tenor apreció emotivo homenaje que inició a las siete de la noche y se extendió hasta las dos de la madrugada del sábado.

El maestro Carrillo, al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigió su Obertura de Los naranjos. Caruso se divertía haciendo caricaturas de María Conesa, quien en una parte del espectáculo apuntó con una pistola de utilería al tenor. Caruso, divertido y participativo, dio un grito en la bemol, entre las risas y aplausos del público.


María Conesa "La Gatita Blanca" bromeó con Caruso durante la función
homenaje que ella y otros artistas mexicanos le brindaron en el Teatro Iris.


A lo largo de su estancia Caruso tuvo la oportunidad de visitar algunos lugares típicos de la Ciudad de México y sus alrededores. Leopoldo “El Cuatezón” Beristáin contó que en Xochimilco, Cartucho (como le decían ahí) bebió pulque y comió enchiladas con singular alegría. El Cuatezón Beristáin aprovecho la oportunidad y le dijo a Caruso “que cuando fuera a su cantón, les dijera a sus paisanos que no es cierto que aquí afusilan, ni roban, ni matan a los extranjeros, y que, por el contrario, se les recibe con flores, mujeres y harto tlamapa”.


Leopoldo "El Cuatezón" Beristáin, actor vernáculo
puntal del teatro politico.

Enrico Caruso probó el pulque en México. En la foto
 aparece junto a la cantante Gabriella Bensanzoni. 


El 1 de noviembre, Enrico Caruso fue invitado a poner la primera piedra del Cine Olimpia, cine que se localizaba en la calle 16 de Septiembre casi esquina con San Juan de Letrán (hoy Eje Central). Con el tiempo ese maravilloso cine terminó  convertido en una horrible plaza comercial en donde se venden cualquier cantidad de porquerías. En la fachada de la plaza comercial se encuentra una gran marquesina en donde se lee “Sex Capital – La Capital Mundial del Sexo”.


Caruso colocando la primera pieda del
cine Olimpia en la Ciudad de México. 

Registro de la presencia de Caruso en el cine Olimpia.

El cine Olimpia en sus mejores años.


El día de muertos, 2 de noviembre de 1919, Caruso cantó por última vez en México. Eligió sus más grandes éxitos en este país: el tercer acto de “El elíxir de amor”, el tercero de “Martha”, y el primero de “Payasos”. A pesar de la lluvia que cayó sobre los tendidos del Toreo, el tenor se mantuvo en el escenario sin protección alguna. La ovación que le propinó el público mexicano al final de la función fue de época. Caruso se llevaba de México –dicho por él mismo-, bellas impresiones de gentes, costumbres y paisajes. Caruso se despidió de México diciendo: "Por ello es que ahora, no le decimos, ni podríamos decirle adiós; sino... ¡hasta luego!".


Adiós al gran Enrico Caruso.


Desgraciadamente el anhelado reencuentro nunca llegó. El gran Enrico Caruso murió poco menos de dos años después de su visita a la Ciudad de México, un 2 de agosto de 1921. Se supo que fue una infección fulminante (pleuritis purulenta) la causa de su deceso. Caruso murió muy joven, tenía apenas 48 años. 

Dichosos aquellos que tuvieron la fortuna de conocerlo y de escucharlo cantar durante aquella memorable visita a nuestra querida Ciudad de México. Gloria pues al gran Caruso en donde quiera que se encuentre.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!


Nota: Gran parte de este texto fue extraído de la publicación del Sr. Juan Solís del periódico El Universal. 

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