22 octubre 2012

Antenas Parabólicas... o lo que quedó




A menos que vivas en la NASA o en algún observatorio astronómico, el tener hoy en día una antena parabólica en el techo de tu casa, con la pena, ¡es de pelados! Cosa muy distinta era allá por los años 80’s en los que solo los pirrurris y la gente nice gozaban de televisión satelital.

Por supuesto que yo pertenecía, como hasta la fecha, a la prole, por lo que ni soñar con tener una de estas costosas antenas parabólicas. Sin embargo, mi sacrosanto padre sí pertenecía a la privilegiada clase pudiente, así que cuando yo iba a visitarlo todas las vacaciones a su casa en la bonita Sultana del Norte, oséase Monterrey, tenía la oportunidad de experimentar lo que era tener televisión satelital.

Recuerdo que la antena de mi padre tenía un motor que le permitía rotar para captar los diferentes satélites. La verdad no recuerdo los nombres de los satélites, solo recuerdo uno, el “Galaxy”. En cada satélite se podían ver 24 canales, no todos tenían señal.

De los canales que recuerdo haber visto en esas parabólicas estaban: Disney Channel, Nickelodeon, Discovery Channel, Univision, ESPN, CNN, algunos de películas, y por supuesto, el Playboy Channel.

Con el Playboy Channel ocurría algo muy curioso. Mi padre vivía en ese entonces en una colonia de la ciudad de Monterrey llamada Colinas de San Jerónimo. Esta colonia, como su nombre lo dice, se encuentra en una colina, por lo que desde la ventana de la salita de televisión se podían ver el resto de las casas de la colonia, todas con sus respectivas antenas parabólicas en los techos. La mayoría de las antenas, durante el día, se veían orientadas en la misma dirección, seguramente hacia el satélite en el cual se encontraba el Disney Channel y  Nickelodeon, pero justo por ahí de las 6 de la tarde, curiosamente las antenas comenzaban a rotar y se orientaban hacia otro satélite, el mismo que transmitía en su canal 24 el Playboy Channel. Y es que a diferencia de ahora, el Playboy Channel no transmitía las 24 horas del día, en ese tiempo el canal comenzaba a transmitir a las 6 de la tarde si no me equivoco.

Yo que por aquellos años era un puberto libinopútrico harto calenturiento, intentaba, discretamente, ver el canal sin que el resto de los habitantes de la casa (la esposa de mi padre y las personas del servicio) se dieran cuenta. Pero no lo conseguía, por supuesto que se daban cuenta, y todo porque el trinche motorcito que hacía girar la antena en el techo de la casa hacía más ruido que un reactor nuclear (me supongo que los reactores nucleares hacen mucho ruido). De cualquier forma mi deseo de ver mujeres en pelotas era superior a mi fuerza de voluntad y yo procedía sabiendo que la “soplona” de mi perversa madrastra me iba a acusar con mi padre. Pero mi padre era muy alivianado y no me decía nada, sabía de las necesidades concupiscentes propias de un escuincle cachondo como yo.

Todos los canales más chipocludos estaban codificados, es decir que había que ponerse con una lana para que la antena los pudiera captar sin problema. Pero para eso somos mexicanos, para encontrarle el modito a las cosas y no pagar como Dios manda, así que mi padre se encontró a un ingeniero que vivía en la colonia Del Valle de Monterrey que por medio de un artilugio secreto lograba desbloquear todos los canales y así, de esta forma, mi padre podía ver su canales sin necesidad de pagar por ellos (salvo la lana que le cobraba el inge por sus servicios).


Anuncio ochentero de venta y
servicio de antenas parabólicas.


Con el tiempo las antenas parabólicas fueron bajando de precio y ya era más común verlas en las casas de la Ciudad de México y no solo en las casas pudientes de las ciudades más próximas al gabacho. Es más, en los pueblitos pedorros del norte, en casas muy humildes, se veían antenas parabólicas ya que esa era la única manera de obtener la señal de algún canal en esos lugares tan distantes. Recuerdo que una vez renuncié a la comodidad del avión y me fui en tren a Monterrey en el recién estrenado “Regiomontano” disque para hacer algunas fotos a lo largo del recorrido, y una de las cosas que me llamó la atención fue esa, el ver tantas casuchas a lado de las vías del tren todas con sus respectivas parabólicas en los techos.





En algunas comunidades las parabólicas eran la única manera
de poder ver televisión. 


Hoy, luego de tantos años y después de la llegada de otras opciones más prácticas para ver chingomil canales, llámese: cable, Sky, Dish, etc., todavía hay gente que ostenta en las azoteas de sus casas, flamantes antenas parabólicas oxidadas en desuso que seguramente no han sido retiradas de allí por desidia o quizás, como seguramente hubiera sido mi caso, por el bonito deseo de seguir instalados en la nostalgia.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!