18 julio 2012

Don Jesús Martínez "Palillo"




Abril 22 de 1989. Primero clases en la Facultad de Contaduría y Administración, luego un partido de frontenis, en seguida clases en el Centro de Computo, y al final, ya entrada la tarde, reunión en casa un amigo para comer y departir. Así comenzó aquel día, un sábado cualquiera como muchos otros.

Luego de haber cumplido con todas nuestras responsabilidades académicas y sociales, mi buen amigo Benjamín y yo llegamos puntuales a casa de Raúl. El buen Raúl era otro compañero de clases, este, ligeramente más zángano que nosotros pero de corazón grande y generoso. Raúl ya había sido notificado con previa antelación del estado de inanición en el que nos encontrábamos el Benji y yo, así que el buen amigo se “aprevino” e hizo traer hasta su lujosa residencia en la colonia Bella Vista, una rica y humeante pizza misma que nos ofrendó en bonito gesto humanitario junto con algunas bebidas frías rehidratantes… caguamas pues.

Buscando tener un poco de privacidad, Raúl nos convidó a pasar a una de las áreas más apartadas y tranquilas de su cantón, me refiero a una pintoresca y simpática carpintería propiedad de su apá. Ahí, entre el aserrín y el agradable olor de la madera y el barniz, degustamos nuestra deliciosa pizza gourmet amenizados por la siempre agradable música de la Sonora Santanera. Luego del ejercicio y de las horas de ayuno, el Benji y yo no tuvimos ninguna bronca en darle cuello a la pizza en pocos minutos. Las cervezas fueron el maridaje perfecto para aquel festín, por lo que el consuetudinario acto de jambar se cumplió aquella tarde más que satisfactoriamente. 

Las horas pasaron y poco a poco comenzaron a reportarse el resto de mis compañeritos de escuela para planear la consabida actividad nocturna a realizar. Mientras Raúl los citaba en su casa y hacía las veces de coordinador de eventos al teléfono, Benji y yo seguíamos libando con singular alegría mientras escuchábamos buena música, mi música obvio. Recuerdo que por aquella vieja grabadora pasaron todos los casetes que traía en mi vocho: Los Hombres G, Soda Stereo, Emmanuel, Queen, Rod Stewart, Foreigner, Steve Perry, Culture Club, Men at Work, Madness, etc.; incluso, como estaba en confianza, saqué algo de mi música “closetera” para compartirla: José José, Napoleón, Alberto Cortez, Ramón Ayala, Los Invasores de Nuevo León, Los Churumbeles de España, y seguramente algo más que mi mente ha bloqueado al pasar de los años.

Al poco rato, a casa de Raúl fueron llegando mis amigos y una que otra amiga jaladora y de amplio criterio. Yo calculo que aquella tarde/noche nos juntamos unos 20 labregones y unas 4 labregonas. Luego de discernir a dónde carajos íbamos a ir, parece ser que alguien dijo que conocía un lugar bastante piocha en Garibaldi en donde podríamos escuchar mariachis hasta vomitar. La opción fue secundada por la mayoría y, en un gesto bastante demócrata, el Benji y yo aceptamos la moción (bajo protesta) y nos encaminamos hacia la tradicional y peladísima Plaza de Garibaldi.  

Mi amigo Benjamín y yo compartíamos muchos gustos por aquellos años, él, al igual que yo, era un apasionado de la cultura popular, de la música, del buen cine, del teatro, y de muchas de las expresiones artísticas que a mí me encantaban y me siguen encantando. Además, y por si fuera poco, ambos compartíamos la misma enfermedad, ambos éramos portadores del mismo virus, del misterioso e incurable virus, de la “nostalgia”. Por eso éramos tan buenos amigos, por eso pasábamos muy buenos momentos charlando y recordando cosas que, aun entonces, ya se habían ido para nunca más volver. Así que aquel día, mientras nos dirigíamos a nuestro destino en mi poderoso “Minideseo” (así le decía yo a mi vochito azul), recordábamos algunas de las películas del cine mexicano que estaban relacionadas con la Plaza de Garibaldi y con el “Tenampa”, películas como: “Gitana tenías que ser” con Pedro Infante y Carmen Sevilla o “Puerta Joven” con Cantinflas y Roberto Soto “Mantequilla”. Mientas hacíamos esto, atentas nos observaban desde el asiento trasero mis dos queridas amigas Flor y Claudia, ambas big fans del Benji y de su servilleta (modestia no tan aparte).

No sé como fue, no recuerdo, pero seguramente una película nos llevó a otra, luego un actor nos llevó a otro, y finalmente, quizás, un genero nos llevó a otro, el chiste es que terminamos hablando de un gran personaje de la Época de Oro, pero no de la Época de Oro del Cine, sino de la Época de Oro de las Carpas y de los Teatros de Revista. Me refiero, por su puesto, al gran cómico político Don Jesús Martínez Rentaría, mejor conocido como “Palillo”. En ese momento se nos iluminaron los ojos a Benjamín y a mí y comenzamos a platicarles a nuestras ignorantes pero atentas amigas, quien era este maravilloso personaje que tanto nos fascinaba. Mientras lo hacíamos, yo recordé que en alguna ocasión había pasado por Paseo de la Reforma casi esquina con el eje Central, ahí muy cerca de Garibaldi, y había visto la famosa Carpa México en donde se presentaba ocasionalmente “Palillo”. De pronto, se me metió la genial idea de abortar nuestro aburridísimo plan origina e implantar un plan de emergencia, un “Plan B”, un “Plan B” para salvar la noche. Por su puesto que el “Plan B” consistía en escuchar el llamado de nuestros nostálgicos corazones para ir en busca de ese gran cómico, del gran Don Jesús Martínez “Palillo”.

Al comentar mi “Plan B” con mis contertulios, estos aplaudieron mi genial idea y se aplicaron, en total complicidad conmigo, a la difícil tarea de convencimiento del resto de mis apáticos y dipsómanos amigos. Por su puesto que mi indiscutible liderazgo en el grupo y mi carácter de “niña caprichosa con trenzas” ayudaron en gran medida para convencerlos. Así que luego de un pequeño mitin, ya en la Plaza de Garibaldi, la decisión se tomó y esta fue la más inteligente, la de acudir al encuentro de esa leyenda viviente, de Don Jesús Martínez “Palillo”. Antes de partir de Garibaldi, como prueba de mi generosidad y nobleza, les permití escuchar un par de canciones interpretadas magistralmente por los rascatripas del lugar. La verdad no recuerdo cuales fueron, pero es muy probable que los temas interpretados por los mariachis aquella noche hayan sido: “Las llaves de mi alma” y “El arracadas” (bueno, esas hubiera pedido yo).

Salimos de Garibaldi en bonita caravana con rumbo al Teatro Carpa México, teatro que se encontraba a solo unas cuadras de donde estábamos. Llegamos en friega al teatro y procedimos a buscar un lugar más o menos seguro en donde estacionar el Maverick de Raúl, el enorme Galaxie de Xospa (a este coche le decíamos la “Trajinera” por grandote y porque Xospa vivía en Xochimilco), la Caribe de Julia, la Germlin de Chucho (con su franja blanca a un costado como el famoso Torino rojo de Starsky), y por su puesto, mi deportivísimo “Minideseo” modelo 82. Las unidades quedaron juntas en la parte trasera del teatro al cuidado de un par de teporochitos a los cuales les encomendamos la difícil tarea de, ya no digamos permanecer sobrios, por lo menos concientes para poder estar al pendiente de nuestros cochecitos.

Llegamos a la taquilla del teatro apenas a tiempo antes de que comenzara la función. Compramos los boletos y todos en banda ingresamos al piojoso, pero a la vez hermoso, Teatro Carpa México. Recuerdo que ocupamos las dos primeras filas. La entrada no era nada buena, apenas había unas cuantas parejitas regadas por el pequeño butaquerío del teatro. De pronto la luz se apagó y se escuchó la música que anunciaba el opening de la función, fue en ese momento que mi corazón comenzó a latir rápidamente de la emoción, ¡neta, no es jotería!


Este es el boleto original que aun conservo como recuerdo de aquella maravillosa noche. 


Como muchos de ustedes sabrán, el teatro de revista es un espectáculo que consta de varios cuadros o números de distintos géneros: sketches con cómicos, magos, imitadores, bailarinas, cantantes, etc. y que tiene su origen seguramente en el burlesque y en el vaudeville. Bueno, pues de eso trató el espectáculo que presenciamos aquella noche y que llevaba por nombre: “Revista Politicómicas de Palillo”. Les confieso que no recuerdo ni el orden ni el nombre de todos los artistas que desfilaron por aquel pequeño escenario del Teatro Carpa México, sin embargo haré un esfuerzo y trataré de recordar algunos.


EL MAGO DE CARPA.

Recuerdo que había un mago, y lo recuerdo muy bien, porque cuando este Copperfield de Tlachichilco solicitó la ayuda de alguien del respetable, los malditos amiguitos que me acompañaban, prácticamente me aventaron al ruedo en contra mi voluntad en clara venganza por haberlos alejado del “centro de salud” al que pensaban ir a intoxicarse. El nombre del mago no lo recuerdo, pero pudo haber sido el mago Michel Michel, porque recuerdo que era medio chistoretín aunque a mí no me lo pareció tanto. Por cierto, nada que ver con el magazo de magazos Beto “El Boticario”, ese sí que era súper chistoso. Bueno, pues no me quedó más remedio y tuve que subir al escenario para hacer las funciones de “patiño” del trinche nigromante ese. Por su puesto que los que más se divirtieron aquella noche con mi improvisada incursión en el arte de la prestidigitación fueron las lacras sociales de mis amigos, y es que, definitivamente, fui la botana de todos ellos.


PACO MILLER Y DON ROQUE.

Ya repuesto del tremendo oso que hice sobre el escenario y luego de recibir una carretada de aplausos de parte de mi público (cálmate Lucía Mendez), me dispuse a disfrutar del siguiente número valiéndome madre lo antes ocurrido... ya que.

Bueno queridos amigos lectores, en este momento voy a ser lo más honesto posible con ustedes, porque la verdad no recuerdo bien a quién vi aquella noche, sé que era un ventrílocuo, sé que era el dueño del famosísimo muñeco “Don Roque”, lo que no sé, de lo que no estoy seguro, es si el que acompañaba a “Don Roque” era su dueño y creador original, Don Paco Miller, o era su hijo Edmundo Miller quien también es ventrílocuo y en ocasiones suele usar el famoso muñeco de su padre. Sin embargo, haciendo cuentas, hace ya 23 años que ocurrió esto, es muy probable que sí haya sido el mismísimo Paco Miller el que se presentó con “Don Roque” aquella noche en la Carpa México. Para los que no lo sepan, Don Paco Miller llegó a tener una muy importante compañía artística, una caravana que recorría toda la República Mexicana y algunos lugares más allá de la frontera. Él fue de los primeros en darle una oportunidad al gran Germán Valdez dentro de su compañía, y no solo eso, Don Paco Miller fue nada más y nada menos quien bautizó a Germán Valdez con el sobrenombre de “Tin Tan”. Además, él lo presentó con el director de escena de su compañía, el mismísimo Marcelo Chávez, el “Carnal Marcelo”, quien terminó por convertirse en el eterno compañero de Tin Tan. Pues bien, como verán, el haber conocido en persona a Don Paco Miller fue también un verdadero honor, y el poder haber escuchado a su inolvidable muñeco decir la famosa frase que lo inmortalizó: “Le rajo la cara a cualquiera”, es algo que sencillamente, no tiene precio.


Paco Miller y su famoso muñeco Don Roque.

A Don Roque le encantaba decir: "le rajo la cara a cualquiera", inolvidable frase.

Así lucía Paco Miller en el 1987.



TILÍN, EL FOTÓGRAFO DE LA VOZ.

A Tilín “El Fotógrafo de la Voz” francamente yo no lo conocía, sin embargo, fue un gran descubrimiento para mí. Tilín es, o era (desconozco si aun vive), el Primer Imitador de América Latina, ¡el primero!, no el mejor, no, era el primero porque cuando él comenzó en eso de las imitaciones no había nadie más que lo hiciera, es más, decía que ni siquiera había a quien imitar, decía que tenía que imitar animales. Así se presentaba él, con ese chiste que a mí me pareció genial y me hizo reír mucho. Su presentación era muy divertida, porque cada vez que hacía una imitación le preguntaba al respetable si recocían la voz, y cuando el público decía el nombre del imitado, el ponía cara de resignación y decía: “pues se murió y lo tuve que quitar”. Y es que como el comenzó a hacer sus imitaciones desde hacía ya muchos años, allá en la XEW, pues la mayoría de las voces que imitaba eran locutores famosos de aquella época o cantantes y cómicos también de aquellos años, la mayoría de ellos, ya desaparecidos. Mi amigo Benjamín y yo fuimos los que más disfrutamos su actuación, porque el resto de mis compañeros de la universidad no tenían ni la menor idea de a quién estaba imitando el gran Tilín. Entre las imitaciones que hizo, recuerdo las de: El Doctor IQ, Pedro de Lille, Manolín, Agustín Lara, Clavillazo, Cantinflas, Chabelo, Topo Gigio, Manolo Muñoz, Johnny Laboriel, entre otros. Además de hacer sus imitaciones, Tilín era un cómico muy completo y siempre se manejó dentro del humorismo fino (sin hacer uso de malas palabras). Tilín fue y será, un gran artista, una leyenda en el terreno de las imitaciones. Como dato curioso, he de decirles que su descendencia heredó su talento. Sus hijos, cada uno en su ramo, son grandes artistas, entre ellos están: Mario Filio (se dedica a la locución y el doblaje), Alejandro Filio (compositor y cantante), Cesar Filio (comediante), y David Filio (compositor, cantante, integrante del grupo Mexicanto y actualmente conductor del programa “El Tímpano” en canal 11).


Tilín "El Fotógrafo de la Voz", gran imitador y cómico.

La imitación que hacía Tilín "El Fotógrafo de la Voz" de Manolín, era buenísima.



DON JESÚS MARTÍNES "PALILLO”.

La función estaba por terminar. Los artistas que habíamos visto sobre el escenario del Teatro Carpa México, habían desquitado, y con creces, los 12,000 pesos que nos había costado el boleto de entrada. Pero aun faltaba lo mejor, faltaba la verdadera y única razón por la que todos estábamos ahí reunidos, me refiero por su puesto a la actuación del gran cómico “Palillo”.

Mis queridos compañeros de la universidad, que en un principio se habían mostrado reacios y renuentes a mi genial idea, al verlos a todos ahí sentados con cara de felicidad, me di cuenta que la estaban pasándola bomba, disfrutando, a más no poder, de esa bonita experiencia que estuvieron a punto de perderse por mensos y apáticos. Y qué decir del exclusivísimo grupo VIP de mi corazón, el buen Benji, Flor y Claudia, que estaban igual de emocionados y felices que yo.

Pues en eso estábamos, cuando, finalmente y luego de una impaciente espera, en el escenario apareció, primero un actor cómico caracterizado de “gringo” (su patiño), y luego, en persona y a todo color, la leyenda viviente, el gran Jesús Martínez “Palillo”.

En cuanto “Palillo” pisó el escenario, mi amigo Benji y yo “jalamos” una fuerte ovación que él amablemente agradeció con una discreta reverencia. Vestido con su tradicional sombrero y una especie de guayabera blanca, y maquillado como en los viejos tiempos, “Palillo” lucía, si grande y viejo, pero no cansado, por el contrario, con un vitalidad envidiable para una persona de su edad (76 años en ese entonces).

El sketch seguramente fue el mismo que presentó a lo largo de toda su vida. Él mismo decía que en México tristemente nada cambiaba, que solo cambiaban los nombres, las cantidades y los países a los que huían los políticos mexicanos. El sketch trataba del simpático encuentro entre un turista gringo y “Palillo”. El gringuito le preguntaba a “Palillo” algunas cosas acerca de nuestro querido México, cosa que aprovechaba muy bien “Palillo” para irle contando la triste situación de nuestro país, pero siempre, de una manera sumamente cómica y divertida.

Recuerdo que en una parte del sketch, “Palillo” decía algo así como:

- ¿Le gustó Chapultepec? -
- ¡Oh, yeah! -
- ¿El osito panda? -
- ¡Yeah!, mucho gordito -
- ¡Cómo no va a estar gordo si es el único mexicano que traga tres veces al día! Oso consentido y chiqueado. Los niños de Nezahualcoyotl si acaso un desayuno a la semana señor, pero este consentido y chiqueado osito: cuatro médicos veterinarios de cabecera, aire acondicionado, concurso nacional para que lo bauticen y le pongan nombre, el padrino es Zabludowsky, la madrina María Felix, “La Tigresa” Serrano se quiere cruzar con el… ¡no hay derecho señor! –
- ¡Oh! –
- Dios mío, ¡hazme Panda Señor!, a ver si así trago, aunque me tenga que cruzar con Carmen Salinas… –

Y así seguía su sketch, pletórico de una incisiva critica política, pero siempre, eso sí, lleno de excelente sentido del humor. Y es que a los mexicanos a veces no nos queda otra más que reírnos de nuestras desgracias, de nuestros trinches políticos, y eso, eso lo sabía muy bien el gran “Palillo”.


Don Jesús Martínez "Palillo" durante su famoso sketch interactuando con el
gringo (su patiño).

Don Jesús Martínez Palillo fue el papá de la actriz Ana Martín.

"Palillo" murió en 1994, apenas cinco años después de aquella inolvidable noche
en que lo conocí en persona. 

"Palillo" era buenísimo haciendo sus sketches, pero improvisando era todavía mejor.
Don Jesús Martínez "Palillo" en sus años mozos.

Aquí vemos a Don Jesús Martínez "Palillo" maquillándose para salir a escena.

Un auténtico autorretrato de Don Jesús Martínez "Palillo".
Autor de la Foto: Tomás Montero Torres.

Seguramente aquí estaba Don Jesús Martínez "Palillo" celebrando algún gol
de sus adoradas Chivas de Guadalajara. 
Aquí vemos el nombre de Don Jesús Martínez "Palillo" en la
marquesina del legendario Follies Bergere que se encontraba
a un costado de Garibaldi. También aparecen en la marquesina
Manolin y Shilinsky, Agustín Lara, el querido Borolas y
Nicolas Urcelay entre otros. 


Al final, cuando “Palillo” terminó de hacer su sketch, inmediatamente me puse de pie, y puse de pie al resto del respetable, y juntos, Benji, Claudia, Flor, mis amigos, los ahí presentes y yo, le dimos el más fuerte de los aplausos con “bravos” y toda la cosa. Don Jesús, al ver esta muestra honesta y sincera de cariño y admiración, se acercó hasta nosotros, nos miro profundamente emocionado, y nos dio las gracias con la voz entrecortada. Emocionados, los que estábamos en las primeras filas, vimos como los ojos de Don Jesús brillaban de la emoción y dejaban escapar unas cuantas lágrimas de felicidad. En verdad que nunca voy a olvidar aquel momento, me sentí profundamente feliz y satisfecho de haber estado ahí aplaudiéndolo de pie la genialidad de Don Jesús Martínez “Palillo”.

Mis amigos y yo salimos felices de ahí, felices de haber compartido esa noche con todos esos enormes artistas de antaño. Luego, ya repuestos de la emoción, nos encaminamos al famoso salón “Tenampa” en Garibaldi y, entonces sí, pasamos a ponernos hasta la madre con harta cerveza y tequila. Recuerdo muy bien que en aquella ocasión, todos, absolutamente todos los brindis de la noche, fueron, como ya se imaginarán, en honor y a la salud de “Palillo”, del gran DON JESÚS MARTÍNEZ “PALILLO”.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!

15 julio 2012

El Puerto de Liverpool ¡sí fia!




El arte de la fiada, del “luego le pago”, o sea, el arte de planchar la tarjeta de crédito, ya tiene un buen de tiempo. El otro día, mientras revisaba una de mis muchas cajas de recuerdos, me encontré con algunas cosas de mi abuelo y entre esas cosas venía la tarjeta de crédito más antigua que yo haya visto.

Recuerdo que la primera tarjeta de crédito que tuvo mi padre fue de la tienda Sears. La recuerdo porque cuando él pasó a retirarse de nuestras vidas, mi madre adopto esa triste tarjeta que se encontraba en la orfandad absoluta y la uso por muchos años. Esa tarjeta de crédito era más pequeña que las tarjetas actuales y casi estoy seguro que no era de platico sino de metal.

Pues bien, la tarjeta de crédito de mi abuelo que acabo de rescatar de una caja de recuerdos, es seguramente mucho más antigua que aquella tarjeta de Sears de mi padre. Esta tarjeta, la de mi abuelo, es más pequeña de lo normal y está hecha de metal y papel. Además, la tarjeta de crédito viene en un pequeño estuche, aparentemente de cuero, bastante mono. Esta tarjeta de crédito la podía utilizar mi abuelo en la tienda “El Puerto de Liverpool”, precursora de las actuales tiendas departamentales “Liverpool” y “Fabricas de Francia”, y que apareció por vez primera en el Centro de la Ciudad de México en el año 1872.

La tarjeta de mi abuelo debe de ser posterior al año 1944 que fue cuando “El Puerto de Liverpool” se constituyó ya bajo el régimen de sociedad anónima, como bien se puede leer en el reverso de la tarjeta.


Tarjeta de Crédito de "El Puerto de Liverpool" (anverso).

Tarjeta de Crédito de "El Puerto de Liverpool" (reverso).


Solo mi abuelo y su historia crediticia sabrán que tan bueno era mi abuelo para caerse con su cuerno puntualmente o si estaba en la nada honrosa lista de los clientes morosos; lo cierto es que seguramente mi abuelo compró en ese tienda muchas de las cosas interesantes que yo llegué a conocer cuando visitaba la casa de mi inmortal Abuela. Hoy las tarjetas de crédito son muy comunes y harto útiles, pero les apuesto lo que quieran, a que ninguna de las tarjetas actuales tiene la personalidad y el carisma que tenía la tarjeta de crédito de mi querido abuelo Vicente.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!

11 julio 2012

FLASHBACK: El Peladísimo Bluetooth




A veces no es necesario remontarse hasta los tiempos jurasicos para activar la bonita nostalgia, para recordar cosas que se fueron y que, como en este caso, afortunadamente no volverán. Esto ocurre generalmente cuando se habla de tecnología, de la tecnología de nuestros tiempos.  

Y es que todavía no hace mucho tiempo estaba de moda entre los amantes de los gadgets, algo que yo simplemente llegué a odiar. Me refiero a esa odiosa manía de algunas personas de traer en la oreja, todo el tiempo, los peladísimos “bluetooth” (manos libres) de sus celulares. Yo llegué a conocer personas que recibían al día, cuando mucho, una trinche llamada en sus celulares y sin embargo todo el tiempo traían en su encerillada oreja el maldito bluetooth. La verdad es que nunca entendí si para ellos el traer a toda hora este moderno “aretote” les daba estatus o les hacía sentirse RoboCop, lo cierto es que a mí se me hacía harto pelado.


Elocuente ejemplo del típico pelado que no se quitaba el bluetooth en todo el día.


Yo me imagino que cuando se inventó este adminículo fue con la muy razonable intención de que la persona lo colocara en su oído al recibir una llamada y que, al terminar, se lo volviera a quitar y lo guardara en la bolsa de su pantalón, camisa o chimeco, sin embargo, muchos lo adoptaron como si se tratara de una prótesis en su cuerpo, algo indispensable para andar por la vida feliz y fascinado.

Afortunadamente esa trinche modita ya fue y ahora es muy raro encontrar a alguien con esa mugre en la oreja, claro, si se trata de una recepcionista que se la pasa contestando teléfonos es justificable y explicable. Bueno, ánimas que nunca mas regrese esa modita que ¡ah cómo me chocaba!


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos! (no en este caso)

04 julio 2012

El Botiquín del Baño de mi Casa



Cuando uno es un crío, un mocoso, un escuincle nalgas miadas, uno está todo el tiempo ávido de conocimiento, y qué mejor manera de obtener ese conocimiento, que a través del bonito fisgoneo. Dicho de otra manera, todos los niños son, somos, curiosos y metiches, y gracias a ello, hoy sabemos y recordamos cosas. 

Pues bien, en mi ya muy lejana infancia, resulta que yo era harto curioso y metiche, y uno de mis lugares preferidos para ejercer esa bonita actividad, eran los baños, los propios y los ajenos. Y una de las cosas que más me llamaban la atención de esos lugares sagrados e íntimos, eran los botiquines que se encuentran ataras de los espejos que se colocan sobre los lavabos.

En más de una ocasión, los botiquines de las casas de mis familiares y de los amigos de mis padres, pasaron por mi indiscreto escrutinio buscando saciar mi curiosidad. La verdad es que no recuerdo mucho de lo que me encontraba en los distintos baños que eran victimas de mi intromisión, estaba muy escuincle, pero al menos, lo que sí recuerdo perfectamente, es lo que me encontraba en el botiquín de mi casa cada vez que lo abría. 

Una de las cosas que más recuerdo del botiquín de mi casa, era un frasco de vidrio con un cristalino líquido azul, el cual por cierto, me encantaba oler. Cuando le preguntaba a mi papá que para qué era ese liquido azul de agradable olor, el me decía que era como una vitamina para el pelo, que con eso ya no se le iba a caer. De vez en cuando mi papá me convidaba de su mágico elixir y me lo frotaba en el pelo húmedo después de bañarme y claro, antes de peinarme. Ese loción se llamaba “Pantene” y hoy en día todo mundo conoce la marca gracias al bonche de productos para el pelo que llevan su nombre: shampoos, acondicionadores, tratamientos, etc.

Otro producto para el pelo que nunca faltaba en el viejo botiquín de la casa, era un liquido blanco y lechoso, que según mi padre, ayudaba a que yo pudiera conservar mi peinado estilo Peña Nieto durante más horas. El nombre de esta crema para peinar es Wildroot y aun se puede encontrar en el marcado, ahora ya no como un producto Colgate-Palmolive sino como un producto mas de Genomma Lab.

A veces no era suficiente el Wildroot para aplacar mis gallos y mi remolino, así que mi padre siempre contaba con un “Plan B” para esos casos. El nombre de ese otro producto capaz de ayudar a que mis “pelosnecios” pudieran quedar decentemente peinados, era Brylcreem. Por cierto, tengo que decirles que para un mocoso de cuatro o cinco años, el que le estuvieran poniendo tanta mugre en el pelo, no era nada agradable, pero mi querido padre siempre estuvo obsesionado por tenernos perfectamente peinados, tanto a mi hermano como a mí, así que no nos quedaba más que apechugar. Casi podría asegurar que recuerdo un comercial que hablaba del “rebote de Brylcreem” refiriéndose al movimiento del fleco de los caballeros que se peinaban con esta crema (si ustedes se acuerdan me avisan, ¿va?).

Mi padre siempre predicó con el ejemplo, él ponía personalmente mucho empeño en estar perfectamente arreglado del pelo, siempre bien peinado. Por eso no podía faltar nunca en el botiquín del baño uno de sus famosos peines “Pirámide”, peines que por cierto podías encontrar en cualquier lugar de la casa o del coche, además, claro está, del que siempre guardaba en una de sus bolsas del pantalón.

Junto a su emblemático peine “Pirámide”, siempre había otro que tenía una forma muy simpática y particular. Era un peine medio redondo, azul si no me equivoco, al cual se le introducía una hoja de rasurar Gillette y que servía para “desvanecer” el pelo. Recuerdo a mi madre todo el tiempo cortándole el pelo a mi padre con este curioso instrumento, instrumento que por cierto fue el culpable de que un día me rebanara uno de mis infantiles deditos al tratar de abrirlo, claro, con el único fin científico de investigar como es que funcionaba su “avanzado” mecanismo.  

Otro objeto que no podía faltar en el botiquín de la casa, era el rastrillo con el que se rasuraba todos los días mi padre. Era un rastrillo de metal, bastante elegante, al cual se le giraba el mango para abrir la parte superior y así poderle introducir una de las hojas de rasurar desechables que compraba mi padre. En este caso, sí que estaba prohibidísimo que agarráramos el rastrillo de mi padre, claro, por obvias razones… ¡auch!

Por otro lado mi padre nunca fue partidario de usar colonia o loción, eso era una “joteria” según él. Además, por aquellos años, no existía la gran variedad de fragancias que se pueden encontrar actualmente en el mercado, no había mucho de donde escoger. Sin embargo, ahí, arrumbada, en un rinconcito del botiquín, siempre estuvo una loción que seguramente alguien le regaló y que él jamás se atrevió a usar. Era un frasco verde el cual tenía una pequeña plaquita sostenida por una cadena; esto era quizás lo que a mí más me llamaba la atención (recuerden que tenía 5 años y a esa edad estas cosas son las que curiosamente nos resultan interesantes y fantásticas). Esta loción clásica de nombre “Brut”, estuvo durante muchos años ahí arrumbada. A mí me encantaba olerla todo el tiempo, más no usarla.

Mi madre tenía destinado solo un pequeñísimo espacio de ese botiquín para su uso personal, sin embargo, ella nunca quiso hacer uso de ese legítimo derecho. Cuando mucho, recuerdo, en alguna ocasión apareció en el botiquín un pequeño jabón redondo de muy agradable olor, era un jabón “Maja” que, al igual que la loción de mi padre, seguramente alguien le regalo a mamá. Ese dichoso jabón tampoco fue usado, ahí estuvo durante mucho tiempo hasta que un día misteriosamente desapareció (“uñas” amigas, seguramente).


Este es el elixir mágico que usaba mi padre para que no perder el
pelo, con el tiempo tristemente se dio cuenta que no sirvió para nada. 


Exactamente así recuerdo la loción Pantene que tenía mi padre en el botiquín
del baño de la casa, solo que la que yo recuerdo era color azul y no verde.



¿Alguien se acuerda si había un comercial que hablaba del "rebote de
Brylcreem?... yo creo acordarme de algo así.

Todavía encontré Brylcreem en una tienda de autoservicio, yo pense que
ya ni exisita.

Un peine Piramide nunca podía faltar en la bolsa del pantalón de mi papá.




La colonia Brut con su tradicional plaquita sostenida por una cadena.

Los jabones de Maja de mi madre, hasta la fecha los sigue usando. 


Con los años, como frecuentemente ocurre en las bonitas familias mexicanas, mi sacrosanto padre decidió cambiar de familia, seguramente buscando un mejor botiquín, y nos abandonó a mi madre, a mi hermano y a mí. Esto no solo dejó un gran hueco en nuestros corazones, no, también en nuestro botiquín, porque junto con él se fueron todos sus mugrosos tiliches, incluyendo los que tenía en el botiquín del baño de la casa. Ese hueco, el del botiquín no el del corazón, rápido fue llenado, ya en mi adolescencia, con mis propios productos de higiene personal, a saber: un tubito de “Clearacil” color carne para mi puberto acne, una loción “Paco Rabanne” que me compré en Tepito con mis domingos, un rastrillo desechable que usaba una vez allá cada 15 días para un incipiente bigote que más parecía una peregrinación de hormigas, un bote de “mousse” que me regaló una amiga de la escuela para mantener intacto mi peinado estilo Emmanuel en el OTI, y por su puesto, mi botesote de gel Aberto VO5 para mi “wet look” estilo Emmanuel en el Premier.

Es curioso, pero en esos botiquines que originalmente fueron creados para guardar medicinas, normalmente había todo, menos eso, medicinas. Yo por más que hago un esfuerzo mental para ver si recuerdo algún medicamento olvidado por ahí, pues no, nada, ni siquiera un trinche “Desenfriolito” o un frasco de la horrible “Emulsión de Scott”. Lo que si había en el viejo botiquín de mi casa, era mucho oxido producto de la humedad y de los años, años como los que han pasado desde que dejé de hurgar en los botiquines ajenos... ¡mentira!, aun puedo decirles lo que tiene cada una de mis amistades y familiares en los botiquines de los baños de sus casas, así que ya ustedes sabrán si algún día deciden invitarme a la suya. Y es que, “baños vemos… botiquines no sabemos”.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero si más chidos!