27 febrero 2012

Más de mis Juguetes



Uno de los temas que más nos mueven a la nostalgia, es sin duda, el de los juguetes. Tal ves esto pasa porque los juguetes nos llevan en automático a nuestra mejor zona de confort, aquella en la que éramos niños y estábamos protegidos y consentidos por nuestros padres, tiempo en el cual, no teníamos que preocuparnos por nada más que por jugar y jugar… ¡ah!, y a veces, por la escuela (pero muy a veces).

Aunque ya había escrito un post bastante kilométrico al respecto, ustedes queridos amigos, a cada rato me hacen llegar más y más fotos de juguetes que quedaron pendientes en la primera publicación, por eso me veo en la gustosa necesidad de hacer una especie de “secuela” de aquel post que titulé “Son mis juguetes… y no los prestooo“. Bueno, pues vámosle dando, estoy seguro que en lo que termino de escribir esto, vendrán a mi memoria más juguetes, por lo que seguramente en poco tiempo estaré escribiendo uno o más post relacionados con nuestros entrañables juguetes de la infancia.



La Avalancha

Esta fue una súper omisión del primer post, porque todos, o casi todos, tuvimos una. Era un juguete relativamente accesible a todos, no era muy caro, y por su tamaño y aspecto, al verlo bajo el árbol de navidad o junto a los zapatos un 6 de enero, provocaba seguro el infarto al miocardio en el crío que lo recibía.

Las  personas mayores al lanzamiento de este popular juguete, o con menos recursos, o con más creatividad, seguramente en algún momento de su ya muy lejana infancia hicieron un carrito parecido a La Avalancha ¡pero con baleros! Yo veía como mis amigos más grandes fabricaban estos carritos de baleros con una simple tabla de madera, cuatro llantas de baleros, y un tabla larga que hacia las veces de una lujosísima dirección hidráulica operada por un deportivísimo ¡mecate! A diferencia de las Avalanchas, estos carritos de baleros no contaban con freno, por lo que había que bajar la pata y esperar a que se diera el milagro antes de quedar estampado en la salpicadera o defensa de algún coche estacionado. Los que alguna vez vieron “La Pandilla” (The Little Rascals), seguramente recordaran un capítulo muy divertido en el que aparecía un carrito sin frenos de este tipo.

Pero regresando al juguete que nos ocupa en este momento, La Avalancha, les diré que había muchas maneras de jugar con el. Los más ortodoxos aplicaban el estilo de hincarse sobre La Avalancha y bajaban un pie para impulsarse. Esta posición a veces resultaba algo incomoda, y a la hora de frenar bruscamente, uno corría el riesgo de salir disparado hacia el frente pasando a romperse toda la mazorca de leche.

Otro estilo más cómodo, pero que implicaba el uso de un esclavo o lacayo, era el de sentarse como Dios manda sobre La Avalancha y esperar a que el sumiso amiguito lo impulsara a uno empujándolo por los hombros. Normalmente el que empujaba tenía la ilusa esperanza de que en algún momento le tocara a él, luego de “un ratito”, ir sentado en La Avalancha mientras que el otro labregón lo empujaba, esto generalmente no pasaba. El empujar a un amiguito era bastante cansado, tedioso y aburrido, por lo que este ejercicio generalmente terminaba con un último empujón con la pata en el momento en que la energía del jumento que empujaba había llegado a niveles casi fatales.

También habían los que preferían en lugar de “tracción trasera” la “tracción delantera”, así que amarraban su Avalancha a un birula (bicicleta) con un mecate o lazo, y al igual que en el caso anterior, pedían al esclavo que se montara en la bicicleta y los jalara. Esto era quizás más divertido que empujar, pero igual de cansado, además de que el mecate como no permanecía siempre lo suficientemente tenso, de repente los jalones hacían que el niño de la bicicleta perdiera el equilibrio y diera el irremediable perrazo.

Pero también habíamos en aquellos años niños extremos, o como “cariñosamente” nos llamaban, ¡escuincles cabrones! Nosotros, me refiero a mis compiches y yo, atábamos La Avalancha a una camioneta repartidora de una tintorería que entraba a la cuadra y, sin decirle, ahí íbamos toda la calle (era calle cerrada) esperando que al llegar a la avenida, nos diera tiempo de desatarla y salir victoriosos de la hazaña. El Don ya nos conocía y de repente nos daba el susto de no frenar en la esquina y seguirse con todo y criatura arrastrada, claro que con las debidas precauciones (pocas por cierto). El que sobrevivía a esta hazaña se volvía el héroe del momento. Afortunadamente nunca hubo nada que lamentar, salvo unos cinturonazos que le dio su papá a un amigo cuando lo vio hacer este bonito acto.

Por último, de repente nuestras madres (solteras), me refiero a la mía y a la de mis primos, se rayaban y nos llevaban hasta el Bosque de Tlalpan, en donde subíamos con todo y Avalanchas rumbo a un zoológico “pedorrito” que había en la parte más alta del lugar. Luego de subir lo suficiente, nos montábamos en las Avalanchas e iniciábamos el descenso libre a toda velocidad por aquella carreterita. Era impresionante la velocidad que alcanzábamos al bajar, las Avalanchas parecían “bobsleigh”, de esos carritos que compiten en los Juegos Olímpicos de Invierno y que van hechos la madre. De pronto no faltaba una ñora distraída que se atravesaba y ponía en riesgo, no solo sus tobillos, ¡también nuestra integridad!, por lo que había que estar bien atento para maniobrar y esquivar aquella mole.  Lo mejor era el final donde uno podía lucirse con el freno rayando las llantitas de La Avalancha ante el respetable.

Con el tiempo recuerdo que aparecieron las imitaciones de Las Avalanchas, unos cochecitos parecidos que no creo que hayan tenido mucho éxito porque ni del trinche nombre me acuerdo. Por cierto, mi Avalancha era roja… ¿y la tuya?







Futbol Americano de Vibraciones

En la calle donde vivían la mayoría de mis amigos había uno en especial que era todo un privilegiado… él no tenia padre, ¡ah!, pero eso sí, tenía un súper abuelo. Y era un súper abuelo el ruco, porque era aduanero (y me imagino que de los más corruptos), así que todo aquello chidito que confiscaba iba a parar a manos de su familia.

Pues bien, un buen día mi amigo Beto nos invitó a su casa a jugar con su nuevo y gabacho “toy”, era nada más y nada menos que el “Electronic Football”, o como nosotros lo bautizamos, “El Futbol Americano de Vibraciones”.

Nosotros, por extraño que parezca en estos tiempos, jamás fuimos amantes del futbol soccer, siempre nos gusto más el tochito o el beis, así que cuando vimos aquel juguete quedamos, este ¿como se dice?... ¡ah, si! pendejos.

Era un tablero de metal en el que estaba dibujado el campo con sus 100 yardas respectivas. Venía con sus jugadores miniatura que se colocaban sobre unas pequeñas bases de plástico que tenían unas como patitas. Cuando el tablero se accionaba (usaba corriente eléctrica), este comenzaba a vibrar y como por arte de magia, hacía que todos los muñequitos comenzaran a moverse. Los muñecos venían perfectamente detallados con los uniformes de dos equipos de la NFL. La pelotita era de esponja y la jugaba terminaba en el momento en que un muñequito del equipo contrario tocaba al que traía el pequeño balón, equivalía a ser “tlaqueado”. Había unos muñequitos distintos al resto, eran el QB y el pateador, estos podían lanzar pases o patear respectivamente.

En el tablero, en un rinconcito, estaba el reloj, que bajo el mismo mecanismo, se movía al encender el tablero y comenzar a vibrar. El tablero o terreno de juego, contaba con sus respectivos postes, ¡por lo que era posible intentar goles de campo! El juego también tenia sus “cadenas” para medir los primeros y diez. Las bases de los muñequitos tenían una cosita que giraba y que permitía al jugador marcar la trayectoria que seguiría el muñequito cuando comenzara a vibrar el campo. Cada jugador, como les digo, estaba perfectamente detallado y, según su posición, esta en una pose determinada.

Bueno, pues mi amigo Beto se rayó con este jugo que, gentilmente, su abuelito se “carranceó” para él; durante mucho tiempo Beto fue el consentido de la cuadra, claro, por el cochino interés de nosotros los pobres. Poco tiempo después yo me fui a vivir a Chihuahua, allá seguido íbamos los fines de semana al gabacho, a un trinche pueblito llamado Presidio, Texas, así que lo primero que hice cuando pise una juguetería, fue tirarme en el piso e hice tremendo berrinche con todo y llanto y moco de burbuja hasta que me compraron el dichoso “Vibrating Football”. Además, el que mi compró mi padre, resultó que era más grande y espectacular que el de mi amigo Beto. Recuerdo muy bien que venía con los equipos de los Dallas Cowboys y los Washington. Al año regresé a vivir a la Ciudad de México y… ¿adivinen quien fue el nuevo consentido de la cuadra?









El Ciclón o Torbellino

Como verán y para variar, no me acuerdo del nombre de este juguete, pero era algo parecido a El Ciclón o El Torbellino. Y es el colmo que no me acuerde de su nombre, porque este fue seguramente uno de mis 10 juguetes preferidos de mi infancia. Era un cochecito redondo que uno mismo impulsaba con las manos, girando las grandes ruedas que venían a los lados.

Lo súper divertido de este juguete, era que si uno giraba una rueda en un sentido y la otra en sentido contrario, el cochecito se ponía a dar vueltas como loco hasta hacer vomitar negro al mocoso que lo operaba. Además, el hecho de que sus enormes llantas fueran de plástico, lo hacían tener poco agarre en las superficies lizas, lo que permitía que este se patinara y derrapara como si estuviera sobre hielo. Si volvieran a sacar este juguete en su versión para mastodontes, seguro que me lo compraba y me ponía a dar vueltas como loco en la sala de mi casa.






Los Changuitos del Barril

Simples changuitos que tenían sus extremidades superiores (brazos), en una posición parecida a un gancho, lo que les permitía agarrarse unos de otros y formar cadenas con ellos. A este tipo de juguetes tan sencillos, recuerdo que mi papá Rules (un tío que fue como mi padre) les llamaba “firulitos”. Así que un buen día apareció mi papá Rules en mi casa y me dijo, mira Said, te compré un firulito… ¡y así fue como conocí a estos hijos de la changada!

Con estos changuitos jugábamos a ver quien podía hacer la cadena más grande agarrando solo al primero y dejando el resto sobre una mesa. Simple el juego, pero fueron horas y horas de diversión. Por cierto, por alguna extraña razón, también servían para masticarlos en las horas de ocio.






Lanza Corcholatas o Ballesta

Siempre los juguetes que uno mismo fabricaba resultaban más divertidos que aquellos que simplemente nos regalaban ya listo para usarse. Y eran más divertidos porque la verdadera diversión estaba en la construcción de los mismos, más que en su funcionamiento final. Al igual que el “carrito de baleros”, uno de los juguetes que mas se acostumbrarba construir por aquellos años jurasicos, eran las ballestas o “Lanza Corcholatas”.

Para construir esta mortal arma medieval, lo único que se necesitaba era una tabla larga de madera, algunos trozos pequeños también de madera (podían ser de un pinza para tender ropa), clavos y unas buenas ligas. La elaboración era relativamente sencilla por lo que cualquier changuito de laboratorio podía hacerla.

Una vez que se terminaba de elaborar esta arma de asalto, lo que seguía era ir a conseguir el “parque”. El mejor lugar para encontrar las corcholatas era, por su puesto, el estanquillo de la esquina o cualquier otro lugar en donde se vendieran refrescos o cervezas. Por cierto, para los que son unos imberbes pubertos que no sepan de que estoy hablando cuando digo “corcholatas”, les diré que por aquellos años no existían las “taparoscas”, no, las bebidas embotelladas estaban cerradas con tapaderas de metal forradas por dentro con autentico corcho, de ahí el nombre de “corcholatas”. Bueno, luego de este breviario cultural, continuo. Ahí en los estanquillos (tienditas), farmacias y fonditas, principalmente, habían refrigeradores o hieleras de metal en donde se encontraban los refrescos y las cervezas sumergidos en agua con hielo. Estas hieleras tenían a un costado un destapador y un receptáculo en donde caían las corcholatas al abrir las botellas. Pues bien, el primero que llegaba a la hielera era el que se agandallaba todas las corcholatas ahí contenidas, por lo que había que estar bien al tiro para obtener el tan codiciado parque para las ballestas. Si uno era un niño generoso y compartido, no había bronca, se compartían las corcholatas y listo.

Ya con el parque en las bolsas, pues lo que seguía era simplemente cargar la ballesta y comenzar a lanzar, al infinito y más allá, las dichosas corcholatas. Les diré que tampoco era una arma de gran alcance, ni siquiera se podría decir que servía para hacerle “bullying” al clásico niño bobo de la cuadra, simplemente era bonito ver salir volando del esa arma las corcholatas, cual si fueran Objetos Voladores No Identificados (OVNIs).

Como les dije desde un principio, lo mejor de este tipo de juguetes hechos por uno mismo, era todo el proceso de fabricación en si, desde la búsqueda de los materiales hasta el acabado final del mismo, eso era lo realmente divertido y lo que hace que estos juguetes nos traigan todos esos entrañables recuerdos.






El Moco de King Kong

No recuerdo si este era su nombre comercial, pero así lo conocíamos todos. Resulta que un buen día, el Rey Kong, se contagió de Influenza A (H1N1) por no hacerle caso a los comerciales en los que decían que tenía que lavarse las manos frecuentemente y taparse la boca al estornudar. Este catarrón le provocaba al gorila gigante constantes estornudos, cosa que aprovechó muy bien un tal Mr. Matel para juntar todo ese moco verde que salía de sus fauces y belfos. Mr. Matel notó que era bastante divertido jugar con el flujo nasal de gripiento Kong, por lo que inteligentemente decidió comercializarlos. Esta es, a breves rasgos, la historia de cómo salió al mercado el famoso Moco de King Kong… o bueno, por lo menos eso cuenta la leyenda.

La verdad es que era muy divertido tener en las manos esta fría, gelatinosa, elástica y bien oliente sustancia. Lo triste es que con el tiempo, el moco creaba como grumos y perdía su elasticidad y olor característico, además de que se le iban impregnando todo tipo de partículas, pelos y demás mundicias del medio ambiente lo que lo volvía ya poco atractivo. Luego de un tiempo había que sustituirlo por uno nuevo, porque la experiencia de jugar con el Moco de King Kong, terminaba convirtiéndose en  un verdadero vicio.






El Látigo

Repito, si me falla mi “alzhaimerosa” memoria, ayúdenme con el nombre de este juguete. El Látigo era un simple y vulgar triciclo de plástico. A diferencia de los tradicionales y duraderos triciclos “Apache”, el encanto de este, era ese, el estar construido, en la mayoría de sus parte, de plástico. Esto lo hacía súper ligero, no había que tener una gran condición física para moverlo, con era el caso de los pesadísimos triciclos “Apache”.

Otra característica que me encantaba del Látigo, es que uno quedaba prácticamente sentado a la altura del suelo, lo que brindaba una gran estabilidad a la hora de dar vueltas a velocidades “casi” supersónicas. Pero lo que más me encantaba del Látigo, eran sus llantas de plástico y no de hule como en el caso de los triciclos Apache, esto hacía que no tuviera la suficiente tracción en las superficies sobre las cuales se desplazaba. Así que al comenzar a pedalear o al dar las vueltas cerradas, el Látigo se derrapaba espectacularmente, lo que nos hacía sentir que verdaderamente viajábamos a velocidades altísimas.

Para experimentar sensaciones todavía mas extremas, yo solía robarle a mi Sacrosanta madre su perfumadísimo talco “Maja” y lo rociaba por todo el garage, esto aumentaba el nivel de “resvalosisidad” del suelo.

Por cierto, más o menos frente al Museo Tamayo, sobre la Paseo de la Reforma, había un área con juegos infantiles (cerca del Lago), y dentro de ese espacio, había un sitio con puentes, semáforos y demás firulitos que asemejaban una pequeña ciudad. Para circular por ese pequeño circuito de calles, puentes y túneles, a los niños les rentaban triciclos convencionales, pero también había la posibilidad de conseguir Látigos. Por su puesto que yo siempre me iba sobre un Látigo, y por su puesto una vez montado en el, hacía caso omiso de los limites de velocidad y las luces rojas. Yo creo que el Látigo es el culpable del estilo “microbusero” que uso ahora para manejar en la vieja Tenochtitlan. Ah, good times!






Batalla Interplanetaria

Recuerdo que este juguete llegó a mis manos en un cumpleaños. Era el típico juguete que se podía encontrar en el aparador de una farmacia lleno de polvo entre varios juegos de mesa, esos que suelen sacar de un apuro al que los compra ya de camino a la fiesta de cumpleaños de algún crío.

La verdad es que al principio no le puse mucha intención a mi Batalla Intergaláctica, pero con el tiempo, si duda que llegó a ser uno de mis juguetes favoritos. Al abrirlo solo encontré piezas de cartón y ligas, pero eso resultó suficiente para armarla chido. Dentro de la caja venían planetas, naves y marcianillos, todos de cartón, a los cuales se les adaptaba otra pieza de cartón que hacia las veces da base y que les permitía pararlos. También venían dos pistolas, también de cartón, a las cuales se les ponían ligas mismas que disparaban. El juego simplemente consistía en derribar primero las naves del contrincante.

Cuando las pistolas de cartón pasaron a chupar faros un día que mi perro “comecartón” las masticó hasta dejarlas como cuernos de chivo luego de un enfrentamiento con el narco, no me quedó de otra más que ingeniármela y buscar una solución. La respuesta a tal eventualidad fue muy sencilla, las ligas fueron sustituidas por “cuirias” (canicas): agüitas, tiritos, tréboles, flamas, dalmatas y ponches, mismas que lanzaba con el mismo y único fin de derribar los planetas, naves y marcianos del wuey de enfrente. Este juego lo jugué miles y miles de veces con mi hermano en un pasillo de mi casa… y en verdad que me divertía mucho.






El Bólido

Un carito de una sola llanta con una tira dentada de plástico, eso era básicamente este juguete. No me explico como algo tan sencillo podía ser tan divertido. Una vez que esa tira dentada la introducíamos a un costado de la llanta, bastaba con jalarla fuertemente para que la llanta comenzara a girar rapidísimo, lo siguiente era simplemente colocar este Bólido en el suelo para verlo salir disparado, como dicen los polis cuando se les pela el ratero, con rumbo desconocido. Para hacer más divertido el asunto, uno podía adaptarle al recorrido del Bólido, una rampa hecha con un pedazo de madera o cartón para que este saliera volando como si fuera conducido por el mismísimo Evel Knievel.

Yo tuve uno verde y durante muchos años jugué con el. Mi perro Ostin se encargaba de corretearlo, recogerlo y regresarlo a mis manos, claro, el Bólido regresaba sumamente babeado, pero lo memos me evitaba el esfuerzo de ir por el. Adivinaron, yo era uno de esos niños huevones.






El Espiroboll

Súper juguete. Esta chulada de juguete llegó a mis manos gracias a la realeza, si, fue uno de los obsequios de los mundialmente famosos Reyes Magos. El Espiroboll venía doblado a la mitad, como si fuera un portafolio, y al abrirlo, quedaba una especie de campo de fútbol con una leve inclinación de cada lado de la cancha. Cada jugador contaba con dos especies de manijas, de lado izquierdo había una que permitía mover al portero de un lado a otro, y la de lado derecho, había que estarla apréndanlo y soltando continuamente para hacer girar las tres ruedas que hacían que la pelotita saliera disparada hacia el lado contrario de la cancha con la esperanza de anotarle un gol al monito de enfrente. Todo el juego estaba cubierto por un acrílico transparente, mismo que impedía que la pelotita saliera disparada fuera del campo de juego. Para introducir la pelotita y comenzar el juego, había un pequeño orificio en el centro de la cancha por donde se metía la pelotita. Tenía, atrás de cada portería, unos marcadores para llevar la cuenta de los goles. Este, como todos los mejores juguetes de esa época, era marca Plastimarx (♫♪ Son bonitos, son durables, son juguetes… Plastimarx ♫♪).  ¿Recuerdan?







Bueno, creo que por hoy hasta aquí le dejo. Por su puesto que me faltaron muchos juguetes más por incluir, así que si ustedes me lo permiten, pasan a quedan pendientes. Como dije desde un principio, seguro que en lo que publico el próximo post, llegarán a mi mano, pero sobre todo a mi atrofiado cerebro, muchos jugotes más que habrá que incluir. Así que sean pacientes que ya habrá tiempo para publicarlos.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí mas chidos!

5 comentarios:

ya sabes quien Yukio dijo...

mi primer raspon fue en la avalancha pues al hincarme e impulsarme con un pie , recuerdo que se me atraveso una piedrita justo enfrente de una llanta lo que ocasiono que saliera volando , esa vez te juro que alcance a ver que salia humito de mi pantalon de mezclilla que se habia quemado entre mi rodilla y el pavimento, del futbol americano recuerdo que los jugadores corrian para todos lados pero siempre, mas de uno, por coincidencia corria tras el balon lo que lo hacia entretenido , lo que no recuerdo es como simulabas patear? que curioso yo tambie masticaba a los changuitos , Al lugar cerca del lago iba tan seguido que recuerdo que cuado cumpli 12 ya no me dejaron pasar y solo vi a mis primos y hermano menor desde la banca , ah por cierto yo tambien corria para agandallar un latigo-

jaime said dijo...

El pateador era el mismo que lanzaba los pases, el QB. Le ponías la pierna hacia atrás, luego sujetabas el pequeño balón junto a su pie y finalmente movías al pateador hacia atrás hasta que se soltaba la pierna y salía el balón hacia adelante. Así se hacían los goles de campo.

Gabriela Gv dijo...

Acuerdate Said que tus fans del sexo femenino exigimos que incluyas juguetes de niñas, tambien queremos recordar!!!! jaja

Anónimo dijo...

Hay tantos y tantos juguetes de los que debes escribir que espero pronto encontrar mas de ellos. Tu blog esta excelente!!! Saludos

Anónimo dijo...

Este post es uno de mis favoritos, sigo esperando la continuacion. Hay muchos juguetes mas de que hablar!!!