04 diciembre 2013

Mi Peluquería




Hoy en la mañana fui a uno de mis lugares favoritos, la peluquería. Es una peluquería de las de antes, tipo barbería, de esas con sillones antiguos sumamente cómodos, de esas con el típico letrero en espiral rojo, azul y blanco que gira con luz propia, de esas con peluqueros hombres machos masculinos (del verbo no te agaches porque te chin…), de esas donde cuelgan de los sillones cintas de cuero para asentar las navajas, de esas donde los peluqueros lucen zapatos de charol y una impecable bata blanca, de esas donde hay una máquina para calentar toallas, de esas donde uno se puede arreglar la barba, el bigote o bien darse un buen masaje relajador (sin final feliz ni calambre), de esas en donde uno se siente que ha viajado en el tiempo desde que cruza la puerta.

Mientras estaba ahí esperando a que el maestro de la tijera me atendiera, me percaté que dentro de la peluquería yo era el único cliente con pelo… sí, la mayoría de los ahí presentes o eran señores calvos o bien en vías de. Sin embargo todos los clientes felices se dejaban consentir por las manos expertas de los peluqueros, que no estilistas. Unos pedían solo que les rebajaran el poco pelo que aun les quedaba, otros más pedían que les arreglaran la barba o el bigote. La mayoría eran gente mayor, yo era el más joven ahí, y eso de "joven" ya es decir mucho.

Uno de los clientes, el que estaba siendo atendido por mi peluquero, era un conocido diputado de izquierda cuyo nombre prefiero omitir. Este ilustre hijo del erario público de abultado abdomen y escaso pelo en la azotes, hizo gala de su prepotencia y despotismo al ordenarle a su chófer que subiera su camioneta a la banqueta para cuando el saliera. Yo me entretuve haciendo observaciones a su persona, llegando a la conclusión que: “aunque la mona de izquierda se vista de seda, mona de izquierda se queda”, o lo que es lo mismo, el que es pelado siempre será pelado por más varo que ostente.

Una vez que dicho troglodita hizo mutis y abandonó la peluquería el ambiente mejoró y se volvió lo que suele ser, un lugar lleno de camaradería y  fraternidad.

Luego de que mi peluquero alistó todas sus cosas me invitó a pasar a sentarme en uno de esos magníficos sillones antiguos. Después del saludo oficial, el maestro Curiel me preguntó - ¿Cómo siempre verdad? –, y yo resignado asentí con la cabeza. Tengo que confesar que mi peluquero no es precisamente un artista con la tijera, de hecho es bastante malo, sin embargo ese precio estoy dispuesto a pagarlo con tal de seguir asistiendo a esta maravilloso y magico lugar.

Otra cosa que me gusta de este lugar, es que los peluqueros respetan el silencio, es decir, si uno quiere solo estar callado ellos no intentan “hacerte la plática”; pero si por el contrario uno está dispuesto a platicar, bueno pues ellos manejan fluidamente cualquier tema, ya sea político, deportivo, social, cultural y, mi preferido y por el cual voy, el tema de la nostalgia. Y es que como la mayoría de los peluqueros y los clientes son gente mayor, no hay nada que disfrute más que sus pláticas nostálgicas y evocadoras de los tiempos pasados. Y si el tema no sale a colación, de eso me encargo yo, basta con hacer una pregunta de algún hecho pasado para que ellos se explayen con una buena historia o anécdota, historias y anécdotas que ellos disfrutan al por mayor al recordarlas.

Hoy, en este preciso momento, estoy luciendo un bonito corte demodé con todo y copetito estilo Presidente oligofrénico de la Republica Mexicana, no me importa, ciertamente hubiera quedado mejor con mi estilista Charlie de hace algunos años, pero también, seguramente, me hubiera perdido el enorme placer de viajar en el tiempo desde el momento en que atravieso la puerta de vidrio de esta encantadora peluquería vintage… mi peluquería-barbería favorita.


Peluquería vintage.

Las herramientas e instrumentos de los peluqueros
de antaño. 

Aquí se esterilizaban los instrumentos y
se calentaban las toallas.

Uno de esos hermosos y cómodos sillones
de peluquería antiguos que aun subsisten
en las peluquería viejas.



Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!

19 noviembre 2013

Bye Bye Facebook



Luego de varios años de usar Facebook y de estar haciendo constantemente corajes, entuertos y muinas por sus trinches “políticas de privacidad” y de “derechos de autor”, hoy los estúpidos administradores de esa red social decidieron bloquear temporalmente mi cuenta.

Ahora me están pidiendo absurdamente una serie de documentos dizque para comprobar mi identidad. Por supuesto que no pienso mandarles esa información personal y privada para que ande rodando por toda la internet. Creo que ya va siendo tiempo de abandonar esta red social para terminar de emigrar a otras, por ejemplo TWITTER (@JaimeSaid).

Esta jaladita de Facebook también me puede servir para prestarle la debida atención a mis blogs GENIALIDADES Y GENITALIDADES DE JAIME SAID y SAID RETRO que es en donde realmente soy feliz escribiendo. Estoy considerando seriamente ya no abrir una cuenta nueva de Facebook y mandarlos al reverendo carajo, después de todo la red tiene muchos sitios en donde seguramente encontraré acomodo.

Estos son los mensajes que aparecieron cuando quise entrar a mi cuenta de Facebook, ahí se los dejo para que los chequen y saquen su conclusión.







Otro día con más calmita… nos leemos.

03 noviembre 2013

Palomitas de Maíz, buenas pa viajar en el tiempo



Siempre lo he dicho, el olfato es una de las máquinas para viajar en el tiempo más efectivas. Hace unos días, mientras preparaba unas ricas palomitas de maíz en el microondas, mi madre llegó hasta la concina seducida por el aroma que despedía la bolsa ACT II. Apenas llegó, comenzó a platicarme con harto entusiasmo:

Uy, clarito recuerdo cuando comí por primera vez unas palomitas.
- ¿Dónde fue, en algún viejo cine de la Ciudad de México?
- No. Me acuerdo muy bien, las primeras maquinas que llegaron de Estados Unidos para hacer palomitas las vi en los portales que están en el Zócalo, ahí por donde ahora hay muchas joyerías y los famosos sombreros “Tardan”.
¿Entonces cuando eras chavita no vendían palomitas en los cines?
- Claro que no. Cuando yo iba a los cines que estaban en San Juan de Letrán (hoy Eje Central) o en Av. Juárez, yo compraba a la entrada dulces, pepitas, garbanzos, cacahuates garapiñados, gomitas, etc., pero nada de palomitas. Cuando aparecieron las máquinas que te digo, yo era feliz comprando mis palomitas cada vez que iba al centro. Ya luego comenzaron a meterlas a las dulcerías de los cines.
Qué chido.


Las primeras máquinas para preparar palomitas que
llegaron a México eran similares a estas y estaban
en los portales del Zócalo según mi madre.


Después de esta interesante y nostálgica plática con mi madre me puse a investigar el origen de las palomitas de maíz. Resulta que se han encontrado restos de palomitas en entierros prehispánicos de más de 1500 años, incluso hay quienes dicen que se hacían ya desde hace 5000 años. En el México prehispánico se comercializaba con ellas, se llamaban momochtli y se preparaban en ollas de barro calientes o poniendo los granitos de maíz directamente sobre cenizas ardientes.

Yo recuerdo lo feliz que era de niño cuando mi abuelita nos preparaba palomitas para ver las matinés del canal 5 los sábados. Antes de que comenzara la película de “Chabelo y Pepito contra los Monstruos”, o de “Caperucita y Pulgarcito contra los monstruos”, o de “Las Aventuras de Juliancito”, o cualquier otra, mis primos y yo bajábamos a la cocina para que mi Inmortal abuela nos preparara palomitas de maíz para ver la película en turno.

Por su puesto que en aquel tiempo los extraterrestres todavía no nos habían regalado la bonita tecnología de las microondas, por lo que la preparación de este bonito snack gabacho era muy diferente a como lo conocemos ahora. Mi abuela tenía una olla especial para hacer palomitas. Era una especie de olla exprés aunque no tan gruesa y pesada. Tenía en la parte superior una tapa con una pequeña ventanita de vidrio y una manivela que se giraba para mantener en movimiento los granitos de maíz durante todo el proceso. También tenía pequeños orificios en los costados para permitir que la liberación del vapor. Era muy fácil preparar las palomitas, solo se agregaba el maíz, un poco de aceite, se cerraba la olla, se ponía al fuego, y se giraba la manivela hasta que terminaran de estallar todos los granitos. Finalmente se le agregaba sal y listo, palomitas calientitas y recién hechas en casa.


Esta olla para preparar palomitas era muy parecida a la que tenía
mi abuela cuando yo era niño.


Recuerdo que un vez sacaron a la venta maíz palomero pero de colores. Era super padre ver como quedaban las palomitas de diferentes colores. El sabor era el mismo, supongo que los granitos de maíz estaban pintados con pintura vegetal.


Las palomitas hechas con maíz palomero de colores no quedaban
presisamente como estas, pero más o menos se pueden dar
una idea.


Las primeras palomitas de maíz acarameladas que probé en vida fueron afuera de una iglesia. Esas palomitas de cochecito que venden afuera de las iglesias me imagino que tienen el mismo encanto de aquellas que probó por primera vez en los portales del Zócalo. Ahí mismo fue donde las probé con mantequilla, de esa que tienen derretida junto a la olla donde las están haciendo y que yo siempre pedía que les echaran más y más mantequilla.


Todavía en estos días cuando paso por una iglesia o feria en donde venden estas palomitas, no dejo de comprar por lo menos una bolsita para recordar aquellos tiempos en lo que yo era un crío tragón. Las palomitas del cine claro que también tienen su encanto. Hoy ya las hacen de diferentes tipos, pero al fin y al cabo, todas huelen a palomitas que es lo que le da al cine su encanto. Espero que nunca desaparezcan las palomitas de nuestras vidas, porque aparte de ser muy ricas, son un buen pretexto para viajar en el tiempo. 


Video: Por ahí de 1972 la siguiente canción se puso de moda en México, a ver si la recuerdan, se llamaba así, simplemente, "Palomitas de Maíz".







Los tiempos pasado no fueron mejores, ¡pero sí más chidos!

16 octubre 2013

Jugando en la Calle



Antes los pleitos con las jefas eran para que nos dejaran salir a jugar con nuestros amigos de la cuadra, hoy los pleitos son para que a los escuincles nalgas miadas los dejen jugar un rato (ratote) en sus “compus”, ya sea solos o con algún amiguito que bien puede estar del otro lado del mundo. Tristemente hoy los niños ya no se separan de sus trinches computadoras, de sus tablets, de sus teléfonos inteligentes, de sus consolas de video, etc. Los niños de hoy ya no quieren salir de sus casas, ya no se mueven, por eso ahora hay tanto niño gordo con chichis de gorila vieja y cara de Takechis. Pero hay que ser justos, no toda la culpa es de ellos, los papás muchas veces se sienten más tranquilos viendo jugar a sus hijos adentro de sus casas que exponiéndolos a la inseguridad que hoy existe en este país… ni hablar, los tiempos son otros.

Por eso hoy quiero recordar aquellos tiempos en los que yo y las lacras de mis amigos salíamos a la calle y nos inventábamos juegos; y es que no todo era salir a la calle a andar en bici o a patinar, habían otros juegos, juegos que seguramente usted amigo lector jugó, claro, si es que usted es un adulto contemporáneo en avanzado estado de descomposición, como yo.

Recordemos pues a qué jugábamos cuando éramos unos críos, cuando vivíamos en aquel México en el que todavía se podía salir a echar relajo con los amigos de la cuadra sin morir en el intento.



STOP

Juego meramente bélico pero “de a mentis”. En este conocido juego cada uno de los mocosos nos convertíamos en verdaderos Dignatarios de las Primeras Potencias Mundiales (y claro, de México). Se dibujaba, con el siempre bien socorrido gis, una especie de huevo frito en el suelo el cual se dividía en partes iguales según el número de participantes, el resultado era una especia de pastel rebanado (con el típico circulito en el centro que hacen las tías gordas en los pasteles antes de partirlos). El siguiente paso era escoger un país, según recuerdo los más solicitados eran México y Estados Unidos, yo siempre escogía los más extraños para que les costara más trabajo decirlos a la hora del juego, ejemplo: Checoslombría (ni existía jeje). Luego, todos ponían un pie sobre el pedazo de “territorio” que les había tocado y en el que previamente ya habían escrito el nombre del país al cual representaban. Finalmente, uno de los belicosos escuincles en turno pronunciaba la siguiente frase: “Declaro, la guerra, en contra, de…” y entonces mencionaba alguno de los países ahí suscritos. En cuanto mencionaba el país, todos tenían que salir corriendo como si se hubiera detonado una bomba atómica (o pestilente), excepto, claro, aquel que representaba el país mencionado el cual tenía que pisar el centro y decir en voz alta: “¡STOP!”. En ese momento, todos los demás que huían con rumbo desconocido (como dicen los policías) tenían que detenerse y quedarse quietos. Luego, el escuincle atacado tenía que escoger a alguno de los demás niños para luego calcular mentalmente la distancia a la que estaba en pasos “gallo-gallina”. Al terminar de hacer su cálculo decía el resultado en voz alta y procedía a caminar hasta él. Si los pasos eran los correctos entonces el ganaba y el que perdía era el que había salido corriendo; si no atinaba, entonces el perdedor era al que le habían declarado la guerra. Al perdedor se le ponía un “hijo” (una rayita junto al nombre de su país), y al final del juego, el que tuviera más rayitas, era el que perdía. A veces alguna mamá hacía las funciones de Secretaria General de la ONU y suspendía súbitamente esta confrontación bélica, no por razones humanitarias ni políticas, simplemente porque había que ir a hacer la tarea o a guardarse para otro día.


El famosísimo juego de Stop.



CINTURÓN ESCONDIDO

Como si los triches cinturonazos que nos acertaban nuestros padres en casa no bastaran, todavía éramos lo suficientemente masoquistas para jugar esto. Este juego no tenía mucha ciencia, simplemente había que buscar entre los presentes quién tenía el cinturón más amenazante y pedirle que lo prestara para el juego. Uno de los escuincles, el escogido por los Dioses, era el que tomaba el cinturón y, luego de pedir al resto de los compinches que se voltearan, lo escondía en algún lugar. Los sitios más comunes en los que se solía esconder el cinturón eran: en algún arbusto, en el escape de un coche, bajo alguna roca, arriba de una barda, etc. Luego de esconderlo, este cábula daba la señal de salida para que el resto de la palomilla fuera en busca del cinturón. Mientras toda la banda buscaba el cinturón, el que lo escondió podía ayudar a orientarlos con el clásico: frío frío, caliente caliente, regular, se está quemando, etc. Aquel que finalmente encontraba el cinturón salía corriendo detrás del que se descuidara para darle una bolita, sí, una bolita de chingadazos con el cinturón.

Si el juego era para fresas, se podía establecer previamente cuál sería la “base” (una pared, un coche, un poste, etc.). El que llegaba a la base la libraba y se escapaba de los cinturonazos; sin embargo, si los críos eran extremos y de uso rudo, no se ponía ninguna base y el juego terminaba solo hasta que alguien recibiera cinco cinturonazos. El pobre infeliz que había recibido los cinturonazos tenía el derecho de esconder el cinturón para el siguiente juego. Este juego sadomasoquista solo lo jugaban los más machines de la cuadra… yo no, yo los veía desde lejitos junto con las nenas de la cuadra y la pasaba mejor.


No encontré una imagen para ilustrar el Cinturón Escondido, pero
échenle imaginación y pretendan que este está escondido.



BOTE PATEADO

El primer paso para jugar esto era pedirle al niño con el papá más borracho que fuera a su casa y rescatara un bote de la basura. En aquel tiempo los refrescos no venían en bote, solo las cervezas. Una vez que se conseguía el bote (por lo general de cerveza Tecate), se procedía a pintar un pequeño círculo en el centro de la calle en donde se colocaba el bote vacío. Se pedía un voluntario para iniciar el juego o se sorteaba. El voluntario se ponía de espaldas al bote el cual alguien pateaba lo más lejano posible. Mientras el elegido corría a recoger el bote el resto de los mocosos se escondían a lo largo de la cuadra. Una vez que el que fue por el bote regresaba al círculo, ponía el bote de nuevo adentro y salía a buscar a todos. Al encontrar al primer fugitivo había que correr hasta el bote, tomarlo y golpear el suelo diciendo el nombre o apodo del niño descubierto y su ubicación: “un, dos, tres por el Cucu que esta atrás del coche rojo”. Aquel que era descubierto podía correr y llegar antes al bote para patearlo de nuevo, entonces el que había ido por el bote tenía que ir de nuevo por el mientras el niño descubierto se volvía a esconder. Los niños que eran descubiertos se ponían junto al bote hasta que fueran encontrados todos. Mientras que el niño que buscaba se encontraba lejos del bote tratando de encontrar a los demás existía la posibilidad de que algún otro niño corriera hasta el bote y lo pateara, en ese momento, los niños que ya habían sido descubiertos, podían volver a irse a esconder y había que empezar de cero otra vez. Este era uno de mis juegos favoritos y no necesitábamos más que un trinche bote vacío para jugarlo, es más, ahora mismo me están dando ganas de jugarlo con todo y mi osteoporosis jeje.


El Bote pateado ahora se juega con envases vacíos de plástico ya
que son más fáciles de conseguir. 



HOYOS

Por aquellos años (70s – 80s), en cualquier bonetería, papelería y hasta farmacia, se podían conseguir las famosas y económicas pelotas de esponja. Para este juego se necesitaba una pelota de ese tipo, y ya, eso era todo. Había que buscar algún lugar en un jardín en el que no hubiera pasto, solo tierra, y ahí se hacían varios hoyos, uno por niño. Finalmente se marcaba una raya a una distancia aproximada de cinco pasos, y listo, desde esa raya alguien lanzaba la pelota de esponja hasta que entrara en alguno de los hoyos. El dueño del hoyo en el cual entraba la pelota tenía que correr por ella mientras el resto de los críos salían disparados corriendo por sus vidas. Una vez que sacaba la pelota del hoyo, el crío en cuestión, corría detrás del  que pudiera para que en cuanto lo tuviera a la distancia correcta le acertara un sendo pelotazo entre ceja, oreja y “nies”. Si el niño “target” lograba hacer una ágil maniobra estilo “The Matrix” y esquivaba la pelota, el que la lanzó tenía que ir por ella y regresar a seguirlo intentando hasta sonarse a uno de los niños fugitivos. El niño que recibía el pelotazo perdía y se le ponía un pequeña piedrita en su hoyo, bueno no en el de él, en el de la tierra, para llevar la cuenta. El niño perdedor, luego de sobarse, era el encargado de lanzar la pelota hacia los hoyos nuevamente para iniciar un nuevo juego. Aquel niño que juntara cinco piedritas en su hoyo tenía que pasar al “Muro de los Lamentos”. Frente a una pared, viendo hacia ella y en posición de Cristo Crucificado, esperaba paciente a que el resto de los críos lo castigaran lanzándole cada uno cinco veces la pelota. La pelota de esponja no descalabraba pero si dolía harto, y si estaba mojada más, así que había que afinar la puntería durante este juego para no terminar en el “Muro de los Lamentos”. 



COLEADAS

Juego meramente ocioso y salvaje. Como diría José Luis Rodríguez “El Puma”: ♫♪ Agárrense de las manos, unos a otros conmigo, agárrense de las manos, si ya encontraron su amigo♫♪ Así mero, así había que tomarse de las manos hasta formar una gran línea de escuincles canijos y extremos. Luego, el que iba hasta el frente de la fila, comenzaba a jalar lo más fuerte que podía y los demás hacían lo mismo. El chiste era no soltarse. Así, moviéndose fuertemente hacia todos lados, el juego daba inicio hasta que, generalmente, el último de la fila salía volando cual Buzz Lightyear “al infinito y más allá”. El niño que volaba pasaba a ocupar el primer lugar en la fila y los demás se recorrían. El que se soltaba y partía la fila, pasaba como castigo, al final de la fila. El juego terminaba en el momento en que el primer niño lloraba luego de terminar descalabrado o embarrado en la defensa de algún coche estacionado. Para hacer todavía más emocionante el fuego, se podía soltar al perro más rabioso y gandalla de la cuadra para que persiguiera al niño que se encontraba en el extremo tratando de morderlo. Era un juego X-Treme de alto impacto, yo no le entraba; bueno en la primaria lo llegué a jugar pero cuando ya iba en sexto y yo era de los labregones del grupo.


Niños de un equipo de futbol americano se divierten jugando
Coleadas. 



CANICAS

Las canicas son sumamente antiguas y aun en estos días se juegan. Los juegos con “cuirias”, o “cuicas”, tenían y tienen muchas variantes. Había un juego, el más popular, que se llamaba “hoyito”. Existían otros juegos en los que se dibujaba un círculo, una cuadrado, un rombo (Cocol) o un triangulo y en el que la intención era básicamente sacar las canicas que estaban adentro con la propia. La verdad yo no era muy adepto a las canicas, yo era un escuincle bastante chocantito al cual no le gustaba hincarse en la tierra (cuando todavía me podía hincar sin que se me durmieran las piernas), sin embargo lo llegué a jugar varias veces. Recuerdo frases clásicas como: “chiras pelas”, “atrás de la raya”, “altas”, “pinta tu raya”, “safín safado es perdonado”, “tirar de uñita”, “calacas”; o el nombre de algunas canicas como: tiro o tirito, agüitas, diablitos, tréboles, pericos, ágatas, ponches, etc. Yo tenía una gran colección de canicas, pocas ganadas, la mayoría compradas. Mi gran colección estaba, como debía de ser, guardada celosamente en un calcetín viejo. A mí me encantaba sacarlas y ponerlas sobre mi cama para contemplarlas, una a una, como si se tratara de verdaderas joyas, me sentía como Gollum con su anillo… my precios!.

Mi hermano y yo jugábamos en el pasillo de mi casa a derribar soldaditos o astronautas con una canica. Cada quien se ponía en un extremo del pasillo, acomodaba su ejército, y trataba de derribar al del contrario. Este juego me encantaba y era un poco más aséptico que  jugar en la tierra… ¿No les digo que era un niño bastante chocantito?


Una de las tantas variantes que hay para jugar Canicas.



TAMALADAS

A diferencia de las deliciosas tortas de tamal mejor conocidas como “guajolotas”, en este bonito juego no se adquirían calorías como podría llegar a pensarse, por el contrario, se quemaban calorías. Las Tamaladas era un juego meramente para varones por ser harto rudo y manchado, pero cuando se daba el caso de que algunas niñas participaran en el juego, la cosa solía ponerse mejor, sobre todo para los pubertos inquietos y libinoputridos de la cuadra (aclaro que yo no era de esos… todavía).

Este juego consistía en armar dos equipos (de entre 5 a 10 personas de preferencia). Se hacía un sorteo para ver cuál equipo iba a formar la tamalada y cuál iba a brincar. Para formar la tamalada había que buscar un árbol con un tronco fuerte (y sin azotadores) del cual se tenía que abrazar fuertemente el capitán del equipo (por llamarle de algún modo al más listo de la palomilla). Luego otro integrante del grupo metía su cabeza entre las piernas del capitán y se sostenía fuertemente de sus piernas, y así sucesivamente el resto del equipo hasta formar una fila. Posteriormente del equipo contrario salía disparado un elemento para caer sobre la fila de imberbes pubertos que se encontraban en una posición bastante embarazosa. Al caer sobre la “tamalada”, estos comenzaban a moverse de un lado a otro pero sin soltarse, intentando derribar al gandul que se encontraba sobre las espaldas de ellos tratando de llegar hasta el capitán para hacerle espacio al resto de sus compañeros de equipo. Así uno a uno iban saltando intentando lograr que se soltara o callera la tamalada, en ese momento el equipo que brincaba ganaba. Por el contrario, si uno de los que ya había brincado caía al suelo, los chicos de la tamalada ganaban. Cuando el equipo que brincaba lograba colocar a todos sus integrantes sobre la tamalada, también ganaba. Lo mejor de este juego era ver caer de sopetón al clásico chubby de la cuadra sobre las espaldas de los escuálidos y raquíticos escuincles ahí fletados; muchas veces algunos críos terminaban todos torcidos y adoloridos listos para una consulta con Alan el de “Two and a half men”.  Confieso que yo no participaba en este juego, yo siempre fui más de bajo impacto que rudo, sin embargo, claro que hacía mis excepciones cuando alguna de las niñas de la cuadra que me gustaba jugaba. Si, ok, yo era de esos libinoputridos.


Aquí estos malandrines juegan Tamaladas de alto impacto... como
verán, en el Reclu también la pasan bomba. 



CEBOLLITAS CALIENTES

Y hablando de libinopútridos… Bueno, para este juego era indispensable que participaran las niñas, les explico. Un escuincle, generalmente de los más grandes y fuertes, tenía que romper una fila jalando a un niño. Para hacer la fila los niños se sentaban en el suelo con las piernas abiertas, uno después del otro, tomando por la cintura con los brazos al que estaba adelante. Al sentarse en esta posición y al abrazarse fuertemente uno al otro, aquellos críos parecían cebollitas difíciles de sacar del suelo… lo de calientes, eso es aparte. El que jalaba tenía que lograr que el primer niño de la fila se soltara de ella antes de que alguno de sus brazos se dislocara o fracturara, cosa que ocurría en algunas ocasiones. Si el niño se soltaba este pasaba a ser del equipo del otro niño y lo ayudaba a tratar de sacar otra “cebollita” del montón. El juego terminaba cuando solo quedaba un niño entre las cebollitas o cuando tanto toqueteo y cercanía con el sexo opuesto terminaba en un tórrido romance para una parejita de niños, mismos que desertaban del juego para irse a platicar a lo oscurito. Por todo ello era básico que en el juego participaran las niñas de la cuadra… digo, no fuera a ser.


Niñas jugando Cebollitas.



BURRO CASTIGADO

Un clásico, y clásico porque la mayoría de nosotros recordamos muy bien toda esa letanía que se tenía que ir diciendo al momento de brincar al jumento que se encontraba en la famosa posición de “chivito en precipicio”. La cosa era sencilla, el juego trataba básicamente de mancharse con el compita que se fletaba de burro. Para ello había que brincarlo luego de decir el “versito” correspondiente. Me he dado cuenta que los “dichos” a veces pueden variar, sobre todo yo creo que depende de la época en la cual lo jugamos, pero básicamente son estos: 

  • Cero por chapucero, 
  • Uno estreno mi burro (o Uno por mulo), 
  • Dos patada y cos, 
  • Tres te pica el ciempiés, 
  • Cuatro jamón te saco (había que manosear el derrière del individuo hasta prácticamente sacarle el jamón, ¡auch!), 
  • Cinco desde aquí te brinco, 
  • Seis al revés, 
  • Siete te pongo tu chulo bonete, 
  • Ocho te lo pico y te lo remocho (había que hacer las veces de urólogo revisando la próstata, de nuevo ¡auch!), 
  • Nueve copita de nieve (se podía agregar el “con tres sabores que son…”), 
  • Diez elevado lo es, 
  • Once caballito de bronce, 
  • Doce la abuela cose (“pisa el pedal” se le daba un pisotón, “mueve el volante” se le torcía la cabeza por las orejas, “pone parche” se le daba una nalgada, y “mete la aguja” se le picaba de nuevo el asterisco), 
  • Trece el rabo te crece en la boca de ese (sin albur, o igual y era con albur y yo ni me enteré), 
  • Catorce la vieja tose, 
  • Quince el Diablo te trinche (se le picaba el lomo con los dedos), 
  • Dieciséis prepárense muchachos a correr, y 
  • Diecisiete búscate otro burro que se flete

Bueno, este juego “sadomasoquista” no era de mis favoritos, era medio peladón y no me divertía para nada.


Niños jugando Burro Castigado en el recreo.




CARRETERITA

Lo mío lo mío lo mío era jugar carreterita, yo creo que de ahí me surgió mi pasión por el automovilismo y la Formula 1. No hay nada que extrañe más de mis juegos infantiles que este. Hoy ya no lo juego por razones obvias: mi abultado y rollizo abdomen que me impide ponerme en cuclillas, mi vértigo postural paroxístico que me impide agacharme, y mi osteoartritis que me impide hincarme, o sea, ya no estoy en edad. Bueno, todos conocen este bonito juego callejero. Primero y antes que nada había que conseguir unos gises para dibujar la carreterita en la calle; a falta de gises había que ir al terreno baldío más cercano a buscar algunos trozos de yeso o ladrillo rojo para poder trazar el circuito. El grado de dificultad del circuito dependía del o los escuincles que tenían la difícil tarea de diseñar la pista. La carreterita podía hacerse en una superficie plana de la banqueta o la calle, o combinar ambas con subidas y bajadas elevando así el grado de dificultad, incluso podía tener pasos sobre charcos o peligrosos saltos sobre cacas de perro. Una vez terminado el circuito había que “chulearlo” (como decía el Peje) con trampas y metas. Las trampas eran partes de la pista en donde se dibujaban espacios que representaban aceite, tachuelas, pozos, etc. Cuando un coche caía en esas trampas uno perdía turnos o tenía que regresar a la meta anterior. Las metas igual se dibujaban sobre la pista (con cuadros). Cuando algún coche salía de la carreterita o caía en una trampa, tenía que regresar a la meta anterior. Cada jugador podía hacer tres tiros seguidos con su coche, el clásico: “uñas” (1), “dedos” (2) y “tripas” (3). Mientras por lo menos alguna parte del coche estuviera dentro de la pista no había problema, cuando el coche salía, como ya dijimos, había que regresar a la meta anterior. Estaba permitido sacar el coche de algún contrincante golpeándolo con el de uno, el chiste era sacarlo pero sin salirse. Recuerdo que los coches de plástico tipo “monoplaza” que comprábamos los rellenábamos de plastilina para darles mayor peso y estabilidad; incluso había niños más avezados que les ponían doble o triple llanta trasera a sus cochecitos con el fin de ensancharlos, lo que hacía más fácil permanecer dentro del circuito sin salirse. Al final del circuito había una meta final, el que llegaba ahí era el ganador.

En algún momento de la vida, cuando me volví más huevoncito y comodino, sustituí este juego por la bonita pista Scalextric. Con las pistas eléctricas no había que esforzarse mucho, si acaso había que moverse para volver a colocar el cochecito sobre el carril cuando este se despistaba. El colmo fue cuando descubrí la pista que había en el sótano del Sears de Plaza Universidad. Esta enorme pista estaba en alto sobre una mesa y tenía a mucho mirón que voluntariamente se convertía en tu asistente para volver a colocar el cochecito sobre la pista cuando este se llegaba a salir, por lo que solo había que esperar a que estos lacayos hicieran su trabajo para continuar jugando. Ahí pasé muchas horas jugando hasta que un día la quitaron… y ya, tan tan.


Aquí unos niños juegan Carreterita, no como la que yo jugaba pero les
puede dar una idea de como era. Nosotros no usábamos cochecitos
Hot Wheels, eran unos de plástico más corrientitos. 




Bueno, estos eran solo algunos de los juegos que yo solía jugar en la calle cuando era un crío; seguro que ya habrá tiempo para recordar otros como: "coladeras", "tochito", "quemados", "tocar timbres"... y muchos más. También habían otros juegos que eran más para niñas y que sin embargo yo los llegué a jugar sin ninguna bronca; es de que yo estaba muy seguro de mi masculinidad por aquellos años, ahora… bueno ahora quién sabe jeje. Esos juegos a los que me refiero y que llegué a jugar con las niñas eran: resorte, avión, brincar la cuerda, etc. Pero bueno, seguro que más adelante en algún otro post los recordaré, vía de mientras hasta aquí le dejamos por hoy… ánimas que les haya traído bonitos recuerdos este post como me los trajo a mí.


Esta foto, si me lo permiten, es solo un homenaje a la amistad. Son
algunos de mis amigos con los que jugué todos estos juegos a lo
largo de mi infancia. De izquierda a derecha: Enrique (qepd),
el Tico, Frankie y el Sonso.




Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos! 

10 septiembre 2013

Test de Música en la T.V... ¿cuánto sabes?



Y como a muchos les gustó el bonito ejercicio de memoria pasado en el que recordamos películas a través de su música, hoy vuelve este mismo experimento solo que ahora con música de televisión. Se trata de ver qué tan “plastas de sofá” son. Este test está científicamente diseñado para adultos contemporáneos en avanzado estado de putrefacción como yo, así que si usted amigo mío es un puberto o está recién egresado de la edad de la punzada, seguramente tendrá que pedir ayuda al primer cebollín o ciruelita que encuentre por allí para que le eche la mano en este experimento.

Como en el caso anterior, se trata de identificar a través de la música el nombre de 50 programas de televisión. Los programas comprenden varios géneros: caricaturas, telenovelas, series, etc., mexicanas y extrajeras, y de varias épocas, desde los años 60’s hasta la fecha.

Bueno pues aquí está el audio, suerte y espero que les traiga bonitos recuerdos, igual que me los trajo a mí cuando estaba preparando este post.






Si usted todavía no pudo identificar los 50 títulos, no se preocupe, siga de plasta de sofá y muy pronto podrá aprobar este “test”. Ahora bien, si le interesa conocer la respuesta a este test, usted nada más me dice y le mando la lista a su mail pa’ que no se me vaya a traumar.


Saludos y gracias por participar.



Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!


17 julio 2013

¡Discos y Casetes al 40%!



Acabo de escuchar que el chocantito y apócrifo Julio Regalado (el original siempre fue y será Sergio Corona) hoy puso en La Comer los CDs y los DVDs al “espectacular” 2X1.



Este viejo mamila es el actual Julio Regalado,
nada que ver con el legendario Sergio Corona.

El original Julio Regalado siempre será Sergio Corona... he dicho.

Julio Regalado anunciando una oferta en las tobimedias, meidas y
pantimedias.


En mis tiempos (frase recurrente en este espacio), antes de que la nuevas estrategias de mercado hicieran de las suyas, eso del 2X1 simplemente no existía. En mis tiempos las ofertas eran un porcentaje de descuento del precio regular del producto, ejemplo: Discos y Casetes al 40%. Hoy, con sus trinches 2X1 o 3X2, a uno lo obligan a comprar más de lo que realmente necesita, y ellos, hábilmente, obtienen utilidades no por un producto sino por dos o más, o sea, no le pierden. Afortunadamente, en este caso, la piratería ha hecho que dejemos a un lado esta intrascendente y engañosa oferta y le pintemos unas bonitas cazuelitas a la Comercial Mexicana.

Seguramente la mayoría de ustedes recuerdan el caos que se armaba cuando, allá por los 80s, alguna de las tiendas de autoservicio más importantes de México (Aurrera, Gigante o Comercial Mexicana) anunciaba los discos y los casetes con un 40% o incluso un 50% de descuento. Era prácticamente imposible acercarse a los anaqueles y los estantes del departamento de discos, uno podía llegar a perder la vida en el intento o incluso quedar embarazado. Había que echar la lámina por delante para abrirse camino entre la multitud y poder intentar encontrar el disco deseado. Lo cierto es que en la mayoría de los casos esto nunca se conseguía, uno llegaba buscando el último disco de Flans, de José José, de Madonna o de Duran Duran y terminaba comprando uno de la Rondalla de Saltillo, de Rulli Rendo o de los Churumbeles de España.

Luego venía lo mejor, había que hacer una trinche cola kilométrica para pagar los LPs y los casetes en la única caja que había en el departamento de discos. En ocasiones la turba enardecida se organizaba y, aplicándole calor al gerente de la tienda, lograba que este autorizara que los discos se pagaran en otra caja. Al final uno salía muy contento con sus discos, discos que ni nos gustaban pero como habíamos pagado un 40% menos del valor, sentíamos que habían valido la pena el apretujón y la espera a la hora de pagar.






Hoy les puedo asegurar que si van a la Comer a aprovechar su trinche 2X1 en CDs y DVDs no van a tener mayor bronca ni al escoger ni al pagar; pero, yo me pregunto, por qué pagar por algo que se puede obtener por tan solo 8 pesos afuera del metro o incluso gratis en internet. Por cierto DIGAN NO A LA PIRATERIA… si, aja, y luego.



Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!

26 mayo 2013

Hamburguesas BONANZA, TOMBOY y BURGER BOY... yummy yummy!



Seguramente todos recuerdan a Pilón, el personaje glotón que aparecía en las caricaturas de “Popeye el Marino”, bueno pues gracias a este simpático y rollizo personaje adicto a las “jamberguers” (hamburgers) fue que yo desarrollé mi gusto y afición por las hamburguesas. Así es, es muy probable que luego de ver tantos capítulos de “Popeye” en mi flamante televisión blanco y negro marca Philco (con patas) en los que aparecía el vividor de Pilón comiendo cientos de hamburguesas, fue que comenzó mi gusto por ellas.  


BONANZA

Quizás la primera hamburguesa que comí en mi vida fue en un lugar llamado Bonanza. A un lado del Teatro de los Insurgentes, en la esquina que hacen las calles de Insurgentes y Mercaderes, allí se encontraban estas maravillosas hamburguesas que casi estoy seguro se llamaban Bonanza, y digo casi, porque el libinopútrido de mi padre las rebautizó como “Las Güeras”. A este lugar acudían muchos jóvenes en moto, onda Steve McQueen Región 4, y junto con estos setenteros “choppers” también acudían una serie de chicuelas piojosas instaladas en la onda “hippie”, pero eso sí, de muy buen ver. Bueno pues gracias a esas güeras a go go fue que mi padre rebautizo el lugar como “Las Gueras”, así que desde que yo era un escuincle nalgas miadas siempre nos referimos a ese lugar con ese nombre.

El lugar era muy padre, tenía servicio en los coches. Junto a donde se estacionaba cada coche había una bocina para poder ordenar desde allí, así que solo había que hacer un poco de tiempo escuchando la radio (La Pantera o Radio Variedades) en lo que aparecía una persona cargando una charola con la orden, misma que sujetaba en la puerta del coche. También tenía mesas con sombrillas para los que preferían bajarse a comer o que no tenía coche (para la “prole” como diría Pau Peña).

Hubo un tiempo en que yo ya no disfrutaba tanto ir a “Las Güeras” porque en una ocasión en que yo andaba de hiperquinético (hiperquinético: modo elegante y contemporáneo de llamarle a los niños cabrones y jodones) mi padre se acercó a un grupo de estas güeras y les dijo que les regalaba al orgullo de su nepotismo por latoso, obvio, yo me pegué el susto de mi vida y lloré y lloré cual Magdalena picando cebolla. Hoy me cae que no lo hubiera pensado dos veces y en friega hubiera aceptado la oferta de irme con esos bombones marca Clairol con minifaldas… es de que resulta que heredé lo libinopútrido de mi padre, ni modo.

Hoy en el lugar en donde se encontraban las hamburguesas Bonanza hay un edificio alto con un Vips en la planta baja, y cada vez que paso suspiro, claro, por las hamburguesas y por las güeras.


De lado derecho del teatro de los Insurgentes se encontraban las Hamburguesas
BONANZA, lástima que no hay una imagen en donde se puedan apreciar. 



TOMBOY

Obvio que no todos se acuerdan de las hamburguesas Bonanza, no todos son tan putrefactos y jurasicos como yo, pero seguro que de las que sí se van a acordar son de las Tomboy. A ver, quién no pasó alguna vez frente al Parque Hundido y vio ese entrañable restaurante de hamburguesas con servicio al coche… seguro que todos. Era un lugar pequeño pero con toda la personalidad necesaria para hacer de este sitio un icono de los restaurantes de hamburguesas en la Ciudad de México.

El lugar exacto en el que se encontraban estas hamburguesas Tomboy era sobre la avenida Insurgentes entre las calles de Magnolias y Millet. El servicio era al aire libre, para ello habían dispuestas varias mesas con sombrillas, mesas que en un principio no estaban fijas al suelo, luego, con el tiempo, se cambiaron por una fijas ya empotradas al suelo. Pos su puesto que también había servicio en el coche, aunque como era un lugar pequeño la verdad es que no cabían muchos alrededor del restaurante. Las hamburguesas eran muy buenas y ni qué decir de las malteadas. Este lugar funcionó seguramente hasta finales de los ochentas, y estoy seguro de eso porque ahí terminé con una de mis novias más queridas allá por 1986 y fue mientras comíamos unas deliciosas hamburguesas jeje.

Pero había otro Tomboy al que yo iba aun ya estando estudiando en la Universidad. Este restaurante también estaba sobre la avenida Insurgentes, solo que más al sur, el lugar exacto era entre las calles de Rafael Checa y Dr. Galvez, hoy en ese lugar hay una mueblería y una panadería “El Molino”. Este Tomboy seguramente duró muchos años porque yo comencé a ir desde que tendría unos cuatro o cinco años y deje de ir como hasta los 20 años. Cada vez que mi padre nos llevaba a mi hermano y a mí a “Mundo Feliz”, un lugar con juegos infantiles que estaba más o menos frente a El Relox, la parada obligatoria para comer era en este Tomboy. Una cosa que a mi hermano y a mí nos llamaba mucho la atención era el WC miniatura que había en los baños ex profeso para ser usado por los niños cagones como nosotros. Este lugar también tiene un significado sentimental para mí ya que ahí me hice novio de una niña muy linda de la universidad, por ahí del 89. Bueno pues como verán no solo mi estómago me une a este restaurante, también mi corazón tiene una deuda con el Tomboy.

Otro Tomboy que llegué a visitar en varias ocasiones fue el que está (¿o estaba?) en la costera Miguel Alemán de Acapulquito; la verdad es que ya hace tanto tiempo que no voy a bello puerto que no tengo idea si todavía existe o ya no… espero por el bien de mi nostalgia que sí.


TOMBOY de Insurgentes y Magnolia.

TOMBOY de Insurgentes y Magnolia.

TOMBOY de Insurgentes y Magnolia

TOMBOY de Insurgentes y Magnolia ya con las mesas y sillas fijas al suelo.

TOMBOY de Insurgentes y Magnolia en los 80's.




BURGER BOY

Otras hamburguesas que eran de cajón para aplacar la lombriz eran las Burger Boy. La leyenda urbana decía que el dueño de esta cadena de hamburguesas era Chabelo, la verdad es que nunca supe si esto era cierto o no. Quizás como en su longevo programa “En Familia” anunciaba las Burger Boy de ahí venga esta creencia popular; algo así pasa aun en nuestros días con la mueblería que aparece en su programa, hay quienes afirman que él es el dueño de “Muebles Troncoso”… sabe.

A mí en lo personal nunca me gustaron estas hamburguesas, pero como había por todos lados una sucursal, pues fueron las que más comí en mi edad puberta. La última Burger Boy que visité estaba en la calle de Coruña por el metro Viaducto. Recuerdo que en Monterrey, allá por los años 80’s , se pusieron de moda y era muy nice ir a comer a la Burger Boy que estaba, creo, allá en la Colonia del Valle.


Yo me imagino que las “Mugrer Boy”, como mis amigos y yo les decíamos, habrán desaparecido por ahí de finales de los 80’s o comienzos de los 90’s cuando las cadenas transnacionales comenzaron a aparecer en mi tenochca ciudad.


Hamburguesas BURGER BOY.


Este es un video con una recopilación de algunos de los comerciales para televisión de las hamburguesas BURGER BOY... chéquenlo. 






Bueno pues estos tres restaurantes de hamburguesas: Bonanza, Tomboy y Burger Boy fueron parte muy importante de mi dieta a lo largo de mi infancia, de mi pubertad y de mi cuasi edad adulta, a ellos les debo la bonita obstrucción de mis arterias y el colesterol que circula en estos días por mi sangre. Es cierto que hay otros restaurantes de hamburguesas que han pasado por mi vida: Mr. Kelly’s, Chazz, Wendy’s, McDonalds, Burger King, Johnny Rockets, Carl´s Jr., Hooters, Friday's, Chilis, etc., algunos de estos restaurantes ya no existen, otros existen e incluso son mejores, ¡ah! pero eso sí, ninguno de ellos me trae los mismos recuerdos que mis nostálgicas hamburguesas Bonanza, Tomboy y Burger Boy… ni modo, qué quieren, mi estómago también tiene sentimientos y es un nostálgico empedernido como yo.


Las demás hamburguesas de mi vida, pero ninguna tan memorable como
las BONANZA, TOMBOY y BURGER BOY. 




Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos! 

23 abril 2013

Flipper, Lassie, Maya, Ben, Mr. Ed y Skippy, mis animales favoritos de la t.v.


Acúsome ante Dios y ante ustedes hermanos del internet de ser descaradamente zoofílico desde muy temprana edad.  Pero no piensen mal, mi avanzado estado de “libinoputridez” no llega a tanta concupiscencia y perversión sexual, es simplemente que siento una especial simpatía por los animalitos de la creación, y en especial, por los animalitos de la creación que trabajan o trabajaron en la televisión y en el cine de la hermana república de la hamburguesa, del gabacho pues. Por eso queridos amigos lectores, este post estará dedicado a recordar todos esos animalitos que durante mi infancia me hicieron pasar bonitas matinés y tardeadas viendo sus inverosímiles actuaciones frente a la pantalla de mi viaja televisión Philco.

Aclaro que ni son todos los que están, ni están todos los que son, o lo que es lo mismo, solo pondré los que su majestad Alz Haimer me permita recordar y que son los que se quedaron más grabados en mi memoria por ser obviamente mis favoritos. Aclaro que Israel Jaitovich aunque es un animal que actúa, por no ser uno de mis favoritos, decidí no incluirlo en este bonito y nostálgico post.



FLIPPER

“Flipper” es quizás la serie que más recuerdan los de mi generación. Por supuesto que me refiero a la primera versión, la que transmitió por primera vez la NBC en el año de 1964 y no aquella que se hizo décadas después en la que aparecía la guapa Jessica Alba. Obvio que en aquel entonces yo todavía ni había llegado a este bicicletero mundo pero esta serie fue retransmitida varios años después por canal 5 y fue entonces cuando me hice su fan. Como todos recordarán el buen Flipper era un simpático delfín (con esa cara todos los delfines lo son) que convivía con la familia de Porter Rick quien era el Guardián de parque marino de Coral Key. Porter vivía con sus dos hijos a la orilla del mar, Sandy y Bud. Las historias siempre eran las mismas y no requerían ningún esfuerzo intelectual de parte del televidente. Siempre Flipper era el encargado de alertar a Porter o a cualquiera de sus dos críos de alguna amenaza de peligro, en pocas palabras, Flipper era el “corre ve y dile”, o mejor dicho “el nada ve y dile” del océano. A mis primos y a mí nos encantaba esta serie porque soñábamos en lo padre que sería vivir junto al mar, poder manejar lanchas y, por si fuera poco, tener como mascota a un pescadote muy risueño en lugar del pulgoso perro callejero que teníamos. Cuando en 1995 volvieron a sacar la serie de “Flipper” yo volví a ser muy feliz, ya no por ver las nuevas aventuras del resbaloso animalito marino sino por ver el chamorrín de la morenaza Jessica Alba… ni modo, yo y mi “libinoputridez”.













LASSIE

La perra Lassie es la abuelita de todos los animales actores. Esta perrita de raza Collie comenzó a chambearle desde el jurasico año de 1954. La famosa serie “Lassie” duró alrededor de 20 años, ha sido una de las series de drama y acción más largas en la historia de la televisión. En un principio Lassie vivía con una familia compuesta de un niño como de once años de nombre Jeff Miller, su madre y su abuelo. Ellos vivían en una granja y ahí era donde se desarrollaban todas las posibles aventuras de Lassie. Como era de suponerse, el chavito creció y hubo que buscarle nuevo compañero infantil a Lassie, y esto se repitió varias veces a lo largo de la serie. También tuvo que cambiar de locación la serie porque las aventuras para Lassie en la granja se agotaron, así que la llevaron a vagar por el desierto hasta encontrar una nueva familia con su respectivo chilpayate de compañero. Duró tanto la serie que en un principio esta era en blanco y negro y con los años tuvo que experimentar el cambio a color en el año de 1965, claro que yo siempre la vi en blanco y negro porque las teles a color eran harto caras y mi padre apenas si sacaba pal chivo. Durante mucho tiempo y hasta la fecha, a los perros de la raza Collie siempre les llaman Lassie. De la serie de televisión se llegaron a hacer varias películas pero creo que no con mucho éxito, y me imagino que las perritas que aparecían allí ya eran las tataranietas de Lassie. La original “Lassie” llegó a ganar dos premios Emmy y otras dos de sus estrellas Jan Clayton y June Lockhart también fueron nominados al Emmy. Por ahí de 1989 se volvió a lanzar una nueva temporada en televisión de “Lassie” que se llamo “The New Lassie” (La Nueva Lassie) y lo padre fue que volvieron a invitar al mocoso que salía en la primera serie, Jon Provost (Timmy Martin), ahora en el papel de Steve McCullough. La verdad es que a mí “Lassie” siempre me dio como que flojerita así que solo habré visto una que otra aventurilla. Por cierto que hay una película de Lassie que sí me gusta, y mucho, se llama “Lassie Come Home” (1943), y me encanta por la sencilla razón de que en ella aparece una de las mujeres más bellas que haya habido en este planeta, me refiero por su puesto a Elizabeth Taylor… de nuevo, yo y mi libinuputridez.


Tommy Rettig y Lassie.

Tommy Rettig y Lassie.

Jon Provost y Lassie.

Jon Provost y Lassie.


Elizabeth Taylor y Lassie.

Elizabeth Taylor y Lassie.



MAYA

¿A ver quién es el guapo que se acuerda de esta serie de televisión? “Maya” era una serie en la que dos chavos, poco más que adolescentes, viajaban por toda la india en busca del desaparecido padre de uno de ellos. Terry (el gringo) en compañía de Raji (el hindú) y de su elefanta Maya, sorteaban varias aventuras en la jungla. La elefanta Maya no solo les serbia como transporte a este par de pubertos, también se encargaba de cuidarlos y de rescatarlos cada vez que se metían en alguna bronca. Cuando yo iba en la primaria fantaseaba mucho con lo divertido que sería llegar a la escuela montado en una elefanta. Me imaginaba que si mi gruñona maestra de cuarto año me regañaba (cosa que pasaba muy seguido) usaría a mi elefanta para pasar sobre su coche hasta dejárselo hecho chatarra, o por lo menos le dejaría sobre su lujoso Datsun un “recuerdito” de elefanta propio de una alimentación rica en fibra. “Maya” si era una de mis series preferidas, desgraciadamente la pasaban muy poco, me imagino que como solo duró una temporada (18 capítulos de una hora) no había suficiente materia para programarla más seguido. Antes de la serie de televisión ya se había hecho la película “Maya” (1966) y en ella también participaron los mismos actores de la serie de televisión: Jay North (Terry Bowen) y Sajid Khan (Raji). Me encantaría encontrar esta serie en formato DVD para comprarla, aunque la verdad lo veo difícil, tendré que conformarme con la generosidad de youtube.











MI OSO Y YO

“Mi Oso y Yo” (en ingles “Gentle Ben”) era otra serie por el mismo estilo de las demás. Esta serie de la CBS se estrenó el 10 de septiembre de 1967 y terminó un 31 de agosto de 1969, en total fueron 56 episodios en dos temporadas. “Mi Oso y Yo” trataba de las aventuras de un guardia de los Everglades en Florida de nombre Tom Wedloe (Dennis Weaver), de su esposa Ellen (Beth Brickell) y de su simpático hijo Mark (Clint Howard), y por supuesto de la estrella del programa, el oso Ben. Esta serie viene de un famoso libro en el cual igual se narran las aventuras entre un oso y un niño llamado Mark, el autor de este libro es Walt Morey. Lo más padre de esta serie y seguramente por la que yo la veía, era el airboat que utilizaba el papá de Mark para cuidar los pantanos. Se veía super divertida esa especie de lancha con un ventiladorsote en la parte trasera que le permitía deslizarse sobre las aguas bajas de los pantanos; les confieso que siempre quise manejar una mugre de esas y no me quiero morir sin hacerlo (cada quien sus sueños guajiros ¿no?). El niño actor Clint Howard que hacía del amigo del oso Ben creció y sigue actuando hasta la fecha, lo que pasa es que con el tiempo se le hizo la cara como de loco por lo que creo que solo le dan papeles de maniático, demente y degenerado. Por otro lado Dennis Weaver, el actor que interpretaba al papá de Mark, después de unos años se hizo muy famoso gracias a la serie setentera “McCloud”, la cual seguramente todos recuerdan. Creo que estas series no duraban mucho porque era muy difícil para los escritores estarse inventando aventuras en las que el oso tuviera un participación importante, por eso ahora en “CSI: Miami” no pusieron osos en el reparto… digo.







El famoso airboat de Tom.





MISTER ED

“Mister Ed”, el famoso caballo que habla. Apenas me acuerdo de esta serie, es una de las más antiguas junto con Lassie (se estrenó en 1961). Era muy divertida, Mister Ed era un caballo que hablaba (nada que ver con Alberto Rojas “El Caballo” o con “Tiro Loco McGraw”). El dueño de este simpático jamelgo era un excéntrico arquitecto de nombre Wilbur Post (Alan Young) quien junto con su esposa Carol (Connie Hines) formaban parte del elenco principal de la serie. A mí me encantaba el comienzo del programa (el opening theme), la canción era sumamente pegajosa. Esta, como el resto de estas series, la vi en las repeticiones que pasó bastante tiempo después canal 5 cuando yo ya había nacido y mi cerebro comenzaba a guardar información (información que apenas estoy desempolvando). Me acuerdo que era muy divertida y que Wilbur era la buena onda. Alan Young, el actor que interpretaba a Wilbur, aun vive, tiene nada más y nada menos que 93 años y sigue activo. Él dedico una gran parte de su carrera al doblaje, trabajo mucho para Disney, por ejemplo él le ponía la voz a Rico McPato (Scrooge McDuck). El que desgraciadamente ya murió fue Mr. Ed, murió en un establo de Burbank en California. Buena serie, ojalá la repitieran para acordarme un poco más de ella.


 










SKIPPY

“Skippy the Bush Kangaroo” o simplemente “Skippy” como la conocimos en México, definitivamente era mi serie favorita protagonizada por un animal. Primero y antes que nada, la entrada del programa era de mis preferidas, en ella se ve a Sonny cortar una hoja de un árbol la cual sopla como si fuera un silbato para llamar a Skippy, en seguida se ve al canguro en friega brincando hacia su encuentro mientras suena la inconfundible musiquita. En esta maravillosa serie australiana habían muchos personajes, pero los principales eran: Matt Hamond (Ed Devereaux) un jefe de guardabosques del  Waratah National Park, Sonny Hammond (Garry Pankhurst) el hijo mejor de Matt y amigo de aventuras de Skippy, Mark Hammond (Ken James) el hijo mayor de Matt, Jerry King (Tony Bonner) el piloto del helicóptero con el que patrullaban los alrededores, Clarissa “Clancy” Merrick (Liza Goddard) quien era la hija de otro guardabosques que decide irse a vivir con la familia de Matt cuando su padre se tiene que mudar al Wales, y por supuesto el más importante de todos, Skippy quien fue interpretado por al menos nueve canguros diferentes. Lo que me encantaba de esta serie era el estilo de vida de Sonny. Recuerdo que él tomaba sus clases desde su casa por medio de un radio, esto de no ir a la escuela a mi me parecía genial. Luego tenían a su disposición un helicóptero padrísimo, de esos que son como una burbuja de cristal y que tiene una especie de tanques en la parte de abajo que les permiten flotar en el agua de ser necesario. Además la idea de tener una mascota con bolsa incluida para guardar objetos varios: que los cigarros, que el iPod, que una torta compuesta de milanesa con fleco, que las llaves del helicóptero, que unos condones prelubricados sabor tutifruti, que la estampita de San Juditas Tadeo, etc. ¡me parecía genial! La serie duró tres temporadas en las cuales se hicieron un total de 91 episodios de 30 minutos cada uno. Skippy es la serie que me trae los mejores recuerdos junto con Flipper, espero que a ustedes también.


Sonny y Skippy.
Sonny y Clancy.



Mark y Jerry.

Jerry y Clancy.





Por último aquí les dejo este video que hice con las entradas de estos programas para que las disfruten. Desgraciadamente no pude conseguir la entrada de la serie “Maya” así que solo puse fragmentos de un capítulo para que recuerden a esta gordita llamada Maya. Bueno, así quedó el video…






Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!