11 junio 2012

Teatro Carpa Colonial



Cuando uno se es joven también se es algo ladilla, cábula y hormonal, y así era yo por aquellos lejanos años. Y así era yo y así eran dos de mis mejores amigos, mis cómplices en aventuras pubertas. En este caso y para no comprometerlos, me referiré a ellos solo por sus iniciales: “J” de Chucho y “M” de Toño. Bien, dicho lo anterior, procedo a contarles.

Todos los sábados, por ahí de las siete de la noche, comenzábamos a elucubrar que hacer con la inminente noche que comenzaba a presentarse ante nuestros grasosos rostros cubiertos de Clearasil color carne. Normalmente la solución a esta duda existencial se presentaba cuando alguno de los tres irrumpía la teta disertación vespertina diciendo: “¡creo que va a haber fiesta en Playa Roqueta!” o “¡creo que va a haber fiesta en Playa Hermosa!” o “¡creo que va a haber fiesta en Playa Manzanillo!” o “¡creo que va a haber fiesta en Playa Mocambo!”, etc. Y es que por aquellos años se acostumbraban las fiestas de paga, fiestas en las que bastaba que alguien prestaba su cantón para que algún aborto de sonidero (todos se creían los herederos de “Polymarchs”) instalara sus trinches bocinitas, apagara las luces del garage, sustituyera dichas luces con uno que otro foco rojo o azul, y convirtiera aquello en una ochenterísima fiesta de luz y sonido. Por su puesto que para entrar a estas fiestas de luz y sonido había que caerse con una cooperación, cosa que jamás hacíamos porque siempre conocíamos al propietario del inmueble en cuestión y este siempre se apiadaba de nuestra miserable condición económica. 

Con el tiempo estas fiestas comenzaron a volverse tediosas y aburridas, siempre las mismas lacras sociales a las cuales saludar, y siempre las mismas nenas chiquitas mamitas a las cuales intentar seducir, por cierto, en la mayoría de los casos, sin éxito.

Un buen día, cansados de las fiestas de sonido de nuestra querida colonia Militar Marte, decidimos ir a dar un roll por la tradicional y pintoresca Plaza de Garibaldi. Tendríamos alrededor de 16 años, así que andar por aquellos rumbos a altas horas de la noche (ni tantas) representaba para nosotros, pubertos imberbes, toda una aventura.

Luego de caminar a lado de mis contertulios entre mariachis, turistas, borrachos, chemos, suripantas y demás finísimas personas reunidas en ese sitio, comenzamos a pensar que aquello había sido una mala y aburrida idea por lo que consideramos emprender vuelo a la brevedad posible. Antes de hacer mutis de ese musical tugurio decidimos ir a buscar algunas viandas para aplacar la tripa que ya comenzaba a protestar. Garibaldi es famoso por su birria, así que preguntamos a algunos nativos del lugar y medio nos orientaron al respecto.

Buscando la ruta más segura para llegar a nuestro gastronomito destino, decidimos caminar sobre el Eje Central, anteriormente Santa María la Redonda, ya que por ahí el movimiento de personas era harto copioso debido a todos los comercios que se encontraban abiertos hasta altas horas de la noche sobre esa calle y eso nos hacia sentir mas seguros.

Al pasar justo frente al número 91 de Santa María la Redonda, un simpático caballero se nos acerco, nos detuvo, y luego de escasearnos rápidamente con una escrutadora mirada nos dijo: “Qué onda chavos, pásenle que ya va a comenzar la función”. Los tres al mismo tiempo giramos nuestras testas para descubrir, ahí, frente a nuestros virginales ojos, un maravilloso e imponente antro de mala muerte de nombre “Carpa Colonial”, y creanme, en ese tiempo un antro, era eso, un antro.

A ambos lados de la pequeña entrada, sobre la pared, se encontraban las fotos de varias damas con muy poca ropa, damas, si no muy guapas, si harto exóticas y afrodisíacas para un trío de escuincles calientes como lo éramos “J”, “M” y el que les habla.

El lugar no era precisamente “El Lido de Paris”, así que la desconfianza y el cus cus se hicieron presentes inmediatamente en nosotros. Ahí fue donde entró el ingenio y el indudable poder de convencimiento del improvisado promotor del lugar: “Orale chavos, pásenle a los licuados, no se van a arrepentir, iren, yo ni bigote tenía y veanme ahora luego”. Luego de escuchar su particular manera de hablar, por su puesto que nos carcajeamos, y él continuó: “cámara chavos, no se van a arrepentir, neta, les prometo que esta noche van a saludar de mano al Chato Donald hasta quedarse ciegos”.

Aquel tipo que parecía haber salido de alguna de las películas de Alfonso Zayas o Rafael Inclán, luego de una pequeña cátedra de albures y chacoteo, terminó por convencernos y prestos nos encaminamos a la pequeñísima taquilla de lugar en busca de nuestros boletos. El personaje de la taquilla nos preguntó si queríamos “pasarela” a lo que nosotros respondimos que si. El abuelito de la taquilla se nos quedó mirando, como quien dice “nos tanteo”, y en seguida nos dijo: “Miren jóvenes, mejor no les doy de pasarela, primero vean como está la onda allá adentro y ya si se animan, me dicen”. El comentario del simpático boletero medio que nos sacó de onda, pero la curiosidad ya era tanta que no nos echamos para atrás.


Boleto original de una función de media noche en el "Colonial".


Luego de enseñar nuestros boletos al monito de la entrada finalmente accesamos a ese flamante centro nocturno de espectáculos. El espacio era más pequeño de lo que imaginamos. Adentro había un pequeño escenario cubierto por un telón, telón por cierto ya bastante cansado por los años. De ese escenario salía hacia el frente, una angosta pasarela que se internaba entre el viejo butaquerío de madera del teatro. El lugar no era precisamente un quirófano pero tampoco un muladar, estaba relativamente limpio.

Faltaba poco para que diera comienzo la función y sin embargo habían pocas personas adentro, más o menos una tercera parte de la capacidad total. En general la concurrencia era medio “raspa” (como dice mi abuela), grupos de amigos, una que otra parejita despistada que seguramente no tenía ni idea de lo que iba a ver, y varios sujetos solos con toda la pinta de “libinopútridos” degenerados. Algunos de los presentes ya iban influenciados por dos que tres bebidas etílicas de dudosa procedencia que seguramente habían comprado en los alrededores. Nosotros discretamente ocupamos nuestros lugares y pacientes (la verdad que no tanto) esperamos a que diera inicio el espectáculo.

El “opening” seguramente fue espectacular, o no, la verdad es que ni me acuerdo, sin embargo, enseguida salió la primera vedette y, entonces sí, comenzó el verdadero espectáculo de media noche. No acababa de pisar el escenario aquel mujerón, cuando el respetable ya coreaba a grito pelado, aquello de: “¡pelos! ¡pelos! ¡pelos! ¡pelos!”. Aquel público que había permanecido tranquilo y paciente al comienzo del show, de pronto estalló en júbilo y sacó a relucir “el barrio” y el código postal. Los “elegantes” comentarios que los participantes de aquella tertulia le hacían a las damas nos doblaban de la risa a mis amigos y a mí. Todo aquello que habíamos visto solo en las películas de ficheras, ahora lo estábamos viviendo en carne propia, de pronto me sentí Lalo “El Mimo” o Alberto “El Caballo” Rojas entre tanto cábula.

No había pasado ni un minuto, cuando la escultural mujer comenzó a despojarse de sus diminutas prendas mientras seguía haciendo sus evoluciones al ritmo de la música. Auxiliada por un par de “varoniles” bailarines, la vedette terminó por desnudarse completamente dejando al descubierto sus inmaculadas “partes nobles”. El respetable comenzaba a ponerse cada vez más y más eufórico, nosotros, divertidísimos viendo interactuar a la raza con la artista. Por su puesto que nosotros no estábamos nada a disgusto de ver a una mujer desnuda, es más, creo que hasta ese momento yo solo había visto a una mujer desnuda, ni novia, así que aunque aquella mujer no era precisamente una Miss Universo, pues la verdad es que me resultó bastante interesante el hecho de ver aquellas frondosas y abundantes carnes femeninas (comentario misógino pero sincero).

De pronto, la mujer hizo caso a la justa petición del respetable y comenzó a caminar sobre la pasarela entre todos esos eufóricos caballeros. Antes de hacerlo, con la mano hizo un gesto dejando claro que estaba estrictamente prohibido tocarla. Por su puesto que no faltó el borrachito que se encontraba a un lado de la pasarela que osó tocarle la pierna. No lo hubiera hecho, la dama se quitó su zapatilla tacón de aguja e instantes después  le asestó tremendo y certero chingadazo en la cabeza. Esto causó, como ya se imaginaran, que el respetable le cargara carrilla al pobre degenerado de tercera.

Nosotros aunque no estábamos a un lado de la pasarela, estábamos a escasos dos lugares de ella, así que teníamos muy en corto a aquella fémina en pelotas (dos metros máximo). De pronto, casi por donde nos encontrábamos, la mujer se acostó en la pasarela y comenzó a retorcerse cual gusano en sal. La desinhibida dama, muy quitada de la pena, abría y cerraba las piernas con singular alegría dejando a la vista de todos hasta su más reciente operación ¡de anginas! En ese momento fue cuando realmente me comencé a sacar un poco de onda (por decirlo de una forma elegante). Pero lo que vino después, la verdad no lo podía creer.

Luego de mostrarnos “abiertamente” hasta el más mínimo detalle de su anatomía, la dama volvió a hacer un gesto con la mano para indicarles a los impacientes caballeros que se encontraban a un lado de la pasarela, que ya podían pasar a los “licuados”. Así fue como el primer valiente de la noche se coloco frente a ella y, si meter sus manos, colocó su cabeza entre las piernas de la vedette para inmediatamente proceder a realizarle un Cunnilingus (o como se dice en idioma perro, sexo oral).

Mis amigos y yo permanecíamos atentos a todo lo que estaba pasando en aquel lugar, como que aun no dábamos crédito del tipo de espectáculo del cual estábamos participando. Así, uno tras otro, los eufóricos miembros del respetable que habían pedido un lugar cerca de la pasarela desfilaron entre las piernas de la promiscua meretriz. En ocasiones la profesional del tacón dorado era quien escogía de entre el público a la persona que debía pasar a realizarle aquella “babosada” (literal, babosada), y hay de aquel que se negara a hacerlo porque inmediatamente era victima del escarnio y burla del respetable.

Finalmente aquella artista terminó su número y, luego de dar gracias, pasó a un costado del escenario a donde había una regadera para darse un duchazo a la vista de todos. En lo que esto pasaba, al escenario llegaron un grupo de verdaderos cómicos de carpa que fueron la delicia de chicos y grandes (y con lo de “chicos” no me refiero a la edad). A uno de ellos le decían “Condorito”, seguramente algunos de ustedes lo recordarán. Él era un cómico que yo ya había visto en algunas apariciones en televisión, pero luego de verlo en la carpa, supe inmediatamente que ese era su verdadero hábitat. Condorito, junto con su patiño, realizó algunos sketches a lo largo de la noche en los que en todo momento estuvo presente el bonito albur y el doble sentido. Lo mejor de todo era verlo interactuando con el público, ya saben, nunca falta un chistosito entre el público que se quiere pasar de “gracioso” con el artista, pero el Condorito les daba la vuelta enseguida haciendo uso de su larga experiencia en ese tipo de escenarios.

Así transcurrió aquella inolvidable y larga noche entre mujeres desnudas y cómicos de carpa. Salimos de aquel lugar, ya de madrugada, felices y satisfechos de lo que habíamos visto. Aquella experiencia sin duda que nos dejó mucho para comentar en los siguientes días. Es más, pasaron varios días y aun nos seguíamos riendo de todo lo que habíamos visto y escuchado en aquella depravada gala. Por lo menos en mi caso, no sé en el de mis amigos “J” y “M”, aquel espectáculo cargado de una fuerte dosis de contenido erótico y sexual no despertaron en mi puberta humanidad ningún tipo de morbo o sentimiento concupiscente; lo que yo realmente había disfrutado aquella noche, había sido a la finísima concurrencia y a los cómicos del lugar.

Aquella inolvidable experiencia había que repetirla, por lo que regresamos al Colonial algunas veces más. Fue durante la cuarta o quinta visita al lugar cuando las cosas comenzaron a salirse de control. Recuerdo que aquella noche uno de los cómicos invitados era, nada más y nada menos, que el gran Joaquín García Vargas, mejor conocido como “Borolas”. Lo triste del asunto fue que, en cuanto salio a escena, toda la bola de pelados ahí reunidos comenzaron a meterse con él impidiéndole que realizara su scketch. Para entonces él ya estaba bastante grande, así que yo sentí mucho coraje contra toda esa bola de nacos que no respetaron la gran trayectoria de aquel enorme cómico. Mientras “Borolitas” intentaba hablar, todo ese grupo de iracundos animales gritaban: “¡pelos, pelos, pelos!”. Al no poder continuar con su trabajo, no le quedó otra más que dar las gracias y retirarse del lugar. Yo me sentí profundamente indignado, encabronado diría yo, y en ese momento me prometí jamás regresar a ese lugar.




Además y por si fuera poco, la interacción entre el público y la flamante artista ya había llegado a su punto máximo, y es que en el escenario prácticamente ya se realizaba el coito entre el oligofrénico espectador y la emplumada güila. Recuerdo que aquella noche hubo un número en el que, luego de los oficiales “licuados”, la furcia subió al escenario a aproximadamente 15 personas a las cuales hizo desnudar. Acto seguido, formados y uno por uno, intentaron aparearse con esa mujer en lo que fue un grotesco y lamentable espectáculo. Uno de los participantes en aquel desafortunado acto era casi un niño, seguramente no tendría más de 13 años, por lo que indiscutiblemente aquello estaba fuera de la ley.

Ver a esos tipos sobre el escenario, desnudos y “excitados”, fue algo muy, pero muy desagradable. El numerito finalmente terminó cuando de atrás del escenario salieron una pareja de bailarines con unas charolas llenas de cera caliente, misma que arrojaron a los distraídos y degenerados participantes. Al sentir la cera caliente sobre sus cuerpos desnudos, todos instintivamente se apartaron de la mujer, cosa que aprovechó muy bien la dama para retirarse del escenario sin mayor problema. Segundos después cayó el telón y, uno por uno, con sus ropitas en las manos, saliera de por debajo del telón hacia el publico en humillante situación.  

Como lo prometí, aquella noche fue mi última visita al Teatro Colonial. Y es que ver el trato tan grosero que le habían dado al querido “Borolas”, y ver aquel espectáculo tan grotesco de hombres tenochcas intentando aparearse sobre el escenario, fueron suficiente razón para no volver a pensar siquiera en regresar a ese lugar. Al poco tiempo pasé frente al “Teatro Carpa Colonial” y vi que ya lo habían clausurado, cosa que era de esperarse.

Muchos años después tuve la oportunidad de viajar a Holanda, y ahí, en la ciudad de Amsterdan, justo en el De Wallen (Distrito Rojo), conocí un lugar bastante singular que me hizo recordar el viejo “Teatro Carpa Colonial”. Era un antro, este si bastante decoroso, en el cual uno, luego de pagar su entrada (50 euros aporx.), que por cierto incluía cuatro tragos, podía admirar a verdaderos monumentos de mujer teniendo sexo en vivo con sus respectivas parejas. Aquel lugar era bastante diferente al “Colonial”, mujeres hermosas, actos heterosexuales o lésbicos, finísima concurrencia (turistas), y sobre todo un ambiente de respeto total. Sin embargo, a aquel exótico y afrodisíaco lugar de Ámsterdam le faltaba algo muy importante, algo que por un momento eché de menos, me refiero por su puesto a esos inolvidables cómicos de carpa maestros del albur y el doble sentido. Y es que a aquel lugar en el De Wallen de Ámsterdam le hizo falta, al menos para mí, la presencia de mis entrañables y queridísimos “Condorito” y “Borolas”, porque en este caso, señoras y señores, lo demás, sí era lo de menos.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!

5 comentarios:

Juan Manuel Vázquez dijo...

Genial crónica Jaime. Yo nunca tuve la oportunidad de ir al burlesque, fui a lupanares de mala muerte de aqui de Ecatepunk en donde igual se veian cosas bastante sordidas, pero sin shows de comedia. Por lo que platicas era un lugar muy divertido.

Gina dijo...

Me hubiera encantado conocer un lugar asi, claro que por lo comicos de carpa no por las muejes de la vida galante jajaja. Los mejores comicos del cine nacieron en las carpas, aunque me imagino que este fue ya el fin de ese tipo de lugares y que ya no eran lo que eran en un principio. Me encanto tu cronica!

Anónimo dijo...

Que pena que ya no existan esos comicos de carpa, me imagino que haber visto en una carpa a Tintan o Cantinflas ha de haber sido una experiencia inolvidable. Me encanto tu post, felicidades.

EDITH LUNA dijo...

Siiiiiiiii mi papá era fanático de llevarnos al circo atayde, justamente ahi a la arena México, particularmente ibamos el 25 de dic. o el 1o de enero no faltaba era tradición cada año en ese entonces si tenía un espectáculo fabuloso hoy en día ya ni siquiera se presenta ahi, jejeje les dejo este comentario, saludos

jaime said dijo...

El circo en "Carpa" también tiene su encanto; ahora el Atayde se presenta en la carpa Astros... hay que verlo así, también está padre.