04 diciembre 2013

Mi Peluquería




Hoy en la mañana fui a uno de mis lugares favoritos, la peluquería. Es una peluquería de las de antes, tipo barbería, de esas con sillones antiguos sumamente cómodos, de esas con el típico letrero en espiral rojo, azul y blanco que gira con luz propia, de esas con peluqueros hombres machos masculinos (del verbo no te agaches porque te chin…), de esas donde cuelgan de los sillones cintas de cuero para asentar las navajas, de esas donde los peluqueros lucen zapatos de charol y una impecable bata blanca, de esas donde hay una máquina para calentar toallas, de esas donde uno se puede arreglar la barba, el bigote o bien darse un buen masaje relajador (sin final feliz ni calambre), de esas en donde uno se siente que ha viajado en el tiempo desde que cruza la puerta.

Mientras estaba ahí esperando a que el maestro de la tijera me atendiera, me percaté que dentro de la peluquería yo era el único cliente con pelo… sí, la mayoría de los ahí presentes o eran señores calvos o bien en vías de. Sin embargo todos los clientes felices se dejaban consentir por las manos expertas de los peluqueros, que no estilistas. Unos pedían solo que les rebajaran el poco pelo que aun les quedaba, otros más pedían que les arreglaran la barba o el bigote. La mayoría eran gente mayor, yo era el más joven ahí, y eso de "joven" ya es decir mucho.

Uno de los clientes, el que estaba siendo atendido por mi peluquero, era un conocido diputado de izquierda cuyo nombre prefiero omitir. Este ilustre hijo del erario público de abultado abdomen y escaso pelo en la azotes, hizo gala de su prepotencia y despotismo al ordenarle a su chófer que subiera su camioneta a la banqueta para cuando el saliera. Yo me entretuve haciendo observaciones a su persona, llegando a la conclusión que: “aunque la mona de izquierda se vista de seda, mona de izquierda se queda”, o lo que es lo mismo, el que es pelado siempre será pelado por más varo que ostente.

Una vez que dicho troglodita hizo mutis y abandonó la peluquería el ambiente mejoró y se volvió lo que suele ser, un lugar lleno de camaradería y  fraternidad.

Luego de que mi peluquero alistó todas sus cosas me invitó a pasar a sentarme en uno de esos magníficos sillones antiguos. Después del saludo oficial, el maestro Curiel me preguntó - ¿Cómo siempre verdad? –, y yo resignado asentí con la cabeza. Tengo que confesar que mi peluquero no es precisamente un artista con la tijera, de hecho es bastante malo, sin embargo ese precio estoy dispuesto a pagarlo con tal de seguir asistiendo a esta maravilloso y magico lugar.

Otra cosa que me gusta de este lugar, es que los peluqueros respetan el silencio, es decir, si uno quiere solo estar callado ellos no intentan “hacerte la plática”; pero si por el contrario uno está dispuesto a platicar, bueno pues ellos manejan fluidamente cualquier tema, ya sea político, deportivo, social, cultural y, mi preferido y por el cual voy, el tema de la nostalgia. Y es que como la mayoría de los peluqueros y los clientes son gente mayor, no hay nada que disfrute más que sus pláticas nostálgicas y evocadoras de los tiempos pasados. Y si el tema no sale a colación, de eso me encargo yo, basta con hacer una pregunta de algún hecho pasado para que ellos se explayen con una buena historia o anécdota, historias y anécdotas que ellos disfrutan al por mayor al recordarlas.

Hoy, en este preciso momento, estoy luciendo un bonito corte demodé con todo y copetito estilo Presidente oligofrénico de la Republica Mexicana, no me importa, ciertamente hubiera quedado mejor con mi estilista Charlie de hace algunos años, pero también, seguramente, me hubiera perdido el enorme placer de viajar en el tiempo desde el momento en que atravieso la puerta de vidrio de esta encantadora peluquería vintage… mi peluquería-barbería favorita.


Peluquería vintage.

Las herramientas e instrumentos de los peluqueros
de antaño. 

Aquí se esterilizaban los instrumentos y
se calentaban las toallas.

Uno de esos hermosos y cómodos sillones
de peluquería antiguos que aun subsisten
en las peluquería viejas.



Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!