04 octubre 2014

Caruso en México




Enrico Caruso llegó a la Ciudad de México el 22 de septiembre de 1919 para presentar una temporada de ópera. Caruso viajó en tren desde Laredo junto con sus acompañantes: la soprano mexicana Ada Navarrete, el bajo David Silva y el director de orquesta Genaro Papi, todos ellos grandes figuras del Metropolitan Opera House de New York. El Presidente Venustiano Carranza fue quien costeó los pasajes de esa pequeña compañía.

El comendador, Enrico Caruso, estaba en la cúspide de su carrera cuando llegó a la Ciudad de México. En mayo había recibido un homenaje en Nueva York por 25 años en los escenarios. En dicho homenaje se dice que recibió 100 mil dólares en regalos y además se le dio nombramiento de capitán de la policía neoyorquina.

Para no quedarse atrás, El Abate Benigno escribió tres días antes del debut de Caruso en el Teatro Iris, un sentido homenaje rimado al cantante que en una de sus estrofas decía:

...pero habrá, como hubo en Nueva York, policía
que te honre y te haga tal como la de allá
miembro honorario suyo para que nunca olvides
que police allá fuiste y tecolote acá.


La idea del Abate no tuvo eco. No obstante algo tuvo que ver el tenor con la policía mexicana. El 4 de octubre, el conductor Ubaldo Bassini atravesó a toda velocidad las calles de Revillagigedo, en el Centro Histórico, provocando varios accidentes a su paso, pero evitando daños en su vehículo Hudson gracias a su pericia.

Los elementos policiacos lo persiguieron hasta la colonia Juárez y posteriormente a la Roma. En la Plaza de Orizaba, Bassini, o alguno de sus acompañantes, dispararon sobre los policías sin herirlos. Finalmente fue detenido y, cuando se le preguntó la causa de su locura, respondió que fue por haber comido unas horas antes unos exquisitos macarrones con Enrico Caruso.

El viernes 26 de septiembre, cantantes de ópera mexicanos, entre ellos la soprano Consuelo Escobar de Castro, ofrecieron un homenaje al tenor en el Teatro Arbeu (en República del Salvador 49, donde hoy se ubica la Biblioteca Lerdo de Tejada). Caruso manifestó de puño y letra su deseo "de conocer y aplaudir sus muy distinguidas facultades para el arte sublime y puro de la ópera que ya por muy buenas referencias tengo en gran estima".



Así lucía el Teatro Arbeu a principios del siglo XX. 

Varios cantantes mexicanos ofrecieron una función
en honor a Caruso en el Teatro Arbeu.


La actuación de los compatriotas no secundó las palabras del tenor. Como explicó el cronista teatral del diario El Universal: "había yo no sé qué genio maléfico en el ambiente del Teatro Arbeu que todo mundo fracasaba a pesar de sus buenas intenciones". Josefina Llaca desafinó, Ángel R. Esquivel y Rodolfo Cervantes no estuvieron a la altura, y Consuelo Escobar convenció. El público los abucheó.

El domingo siguiente, enfundado en un traje de charro, con todo y sombrero, el tenor asistió a la kermés de los Caballeros de Colón, realizada en la Quinta Lira, en donde comió quesadillas y tortas a la usanza callejera.

El lunes 29 de septiembre de 1919, a las nueve de la noche, inició la primera de seis funciones que Caruso ofreció en el entonces recién inaugurado Teatro Esperanza Iris (hoy conocido como Teatro de la Ciudad Esperanza Iris).


Teatro Esperanza Iris.


Tres mil personas llenaron el foro ubicado en la calle de Donceles, donde daría la cara por el canto mexicano la yucateca Ada Navarrete (madre de las actrices Queta y Ada Carrasco Navarrete), quien hizo a Adina, y el bajo David Silva, quien hizo a Dulcamara en la ópera “L'elisir d'amore” (El Elixir de amor), de Donizetti. Esa noche Caruso tuvo un éxito rotundo, el telón se levanto diez veces para ovacionarlo.

A la prueba del lunes para tenor ligero, siguió la del jueves 2 de octubre para tenor dramático: “Un ballo in maschera” (Un baile de máscaras), de Donizetti, interpretando a Ricardo, al lado de la conocida contralto italiana Gabriella Besanzoni.


Gabriella Besanzoni.


Por presión de los abonados accionistas, “Samson et Dalila” (Sansón y Dalila), de Saint-Saëns, se cantó en el Teatro Iris el 3 de octubre. Los operómanos brincaban de gusto por tener en escena una obra nada trillada y un cartel nada común.

El 5 de octubre, domingo a las 3 de la tarde, la pareja Enrico Caruso - Gabriella Besanzoni pisó el escenario de El Toreo de la Condesa con “Carmen”, de Georges Bizet. Lo que más se oyó esa tarde en la enorme plaza de toros no fueron las voces ni la música de la orquesta, sino las ovaciones del público. Más de 22 mil personas soportaron la lluvia del tercer acto para poder escuchar al gran Caruso interpretando al cabo Don José de “Carmen”.

Para ese entonces Caruso fumaba en exceso y ya presentaba dolores de cabeza que se le agudizaron al llegar a México. A veces su voz no era tan brillante como  él quería. Para su presentación en El Toreo de la Condesa cuentan que se puso un poco de bálsamo de Bengué en la nariz, se frotó con él toda la cabeza y el cuello, y salió a escena.


La primera presentación de Caruso en el Toreo de la Condesa fue con la
ópera "Carmen" de Bizet.

La lluvia cayó durante el tercer acto sobre los tendidos pero eso no importó,
la gente ahí reunida disfrutó de la función de ópera.


Vendría “Un ballo in maschera” (Un baile de máscaras), en El Toreo, la lluviosa tarde del 12 de octubre. Cinco días después, el 17 de octubre, Caruso se presentó con “Marthe” Martha, de  Friedrich von Flotow, en el Teatro Iris, en donde daría vida a Lionel. El domingo 19, el foso de la colonia Condesa fue el escenario de la ópera “Samson et Dalila” (Sansón y Dalila).

El jueves 23 tocó el turno a “Pagliacci” (Payasos), de Leoncavallo. Luego de haber interpretado soberbiamente el aria más conocida de la ópera, el público explotó en una gran ovación y el escenario del Iris se llenó de flores mientras el tenor lloraba emocionado.


Caruso en el papel de Canio de la ópera "Payasos".

"Payasos" fue una de las óperas más aplaudidas en su visita a México.


Todo mundo quería conocer al gran cantante italiano; la gente se disputaba los más de 20 mil boletos disponibles para verlo el domingo 26 de octubre en “Aida”, de Giuseppe Verdi, de nuevo en El Toreo de la Condesa.

La función de “Aida” resultó inolvidable. Contaba un cronista de la época que él nunca supo si Caruso cantó bien o no, si la orquesta se lució o no; de lo que sí dejó constancia en un ágil texto fue de la fiesta popular en que se transformó la función.

La temporada se acababa. El empresario trataba de arreglar algunas fechas más, pero era imposible. El martes 28 de octubre, Caruso cantó en el Teatro Iris un concierto organizado por el H. Ayuntamiento de México cuyas ganancias se destinarían a mejoras materiales de la ciudad capital. Acompañado por la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida nada más y nada menos que por el maestro Julián Carrillo, el tenor incluyó en el programa un conjunto de canciones napolitanas.


El maestro Julian Carrillo.


El jueves 30 octubre, Caruso se despidió del Teatro Iris con su peor actuación en México, debido a que estaba enfermo. En “Manon”, de Jules Massenet, Caruso se hallaba ya muy fatigado, se le veía agotado; tosía a menudo pero esquivaba los escollos de la partitura hábilmente apelando a sus buenas mañas de viejo lobo de escena.

Su salud y su estado de ánimo cambiaron sorprendentemente apenas 24 horas después, cuando artistas nacionales ofrecieron al comendador una noche mexicana en su honor, ahí mismo en el Teatro Iris. Instalado en la platea de honor, el tenor apreció emotivo homenaje que inició a las siete de la noche y se extendió hasta las dos de la madrugada del sábado.

El maestro Carrillo, al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigió su Obertura de Los naranjos. Caruso se divertía haciendo caricaturas de María Conesa, quien en una parte del espectáculo apuntó con una pistola de utilería al tenor. Caruso, divertido y participativo, dio un grito en la bemol, entre las risas y aplausos del público.


María Conesa "La Gatita Blanca" bromeó con Caruso durante la función
homenaje que ella y otros artistas mexicanos le brindaron en el Teatro Iris.


A lo largo de su estancia Caruso tuvo la oportunidad de visitar algunos lugares típicos de la Ciudad de México y sus alrededores. Leopoldo “El Cuatezón” Beristáin contó que en Xochimilco, Cartucho (como le decían ahí) bebió pulque y comió enchiladas con singular alegría. El Cuatezón Beristáin aprovecho la oportunidad y le dijo a Caruso “que cuando fuera a su cantón, les dijera a sus paisanos que no es cierto que aquí afusilan, ni roban, ni matan a los extranjeros, y que, por el contrario, se les recibe con flores, mujeres y harto tlamapa”.


Leopoldo "El Cuatezón" Beristáin, actor vernáculo
puntal del teatro politico.

Enrico Caruso probó el pulque en México. En la foto
 aparece junto a la cantante Gabriella Bensanzoni. 


El 1 de noviembre, Enrico Caruso fue invitado a poner la primera piedra del Cine Olimpia, cine que se localizaba en la calle 16 de Septiembre casi esquina con San Juan de Letrán (hoy Eje Central). Con el tiempo ese maravilloso cine terminó  convertido en una horrible plaza comercial en donde se venden cualquier cantidad de porquerías. En la fachada de la plaza comercial se encuentra una gran marquesina en donde se lee “Sex Capital – La Capital Mundial del Sexo”.


Caruso colocando la primera pieda del
cine Olimpia en la Ciudad de México. 

Registro de la presencia de Caruso en el cine Olimpia.

El cine Olimpia en sus mejores años.


El día de muertos, 2 de noviembre de 1919, Caruso cantó por última vez en México. Eligió sus más grandes éxitos en este país: el tercer acto de “El elíxir de amor”, el tercero de “Martha”, y el primero de “Payasos”. A pesar de la lluvia que cayó sobre los tendidos del Toreo, el tenor se mantuvo en el escenario sin protección alguna. La ovación que le propinó el público mexicano al final de la función fue de época. Caruso se llevaba de México –dicho por él mismo-, bellas impresiones de gentes, costumbres y paisajes. Caruso se despidió de México diciendo: "Por ello es que ahora, no le decimos, ni podríamos decirle adiós; sino... ¡hasta luego!".


Adiós al gran Enrico Caruso.


Desgraciadamente el anhelado reencuentro nunca llegó. El gran Enrico Caruso murió poco menos de dos años después de su visita a la Ciudad de México, un 2 de agosto de 1921. Se supo que fue una infección fulminante (pleuritis purulenta) la causa de su deceso. Caruso murió muy joven, tenía apenas 48 años. 

Dichosos aquellos que tuvieron la fortuna de conocerlo y de escucharlo cantar durante aquella memorable visita a nuestra querida Ciudad de México. Gloria pues al gran Caruso en donde quiera que se encuentre.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!


Nota: Gran parte de este texto fue extraído de la publicación del Sr. Juan Solís del periódico El Universal. 

11 septiembre 2014

Extraño las Películas y los Cines de antes




Ya estoy harto de películas 3D, de las salas X4D, y del uso y abuso de la bonita explosión, la trompada y el balazo. No estoy dispuesto a ver una película más en donde la computadora sea la protagonista principal. Ya estuvo. Quiero, exijo, una buena película como las que se hacían antes, de esas en donde bastaba con un buen par de actores, una buena historia y una buena dirección… y ya.

Extraño aquellos años en que los cines olían a palomitas y no a nachos, pizza, burritos, hotdogs, sushi y Caramel Frappuccinos deslactosados dobles con chochitos. Hoy cada vez disfruto menos ir al cine con todo y lo limpias y equipadas que están las salas en estos días. Desde hace mucho tiempo ya no se escucha al típico pelado que entraba a la sala gritando “ya llegueee” o “arriba el Américaaa”. Ya no se escucha el grito de algún contertulio gritando “cacarooo” cada vez que la película se salía de foco o se le olvidaba cambiar el carrete. Extraño esas butacas tan simples, las de ahora reclinables con mesitas giratorias no me gustan nada.  Extraño, cosa que ni yo me lo creo, los intermedios, sí, tanto que fregué para que los desaparecieran, bueno pues ahora resulta que los extraño, yo y mis antojadisas tripas, y claro, mi mermada vejiga también.

Ya no me entusiasma ir al cine; exijo que esos imponentes complejos de cines destinen por lo menos una de sus salas para proyectar películas clásicas. Me encantaría ver, en pantalla 100% digital y con sonido dolby, todas esas películas clásicas de Hollywood. Sería espectacular de nuevo ver nadar a Esther Williams, o ver bailar a Fred Astaire con Ginger Rogers o Rita Hayworth, o ver besarse a Clark Gable con Vivien Leihg, o ver como hace picadillo Anthony Perkins a Janet Leight, o ver a Charlton Heston en una carrera de cuadrigas, o ver las zapatillas de rubi de Judy Garland… En fin, creo que no soy el único en este planeta que disfrutaría el volver a ver películas como estas, ahí queda mi sugerencia pues.




Vía de mientras no creo volver a pararme en un cine en un buen rato, por lo menos no hasta que regresen las películas de actores y no de efectos especiales. Ya dije.

¡Ah! y hago votos porque regresen los gaznates a las dulcerías de los cines.


Los tiempos pasados no fueron mejores... ¡pero sí más chidos!

05 agosto 2014

Una Expedición Ochentera



Todos los sábados, por ahí de las 6 de la tarde, irremediablemente había que enfrentarse al dilema de… ¡¿Qué vamos a hacer en la noche?!

Generalmente en alguna de las “playas” de la colonia había una fiesta, de esas fiestas de luz y sonido que estaban muy de moda por aquellos tiempos. Para entrar a esas fiestas solo había que conocer a alguien de la casa o bien mocharse con un varo con el wuey de la entrada; el problema es que esas fiestas no eran muy divertidas que digamos, dos o tres pubertos intentando bailar algo de Wham! o Billy Ocean en el oscuro garaje adaptado con focos rojos y ya, eso era todo. La mayoría de la concurrencia generalmente estaba afuera de la fiesta, algunos en los coches ingiriendo bebidas espirituosas y uno que otro cigarrito de manufactura casera, otros más afortunados se dedicaban a empañar cristales de volcho auxiliados por alguna señorita harto entusiasta, y otros, los más, simplemente se informaban si alguien más sabía de alguna otra fiesta con mejor ambiente. La decepción venía cuando al llegar a la otra fiesta uno descubría que esta estaba igual o peor de aburrida, pero había quien se pasaba toda la noche buscando la fiesta perfecta y así era feliz. 

De cualquier modo, y aunque uno ya sabía de antemano lo que se iba a encontrar en esas fiestas de luz y sonido, había que pasar por el lugar solo para comprobar que aquello estaba super aburrido y que era necesario recurrir a un “Plan B”.

Por ahí de las seis o siete de la noche, sonaba el timbre de mi casa, me asomaba a la ventaba, y veía en la calle a mi querido amigo Toño que orgulloso me mostraba alguno de sus discos. Inmediatamente bajaba a su encuentro y lo invitaba a subir. Toño siempre fue mi asesor musical, mi guía, mi gurú en cuestiones musicales, así que siempre estaba deseoso de ver que novedad me traía para escuchara. Un día llegaba con Cheap Trick y me pedía que escuchara “If you want my love”, otro día era Culture Club y su “Church of The Poison Mind”, pero también eran Madness con sus “Baggy Trousers”, The Who con “Baba O'Riley”, Lene Lovich y su “Lucky Number”, o The Rolling Stones con “Honky tonk woman”, siempre era un placer descubrir o redescubrir solistas, bandas y grupos de rock o pop.

Nos metíamos a mi cuarto y poníamos los discos a todo volumen en mi “modular” marca Panasonic. Si por ahí tenían algún casete libre (marca: Maxell, TDK o Sony), procedía a grabar el material en cuestión para que pasara a formar parte de mi fonoteca y para poderlo tocar en mi volcho mientras dábamos el roll. Al tiempo que escuchábamos la música, como que nuestras papilas gustativas comenzaban a exigir algo que las humectase, alguna cebadilla refrescante para rehidratar nuestros pubertos cuerpos ávidos de malta y lúpulo.


Esta era mi recamara en los 80s, ahí sobre la cómoda esta el
estéreo Panasonic en donde escuchaba los discos con mi
amigo Toño. Adentro se alcanza a ver mi Walkman amarillo.

Mi amigo Toño tenía excelente gustos musicales y gracias a él
conocí grandes bandas. El disco de Lene Lovich que está al
frente es un regalo de él que aun conservo con mucho cariño.


Ya como a las 9 de la noche, la música había terminado, la sed había aumentado, y las ganas de compañía femenina nos obligaban a abandonar el lugar de mis éxitos, mi recamara, para ir en busca de satisfacer nuestras necesidades primarias (Toño y yo afortunadamente nunca nos perdimos el asco jeje).

Mientras Toño iba en friega a su casa a dejar sus discos y a pedir los permisos necesarios (supongo yo), el que les habla hacía lo propio pidiendo además un poco de varo a su sponsor oficial (mamá) para solventar los gastos sabatinos. También aprovechaba para darme una pequeña acicalada, me peinaba con algo de mousse, me ponía mis Top Sider (nunca me latieron los tenis), cogía una de mis chamarras Members Only, me rociaba generosamente con mi Paco Rabanne, y salía al encuentro de mi poderoso y fiel volchito azul.


Aquí mi "Minideseo". Mi volchito azul modelo '82 tenía los vidrios
polarizados (casi negros) lo que me permitía hacer hasta lo
innombrable ahí adentro. Fue mi fiel compañero de aventuras.


Mi “Minideseo”, como le llamaba a mi VW, se encontraba guardado a la vuelta de mi casa gracias a que el buen Isac me rentaba un espacio en su propiedad. Ahí nos reencontrábamos mi amigo Toño y yo ya listos para “hacer la noche”. Toño era menos fresa que yo para vestir, aunque de pronto usaba unas corbatas delgaditas como de piel que estaban de moda, o simplemente usaba alguna de sus sudaderas rociadas con Anteus o Quorum; esos sí, su mostacho siempre impecable, cual peregrinación de hormigas.

Justo a un lado de donde yo guardaba mi coche vivían en un edificio “Las Gordas”. Una de ellas era Elena, una niña bastante desmadrosa y buena pal trago con un look muy similar al de Amanda Miguel, la otra era mi querida novia Gaby de la cual la autocensura me impide hablar en esta ocasión. Normalmente no había ningún problema para sacarlas de su casa e invitarlas a pasar un bonito rato de sano esparcimiento entre un par de caballeros dipsómanos y libinopútridos, sin embargo a veces los compromisos familiares les impedían departir con nosotros.

En una de esas ocasiones en las que “Las Gordas” no estaban disponibles, mi amigo y yo nos vimos precisados a buscar en otro lado la bonita compañía femenina. Pero como lo primero es lo primero, y antes que nada y que todo, pasamos en friega a “La Hormiga” (prestigiada vinatería del rumbo) en busca que un par de heladas y refrescantes caguamas marca “Carta Blanca” junto con sus respectivos snacks oficiales, unas Pizzerolas y unos Triki-trakes. Ya bien aprevenidos para la noche con nuestras respectivas caguamas ubicadas estratégicamente  en la entrepierna, procedimos a analizar las posibles opciones que teníamos de encontrar compañeras de juerga a esas horas. Las opciones eran pocas. Hay que recordar que en aquellos tiempos no había celulares ni WhatsApp, tampoco redes sociales, cuando mucho había teléfono, y eso, a según, porque muchas de nuestras amigas no contaban con ese bonito invento del hombre blanco por lo que había que llamar a la tiendita de junto esperando que les pasaran el recado o bien desplazarse hasta el principado de cada una de ellas.


Cuántas de estas criaturas pasaron por mi entrepierna mientras
manejaba en busca de aventuras... creo que gracias a ellas
nunca tuve problemas de infertilidad. 


En una de esas ocasiones, a mi amigo Toño y a mí se nos ocurrió ir a buscar a las míticas, legendarias e inalcanzables hermanas Ponce. Este par de mujeres de una belleza autóctonamente exótica y salvaje habían sido parte de nuestro entrañable grupo de compañeros de la secundaria. En varias ocasiones habíamos intentado salir con ellas pero por caprichos del destino esto no se había consumado. Aquella noche creímos que la suerte nos sonreía y armados de valor (gracias a las caguamas) fuimos hasta sus dominios en busca de ellas.

El acceso a la casa de las Ponce no era nada fácil. Había que internarse en plan Indiana Jones por calles inhóspitas cuasi inexploradas por el hombre blanco. Mi volcho desgraciadamente no estaba blindado ni equipado con armamento antimotines por lo que el riesgo de morir en el intento era inminente. Pero el espíritu aventurero y jadeoso de mi querido amigo Toño siempre era un buen aliciente para enfrascarnos en cualquier aventura por difícil y peligrosa que esta fuera. Así que alentado por mi amigo Toño y confiando en sus conocimientos autodidactas de supervivencia, tomamos camino hacia los dominios de las Ponce.

La entrada al hábitat de las Ponce era un largo y oscuro callejón sin pavimentar. Una vez persignados, y luego de darle un buen sorbo a nuestras cebadillas pa’ terminar de darnos valor, comenzamos a avanzar por aquel inhóspito lugar. Mi amigo Toño que se sabía todos los protocolos a seguir en estos casos, dijo: “Ejem, ejem… A partir de este momento favor de mantener las manos dentro del automóvil y no dar de comer a los animales”. Yo agradecí dicha recomendación e inmediatamente cerré mi ventanilla y solo dejé la aleta abierta para respirar y poder escuchar si se acercaba alguna horda de Orcos salvajes.

La tensión era mucha, los nativos del lugar con mirada amenazante y retadora nos observaban desde sus madrigueras. Recuerdo que hasta los perros inspiraban terror, todos parecían haber salido de una historia de Stephen King, estaban más trinches feos que el mismísimo Cujo. A lo largo de la calle había toda clase de especímenes, incluso me pareció ver gárgolas, chaneques, gnomos, chupacabras, y demás fauna silvestre propia del lugar. Nuestro corazón se aceleraba cada vez más y más, nuestras gónadas intercambiaban lugar con nuestras amígdalas.

De pronto topamos con pared, hasta ahí llegaba el volcho quien del miedo también ya comenzaba a pasar aceite. De lado izquierdo había un callejón de apenas dos metros de ancho, las instrucciones decían que a partir de este punto había que seguir el recorrido a pie. Ni el mismísimo Dante Alighieri se hubiera atrevido a entrar a ese lugar, aquello era como el inframundo, el Mictlan de los mexicas. En este punto mi amigo Toño y yo nos quedamos mirando uno al otro, esperando, creo, que alguno de los dos en actitud suicida se ofreciera a ir en busca de las Ponce. En lo que pensábamos quien iba a ser el kamikaze en lanzarse en busca de las compañeritas, de pronto varios niños comenzaron a rodearnos. Los niños en un principio nos tranquilizaron un poco, nos hicieron sentir como misioneros del Amazonas. Nos animamos a bajar un poco el vidrio y establecimos contacto con ese grupo de pigmeos que rodeaban el volcho. Primero el contacto fue visual, luego descubrimos que hablábamos su dialecto y comenzamos a intercambiar palabras. Rápidamente nuestro encanto, y los Triki-trakes, hicieron que rompiéramos el hielo y así pudimos continuar con nuestra peligrosa misión.

Los pigmeos disfrazados de niños nos dieron santo y seña y nos indicaron el lugar exacto en donde se encontraban las hermanas Ponce. Les pedimos, les suplicamos que fueran a su encuentro y las hicieran venir hasta donde estábamos.

En este punto de la historia mi memoria comienza a fallar, no sé si la culpa es de las caguamas o fue más un bloqueo psicológico producto del miedo, el chiste es que no recuerdo bien lo que pasó después. Creo que de ese oscuro callejón finalmente salió una de las Ponce y simplemente nos bateo, no aceptó salir con nosotros alegando cualquier escusa. Pero eso no importaba, aquella aventura bien había valido la pena, la compañía de las Ponce ya no era necesaria para hacer de aquella noche algo inolvidable.


Así luce ahora la calle que llevaba al callejón donde vivían las
Ponce, ahora ya esta pavimentada y al parecer es
menos peligrosa.

Hasta este punto fue a donde llegamos en el volcho. Al centro
de la foto se ve el callejón que llevaba a la casa de las Ponce.
Creo que aquí debería de haber una placa que recordara
nuestra épica hazaña... digo.


Salimos de ahí rápidamente antes de que el macho alfa dominante del lugar comenzara a defender su territorio al verse amenazado por dos simpáticos mozuelos, mi amigo Toño y yo. Rapidito puse reversa y salimos como pedo por ventana de aquel lugar, sin mujeres, pero con una gran historia que contar. La noche siguió, tomamos más caguamas pal susto, compramos más Triki-trakes, y creo, no lo recuerdo, que terminamos hasta el keke almorzando tamales a las seis de la mañana en un mercado de Xochimilco… ¿o esa fue otra aventura? Sabe, ya me acordaré.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!


Este post está dedicado a mi amigo Toño así como a todos mis compañeros, amigos y hermanos de la secundaria a los cuales recuerdo con mucho cariño, incluyendo por su puesto a las legendarias hermanas Ponce.

26 julio 2014

¿Y tú qué hacías un sábado como hoy en 1984?



Era sábado, ese día mi novia estaba huérfana porque sus padres se habían ido a visitar a sus tíos a Cuernavaca, así que con permiso de mi Sacrosanta la invite a comer a la casa. Mi madre preguntó – ¿Qué se les antoja? -, yo siempre tenían la respuesta correcta a esta pregunta por lo que sin dudarlo respondí presto - ¡Una pizza! -.

Por aquellos años conseguir una pizza no era tan sencillo como ahora en que basta levantar el teléfono para que en menos de 30 minutos llegue una deliciosa pizza a tu casa, no, en ese tiempo había que atravesar una buena parte de la ciudad para ir en busca de una pizza. Mi madre cuando escuchó mi respuesta inmediatamente puso cara de “si quieres pizza vas a tener que ir por ella”. Yo en ese tiempo ya estaba legalmente capacitado para manejar el Datsun de mi madre, claro, gracias a la bonita corrupción que me había permitido sacar mi licencia de manejo del Estado de Nuevo León sin haber cumplido siquiera la mayoría de edad, así que no había ningún impedimento para que yo fuera por la pizza. 

Mi madre me entregó las llaves del Datsun, un varo para pagar la pizza, y junto con mi novia partí rumbo a Insurgentes Sur, casi frente a lo que era el Relox, en busca de mi pizza. El lugar era harto popular en ese tiempo, era el famoso  Shakey's Pizza. Allí vendían básicamente pizzas, pollo frito y unas deliciosas papas llamadas “Mojo” que eran la especialidad del Shakey's. El lugar más que un restaurante italiano parecía gringo, bueno de hecho lo era.




Luego de comprar la pizza volví a tomar Insurgentes y más adelante Churubusco para regresar a casa en friega antes de que se enfriara la pizza. De regreso escuchábamos en el estéreo del coche marca Pioner alguno de los muchos cassettes mezclados que comprábamos en el bazar de Pericoapa. En la guantera del Datsun estaba el ecualizador Clarion que le había puesto de modo que este no se notara, no fuera a ser que los cacos tuvieran la tentación de dar el tradicional "cristalazo" de aquellos años. Eso sí, el estero y el ecualizador eran de muy buena marca pero las bocinas eran lo más chafa del mercado, unas trinches bocinas dizque “triaxiales” marca Mustang que compré en Tepito por una mísera cantidad.

Ya en la casa bajé a la tiendita por mi infalible caguama Carta Blanca para acompañar la pizza mientras mi novia y mi madre se encargaban de poner la mesa.

Así pasamos parte de la tarde, comimos, vimos la tele, compramos otra caguama, y luego, como solía pasar por aquellos años pubertos, la hormona comenzó a pedir un poco de intimidad para realizar el bonito intercambio de fluidos corporales… besos, no piensen mal. En esta ocasión mi recamara, el “lugar de mis éxitos”, me pareció muy aburrida para ponerme cariñoso con mi novia, así que mi cerebro comenzó a fraguar algún plan alternativo, algo más romántico, algo nuevo, algo que antes no hubiéramos hecho. Al fin la respuesta llegó a mi cerebro.

Por aquellos años mi Papá Rules se fue a vivir a casa de la chingada, bueno el nombre correcto no era “casa de la chingada” sino Las Alamedas, un fraccionamiento nuevo que estaba muy al norte de la ciudad, allá por Atizapán. Cuando regresábamos de la infalible visita sabatina a su casa, me llamaba mucho la atención el autocinema que estaba sobre el Periférico, justo en donde estaba la desviación que tomábamos para llegar a su casa. Ya de noche, de regreso, la función había comenzado y se alcanzaba a ver algo de la enorme pantalla de aquel lugar. Siempre se me antojó entrar pero mi madre nunca me complació a pesar de mi chantaje sentimental y mi berrinche estilo Chabelo. Es cierto que yo ya había ido antes a un autocinema, uno que estaba sobre Rio Churubusco casi por donde está el Centro Coyoacan y el Centro Banamex, pero creo que fue cuando tenía apenas como 5 años y la verdad yo ya no me acordaba de cómo era ese asunto.

Le expuse la idea de ir al autocinema a mi novia a ver que le parecía, claro que a esa edad poco me importaba lo que le pareciera porque yo siempre hacía lo que se me daba la gana, cosa muy diferente a hora… bueno, ni tanto. Ella entusiasmada aceptó. Acto seguido le pedí las llaves a mi madre quien afortunadamente confiaba mucho en mí y en mi destreza para manejar luego de haber tomada dos caguamas, bueno, compartido dos caguamas con la dipsómana de mi noviecita.

Mi madre me dijo - Vete con cuidado y se portan bien -, es lo que normalmente hacía ya que mis antecedentes problemáticos de adolescente estaban limpios. Pronto tomamos Tlalpan, luego Viaducto, y finalmente el Periférico. Pasamos por Chapultepec y prometimos regresar pronto para tirarnos en la Montaña Rusa y el Ratón. Pasamos por Escatorama (Skatorama) a la altura de Lomas Verdes y prometimos regresar pronto para tirarnos en “Las Nubes”, "Las Olas" y “La Telaraña”. También pasamos por Plaza Satelite y ahí si no prometimos regresar porque francamente nos quedaba muy lejos y en esa plaza no había nada que no tuviera nuestra querida Plaza Universidad.




Al fin llegamos al autocinema, aun no comenzaba la función, función doble por cierto. Apenas llegamos nos enteramos qué películas iban a dar, eso era lo que menos nos importaba, y es que mi principal intención era explorar algunos puntos recónditos en la humanidad de mi hermosa novia. Luego de pagar en la entrada busqué un buen lugar donde estacionar mi Datsun. Junto a las ventanas del coche quedaron ubicadas las bocinas y unas mesitas para poner algunas viandas. Yo había logrado introducir clandestinamente otra caguama, digo por si había necesidad de rehidratarme luego de "empañar" los cristales del coche. En lo que comenzaba la función y terminaba de atardecer pusimos la radio y escuchamos algo de música, seguramente en WFM con Charo Fernández o alguien más de la época.

Finalmente se encendió el proyector y en la enorme pantalla comenzaron los anuncios y los cortos. El autocinema tenía en el centro la dulcería y los baños, en la dulcería había lo mismo que en las dulcerías de los cines tradicionales pero también se vendían hamburguesas y jochos. Parte del atractivo de un autocinema es tragar harto en el coche, así que mi novia y yo fuimos por algunos víveres para ver la película.

La función de aquella noche era doble y aunque no recuerdo con exactitud qué películas vimos recuerdo muy bien que las dos eran de terror, quizás alguna de las muchas que se hicieron de “Viernes 13” o “Halloween”. Seguramente a esta altura de mi relato estarán esperando el momento en el cual comencé a toquetear a mi novia, pero pues con la pena, resulta que mi condición de cinéfilo en ciernes aficionado al género del terror y el uy uy uy hizo que me olvidara por completo de las apenas recién formadas partes pudendas de mi flaca y terminé concentrándome en los sustos que estaban por venir. Mi novia por su parte se estuvo sosiega y también se concentró en la película, claro bien abrazada de acá su charro negro para evitar más “shuto” del necesario.

Bien estoicos mi novia y yo soportamos los dos churros de terror y solo nos retiramos unos minutos antes de que terminara la segunda película para evitar la monserga de la salida. Ya de regreso, mientras circulábamos sobre el Periférico, me abstendré de contar lo que sucedió, digo, puede haber niños entre el respetable y mi intención no es pervertirlos con malos ejemplos. El chiste fue que nuestros pubertos cuerpos no se privaron de nada y así regresamos sanos y salvos a nuestra colonia en donde nos esperaba una rica y acogedora cama, claro, una para cada uno y en sus respectivas casas. Y así terminó aquel sábado de 1984

Hoy me acordé de esto, mañana, bueno posiblemente mañana me acuerde de algo más que pronto les estaré contando; vía de mientras a pensar en el presente que es lo más importante, y es lo más importante porque en el presente es en donde están todos esos maravillosos recuerdos.



Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!

12 julio 2014

El Centro de la Ciudad de México, pero el de mi infancia



Cada vez que yo iba al Centro de la Ciudad de México me ponía muy triste al ver que la gente no prestaba atención a todas esas cosas maravillosas que se encuentran a lo largo de sus calles y plazas. Iban a hacer sus compras, caminaban rápido por las aceras, y con total indiferencia dejaban a un lado todos esos lugares llenos de historia y tradición. Siempre pensé que era un gran desperdicio el tener un lugar tan bonito en el corazón de nuestra ciudad y que este no se aprovechara mejor. Ahora que las cosas han cambiado y el Centro Histórico se ha convertido en un paseo para millones de chilangos que diariamente acuden cual hordas de orcos en busca de un momento de solaz y pelado esparcimiento me arrepiento de haber deseado eso, bien dicen: “ten cuidado con lo que deseas porque podría hacerse realidad”. La cierto es que antes yo disfrutaba mucho mis visitas al Centro, hoy… hoy tristemente las padezco. 

Pero bueno, ahora solo me queda recordar aquellos tiempos entrañables en los que mis visitas al Centro eran bastante agradables; y estoy hablando no de ayer ni de antier sino de hace ya varios años, porque a mí todavía me tocó parte del tradicional Centro Histórico, parte de aquel México que se nos fue, parte del México de mis recuerdos (como dirían Don Chucho Flores y Don Susanito Peñafiel y Somellera).

Recuerdo que mi llegada al Centro siempre era de la mano de mi madre. Bajábamos en la esquina de Isabel la Católica y Uruguay, justo a un costado de la Biblioteca, ahí en donde paraba aquel viejo camión amarillo conocido como  “vitrina”, camión que en la parte delantera mostraba un letrero que decía “Santiago - Algarín”. En ese entonces, a mis escasos 5 años de edad, había que ir siempre de la mano de mamá, y es que a mí todavía me tocaron aquellos viejos tranvías que circulaban por el Centro, y como yo no quería terminar como “El Camellito” de “Nosotros los Pobres”, es decir sin patas luego de ser atropellado por uno de estos tranvías, más valía entonces ser muy obedientemente y darle la mano a mi sacrosanta.



Justo en la esquina de Isabel La Católica y Uruguay en donde se encontraba el
antiguo templo de San Agustín (La Biblioteca Nacional) era en donde paraba
el camión que nos llevaba al Centro.

Años después la llegada al Centro era en la misma esquina de Isabel La Católica
y Uruguay solo que el camión ya no era una "Vitrina" sino un Delfín. 

Los tranvías siguieron circulando yo creo que hasta a principios o mediados
de los años setentas. Esta foto muestra la esquina de Madero con Isabel
La Católica, frente al templo de La Profesa.

El transporte público nunca ha sido suficiente ni cómodo en la Ciudad de
México, aquí esta la prueba. Este tranvía circula por la calle de Victoria
frente a los famosos Baños Victoria. 

Esta foto es de 1971 y en ella se aprecia un camión de los llamados "vitrinas"
y un tranvía circulando por la calle de Bucareli frente al famoso Café La Habana.


Cualquier pretexto para ir al Centro era bueno, a veces mi madre iba a comprar sus estambres “El Gato” con los que tejía miles de chambritas y suéteres; otras veces la visita era a un “cajón” como les decía mi abuela a las tiendas departamentales del Centro, las preferidas de mi madre y abuela eran Astor, El Puerto de Veracruz y Blanco; otras veces había que ir por una medallita para un bautizo a la joyería “La Princesa” o bien a la plaza de Santo Domingo para mandar a hacer los bolos; el cine también era una opción, íbamos al Real Cinema, al Alameda o al Arcadia a ver alguna película de Chabelo y Pepito, de la India María, de Cantinflas, o bien de Disney, “Cupido Motorizado” por ejemplo. Siempre había un buen motivo para visitar el Centro, aunque lo cierto es que la mayoría de las veces solo íbamos a pasear, a encontrarnos con el resto de la familia en alguno de los restaurantes del Centro.

Si usted amigo lector es lo suficientemente putrefacto como su servidor seguramente habrá ido al igual que yo a lugares como estos:


EL TUPINAMBA, por ejemplo, era un café que se encontraba en la calle de Bolívar, entre Uruguay y Venustiano Carranza. El Tupinamba estaba casi enfrente del famoso Café Do Brasil, el olor al pasar por la acera era maravilloso, invitaba a cualquiera transeúnte a degustar un buen café; nada que ver con la porquería que toman ahora todos los snobs-wannabe-posers en los Starbucks. La gente adulta que acostumbraba ir al Tupinamba disfrutaba de una buena plática taurina, política o trivial acompañado de un aromático café. Recordemos que en aquellos años existía la posibilidad de fumar sin ser tachado de delincuente, así que aquellas pláticas entre el humo del café y el cigarro eran una delicia.


Esta foto de mala calidad del Tupinamba sirve para por lo menos
tener una idea de como lucia la fachada de ese histórico Café.


LA FLOR DE MÉXICO era otro café del Centro, este se encontraba muy cerca del Tupinamba en contra esquina del Reloj Otomano, ahí en la esquina que hacen las calles de Bolívar y Venustiano Carranza (hoy el lugar es una tienda de Deportes Martí). Acudir por la tarde a La Flor de México en busca de un café y una rebanada de pastel era algo obligado si uno andaba por ese rumbo. El lugar en si era una pastelería, pero existía la posibilidad de sentarse en una mesa a tomarse un café con una rebabada de pastel.

LA SUPER LECHE, tristemente célebre por lo ocurrido el 19 de septiembre de 1985 cuando el terremoto de aquella mañana lo echó abajo, era un restaurante al que llegué a ir cientos de veces. La Super Leche estaba sobre el Eje Central (antes San Juan de Letrán) casi esquina con Victoria, frente a la también legendaria Churrería El Moro. Era casi una tradición familiar ir a comer ahí, mis abuelos conocían muy bien al dueño y a la mayoría de las meseras, muchas de ellas tristemente perdieron la vida en el terremoto. Ahí se podía comer desde una deliciosa paella, una buena fabada o uno callos, hasta unas enchiladas, una milanesa, o simplemente un café con leche acompañado de una concha con nata, nata de las de antes. La última vez que comí ahí fue apenas tres días antes de que ocurriera la tragedia del terremoto del ’85… muy triste.


En este edificio se encontraba la Super Leche, este fue el edificio que se
derrumbó en el Terremoto del '85 en donde perdieron la vida varias
personas, entre ellas la familia del dueño que vivía ahí mismo.

Otra toma del edificio de la Super Leche a nivel desde San Juan de Letrán,
hoy Eje Central Lázaro Cárdenas. 

Frente a la Super Leche estaba esta famosa churrería,
El Moro, misma que aun existe y que es toda una
tradición


LOS TACOS DE DOÑA BEATRIZ se encontraban en la calle de Uruguay, casi esquina con Bolívar. Recuerdo que era un lugar muy pequeño e incomodo, tenía una gran mesa de madera con una banca larga de cada lado, por lo que era necesario el clásico “compermisito” para poderse instalar en esta mesa; la otra opción era comer parado en la pequeña barra. Había un lavabo junto a la mesa para que los comensales hicieran lo propio antes de comer aquellos deliciosos tacos de carnitas. No sé que tenían, no sé que les ponían, pero eran los tacos más deliciosos del mundo mundial. La tortilla la hacían ahí, era una tortilla muy diferente a la porquería que ahora comemos. A aquellos tacos de carnitas solo les ponían guacamole, un guacamole exquisito, no había necesidad de ponerles nada más. Sobre aquella larga mesa de madera habían frascos de Salsa Búfalo (o algo parecido) llenos de jugo de limón, así que yo le agregaba únicamente unas gotas de limón a mis tacos y listo, ¡a darle que es mole de olla! Un día descubrí una sucursal creo que sobre Bolívar y más tarde otra en Motolinía, los probé y nada que ver con los originales de Uruguay, a estos ya les ponían cebolla y cilantro, cosa que los “apeladó”. Tristemente un día desapareció la taquería original y con ello mi esperanza de volver a comer aquellos increíbles y legendarios tacos.

EL CASAL CATALÁN era un maravilloso restaurante de comida española que se encontraba en la calle de Uruguay, entre el Eje Central y Bolívar, frente a donde se encontraba la también legendaria cervecería La Ola. Mi familia siempre ha sido amante de la cocina española, así que se las sabía de todas todas en lo que a restaurantes españoles concierne. En el Casal Catalán se comía exquisito, era un lugar familiar, discreto y con precios bastante accesibles, pero la comida era buenísima. Mis tíos abuelos vivían precisamente frente a este restaurante, así que cuando no íbamos al Danubio, a Casa Rosalía o a al Centro Castellano, ahí mismo en Uruguay, íbamos al Casal Catalán a comer como reyes.

MAZAPANES TOLEDO, saliendo de alguno de esos restaurantes españoles de Uruguay había que guardar un lugarcito en el estomago para unos deliciosos mazapanes de almendra Toledo. Estaban a unos pasos del Casal Catalán, casi frente al Centro Castellano. Afortunadamente los Mazapanes Toledo no han desaparecido, solo han cambiado de dirección varias veces, pero aun se pueden encontrar en el Centro (ahora están en el pasaje que llevaba al Cine Savoy en la calle de 16 de Septiembre).

EL NIVEL, siendo ya más grande comencé a recorrer algunas de las tradicionales cantinas del Centro, y esta, sin duda, era la más importante hablando históricamente. El nombre El Nivel seguramente venía de aquel Monumento Hipsográfico que se encontraba a un costado de Catedral y que permitía ver a través de una pequeña ventanita con una pelotita flotante cual era el nivel que tenían las aguas del Lago de Texcoco en el subsuelo tenochca. Este monumento que rendía homenaje a Enrico Martínez se encontraba originalmente de lado derecho de Catedral, en la intersección de Seminario y Arzobispado, más tarde se cambió del otro lado de Catedral que es a donde se encuentra actualmente. La cantina estaba frente a la ubicación original de este monumento por lo que adoptó su nombre. La cantina El Nivel era la más antigua de la Ciudad de México y presumía la primera licencia que se expidió para ese giro. Por este lugar no solo pasé yo, igual pasaron Presidentes, políticos, intelectuales, artistas, periodistas, turistas y, por supuesto, Juan Pueblo. La botana que servían en El Nivel era famosa, la principal era el peladísimo pero sabrosísimo queso de puerco con rajitas en escabeche, una delicia, era sin duda el mejor acompañante de una buen cerveza fría o de algún otro alipús propio del lugar. Desgraciadamente mi alma máter, la UNAM, un buen día se manchó y reclamó la propiedad del edificio cosa que hizo que luego de 156 años de historia y tradición el dueño del lugar decidiera cerrar permanentemente la cantina un 2 de enero de 2008.


Este es el famoso Monumento Hipsográfico conocido
como "El Nivel" que diera su nombre a la famosa
cantina del Centro.
 

La histórica cantina El Nivel muestra un letrero en su fachada que
dice: "Cerrado por Remodelación"... jamás volvió a abrir.


En fin, hay tantos lugares en el Centro Histórico que conocí y que ahora ya no existen, que se han ido, que el solo recordarlos me llevaría un buen de tiempo. Afortunadamente todavía sobreviven lugares legendarios a los cuales sigo asistiendo, lugares como: El Taquito, la Churrería El Moro o el Café Tacuba, que han logrado permanecer a través del paso de los años. Sí, es cierto que ahora mis visitas al Centro son cada vez más espaciadas, las multitudes a mí no me van, pero a veces, de pronto, me armo de valor y emprendo un recorrido evocador por todos esos rincones del Centro para recordar lo que ya no está y para disfrutar lo que aun permaneces… ánimas que no llegue el día en que tenga que dejar de ir por culpa de la excesiva reproducción huehuenche.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!

03 julio 2014

FLASHBACK: El Teniente Coronel Octavio Menduet



Hoy me acordé del Teniente Coronel Octavio Menduet, aquel miembro de la policía que salía en los programas de revista en la televisión de los setentas hablando un poco de civismo y dando algunos consejos relativos a la seguridad del ciudadano. Octavio Menduet llegó a hacer pequeñas apariciones en algunas telenovelas y películas, como por ejemplo en esas piezas de arte de la cinematografía llamadas "Santo y Blue Demon contra el Doctor Frankenstein" y "La venganza de la Llorona". Este hombre bigotón posiblemente encargado de la comunicación social y de las relaciones públicas de la policía siempre terminaba sus comentarios en televisión diciendo: “Y recuerde, viva precavidos días para pasar felices noches”. Hoy me acordé de él.


Teniente Coronel Octavio Menduet.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!


04 junio 2014

Wonder Woman: La Mujer Maravilla y su chamorrín




La Mujer Maravilla fue sin duda una de mis series favoritas durante los años más turbados de mi inquieta pubertad. Y lo fue gracias a que para interpretar a la invencible amazona de la Isla Paraíso se escogió a la para entonces desconocida Lynda Carter.

Linda Jean Córdova Carter, mejor conocida como Lynda Carter de Said, tiene raíces mexicanas ya que su madre nació en nuestro bonito y tlachichilca país. Nuestra cuasi paisanita ganó en 1972, representando al estado de Arizona, el concurso Miss Mundo USA, cosa bien merecida gracias a su indiscutible cualidad bizcochistica. Luego de ser una reinita de belleza le dio por la actuada y comenzó a hacer sus pininos en series tan recordadas y queridas como “Starsky and Hutch” hasta que algún productor le echo los ojos (y seguramente también los canes) y le ofreció el papel estelar en la serie “La Mujer Maravilla” (1975 – 1979).


Lynda Carter Miss Mundo USA '72.

Lynda Carter Miss Mundo USA '72.

Lynda Carter Miss Mundo USA '72.



Seguro recuerdan bien de qué iba la serie. Resulta que un piloto de la Segunda Guerra Mundial, el mayor Steve Trevor, luego de echarse un tiro con otro avión nazi, cae en una isla en medio del Triangulo de las Bermudas habitada por una bola de amazonas bastante guapetonas. La Isla Paraíso (no se les pudo ocurrir un mejor nombre) estaba llena de mamazonas, perdón quise decir amazonas, estas mujeres se supone que huían del machismo antiguo, o sea que durante miles de años se habían privado de un buen y siempre sano “revolcón” con el sexo opuesto (so sad). En esa isla estas féminas encontraron los secretos de la inmortalidad, nada de cremitas, botox, colágeno o restiradas de piel con el Dr. Del Villar, simplemente algo mágico que las hacía inmortales y les daba poderes sobrenaturales.

El mayor Steve Trevor luego de caer en la isla, el muy menso en lugar de callarse su boquita y quedarse a vivir ahí con esos pollotes en calidad de “único hombre varón masculino, del verbo no te agaches porque te chingo”, les cuenta que los nazis se están pasando de lanza con el resto del mundo y que este corre peligro. La mera mera de la isla, la Reina Hipólita (interpretada por Carolyn Jones mejor conocida como Morticia Adams), decide enviar a la más efectiva de sus amazonas para que ayude a los aliados. La elegida resulta ser su hija la Princesa Diana, mejor conocida como Lady Di… ¡ah no!, esa era otra Princesa Diana; bueno pues esta Princesa Diana, la de la isla, una vez que lleva al mayor Trevor a un buen nosocomio (como dicen los reporteros de nota roja), comienza a luchar en contra de los malandrines nazis. Con el fin de no ser descubierta ella inteligentemente se pone unos lentes y listo, así ya nadie la reconoce, tipo Superman (el estúpido del Subcomandante Marcos de haberlo sabido se hubiera puesto unos lentes y se habría ahorrado el incomodo y sudoroso pasamontañas). Además de los lentes la heroína (heroína de héroe no de “ponte hasta la madre”) adopta una segunda identidad como la militar Diana Prince y así pasa desapercibida.



La Princesa Diana (Lynda Carter) y la Reina Hipólita (Carolyn
Jones) en Wonder Woman.

Carolyn Jones a quien todos conocimos como Morticia Adams
interpretó a la mamá de la Mujer Maravilla.


Pero cómo no te voy a querer... miren nada más
que chulada de mujer la Lynda Carter (Wonder Woman).


Para la segunda temporada de la serie la ABC cedió los derechos a la CBS mismos que le dieron un toque más moderno a la serie llevándola de los años 40s a los modernísimos años 70s. Con esta medida los escritores de la serie tuvieron más libertar para enfrentar a la Wonder Woman con nuevos malechores.

No nos hagamos, todos lo que más recordamos de esta super héroe es su híper sexy uniforme, uniforme que en un principio incluía una coqueta faldita misma que fue eliminada para deleite de los libinoputridos pubertos de ese entonces, o sea yo. El uniforme incluía el famoso cinturón de fuerza, la tiara telepática, los brazaletes con los que repelía todas las balas (desde calibre 22 hasta cuerno de chivo mata narco), y por su puesto el famoso lazo dorado mágico mejor conocido como “el lazo de la verdad”. Seguro todos recuerdan este dichoso lazo que resultaba más efectivo que el viejo y conocido “tehuacanazo” ya que bastaba con rodear a alguien con él para que dijera la verdad y nada más que al verdad. Claro, para las fantasías de un puberto de mente amplia y creativa como yo, imaginaba que este lazo también le serbía para dar rienda suelta a sus instintos sadomasoquistas producto de la falta de cariñitos y cuchicuchis en la Isla Paraíso… sí, ya sé, yo necesitaba ayuda psicológica en ese entonces (y creo que aun ahora jeje).



El traje de la Mujer Maravilla, seguro que en una
Sex-Shop sería un éxito.

Lynda Carter, la Mujer Maravilla, en posición
de combate... yummy yummy.

Lynda Carter nos muestra su Tiara Telepática y
sus Brazaletes repele cuernos de chivo.



Pero no solo el lazo mágico era uno de sus gadgets favoritos, también tenía su súper avión invisible, era como de cristal, lo que según yo no permitía ver el avión pero sí los calzones de la Mujer Maravilla, bueno, como diría Jaime Sabines: “Yo no lo sé de cierto, lo supongo”. Otra cosa muy chistosa era el modo en que se transformaba de Diana Price a Wonder Woman; su transformación consistía en dar vueltas y vueltas cual niña oligofrenia hiperquinetica de escuela Montessori hasta que comenzaban a salir rayos y centellas de su persona (yo creo que así vomitaban las amazonas), al final y una vez terminada la transformación ella ya salía con su bonito y sexy uniforme lista para combatir a los malandrines. También llegó a tener un poder en la primera temporada que por ridículo terminaron quitándole, tenía el poder de hacer mímica imitando la voz de otras personas, algo así como lo que hacía Carlos Monroy, el de Neto y Titino.


El maravilloso avión invisible de la Mujer Maravilla el cual
nos permitía verle los calzones desde la Tierra. 


La querida Lynda Carter llegó a aparecer en películas de esas llamadas “Serie B”, o sea bastante chafas, incluso en una de ellas llamada “Bobbie Jo and the Outlaw” (1976) generosamente nos mostró sus encantos (sus boobies, o lo que es lo mismo “chichis pa’ la banda”) cosa que el respetable agradecimos.



Lynda Carter topless en "Bobbie Jo and the Outlaw" (1976).

Lynda Carter topless en "Bobbie Jo and the Outlaw" (1976).

Lynda Carter topless en "Bobbie Jo and the Outlaw" (1976).
En esta foto parece ser que sorprendieron a Lynda Carter en
algún vestidor. No estoy seguro de la autenticidad de la
foto, de todos modos aquí se las comparto. 



Bueno pues espero que este bonito recuerdo de Lynda Carter sirva para homenajear a una de las mujeres más sexys de los años 70’s, yo por mi parte la recordaré siempre en su bonito y sexy uniforme persiguiendo a los malandrines al tiempo que enseñaba pierna y demás encantos corporales.



Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí mas chidos!