11 febrero 2013

Vamos al Aeropuerto a dar la vuelta




Antes, como ahora, cuando no había varo para salir a pasear en los días de asueto, los papás tenían que echarle harta imaginación al asunto para buscar alguna alternativa o de lo contrario se corría el riesgo de dejar a la familia en un desagradable y tedioso enclaustramiento.

En mi casa aunque no había miseria extrema (como ahora) tampoco sobraba el dinero, así que mi sponsor favorito (mejor conocido como mi padre), siempre supo buscar entretenimiento gratuito la mayor parte del tiempo.

Una de esas opciones que no implicaban un gasto considerable y si resultaba bastante entretenida, era sin duda el bonito paseo al aeropuerto de la Ciudad de México y sus alrededores. Y es que para un escuincle nalgas miadas de no más de 7 años, siempre resultaba fascinante el encuentro con esos alados aparatos.

Recuerdo que camino al aeropuerto de la Ciudad de México, ahora conocido como el Aeropuerto Internacional Benito Juárez, sobre el boulevard Puerto Aereo, se encontraba un impresionante Objeto Volador No Identificado, mejor conocido como OVNI, sí, de esos mismo de los que hablaba el gran Don Pedro Ferriz Santacruz. No recuerdo exactamente su ubicación, pero estaba entre la calzada Ignacio Zaragoza y el Eje 1 Nte. (Av Hangares de Aviación Fuerza Aérea Mexicana) sobre una de las banquetas. Tampoco recuerdo que negocio era el feliz propietario de este maravilloso platillo volador, lo que sí recuerdo era la emoción que nos causaba a mi hermano y a mí el hecho de ver desde la ventanilla del Ford Falcon de mi padre una nave interplanetaria a tan corta distancia… ¡muérete de envidia Jaime Maussan!

El avistamiento de este platillo volador era el indicador inequívoco de que estábamos a punto de llegar a nuestro primer destino. Esa primera parada en nuestro recorrido era sobre la Av. Hangares, justo por debajo de donde pasan los aviones que están a punto de tocar tierra. Mi padre solía estacionarse justo ahí, nos bajaba de su flamante unidad, y nos colocaba justo debajo de los escandalosos y recién aparecidos “jets”.  El sonido que hacían los gigantescos aviones, gigantescos para un niño de 6 años y otro de 5, era ensordecedor, y si a eso le aunamos los gritos oligofrénicos que solíamos emitir mi carnal y yo cuando sobrevolaba nuestras cabezas un aparato de estos, aquello era alucinante.

Luego de quedar más sordos que el mismísimo Beethoven y después de la inapelable orden de mi sacrosanta madre que decía: “Bueno ya estuvo suave, ya vámonos o les va a hacer daño tanto ruido”, mi padre no tenía más remedio que agarrar sus tiliches (hijos), subirlos a su coche y continuar con el paseo.

El siguiente paso, no necesariamente uno de los más divertidos para mi hermano y para mí, era pasar a visitar a una prima de mi padre que trabajaba en uno de los mostradores dentro del aeropuerto. Mientras mi padre y mi madre se ponían al corriente con mi “dizque” tía, mi hermano y yo jugábamos en las enormes básculas que existían antes allí en donde se pesaba el equipaje de los pasajeros. A veces corríamos con suerte y la susodicha prima nos llevaba con alguna de sus compañeras azafatas quien los metía por los viejos recovecos del aeropuerto hasta llegar a uno de los aviones que estaban a punto de despegar. En calidad de niños encantadores, la guapa azafata (en ese tiempo todas eran muy guapas) nos subía hasta uno de los aviones y nos presentaba con los pilotos quienes nos dejaban chacotear un rato con ellos en lo que despegaba el avión. Cuando el Capitán de la aeronave recibía la autorización para despegar, la azafata nos volvía a entregar con el personal de tierra, mejor conocida como mi tía, y regresábamos harto emocionados a los brazos de nuestros padres.


Así se veía el aeropuerto a principios de los años 50's 

Por aquellos años la gente podía acompañar a los viajeros casi hasta el avión
y despedirlos desde esta terraza. 

Así era el interior del aeropuerto por ahí de los años 50's. Este era el modulo
de Mexicana de Aviación. 

Pasajeros descendiendo de un avión de LAMSA en los años 50's.

Así estaba el aeropuerto cuando me llevaban de niño, posiblemente uno de
esos coches era el Ford Falcon de mi padre. 

Estas basculas para pesar el equipaje son las que a mi me tocaron
cuando era un niño.

Para llegar al avión había que caminan a la intemperie, el problema era cuando
llovía. 

Se podía recibir a los viajeros con el mariachi casi al pie del avión. 

Así se veía el aeropuerto por ahí de los años 70's.

Uno de los módulos de Aeroméxico de principios de los años 70s.

Este era el pasillo central del aeropuerto en los años recientes
años 80's. 


Por aquellos años me imagino que los boletos de avión no eran tan costosos como ahora, porque recuerdo que al menos en un par de ocasiones que fuimos a dejar a mi padre al aeropuerto ya que tenía que viajar por cuestiones de trabajo, él, al ver nuestras caritas compungidas pletóricas de tristeza, nos compró un par de boletos a mi hermano y a mí tan solo para que lo acompañáramos hasta su destino. Luego de despedirse de nosotros, cuasi con ojito Remi (o de Libertad Lamarque), nos encargaba con la azafata en turno y nos regresábamos solitos a México a donde nos esperaba toda nerviosota mi madre. Así recuerdo haber viajado a Tampico y a Acapulco, sin duda que eran otros tiempos, tiempos de prosperidad.

Pero lo mejor de esos paseos al aeropuerto era cuando la tripa levantaba la voz y exigía ser alimentada. Para tomar nuestros sagrados alimentos teníamos dos opciones, ambas igual de emocionante y divertidas.

La primera opción era un pequeño restaurante-cafetería que se encontraba justo frente a al aeropuerto, de otro lado de las pistas. Para llegar ahí había que rodear el aeropuerto para entrar por donde está en hangar presidencial, justo a un costado de donde se encuentra la nueva Terminal 2 del aeropuerto. Esa cafetería escondida se encontraba junto a una pequeña terminal por donde me imagino llegaban los vuelos privados, aviones pequeños pues. Ya más grande y a sugerencia de mi libinopútrido y putrefacto padre, use mucho esa cafetería para llevar a mis novias cuando necesitaba de un lugar intimo y discreto ya que pocas personas conocían ese sitio (Dile Si A La Fidelidad). Ahora ya no existe, en su lugar parece ser que hay unos hangares de Aeromar o alguna línea parecida. Pero bueno, les decía que ese lugar nos encantaba porque la cafería tenía un gran ventanal que daba hacia las pistas y que permitía ver a los aviones en primera fila aterrizando o despegando.


Vista de la pequeña terminal para vuelos privados en donde se encontraba la
cafetería de la que les hablo. 

El lugar en el que se encontraba esta cafetería tan discreta está marcado
con la flecha roja. 


La Segunda opción para jambar era sin duda mi favorita. Ahí sobre boulevard Aeropuerto, entre el hotel Fiesta Inn y las instalaciones de MVS, se encuentra el restaurante Wings que, por aquellos años, tenía en el estacionamiento del restaurant un maravilloso avión de hélices adaptado como cafetería. Por supuesto que jamás entrabamos al restaurante, nos íbamos directitos al avión a comer cualquier cosa, el chiste era estar ahí. No recuerdo bien que servían adentro, quizás un club sándwich o un pastel con malteada. Lo que sí recuerdo perfectamente era la cabina del avión. Al entrar había una cadena que impedía el paso para evitar que las personas y los niños nalgas miadas como yo tocaran los controles del avión, sin embargo, el hecho de que mi padre era algo necio y yo un niño encantador, adorable, hermoso, cautivador y también bastante chocantito y consentido, ayudaba para que la mesera hiciera una excepción y nos permitiera a mi hermano y a mí sentarnos aunque fuera solo por un momento en los lugares de los pilotos. Ya se imaginarán lo emocionante que era eso para un par de críos de 6 y 7 años.


Un niño posando en la escalera del avión-cafetería del
restaurante Wings. 

Así lucía el avión-cafetería del restaurante Wings del aeropuerto.


Casi podría apostar que mi beatlemanía surgió a bordo de ese avión, porque cada vez que escucho “Ob-La-Di, Ob-La-Da” o “Yellow Submarine”, por alguna extraña y misteriosa razón, inmediatamente me remonto a ese maravilloso avión de hélices y a los momentos felices que pasé allí. Seguro que habría que practicarme una “regresión” para entender el por qué de ese extraño fenómeno.

Hoy frente a la Delegación Venustiano Carranza se encuentra estacionado un avión que fue adaptado como biblioteca, y cada vez que paso por ahí, me acuerdo con nostalgia de aquel viejo avión-cafetería del Wings… qué ganas de  volver en el tiempo para poderme tomar a bordo una malteada de fresa al ritmo de “Ob-La-Di, Ob-La-Da”.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!