16 octubre 2013

Jugando en la Calle



Antes los pleitos con las jefas eran para que nos dejaran salir a jugar con nuestros amigos de la cuadra, hoy los pleitos son para que a los escuincles nalgas miadas los dejen jugar un rato (ratote) en sus “compus”, ya sea solos o con algún amiguito que bien puede estar del otro lado del mundo. Tristemente hoy los niños ya no se separan de sus trinches computadoras, de sus tablets, de sus teléfonos inteligentes, de sus consolas de video, etc. Los niños de hoy ya no quieren salir de sus casas, ya no se mueven, por eso ahora hay tanto niño gordo con chichis de gorila vieja y cara de Takechis. Pero hay que ser justos, no toda la culpa es de ellos, los papás muchas veces se sienten más tranquilos viendo jugar a sus hijos adentro de sus casas que exponiéndolos a la inseguridad que hoy existe en este país… ni hablar, los tiempos son otros.

Por eso hoy quiero recordar aquellos tiempos en los que yo y las lacras de mis amigos salíamos a la calle y nos inventábamos juegos; y es que no todo era salir a la calle a andar en bici o a patinar, habían otros juegos, juegos que seguramente usted amigo lector jugó, claro, si es que usted es un adulto contemporáneo en avanzado estado de descomposición, como yo.

Recordemos pues a qué jugábamos cuando éramos unos críos, cuando vivíamos en aquel México en el que todavía se podía salir a echar relajo con los amigos de la cuadra sin morir en el intento.



STOP

Juego meramente bélico pero “de a mentis”. En este conocido juego cada uno de los mocosos nos convertíamos en verdaderos Dignatarios de las Primeras Potencias Mundiales (y claro, de México). Se dibujaba, con el siempre bien socorrido gis, una especie de huevo frito en el suelo el cual se dividía en partes iguales según el número de participantes, el resultado era una especia de pastel rebanado (con el típico circulito en el centro que hacen las tías gordas en los pasteles antes de partirlos). El siguiente paso era escoger un país, según recuerdo los más solicitados eran México y Estados Unidos, yo siempre escogía los más extraños para que les costara más trabajo decirlos a la hora del juego, ejemplo: Checoslombría (ni existía jeje). Luego, todos ponían un pie sobre el pedazo de “territorio” que les había tocado y en el que previamente ya habían escrito el nombre del país al cual representaban. Finalmente, uno de los belicosos escuincles en turno pronunciaba la siguiente frase: “Declaro, la guerra, en contra, de…” y entonces mencionaba alguno de los países ahí suscritos. En cuanto mencionaba el país, todos tenían que salir corriendo como si se hubiera detonado una bomba atómica (o pestilente), excepto, claro, aquel que representaba el país mencionado el cual tenía que pisar el centro y decir en voz alta: “¡STOP!”. En ese momento, todos los demás que huían con rumbo desconocido (como dicen los policías) tenían que detenerse y quedarse quietos. Luego, el escuincle atacado tenía que escoger a alguno de los demás niños para luego calcular mentalmente la distancia a la que estaba en pasos “gallo-gallina”. Al terminar de hacer su cálculo decía el resultado en voz alta y procedía a caminar hasta él. Si los pasos eran los correctos entonces el ganaba y el que perdía era el que había salido corriendo; si no atinaba, entonces el perdedor era al que le habían declarado la guerra. Al perdedor se le ponía un “hijo” (una rayita junto al nombre de su país), y al final del juego, el que tuviera más rayitas, era el que perdía. A veces alguna mamá hacía las funciones de Secretaria General de la ONU y suspendía súbitamente esta confrontación bélica, no por razones humanitarias ni políticas, simplemente porque había que ir a hacer la tarea o a guardarse para otro día.


El famosísimo juego de Stop.



CINTURÓN ESCONDIDO

Como si los triches cinturonazos que nos acertaban nuestros padres en casa no bastaran, todavía éramos lo suficientemente masoquistas para jugar esto. Este juego no tenía mucha ciencia, simplemente había que buscar entre los presentes quién tenía el cinturón más amenazante y pedirle que lo prestara para el juego. Uno de los escuincles, el escogido por los Dioses, era el que tomaba el cinturón y, luego de pedir al resto de los compinches que se voltearan, lo escondía en algún lugar. Los sitios más comunes en los que se solía esconder el cinturón eran: en algún arbusto, en el escape de un coche, bajo alguna roca, arriba de una barda, etc. Luego de esconderlo, este cábula daba la señal de salida para que el resto de la palomilla fuera en busca del cinturón. Mientras toda la banda buscaba el cinturón, el que lo escondió podía ayudar a orientarlos con el clásico: frío frío, caliente caliente, regular, se está quemando, etc. Aquel que finalmente encontraba el cinturón salía corriendo detrás del que se descuidara para darle una bolita, sí, una bolita de chingadazos con el cinturón.

Si el juego era para fresas, se podía establecer previamente cuál sería la “base” (una pared, un coche, un poste, etc.). El que llegaba a la base la libraba y se escapaba de los cinturonazos; sin embargo, si los críos eran extremos y de uso rudo, no se ponía ninguna base y el juego terminaba solo hasta que alguien recibiera cinco cinturonazos. El pobre infeliz que había recibido los cinturonazos tenía el derecho de esconder el cinturón para el siguiente juego. Este juego sadomasoquista solo lo jugaban los más machines de la cuadra… yo no, yo los veía desde lejitos junto con las nenas de la cuadra y la pasaba mejor.


No encontré una imagen para ilustrar el Cinturón Escondido, pero
échenle imaginación y pretendan que este está escondido.



BOTE PATEADO

El primer paso para jugar esto era pedirle al niño con el papá más borracho que fuera a su casa y rescatara un bote de la basura. En aquel tiempo los refrescos no venían en bote, solo las cervezas. Una vez que se conseguía el bote (por lo general de cerveza Tecate), se procedía a pintar un pequeño círculo en el centro de la calle en donde se colocaba el bote vacío. Se pedía un voluntario para iniciar el juego o se sorteaba. El voluntario se ponía de espaldas al bote el cual alguien pateaba lo más lejano posible. Mientras el elegido corría a recoger el bote el resto de los mocosos se escondían a lo largo de la cuadra. Una vez que el que fue por el bote regresaba al círculo, ponía el bote de nuevo adentro y salía a buscar a todos. Al encontrar al primer fugitivo había que correr hasta el bote, tomarlo y golpear el suelo diciendo el nombre o apodo del niño descubierto y su ubicación: “un, dos, tres por el Cucu que esta atrás del coche rojo”. Aquel que era descubierto podía correr y llegar antes al bote para patearlo de nuevo, entonces el que había ido por el bote tenía que ir de nuevo por el mientras el niño descubierto se volvía a esconder. Los niños que eran descubiertos se ponían junto al bote hasta que fueran encontrados todos. Mientras que el niño que buscaba se encontraba lejos del bote tratando de encontrar a los demás existía la posibilidad de que algún otro niño corriera hasta el bote y lo pateara, en ese momento, los niños que ya habían sido descubiertos, podían volver a irse a esconder y había que empezar de cero otra vez. Este era uno de mis juegos favoritos y no necesitábamos más que un trinche bote vacío para jugarlo, es más, ahora mismo me están dando ganas de jugarlo con todo y mi osteoporosis jeje.


El Bote pateado ahora se juega con envases vacíos de plástico ya
que son más fáciles de conseguir. 



HOYOS

Por aquellos años (70s – 80s), en cualquier bonetería, papelería y hasta farmacia, se podían conseguir las famosas y económicas pelotas de esponja. Para este juego se necesitaba una pelota de ese tipo, y ya, eso era todo. Había que buscar algún lugar en un jardín en el que no hubiera pasto, solo tierra, y ahí se hacían varios hoyos, uno por niño. Finalmente se marcaba una raya a una distancia aproximada de cinco pasos, y listo, desde esa raya alguien lanzaba la pelota de esponja hasta que entrara en alguno de los hoyos. El dueño del hoyo en el cual entraba la pelota tenía que correr por ella mientras el resto de los críos salían disparados corriendo por sus vidas. Una vez que sacaba la pelota del hoyo, el crío en cuestión, corría detrás del  que pudiera para que en cuanto lo tuviera a la distancia correcta le acertara un sendo pelotazo entre ceja, oreja y “nies”. Si el niño “target” lograba hacer una ágil maniobra estilo “The Matrix” y esquivaba la pelota, el que la lanzó tenía que ir por ella y regresar a seguirlo intentando hasta sonarse a uno de los niños fugitivos. El niño que recibía el pelotazo perdía y se le ponía un pequeña piedrita en su hoyo, bueno no en el de él, en el de la tierra, para llevar la cuenta. El niño perdedor, luego de sobarse, era el encargado de lanzar la pelota hacia los hoyos nuevamente para iniciar un nuevo juego. Aquel niño que juntara cinco piedritas en su hoyo tenía que pasar al “Muro de los Lamentos”. Frente a una pared, viendo hacia ella y en posición de Cristo Crucificado, esperaba paciente a que el resto de los críos lo castigaran lanzándole cada uno cinco veces la pelota. La pelota de esponja no descalabraba pero si dolía harto, y si estaba mojada más, así que había que afinar la puntería durante este juego para no terminar en el “Muro de los Lamentos”. 



COLEADAS

Juego meramente ocioso y salvaje. Como diría José Luis Rodríguez “El Puma”: ♫♪ Agárrense de las manos, unos a otros conmigo, agárrense de las manos, si ya encontraron su amigo♫♪ Así mero, así había que tomarse de las manos hasta formar una gran línea de escuincles canijos y extremos. Luego, el que iba hasta el frente de la fila, comenzaba a jalar lo más fuerte que podía y los demás hacían lo mismo. El chiste era no soltarse. Así, moviéndose fuertemente hacia todos lados, el juego daba inicio hasta que, generalmente, el último de la fila salía volando cual Buzz Lightyear “al infinito y más allá”. El niño que volaba pasaba a ocupar el primer lugar en la fila y los demás se recorrían. El que se soltaba y partía la fila, pasaba como castigo, al final de la fila. El juego terminaba en el momento en que el primer niño lloraba luego de terminar descalabrado o embarrado en la defensa de algún coche estacionado. Para hacer todavía más emocionante el fuego, se podía soltar al perro más rabioso y gandalla de la cuadra para que persiguiera al niño que se encontraba en el extremo tratando de morderlo. Era un juego X-Treme de alto impacto, yo no le entraba; bueno en la primaria lo llegué a jugar pero cuando ya iba en sexto y yo era de los labregones del grupo.


Niños de un equipo de futbol americano se divierten jugando
Coleadas. 



CANICAS

Las canicas son sumamente antiguas y aun en estos días se juegan. Los juegos con “cuirias”, o “cuicas”, tenían y tienen muchas variantes. Había un juego, el más popular, que se llamaba “hoyito”. Existían otros juegos en los que se dibujaba un círculo, una cuadrado, un rombo (Cocol) o un triangulo y en el que la intención era básicamente sacar las canicas que estaban adentro con la propia. La verdad yo no era muy adepto a las canicas, yo era un escuincle bastante chocantito al cual no le gustaba hincarse en la tierra (cuando todavía me podía hincar sin que se me durmieran las piernas), sin embargo lo llegué a jugar varias veces. Recuerdo frases clásicas como: “chiras pelas”, “atrás de la raya”, “altas”, “pinta tu raya”, “safín safado es perdonado”, “tirar de uñita”, “calacas”; o el nombre de algunas canicas como: tiro o tirito, agüitas, diablitos, tréboles, pericos, ágatas, ponches, etc. Yo tenía una gran colección de canicas, pocas ganadas, la mayoría compradas. Mi gran colección estaba, como debía de ser, guardada celosamente en un calcetín viejo. A mí me encantaba sacarlas y ponerlas sobre mi cama para contemplarlas, una a una, como si se tratara de verdaderas joyas, me sentía como Gollum con su anillo… my precios!.

Mi hermano y yo jugábamos en el pasillo de mi casa a derribar soldaditos o astronautas con una canica. Cada quien se ponía en un extremo del pasillo, acomodaba su ejército, y trataba de derribar al del contrario. Este juego me encantaba y era un poco más aséptico que  jugar en la tierra… ¿No les digo que era un niño bastante chocantito?


Una de las tantas variantes que hay para jugar Canicas.



TAMALADAS

A diferencia de las deliciosas tortas de tamal mejor conocidas como “guajolotas”, en este bonito juego no se adquirían calorías como podría llegar a pensarse, por el contrario, se quemaban calorías. Las Tamaladas era un juego meramente para varones por ser harto rudo y manchado, pero cuando se daba el caso de que algunas niñas participaran en el juego, la cosa solía ponerse mejor, sobre todo para los pubertos inquietos y libinoputridos de la cuadra (aclaro que yo no era de esos… todavía).

Este juego consistía en armar dos equipos (de entre 5 a 10 personas de preferencia). Se hacía un sorteo para ver cuál equipo iba a formar la tamalada y cuál iba a brincar. Para formar la tamalada había que buscar un árbol con un tronco fuerte (y sin azotadores) del cual se tenía que abrazar fuertemente el capitán del equipo (por llamarle de algún modo al más listo de la palomilla). Luego otro integrante del grupo metía su cabeza entre las piernas del capitán y se sostenía fuertemente de sus piernas, y así sucesivamente el resto del equipo hasta formar una fila. Posteriormente del equipo contrario salía disparado un elemento para caer sobre la fila de imberbes pubertos que se encontraban en una posición bastante embarazosa. Al caer sobre la “tamalada”, estos comenzaban a moverse de un lado a otro pero sin soltarse, intentando derribar al gandul que se encontraba sobre las espaldas de ellos tratando de llegar hasta el capitán para hacerle espacio al resto de sus compañeros de equipo. Así uno a uno iban saltando intentando lograr que se soltara o callera la tamalada, en ese momento el equipo que brincaba ganaba. Por el contrario, si uno de los que ya había brincado caía al suelo, los chicos de la tamalada ganaban. Cuando el equipo que brincaba lograba colocar a todos sus integrantes sobre la tamalada, también ganaba. Lo mejor de este juego era ver caer de sopetón al clásico chubby de la cuadra sobre las espaldas de los escuálidos y raquíticos escuincles ahí fletados; muchas veces algunos críos terminaban todos torcidos y adoloridos listos para una consulta con Alan el de “Two and a half men”.  Confieso que yo no participaba en este juego, yo siempre fui más de bajo impacto que rudo, sin embargo, claro que hacía mis excepciones cuando alguna de las niñas de la cuadra que me gustaba jugaba. Si, ok, yo era de esos libinoputridos.


Aquí estos malandrines juegan Tamaladas de alto impacto... como
verán, en el Reclu también la pasan bomba. 



CEBOLLITAS CALIENTES

Y hablando de libinopútridos… Bueno, para este juego era indispensable que participaran las niñas, les explico. Un escuincle, generalmente de los más grandes y fuertes, tenía que romper una fila jalando a un niño. Para hacer la fila los niños se sentaban en el suelo con las piernas abiertas, uno después del otro, tomando por la cintura con los brazos al que estaba adelante. Al sentarse en esta posición y al abrazarse fuertemente uno al otro, aquellos críos parecían cebollitas difíciles de sacar del suelo… lo de calientes, eso es aparte. El que jalaba tenía que lograr que el primer niño de la fila se soltara de ella antes de que alguno de sus brazos se dislocara o fracturara, cosa que ocurría en algunas ocasiones. Si el niño se soltaba este pasaba a ser del equipo del otro niño y lo ayudaba a tratar de sacar otra “cebollita” del montón. El juego terminaba cuando solo quedaba un niño entre las cebollitas o cuando tanto toqueteo y cercanía con el sexo opuesto terminaba en un tórrido romance para una parejita de niños, mismos que desertaban del juego para irse a platicar a lo oscurito. Por todo ello era básico que en el juego participaran las niñas de la cuadra… digo, no fuera a ser.


Niñas jugando Cebollitas.



BURRO CASTIGADO

Un clásico, y clásico porque la mayoría de nosotros recordamos muy bien toda esa letanía que se tenía que ir diciendo al momento de brincar al jumento que se encontraba en la famosa posición de “chivito en precipicio”. La cosa era sencilla, el juego trataba básicamente de mancharse con el compita que se fletaba de burro. Para ello había que brincarlo luego de decir el “versito” correspondiente. Me he dado cuenta que los “dichos” a veces pueden variar, sobre todo yo creo que depende de la época en la cual lo jugamos, pero básicamente son estos: 

  • Cero por chapucero, 
  • Uno estreno mi burro (o Uno por mulo), 
  • Dos patada y cos, 
  • Tres te pica el ciempiés, 
  • Cuatro jamón te saco (había que manosear el derrière del individuo hasta prácticamente sacarle el jamón, ¡auch!), 
  • Cinco desde aquí te brinco, 
  • Seis al revés, 
  • Siete te pongo tu chulo bonete, 
  • Ocho te lo pico y te lo remocho (había que hacer las veces de urólogo revisando la próstata, de nuevo ¡auch!), 
  • Nueve copita de nieve (se podía agregar el “con tres sabores que son…”), 
  • Diez elevado lo es, 
  • Once caballito de bronce, 
  • Doce la abuela cose (“pisa el pedal” se le daba un pisotón, “mueve el volante” se le torcía la cabeza por las orejas, “pone parche” se le daba una nalgada, y “mete la aguja” se le picaba de nuevo el asterisco), 
  • Trece el rabo te crece en la boca de ese (sin albur, o igual y era con albur y yo ni me enteré), 
  • Catorce la vieja tose, 
  • Quince el Diablo te trinche (se le picaba el lomo con los dedos), 
  • Dieciséis prepárense muchachos a correr, y 
  • Diecisiete búscate otro burro que se flete

Bueno, este juego “sadomasoquista” no era de mis favoritos, era medio peladón y no me divertía para nada.


Niños jugando Burro Castigado en el recreo.




CARRETERITA

Lo mío lo mío lo mío era jugar carreterita, yo creo que de ahí me surgió mi pasión por el automovilismo y la Formula 1. No hay nada que extrañe más de mis juegos infantiles que este. Hoy ya no lo juego por razones obvias: mi abultado y rollizo abdomen que me impide ponerme en cuclillas, mi vértigo postural paroxístico que me impide agacharme, y mi osteoartritis que me impide hincarme, o sea, ya no estoy en edad. Bueno, todos conocen este bonito juego callejero. Primero y antes que nada había que conseguir unos gises para dibujar la carreterita en la calle; a falta de gises había que ir al terreno baldío más cercano a buscar algunos trozos de yeso o ladrillo rojo para poder trazar el circuito. El grado de dificultad del circuito dependía del o los escuincles que tenían la difícil tarea de diseñar la pista. La carreterita podía hacerse en una superficie plana de la banqueta o la calle, o combinar ambas con subidas y bajadas elevando así el grado de dificultad, incluso podía tener pasos sobre charcos o peligrosos saltos sobre cacas de perro. Una vez terminado el circuito había que “chulearlo” (como decía el Peje) con trampas y metas. Las trampas eran partes de la pista en donde se dibujaban espacios que representaban aceite, tachuelas, pozos, etc. Cuando un coche caía en esas trampas uno perdía turnos o tenía que regresar a la meta anterior. Las metas igual se dibujaban sobre la pista (con cuadros). Cuando algún coche salía de la carreterita o caía en una trampa, tenía que regresar a la meta anterior. Cada jugador podía hacer tres tiros seguidos con su coche, el clásico: “uñas” (1), “dedos” (2) y “tripas” (3). Mientras por lo menos alguna parte del coche estuviera dentro de la pista no había problema, cuando el coche salía, como ya dijimos, había que regresar a la meta anterior. Estaba permitido sacar el coche de algún contrincante golpeándolo con el de uno, el chiste era sacarlo pero sin salirse. Recuerdo que los coches de plástico tipo “monoplaza” que comprábamos los rellenábamos de plastilina para darles mayor peso y estabilidad; incluso había niños más avezados que les ponían doble o triple llanta trasera a sus cochecitos con el fin de ensancharlos, lo que hacía más fácil permanecer dentro del circuito sin salirse. Al final del circuito había una meta final, el que llegaba ahí era el ganador.

En algún momento de la vida, cuando me volví más huevoncito y comodino, sustituí este juego por la bonita pista Scalextric. Con las pistas eléctricas no había que esforzarse mucho, si acaso había que moverse para volver a colocar el cochecito sobre el carril cuando este se despistaba. El colmo fue cuando descubrí la pista que había en el sótano del Sears de Plaza Universidad. Esta enorme pista estaba en alto sobre una mesa y tenía a mucho mirón que voluntariamente se convertía en tu asistente para volver a colocar el cochecito sobre la pista cuando este se llegaba a salir, por lo que solo había que esperar a que estos lacayos hicieran su trabajo para continuar jugando. Ahí pasé muchas horas jugando hasta que un día la quitaron… y ya, tan tan.


Aquí unos niños juegan Carreterita, no como la que yo jugaba pero les
puede dar una idea de como era. Nosotros no usábamos cochecitos
Hot Wheels, eran unos de plástico más corrientitos. 




Bueno, estos eran solo algunos de los juegos que yo solía jugar en la calle cuando era un crío; seguro que ya habrá tiempo para recordar otros como: "coladeras", "tochito", "quemados", "tocar timbres"... y muchos más. También habían otros juegos que eran más para niñas y que sin embargo yo los llegué a jugar sin ninguna bronca; es de que yo estaba muy seguro de mi masculinidad por aquellos años, ahora… bueno ahora quién sabe jeje. Esos juegos a los que me refiero y que llegué a jugar con las niñas eran: resorte, avión, brincar la cuerda, etc. Pero bueno, seguro que más adelante en algún otro post los recordaré, vía de mientras hasta aquí le dejamos por hoy… ánimas que les haya traído bonitos recuerdos este post como me los trajo a mí.


Esta foto, si me lo permiten, es solo un homenaje a la amistad. Son
algunos de mis amigos con los que jugué todos estos juegos a lo
largo de mi infancia. De izquierda a derecha: Enrique (qepd),
el Tico, Frankie y el Sonso.




Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!