13 marzo 2014

Fumar ERA un placer, genial, sensual...



Comencé a fumar por ahí de los 18 años justo cuando entré a la universidad, y las cosas en ese entonces, créanme, eran muy diferentes. Por aquellos días se vendían los cigarros  John Player Special, marca que yo elegí para comenzar a fumar tan solo porque me gustó el diseño y los colores de la cajetilla (también un poco influenciado por los coches de la escudería Lotus de Formula 1 que patrocinaban). Y digo que las cosas para los fumadores en ese entonces eran muy diferentes porque no había tantas restricciones y prohibiciones para fumar como las hay ahora.


Esta marca de cigarros fue con la que
me inicié en la fumada. Durante un tiempo
estuvieron en el mercado mexicano y
luego desaparecieron. 

El Lotus de Senna era patrocinado por JLP.


Recuerdo que en la universidad, dentro de los salones de clase, estaba permitido fumar. Me imagino que aquello debió ser insufrible para los que no fumaban, eran salones para 80 personas que los primeros días de cada semestre se llegaban a “sobrepoblar” con hasta 120 personas, y si a eso le agregamos que muchos fumaban, pues aquello era una verdadera cámara de gas de la que nadie se escapaba. Rara vez algún maestro nos pidió que evitáramos fumar dentro del salón, pero jamás fue una prohibición.

También puedo presumir que a mí me tocó todavía fumar en los aviones. Recuerdo que en los descansabrazos habían unos miniceniceros que pronto quedaban saturados de colillas por los fumadores que buscaban quitarse el miedo a volar echando humo por la boca. En aquel entonces los aviones estaban divididos en sección de fumar y de no fumar, pero como no había una barrera física que separase una sección de otra, de pronto el humo y el olor a cigarro escapaban cual polizontes de una sección a otra.





Todavía se pueden apreciar rastros de cuando se podía fumar
dentro de los aviones, como esta señal que marcaba en que
momento había que apagar el cigarro y abrocharse el cinturón.


No solo en los aviones se fumaba. Cómo olvidar esos maravillosos viajes en tren de México a Chihuahua a lado de mi Inmortal abuela. Ella me llevaba de la mano desde nuestra cabina del Pullman hasta el famoso “Coche Fumador” que generalmente se encontraba en la parte final del tren, en ese vagón, mientras yo contemplaba como los rieles iban quedando atrás a la distancia, ella sacaba sus cigarros Baronet o Kent y se ponía a fumar junto con los demás contertulios ahí reunidos. En ese coche esperábamos a que pasara el “Porter” sonando su triangulito anunciando que ya era hora de pasar al Comedor a tomar los sagrados alimentos del día… Y al terminar de comer, irremediablemente, de regreso al Coche Fumador. Si mal no recuerdo el viaje duraba como 36hrs., así que las visitas al Coche Fumador eran varias.


Los cigarros Baronet que fumaba mi abuela y otros más
de ese tiempo. Y recuerden, Baronet... ¡Es el cigarro!


Por supuesto que me tocaron aquellos maravillosos tiempos en los que uno podía ir a un restaurante y, luego de terminar de comer, se podía encender un cigarro para hacer la sobremesa más agradable o simplemente para acompañar el café. Y ni qué decir de todo lo que se fumaba en los bares y las discotecas mientras uno libaba con singular alegría hasta embrutecer. Incluso recuerdo que yo llegué a fumar dentro de los cines, cines como: el Pedro Armendáriz, el Dorado 70, el Revolución, el Viveros, el Pecime y la Plaza de los Compositores, que eran los que yo más frecuentaba. Claramente durante la función se veían en la oscuridad los encendedores haciendo su trabajo; el humo de los cigarros lentamente se elevaba en la sala hasta mezclarse con la luz del proyector.


Aquellos tiempos en los que se podía fumar en un restaurante o
bar sin que fuera uno señalado cual delincuente.


Fumar en aquellos tiempos era todo un placer. Yo fumé en los billares, en los boliches, incluso en las salas de espera de los hospitales. Hoy las cosas han cambiado mucho, no sé si para bien o para mal, paciera que hoy el único lugar en donde uno puede fumar sin ser agredido por una turba enardecida de no fumadores es nuestra propia casa, y eso es discutible porque he sabido de casos en los que los vecinos que se quejan porque el olor de cigarro llega hasta sus casas. En fin, son otros tiempos y qué le vamos a hacer; hoy afortunadamente yo ya no fumo pero me preocupa mucho que vivamos en un mundo en donde la prohibición comience a ganarle terreno a la libertad. Hay que respetar a los no fumadores, no invadir su espacio, pero creo también que deberían de haber más espacios para la gente a la que le gusta fumar. Así como hay lugares “libres de humo” también deberían de haber lugares “llenos de humo” en los que el que quisiera pudiera entrar libremente.



Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!