05 agosto 2014

Una Expedición Ochentera



Todos los sábados, por ahí de las 6 de la tarde, irremediablemente había que enfrentarse al dilema de… ¡¿Qué vamos a hacer en la noche?!

Generalmente en alguna de las “playas” de la colonia había una fiesta, de esas fiestas de luz y sonido que estaban muy de moda por aquellos tiempos. Para entrar a esas fiestas solo había que conocer a alguien de la casa o bien mocharse con un varo con el wuey de la entrada; el problema es que esas fiestas no eran muy divertidas que digamos, dos o tres pubertos intentando bailar algo de Wham! o Billy Ocean en el oscuro garaje adaptado con focos rojos y ya, eso era todo. La mayoría de la concurrencia generalmente estaba afuera de la fiesta, algunos en los coches ingiriendo bebidas espirituosas y uno que otro cigarrito de manufactura casera, otros más afortunados se dedicaban a empañar cristales de volcho auxiliados por alguna señorita harto entusiasta, y otros, los más, simplemente se informaban si alguien más sabía de alguna otra fiesta con mejor ambiente. La decepción venía cuando al llegar a la otra fiesta uno descubría que esta estaba igual o peor de aburrida, pero había quien se pasaba toda la noche buscando la fiesta perfecta y así era feliz. 

De cualquier modo, y aunque uno ya sabía de antemano lo que se iba a encontrar en esas fiestas de luz y sonido, había que pasar por el lugar solo para comprobar que aquello estaba super aburrido y que era necesario recurrir a un “Plan B”.

Por ahí de las seis o siete de la noche, sonaba el timbre de mi casa, me asomaba a la ventaba, y veía en la calle a mi querido amigo Toño que orgulloso me mostraba alguno de sus discos. Inmediatamente bajaba a su encuentro y lo invitaba a subir. Toño siempre fue mi asesor musical, mi guía, mi gurú en cuestiones musicales, así que siempre estaba deseoso de ver que novedad me traía para escuchara. Un día llegaba con Cheap Trick y me pedía que escuchara “If you want my love”, otro día era Culture Club y su “Church of The Poison Mind”, pero también eran Madness con sus “Baggy Trousers”, The Who con “Baba O'Riley”, Lene Lovich y su “Lucky Number”, o The Rolling Stones con “Honky tonk woman”, siempre era un placer descubrir o redescubrir solistas, bandas y grupos de rock o pop.

Nos metíamos a mi cuarto y poníamos los discos a todo volumen en mi “modular” marca Panasonic. Si por ahí tenían algún casete libre (marca: Maxell, TDK o Sony), procedía a grabar el material en cuestión para que pasara a formar parte de mi fonoteca y para poderlo tocar en mi volcho mientras dábamos el roll. Al tiempo que escuchábamos la música, como que nuestras papilas gustativas comenzaban a exigir algo que las humectase, alguna cebadilla refrescante para rehidratar nuestros pubertos cuerpos ávidos de malta y lúpulo.


Esta era mi recamara en los 80s, ahí sobre la cómoda esta el
estéreo Panasonic en donde escuchaba los discos con mi
amigo Toño. Adentro se alcanza a ver mi Walkman amarillo.

Mi amigo Toño tenía excelente gustos musicales y gracias a él
conocí grandes bandas. El disco de Lene Lovich que está al
frente es un regalo de él que aun conservo con mucho cariño.


Ya como a las 9 de la noche, la música había terminado, la sed había aumentado, y las ganas de compañía femenina nos obligaban a abandonar el lugar de mis éxitos, mi recamara, para ir en busca de satisfacer nuestras necesidades primarias (Toño y yo afortunadamente nunca nos perdimos el asco jeje).

Mientras Toño iba en friega a su casa a dejar sus discos y a pedir los permisos necesarios (supongo yo), el que les habla hacía lo propio pidiendo además un poco de varo a su sponsor oficial (mamá) para solventar los gastos sabatinos. También aprovechaba para darme una pequeña acicalada, me peinaba con algo de mousse, me ponía mis Top Sider (nunca me latieron los tenis), cogía una de mis chamarras Members Only, me rociaba generosamente con mi Paco Rabanne, y salía al encuentro de mi poderoso y fiel volchito azul.


Aquí mi "Minideseo". Mi volchito azul modelo '82 tenía los vidrios
polarizados (casi negros) lo que me permitía hacer hasta lo
innombrable ahí adentro. Fue mi fiel compañero de aventuras.


Mi “Minideseo”, como le llamaba a mi VW, se encontraba guardado a la vuelta de mi casa gracias a que el buen Isac me rentaba un espacio en su propiedad. Ahí nos reencontrábamos mi amigo Toño y yo ya listos para “hacer la noche”. Toño era menos fresa que yo para vestir, aunque de pronto usaba unas corbatas delgaditas como de piel que estaban de moda, o simplemente usaba alguna de sus sudaderas rociadas con Anteus o Quorum; esos sí, su mostacho siempre impecable, cual peregrinación de hormigas.

Justo a un lado de donde yo guardaba mi coche vivían en un edificio “Las Gordas”. Una de ellas era Elena, una niña bastante desmadrosa y buena pal trago con un look muy similar al de Amanda Miguel, la otra era mi querida novia Gaby de la cual la autocensura me impide hablar en esta ocasión. Normalmente no había ningún problema para sacarlas de su casa e invitarlas a pasar un bonito rato de sano esparcimiento entre un par de caballeros dipsómanos y libinopútridos, sin embargo a veces los compromisos familiares les impedían departir con nosotros.

En una de esas ocasiones en las que “Las Gordas” no estaban disponibles, mi amigo y yo nos vimos precisados a buscar en otro lado la bonita compañía femenina. Pero como lo primero es lo primero, y antes que nada y que todo, pasamos en friega a “La Hormiga” (prestigiada vinatería del rumbo) en busca que un par de heladas y refrescantes caguamas marca “Carta Blanca” junto con sus respectivos snacks oficiales, unas Pizzerolas y unos Triki-trakes. Ya bien aprevenidos para la noche con nuestras respectivas caguamas ubicadas estratégicamente  en la entrepierna, procedimos a analizar las posibles opciones que teníamos de encontrar compañeras de juerga a esas horas. Las opciones eran pocas. Hay que recordar que en aquellos tiempos no había celulares ni WhatsApp, tampoco redes sociales, cuando mucho había teléfono, y eso, a según, porque muchas de nuestras amigas no contaban con ese bonito invento del hombre blanco por lo que había que llamar a la tiendita de junto esperando que les pasaran el recado o bien desplazarse hasta el principado de cada una de ellas.


Cuántas de estas criaturas pasaron por mi entrepierna mientras
manejaba en busca de aventuras... creo que gracias a ellas
nunca tuve problemas de infertilidad. 


En una de esas ocasiones, a mi amigo Toño y a mí se nos ocurrió ir a buscar a las míticas, legendarias e inalcanzables hermanas Ponce. Este par de mujeres de una belleza autóctonamente exótica y salvaje habían sido parte de nuestro entrañable grupo de compañeros de la secundaria. En varias ocasiones habíamos intentado salir con ellas pero por caprichos del destino esto no se había consumado. Aquella noche creímos que la suerte nos sonreía y armados de valor (gracias a las caguamas) fuimos hasta sus dominios en busca de ellas.

El acceso a la casa de las Ponce no era nada fácil. Había que internarse en plan Indiana Jones por calles inhóspitas cuasi inexploradas por el hombre blanco. Mi volcho desgraciadamente no estaba blindado ni equipado con armamento antimotines por lo que el riesgo de morir en el intento era inminente. Pero el espíritu aventurero y jadeoso de mi querido amigo Toño siempre era un buen aliciente para enfrascarnos en cualquier aventura por difícil y peligrosa que esta fuera. Así que alentado por mi amigo Toño y confiando en sus conocimientos autodidactas de supervivencia, tomamos camino hacia los dominios de las Ponce.

La entrada al hábitat de las Ponce era un largo y oscuro callejón sin pavimentar. Una vez persignados, y luego de darle un buen sorbo a nuestras cebadillas pa’ terminar de darnos valor, comenzamos a avanzar por aquel inhóspito lugar. Mi amigo Toño que se sabía todos los protocolos a seguir en estos casos, dijo: “Ejem, ejem… A partir de este momento favor de mantener las manos dentro del automóvil y no dar de comer a los animales”. Yo agradecí dicha recomendación e inmediatamente cerré mi ventanilla y solo dejé la aleta abierta para respirar y poder escuchar si se acercaba alguna horda de Orcos salvajes.

La tensión era mucha, los nativos del lugar con mirada amenazante y retadora nos observaban desde sus madrigueras. Recuerdo que hasta los perros inspiraban terror, todos parecían haber salido de una historia de Stephen King, estaban más trinches feos que el mismísimo Cujo. A lo largo de la calle había toda clase de especímenes, incluso me pareció ver gárgolas, chaneques, gnomos, chupacabras, y demás fauna silvestre propia del lugar. Nuestro corazón se aceleraba cada vez más y más, nuestras gónadas intercambiaban lugar con nuestras amígdalas.

De pronto topamos con pared, hasta ahí llegaba el volcho quien del miedo también ya comenzaba a pasar aceite. De lado izquierdo había un callejón de apenas dos metros de ancho, las instrucciones decían que a partir de este punto había que seguir el recorrido a pie. Ni el mismísimo Dante Alighieri se hubiera atrevido a entrar a ese lugar, aquello era como el inframundo, el Mictlan de los mexicas. En este punto mi amigo Toño y yo nos quedamos mirando uno al otro, esperando, creo, que alguno de los dos en actitud suicida se ofreciera a ir en busca de las Ponce. En lo que pensábamos quien iba a ser el kamikaze en lanzarse en busca de las compañeritas, de pronto varios niños comenzaron a rodearnos. Los niños en un principio nos tranquilizaron un poco, nos hicieron sentir como misioneros del Amazonas. Nos animamos a bajar un poco el vidrio y establecimos contacto con ese grupo de pigmeos que rodeaban el volcho. Primero el contacto fue visual, luego descubrimos que hablábamos su dialecto y comenzamos a intercambiar palabras. Rápidamente nuestro encanto, y los Triki-trakes, hicieron que rompiéramos el hielo y así pudimos continuar con nuestra peligrosa misión.

Los pigmeos disfrazados de niños nos dieron santo y seña y nos indicaron el lugar exacto en donde se encontraban las hermanas Ponce. Les pedimos, les suplicamos que fueran a su encuentro y las hicieran venir hasta donde estábamos.

En este punto de la historia mi memoria comienza a fallar, no sé si la culpa es de las caguamas o fue más un bloqueo psicológico producto del miedo, el chiste es que no recuerdo bien lo que pasó después. Creo que de ese oscuro callejón finalmente salió una de las Ponce y simplemente nos bateo, no aceptó salir con nosotros alegando cualquier escusa. Pero eso no importaba, aquella aventura bien había valido la pena, la compañía de las Ponce ya no era necesaria para hacer de aquella noche algo inolvidable.


Así luce ahora la calle que llevaba al callejón donde vivían las
Ponce, ahora ya esta pavimentada y al parecer es
menos peligrosa.

Hasta este punto fue a donde llegamos en el volcho. Al centro
de la foto se ve el callejón que llevaba a la casa de las Ponce.
Creo que aquí debería de haber una placa que recordara
nuestra épica hazaña... digo.


Salimos de ahí rápidamente antes de que el macho alfa dominante del lugar comenzara a defender su territorio al verse amenazado por dos simpáticos mozuelos, mi amigo Toño y yo. Rapidito puse reversa y salimos como pedo por ventana de aquel lugar, sin mujeres, pero con una gran historia que contar. La noche siguió, tomamos más caguamas pal susto, compramos más Triki-trakes, y creo, no lo recuerdo, que terminamos hasta el keke almorzando tamales a las seis de la mañana en un mercado de Xochimilco… ¿o esa fue otra aventura? Sabe, ya me acordaré.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!


Este post está dedicado a mi amigo Toño así como a todos mis compañeros, amigos y hermanos de la secundaria a los cuales recuerdo con mucho cariño, incluyendo por su puesto a las legendarias hermanas Ponce.