26 julio 2014

¿Y tú qué hacías un sábado como hoy en 1984?



Era sábado, ese día mi novia estaba huérfana porque sus padres se habían ido a visitar a sus tíos a Cuernavaca, así que con permiso de mi Sacrosanta la invite a comer a la casa. Mi madre preguntó – ¿Qué se les antoja? -, yo siempre tenían la respuesta correcta a esta pregunta por lo que sin dudarlo respondí presto - ¡Una pizza! -.

Por aquellos años conseguir una pizza no era tan sencillo como ahora en que basta levantar el teléfono para que en menos de 30 minutos llegue una deliciosa pizza a tu casa, no, en ese tiempo había que atravesar una buena parte de la ciudad para ir en busca de una pizza. Mi madre cuando escuchó mi respuesta inmediatamente puso cara de “si quieres pizza vas a tener que ir por ella”. Yo en ese tiempo ya estaba legalmente capacitado para manejar el Datsun de mi madre, claro, gracias a la bonita corrupción que me había permitido sacar mi licencia de manejo del Estado de Nuevo León sin haber cumplido siquiera la mayoría de edad, así que no había ningún impedimento para que yo fuera por la pizza. 

Mi madre me entregó las llaves del Datsun, un varo para pagar la pizza, y junto con mi novia partí rumbo a Insurgentes Sur, casi frente a lo que era el Relox, en busca de mi pizza. El lugar era harto popular en ese tiempo, era el famoso  Shakey's Pizza. Allí vendían básicamente pizzas, pollo frito y unas deliciosas papas llamadas “Mojo” que eran la especialidad del Shakey's. El lugar más que un restaurante italiano parecía gringo, bueno de hecho lo era.




Luego de comprar la pizza volví a tomar Insurgentes y más adelante Churubusco para regresar a casa en friega antes de que se enfriara la pizza. De regreso escuchábamos en el estéreo del coche marca Pioner alguno de los muchos cassettes mezclados que comprábamos en el bazar de Pericoapa. En la guantera del Datsun estaba el ecualizador Clarion que le había puesto de modo que este no se notara, no fuera a ser que los cacos tuvieran la tentación de dar el tradicional "cristalazo" de aquellos años. Eso sí, el estero y el ecualizador eran de muy buena marca pero las bocinas eran lo más chafa del mercado, unas trinches bocinas dizque “triaxiales” marca Mustang que compré en Tepito por una mísera cantidad.

Ya en la casa bajé a la tiendita por mi infalible caguama Carta Blanca para acompañar la pizza mientras mi novia y mi madre se encargaban de poner la mesa.

Así pasamos parte de la tarde, comimos, vimos la tele, compramos otra caguama, y luego, como solía pasar por aquellos años pubertos, la hormona comenzó a pedir un poco de intimidad para realizar el bonito intercambio de fluidos corporales… besos, no piensen mal. En esta ocasión mi recamara, el “lugar de mis éxitos”, me pareció muy aburrida para ponerme cariñoso con mi novia, así que mi cerebro comenzó a fraguar algún plan alternativo, algo más romántico, algo nuevo, algo que antes no hubiéramos hecho. Al fin la respuesta llegó a mi cerebro.

Por aquellos años mi Papá Rules se fue a vivir a casa de la chingada, bueno el nombre correcto no era “casa de la chingada” sino Las Alamedas, un fraccionamiento nuevo que estaba muy al norte de la ciudad, allá por Atizapán. Cuando regresábamos de la infalible visita sabatina a su casa, me llamaba mucho la atención el autocinema que estaba sobre el Periférico, justo en donde estaba la desviación que tomábamos para llegar a su casa. Ya de noche, de regreso, la función había comenzado y se alcanzaba a ver algo de la enorme pantalla de aquel lugar. Siempre se me antojó entrar pero mi madre nunca me complació a pesar de mi chantaje sentimental y mi berrinche estilo Chabelo. Es cierto que yo ya había ido antes a un autocinema, uno que estaba sobre Rio Churubusco casi por donde está el Centro Coyoacan y el Centro Banamex, pero creo que fue cuando tenía apenas como 5 años y la verdad yo ya no me acordaba de cómo era ese asunto.

Le expuse la idea de ir al autocinema a mi novia a ver que le parecía, claro que a esa edad poco me importaba lo que le pareciera porque yo siempre hacía lo que se me daba la gana, cosa muy diferente a hora… bueno, ni tanto. Ella entusiasmada aceptó. Acto seguido le pedí las llaves a mi madre quien afortunadamente confiaba mucho en mí y en mi destreza para manejar luego de haber tomada dos caguamas, bueno, compartido dos caguamas con la dipsómana de mi noviecita.

Mi madre me dijo - Vete con cuidado y se portan bien -, es lo que normalmente hacía ya que mis antecedentes problemáticos de adolescente estaban limpios. Pronto tomamos Tlalpan, luego Viaducto, y finalmente el Periférico. Pasamos por Chapultepec y prometimos regresar pronto para tirarnos en la Montaña Rusa y el Ratón. Pasamos por Escatorama (Skatorama) a la altura de Lomas Verdes y prometimos regresar pronto para tirarnos en “Las Nubes”, "Las Olas" y “La Telaraña”. También pasamos por Plaza Satelite y ahí si no prometimos regresar porque francamente nos quedaba muy lejos y en esa plaza no había nada que no tuviera nuestra querida Plaza Universidad.




Al fin llegamos al autocinema, aun no comenzaba la función, función doble por cierto. Apenas llegamos nos enteramos qué películas iban a dar, eso era lo que menos nos importaba, y es que mi principal intención era explorar algunos puntos recónditos en la humanidad de mi hermosa novia. Luego de pagar en la entrada busqué un buen lugar donde estacionar mi Datsun. Junto a las ventanas del coche quedaron ubicadas las bocinas y unas mesitas para poner algunas viandas. Yo había logrado introducir clandestinamente otra caguama, digo por si había necesidad de rehidratarme luego de "empañar" los cristales del coche. En lo que comenzaba la función y terminaba de atardecer pusimos la radio y escuchamos algo de música, seguramente en WFM con Charo Fernández o alguien más de la época.

Finalmente se encendió el proyector y en la enorme pantalla comenzaron los anuncios y los cortos. El autocinema tenía en el centro la dulcería y los baños, en la dulcería había lo mismo que en las dulcerías de los cines tradicionales pero también se vendían hamburguesas y jochos. Parte del atractivo de un autocinema es tragar harto en el coche, así que mi novia y yo fuimos por algunos víveres para ver la película.

La función de aquella noche era doble y aunque no recuerdo con exactitud qué películas vimos recuerdo muy bien que las dos eran de terror, quizás alguna de las muchas que se hicieron de “Viernes 13” o “Halloween”. Seguramente a esta altura de mi relato estarán esperando el momento en el cual comencé a toquetear a mi novia, pero pues con la pena, resulta que mi condición de cinéfilo en ciernes aficionado al género del terror y el uy uy uy hizo que me olvidara por completo de las apenas recién formadas partes pudendas de mi flaca y terminé concentrándome en los sustos que estaban por venir. Mi novia por su parte se estuvo sosiega y también se concentró en la película, claro bien abrazada de acá su charro negro para evitar más “shuto” del necesario.

Bien estoicos mi novia y yo soportamos los dos churros de terror y solo nos retiramos unos minutos antes de que terminara la segunda película para evitar la monserga de la salida. Ya de regreso, mientras circulábamos sobre el Periférico, me abstendré de contar lo que sucedió, digo, puede haber niños entre el respetable y mi intención no es pervertirlos con malos ejemplos. El chiste fue que nuestros pubertos cuerpos no se privaron de nada y así regresamos sanos y salvos a nuestra colonia en donde nos esperaba una rica y acogedora cama, claro, una para cada uno y en sus respectivas casas. Y así terminó aquel sábado de 1984

Hoy me acordé de esto, mañana, bueno posiblemente mañana me acuerde de algo más que pronto les estaré contando; vía de mientras a pensar en el presente que es lo más importante, y es lo más importante porque en el presente es en donde están todos esos maravillosos recuerdos.



Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!

12 julio 2014

El Centro de la Ciudad de México, pero el de mi infancia



Cada vez que yo iba al Centro de la Ciudad de México me ponía muy triste al ver que la gente no prestaba atención a todas esas cosas maravillosas que se encuentran a lo largo de sus calles y plazas. Iban a hacer sus compras, caminaban rápido por las aceras, y con total indiferencia dejaban a un lado todos esos lugares llenos de historia y tradición. Siempre pensé que era un gran desperdicio el tener un lugar tan bonito en el corazón de nuestra ciudad y que este no se aprovechara mejor. Ahora que las cosas han cambiado y el Centro Histórico se ha convertido en un paseo para millones de chilangos que diariamente acuden cual hordas de orcos en busca de un momento de solaz y pelado esparcimiento me arrepiento de haber deseado eso, bien dicen: “ten cuidado con lo que deseas porque podría hacerse realidad”. La cierto es que antes yo disfrutaba mucho mis visitas al Centro, hoy… hoy tristemente las padezco. 

Pero bueno, ahora solo me queda recordar aquellos tiempos entrañables en los que mis visitas al Centro eran bastante agradables; y estoy hablando no de ayer ni de antier sino de hace ya varios años, porque a mí todavía me tocó parte del tradicional Centro Histórico, parte de aquel México que se nos fue, parte del México de mis recuerdos (como dirían Don Chucho Flores y Don Susanito Peñafiel y Somellera).

Recuerdo que mi llegada al Centro siempre era de la mano de mi madre. Bajábamos en la esquina de Isabel la Católica y Uruguay, justo a un costado de la Biblioteca, ahí en donde paraba aquel viejo camión amarillo conocido como  “vitrina”, camión que en la parte delantera mostraba un letrero que decía “Santiago - Algarín”. En ese entonces, a mis escasos 5 años de edad, había que ir siempre de la mano de mamá, y es que a mí todavía me tocaron aquellos viejos tranvías que circulaban por el Centro, y como yo no quería terminar como “El Camellito” de “Nosotros los Pobres”, es decir sin patas luego de ser atropellado por uno de estos tranvías, más valía entonces ser muy obedientemente y darle la mano a mi sacrosanta.



Justo en la esquina de Isabel La Católica y Uruguay en donde se encontraba el
antiguo templo de San Agustín (La Biblioteca Nacional) era en donde paraba
el camión que nos llevaba al Centro.

Años después la llegada al Centro era en la misma esquina de Isabel La Católica
y Uruguay solo que el camión ya no era una "Vitrina" sino un Delfín. 

Los tranvías siguieron circulando yo creo que hasta a principios o mediados
de los años setentas. Esta foto muestra la esquina de Madero con Isabel
La Católica, frente al templo de La Profesa.

El transporte público nunca ha sido suficiente ni cómodo en la Ciudad de
México, aquí esta la prueba. Este tranvía circula por la calle de Victoria
frente a los famosos Baños Victoria. 

Esta foto es de 1971 y en ella se aprecia un camión de los llamados "vitrinas"
y un tranvía circulando por la calle de Bucareli frente al famoso Café La Habana.


Cualquier pretexto para ir al Centro era bueno, a veces mi madre iba a comprar sus estambres “El Gato” con los que tejía miles de chambritas y suéteres; otras veces la visita era a un “cajón” como les decía mi abuela a las tiendas departamentales del Centro, las preferidas de mi madre y abuela eran Astor, El Puerto de Veracruz y Blanco; otras veces había que ir por una medallita para un bautizo a la joyería “La Princesa” o bien a la plaza de Santo Domingo para mandar a hacer los bolos; el cine también era una opción, íbamos al Real Cinema, al Alameda o al Arcadia a ver alguna película de Chabelo y Pepito, de la India María, de Cantinflas, o bien de Disney, “Cupido Motorizado” por ejemplo. Siempre había un buen motivo para visitar el Centro, aunque lo cierto es que la mayoría de las veces solo íbamos a pasear, a encontrarnos con el resto de la familia en alguno de los restaurantes del Centro.

Si usted amigo lector es lo suficientemente putrefacto como su servidor seguramente habrá ido al igual que yo a lugares como estos:


EL TUPINAMBA, por ejemplo, era un café que se encontraba en la calle de Bolívar, entre Uruguay y Venustiano Carranza. El Tupinamba estaba casi enfrente del famoso Café Do Brasil, el olor al pasar por la acera era maravilloso, invitaba a cualquiera transeúnte a degustar un buen café; nada que ver con la porquería que toman ahora todos los snobs-wannabe-posers en los Starbucks. La gente adulta que acostumbraba ir al Tupinamba disfrutaba de una buena plática taurina, política o trivial acompañado de un aromático café. Recordemos que en aquellos años existía la posibilidad de fumar sin ser tachado de delincuente, así que aquellas pláticas entre el humo del café y el cigarro eran una delicia.


Esta foto de mala calidad del Tupinamba sirve para por lo menos
tener una idea de como lucia la fachada de ese histórico Café.


LA FLOR DE MÉXICO era otro café del Centro, este se encontraba muy cerca del Tupinamba en contra esquina del Reloj Otomano, ahí en la esquina que hacen las calles de Bolívar y Venustiano Carranza (hoy el lugar es una tienda de Deportes Martí). Acudir por la tarde a La Flor de México en busca de un café y una rebanada de pastel era algo obligado si uno andaba por ese rumbo. El lugar en si era una pastelería, pero existía la posibilidad de sentarse en una mesa a tomarse un café con una rebabada de pastel.

LA SUPER LECHE, tristemente célebre por lo ocurrido el 19 de septiembre de 1985 cuando el terremoto de aquella mañana lo echó abajo, era un restaurante al que llegué a ir cientos de veces. La Super Leche estaba sobre el Eje Central (antes San Juan de Letrán) casi esquina con Victoria, frente a la también legendaria Churrería El Moro. Era casi una tradición familiar ir a comer ahí, mis abuelos conocían muy bien al dueño y a la mayoría de las meseras, muchas de ellas tristemente perdieron la vida en el terremoto. Ahí se podía comer desde una deliciosa paella, una buena fabada o uno callos, hasta unas enchiladas, una milanesa, o simplemente un café con leche acompañado de una concha con nata, nata de las de antes. La última vez que comí ahí fue apenas tres días antes de que ocurriera la tragedia del terremoto del ’85… muy triste.


En este edificio se encontraba la Super Leche, este fue el edificio que se
derrumbó en el Terremoto del '85 en donde perdieron la vida varias
personas, entre ellas la familia del dueño que vivía ahí mismo.

Otra toma del edificio de la Super Leche a nivel desde San Juan de Letrán,
hoy Eje Central Lázaro Cárdenas. 

Frente a la Super Leche estaba esta famosa churrería,
El Moro, misma que aun existe y que es toda una
tradición


LOS TACOS DE DOÑA BEATRIZ se encontraban en la calle de Uruguay, casi esquina con Bolívar. Recuerdo que era un lugar muy pequeño e incomodo, tenía una gran mesa de madera con una banca larga de cada lado, por lo que era necesario el clásico “compermisito” para poderse instalar en esta mesa; la otra opción era comer parado en la pequeña barra. Había un lavabo junto a la mesa para que los comensales hicieran lo propio antes de comer aquellos deliciosos tacos de carnitas. No sé que tenían, no sé que les ponían, pero eran los tacos más deliciosos del mundo mundial. La tortilla la hacían ahí, era una tortilla muy diferente a la porquería que ahora comemos. A aquellos tacos de carnitas solo les ponían guacamole, un guacamole exquisito, no había necesidad de ponerles nada más. Sobre aquella larga mesa de madera habían frascos de Salsa Búfalo (o algo parecido) llenos de jugo de limón, así que yo le agregaba únicamente unas gotas de limón a mis tacos y listo, ¡a darle que es mole de olla! Un día descubrí una sucursal creo que sobre Bolívar y más tarde otra en Motolinía, los probé y nada que ver con los originales de Uruguay, a estos ya les ponían cebolla y cilantro, cosa que los “apeladó”. Tristemente un día desapareció la taquería original y con ello mi esperanza de volver a comer aquellos increíbles y legendarios tacos.

EL CASAL CATALÁN era un maravilloso restaurante de comida española que se encontraba en la calle de Uruguay, entre el Eje Central y Bolívar, frente a donde se encontraba la también legendaria cervecería La Ola. Mi familia siempre ha sido amante de la cocina española, así que se las sabía de todas todas en lo que a restaurantes españoles concierne. En el Casal Catalán se comía exquisito, era un lugar familiar, discreto y con precios bastante accesibles, pero la comida era buenísima. Mis tíos abuelos vivían precisamente frente a este restaurante, así que cuando no íbamos al Danubio, a Casa Rosalía o a al Centro Castellano, ahí mismo en Uruguay, íbamos al Casal Catalán a comer como reyes.

MAZAPANES TOLEDO, saliendo de alguno de esos restaurantes españoles de Uruguay había que guardar un lugarcito en el estomago para unos deliciosos mazapanes de almendra Toledo. Estaban a unos pasos del Casal Catalán, casi frente al Centro Castellano. Afortunadamente los Mazapanes Toledo no han desaparecido, solo han cambiado de dirección varias veces, pero aun se pueden encontrar en el Centro (ahora están en el pasaje que llevaba al Cine Savoy en la calle de 16 de Septiembre).

EL NIVEL, siendo ya más grande comencé a recorrer algunas de las tradicionales cantinas del Centro, y esta, sin duda, era la más importante hablando históricamente. El nombre El Nivel seguramente venía de aquel Monumento Hipsográfico que se encontraba a un costado de Catedral y que permitía ver a través de una pequeña ventanita con una pelotita flotante cual era el nivel que tenían las aguas del Lago de Texcoco en el subsuelo tenochca. Este monumento que rendía homenaje a Enrico Martínez se encontraba originalmente de lado derecho de Catedral, en la intersección de Seminario y Arzobispado, más tarde se cambió del otro lado de Catedral que es a donde se encuentra actualmente. La cantina estaba frente a la ubicación original de este monumento por lo que adoptó su nombre. La cantina El Nivel era la más antigua de la Ciudad de México y presumía la primera licencia que se expidió para ese giro. Por este lugar no solo pasé yo, igual pasaron Presidentes, políticos, intelectuales, artistas, periodistas, turistas y, por supuesto, Juan Pueblo. La botana que servían en El Nivel era famosa, la principal era el peladísimo pero sabrosísimo queso de puerco con rajitas en escabeche, una delicia, era sin duda el mejor acompañante de una buen cerveza fría o de algún otro alipús propio del lugar. Desgraciadamente mi alma máter, la UNAM, un buen día se manchó y reclamó la propiedad del edificio cosa que hizo que luego de 156 años de historia y tradición el dueño del lugar decidiera cerrar permanentemente la cantina un 2 de enero de 2008.


Este es el famoso Monumento Hipsográfico conocido
como "El Nivel" que diera su nombre a la famosa
cantina del Centro.
 

La histórica cantina El Nivel muestra un letrero en su fachada que
dice: "Cerrado por Remodelación"... jamás volvió a abrir.


En fin, hay tantos lugares en el Centro Histórico que conocí y que ahora ya no existen, que se han ido, que el solo recordarlos me llevaría un buen de tiempo. Afortunadamente todavía sobreviven lugares legendarios a los cuales sigo asistiendo, lugares como: El Taquito, la Churrería El Moro o el Café Tacuba, que han logrado permanecer a través del paso de los años. Sí, es cierto que ahora mis visitas al Centro son cada vez más espaciadas, las multitudes a mí no me van, pero a veces, de pronto, me armo de valor y emprendo un recorrido evocador por todos esos rincones del Centro para recordar lo que ya no está y para disfrutar lo que aun permaneces… ánimas que no llegue el día en que tenga que dejar de ir por culpa de la excesiva reproducción huehuenche.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!

03 julio 2014

FLASHBACK: El Teniente Coronel Octavio Menduet



Hoy me acordé del Teniente Coronel Octavio Menduet, aquel miembro de la policía que salía en los programas de revista en la televisión de los setentas hablando un poco de civismo y dando algunos consejos relativos a la seguridad del ciudadano. Octavio Menduet llegó a hacer pequeñas apariciones en algunas telenovelas y películas, como por ejemplo en esas piezas de arte de la cinematografía llamadas "Santo y Blue Demon contra el Doctor Frankenstein" y "La venganza de la Llorona". Este hombre bigotón posiblemente encargado de la comunicación social y de las relaciones públicas de la policía siempre terminaba sus comentarios en televisión diciendo: “Y recuerde, viva precavidos días para pasar felices noches”. Hoy me acordé de él.


Teniente Coronel Octavio Menduet.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!