27 febrero 2012

Más de mis Juguetes



Uno de los temas que más nos mueven a la nostalgia, es sin duda, el de los juguetes. Tal ves esto pasa porque los juguetes nos llevan en automático a nuestra mejor zona de confort, aquella en la que éramos niños y estábamos protegidos y consentidos por nuestros padres, tiempo en el cual, no teníamos que preocuparnos por nada más que por jugar y jugar… ¡ah!, y a veces, por la escuela (pero muy a veces).

Aunque ya había escrito un post bastante kilométrico al respecto, ustedes queridos amigos, a cada rato me hacen llegar más y más fotos de juguetes que quedaron pendientes en la primera publicación, por eso me veo en la gustosa necesidad de hacer una especie de “secuela” de aquel post que titulé “Son mis juguetes… y no los prestooo“. Bueno, pues vámosle dando, estoy seguro que en lo que termino de escribir esto, vendrán a mi memoria más juguetes, por lo que seguramente en poco tiempo estaré escribiendo uno o más post relacionados con nuestros entrañables juguetes de la infancia.



La Avalancha

Esta fue una súper omisión del primer post, porque todos, o casi todos, tuvimos una. Era un juguete relativamente accesible a todos, no era muy caro, y por su tamaño y aspecto, al verlo bajo el árbol de navidad o junto a los zapatos un 6 de enero, provocaba seguro el infarto al miocardio en el crío que lo recibía.

Las  personas mayores al lanzamiento de este popular juguete, o con menos recursos, o con más creatividad, seguramente en algún momento de su ya muy lejana infancia hicieron un carrito parecido a La Avalancha ¡pero con baleros! Yo veía como mis amigos más grandes fabricaban estos carritos de baleros con una simple tabla de madera, cuatro llantas de baleros, y un tabla larga que hacia las veces de una lujosísima dirección hidráulica operada por un deportivísimo ¡mecate! A diferencia de las Avalanchas, estos carritos de baleros no contaban con freno, por lo que había que bajar la pata y esperar a que se diera el milagro antes de quedar estampado en la salpicadera o defensa de algún coche estacionado. Los que alguna vez vieron “La Pandilla” (The Little Rascals), seguramente recordaran un capítulo muy divertido en el que aparecía un carrito sin frenos de este tipo.

Pero regresando al juguete que nos ocupa en este momento, La Avalancha, les diré que había muchas maneras de jugar con el. Los más ortodoxos aplicaban el estilo de hincarse sobre La Avalancha y bajaban un pie para impulsarse. Esta posición a veces resultaba algo incomoda, y a la hora de frenar bruscamente, uno corría el riesgo de salir disparado hacia el frente pasando a romperse toda la mazorca de leche.

Otro estilo más cómodo, pero que implicaba el uso de un esclavo o lacayo, era el de sentarse como Dios manda sobre La Avalancha y esperar a que el sumiso amiguito lo impulsara a uno empujándolo por los hombros. Normalmente el que empujaba tenía la ilusa esperanza de que en algún momento le tocara a él, luego de “un ratito”, ir sentado en La Avalancha mientras que el otro labregón lo empujaba, esto generalmente no pasaba. El empujar a un amiguito era bastante cansado, tedioso y aburrido, por lo que este ejercicio generalmente terminaba con un último empujón con la pata en el momento en que la energía del jumento que empujaba había llegado a niveles casi fatales.

También habían los que preferían en lugar de “tracción trasera” la “tracción delantera”, así que amarraban su Avalancha a un birula (bicicleta) con un mecate o lazo, y al igual que en el caso anterior, pedían al esclavo que se montara en la bicicleta y los jalara. Esto era quizás más divertido que empujar, pero igual de cansado, además de que el mecate como no permanecía siempre lo suficientemente tenso, de repente los jalones hacían que el niño de la bicicleta perdiera el equilibrio y diera el irremediable perrazo.

Pero también habíamos en aquellos años niños extremos, o como “cariñosamente” nos llamaban, ¡escuincles cabrones! Nosotros, me refiero a mis compiches y yo, atábamos La Avalancha a una camioneta repartidora de una tintorería que entraba a la cuadra y, sin decirle, ahí íbamos toda la calle (era calle cerrada) esperando que al llegar a la avenida, nos diera tiempo de desatarla y salir victoriosos de la hazaña. El Don ya nos conocía y de repente nos daba el susto de no frenar en la esquina y seguirse con todo y criatura arrastrada, claro que con las debidas precauciones (pocas por cierto). El que sobrevivía a esta hazaña se volvía el héroe del momento. Afortunadamente nunca hubo nada que lamentar, salvo unos cinturonazos que le dio su papá a un amigo cuando lo vio hacer este bonito acto.

Por último, de repente nuestras madres (solteras), me refiero a la mía y a la de mis primos, se rayaban y nos llevaban hasta el Bosque de Tlalpan, en donde subíamos con todo y Avalanchas rumbo a un zoológico “pedorrito” que había en la parte más alta del lugar. Luego de subir lo suficiente, nos montábamos en las Avalanchas e iniciábamos el descenso libre a toda velocidad por aquella carreterita. Era impresionante la velocidad que alcanzábamos al bajar, las Avalanchas parecían “bobsleigh”, de esos carritos que compiten en los Juegos Olímpicos de Invierno y que van hechos la madre. De pronto no faltaba una ñora distraída que se atravesaba y ponía en riesgo, no solo sus tobillos, ¡también nuestra integridad!, por lo que había que estar bien atento para maniobrar y esquivar aquella mole.  Lo mejor era el final donde uno podía lucirse con el freno rayando las llantitas de La Avalancha ante el respetable.

Con el tiempo recuerdo que aparecieron las imitaciones de Las Avalanchas, unos cochecitos parecidos que no creo que hayan tenido mucho éxito porque ni del trinche nombre me acuerdo. Por cierto, mi Avalancha era roja… ¿y la tuya?







Futbol Americano de Vibraciones

En la calle donde vivían la mayoría de mis amigos había uno en especial que era todo un privilegiado… él no tenia padre, ¡ah!, pero eso sí, tenía un súper abuelo. Y era un súper abuelo el ruco, porque era aduanero (y me imagino que de los más corruptos), así que todo aquello chidito que confiscaba iba a parar a manos de su familia.

Pues bien, un buen día mi amigo Beto nos invitó a su casa a jugar con su nuevo y gabacho “toy”, era nada más y nada menos que el “Electronic Football”, o como nosotros lo bautizamos, “El Futbol Americano de Vibraciones”.

Nosotros, por extraño que parezca en estos tiempos, jamás fuimos amantes del futbol soccer, siempre nos gusto más el tochito o el beis, así que cuando vimos aquel juguete quedamos, este ¿como se dice?... ¡ah, si! pendejos.

Era un tablero de metal en el que estaba dibujado el campo con sus 100 yardas respectivas. Venía con sus jugadores miniatura que se colocaban sobre unas pequeñas bases de plástico que tenían unas como patitas. Cuando el tablero se accionaba (usaba corriente eléctrica), este comenzaba a vibrar y como por arte de magia, hacía que todos los muñequitos comenzaran a moverse. Los muñecos venían perfectamente detallados con los uniformes de dos equipos de la NFL. La pelotita era de esponja y la jugaba terminaba en el momento en que un muñequito del equipo contrario tocaba al que traía el pequeño balón, equivalía a ser “tlaqueado”. Había unos muñequitos distintos al resto, eran el QB y el pateador, estos podían lanzar pases o patear respectivamente.

En el tablero, en un rinconcito, estaba el reloj, que bajo el mismo mecanismo, se movía al encender el tablero y comenzar a vibrar. El tablero o terreno de juego, contaba con sus respectivos postes, ¡por lo que era posible intentar goles de campo! El juego también tenia sus “cadenas” para medir los primeros y diez. Las bases de los muñequitos tenían una cosita que giraba y que permitía al jugador marcar la trayectoria que seguiría el muñequito cuando comenzara a vibrar el campo. Cada jugador, como les digo, estaba perfectamente detallado y, según su posición, esta en una pose determinada.

Bueno, pues mi amigo Beto se rayó con este jugo que, gentilmente, su abuelito se “carranceó” para él; durante mucho tiempo Beto fue el consentido de la cuadra, claro, por el cochino interés de nosotros los pobres. Poco tiempo después yo me fui a vivir a Chihuahua, allá seguido íbamos los fines de semana al gabacho, a un trinche pueblito llamado Presidio, Texas, así que lo primero que hice cuando pise una juguetería, fue tirarme en el piso e hice tremendo berrinche con todo y llanto y moco de burbuja hasta que me compraron el dichoso “Vibrating Football”. Además, el que mi compró mi padre, resultó que era más grande y espectacular que el de mi amigo Beto. Recuerdo muy bien que venía con los equipos de los Dallas Cowboys y los Washington. Al año regresé a vivir a la Ciudad de México y… ¿adivinen quien fue el nuevo consentido de la cuadra?









El Ciclón o Torbellino

Como verán y para variar, no me acuerdo del nombre de este juguete, pero era algo parecido a El Ciclón o El Torbellino. Y es el colmo que no me acuerde de su nombre, porque este fue seguramente uno de mis 10 juguetes preferidos de mi infancia. Era un cochecito redondo que uno mismo impulsaba con las manos, girando las grandes ruedas que venían a los lados.

Lo súper divertido de este juguete, era que si uno giraba una rueda en un sentido y la otra en sentido contrario, el cochecito se ponía a dar vueltas como loco hasta hacer vomitar negro al mocoso que lo operaba. Además, el hecho de que sus enormes llantas fueran de plástico, lo hacían tener poco agarre en las superficies lizas, lo que permitía que este se patinara y derrapara como si estuviera sobre hielo. Si volvieran a sacar este juguete en su versión para mastodontes, seguro que me lo compraba y me ponía a dar vueltas como loco en la sala de mi casa.






Los Changuitos del Barril

Simples changuitos que tenían sus extremidades superiores (brazos), en una posición parecida a un gancho, lo que les permitía agarrarse unos de otros y formar cadenas con ellos. A este tipo de juguetes tan sencillos, recuerdo que mi papá Rules (un tío que fue como mi padre) les llamaba “firulitos”. Así que un buen día apareció mi papá Rules en mi casa y me dijo, mira Said, te compré un firulito… ¡y así fue como conocí a estos hijos de la changada!

Con estos changuitos jugábamos a ver quien podía hacer la cadena más grande agarrando solo al primero y dejando el resto sobre una mesa. Simple el juego, pero fueron horas y horas de diversión. Por cierto, por alguna extraña razón, también servían para masticarlos en las horas de ocio.






Lanza Corcholatas o Ballesta

Siempre los juguetes que uno mismo fabricaba resultaban más divertidos que aquellos que simplemente nos regalaban ya listo para usarse. Y eran más divertidos porque la verdadera diversión estaba en la construcción de los mismos, más que en su funcionamiento final. Al igual que el “carrito de baleros”, uno de los juguetes que mas se acostumbrarba construir por aquellos años jurasicos, eran las ballestas o “Lanza Corcholatas”.

Para construir esta mortal arma medieval, lo único que se necesitaba era una tabla larga de madera, algunos trozos pequeños también de madera (podían ser de un pinza para tender ropa), clavos y unas buenas ligas. La elaboración era relativamente sencilla por lo que cualquier changuito de laboratorio podía hacerla.

Una vez que se terminaba de elaborar esta arma de asalto, lo que seguía era ir a conseguir el “parque”. El mejor lugar para encontrar las corcholatas era, por su puesto, el estanquillo de la esquina o cualquier otro lugar en donde se vendieran refrescos o cervezas. Por cierto, para los que son unos imberbes pubertos que no sepan de que estoy hablando cuando digo “corcholatas”, les diré que por aquellos años no existían las “taparoscas”, no, las bebidas embotelladas estaban cerradas con tapaderas de metal forradas por dentro con autentico corcho, de ahí el nombre de “corcholatas”. Bueno, luego de este breviario cultural, continuo. Ahí en los estanquillos (tienditas), farmacias y fonditas, principalmente, habían refrigeradores o hieleras de metal en donde se encontraban los refrescos y las cervezas sumergidos en agua con hielo. Estas hieleras tenían a un costado un destapador y un receptáculo en donde caían las corcholatas al abrir las botellas. Pues bien, el primero que llegaba a la hielera era el que se agandallaba todas las corcholatas ahí contenidas, por lo que había que estar bien al tiro para obtener el tan codiciado parque para las ballestas. Si uno era un niño generoso y compartido, no había bronca, se compartían las corcholatas y listo.

Ya con el parque en las bolsas, pues lo que seguía era simplemente cargar la ballesta y comenzar a lanzar, al infinito y más allá, las dichosas corcholatas. Les diré que tampoco era una arma de gran alcance, ni siquiera se podría decir que servía para hacerle “bullying” al clásico niño bobo de la cuadra, simplemente era bonito ver salir volando del esa arma las corcholatas, cual si fueran Objetos Voladores No Identificados (OVNIs).

Como les dije desde un principio, lo mejor de este tipo de juguetes hechos por uno mismo, era todo el proceso de fabricación en si, desde la búsqueda de los materiales hasta el acabado final del mismo, eso era lo realmente divertido y lo que hace que estos juguetes nos traigan todos esos entrañables recuerdos.






El Moco de King Kong

No recuerdo si este era su nombre comercial, pero así lo conocíamos todos. Resulta que un buen día, el Rey Kong, se contagió de Influenza A (H1N1) por no hacerle caso a los comerciales en los que decían que tenía que lavarse las manos frecuentemente y taparse la boca al estornudar. Este catarrón le provocaba al gorila gigante constantes estornudos, cosa que aprovechó muy bien un tal Mr. Matel para juntar todo ese moco verde que salía de sus fauces y belfos. Mr. Matel notó que era bastante divertido jugar con el flujo nasal de gripiento Kong, por lo que inteligentemente decidió comercializarlos. Esta es, a breves rasgos, la historia de cómo salió al mercado el famoso Moco de King Kong… o bueno, por lo menos eso cuenta la leyenda.

La verdad es que era muy divertido tener en las manos esta fría, gelatinosa, elástica y bien oliente sustancia. Lo triste es que con el tiempo, el moco creaba como grumos y perdía su elasticidad y olor característico, además de que se le iban impregnando todo tipo de partículas, pelos y demás mundicias del medio ambiente lo que lo volvía ya poco atractivo. Luego de un tiempo había que sustituirlo por uno nuevo, porque la experiencia de jugar con el Moco de King Kong, terminaba convirtiéndose en  un verdadero vicio.






El Látigo

Repito, si me falla mi “alzhaimerosa” memoria, ayúdenme con el nombre de este juguete. El Látigo era un simple y vulgar triciclo de plástico. A diferencia de los tradicionales y duraderos triciclos “Apache”, el encanto de este, era ese, el estar construido, en la mayoría de sus parte, de plástico. Esto lo hacía súper ligero, no había que tener una gran condición física para moverlo, con era el caso de los pesadísimos triciclos “Apache”.

Otra característica que me encantaba del Látigo, es que uno quedaba prácticamente sentado a la altura del suelo, lo que brindaba una gran estabilidad a la hora de dar vueltas a velocidades “casi” supersónicas. Pero lo que más me encantaba del Látigo, eran sus llantas de plástico y no de hule como en el caso de los triciclos Apache, esto hacía que no tuviera la suficiente tracción en las superficies sobre las cuales se desplazaba. Así que al comenzar a pedalear o al dar las vueltas cerradas, el Látigo se derrapaba espectacularmente, lo que nos hacía sentir que verdaderamente viajábamos a velocidades altísimas.

Para experimentar sensaciones todavía mas extremas, yo solía robarle a mi Sacrosanta madre su perfumadísimo talco “Maja” y lo rociaba por todo el garage, esto aumentaba el nivel de “resvalosisidad” del suelo.

Por cierto, más o menos frente al Museo Tamayo, sobre la Paseo de la Reforma, había un área con juegos infantiles (cerca del Lago), y dentro de ese espacio, había un sitio con puentes, semáforos y demás firulitos que asemejaban una pequeña ciudad. Para circular por ese pequeño circuito de calles, puentes y túneles, a los niños les rentaban triciclos convencionales, pero también había la posibilidad de conseguir Látigos. Por su puesto que yo siempre me iba sobre un Látigo, y por su puesto una vez montado en el, hacía caso omiso de los limites de velocidad y las luces rojas. Yo creo que el Látigo es el culpable del estilo “microbusero” que uso ahora para manejar en la vieja Tenochtitlan. Ah, good times!






Batalla Interplanetaria

Recuerdo que este juguete llegó a mis manos en un cumpleaños. Era el típico juguete que se podía encontrar en el aparador de una farmacia lleno de polvo entre varios juegos de mesa, esos que suelen sacar de un apuro al que los compra ya de camino a la fiesta de cumpleaños de algún crío.

La verdad es que al principio no le puse mucha intención a mi Batalla Intergaláctica, pero con el tiempo, si duda que llegó a ser uno de mis juguetes favoritos. Al abrirlo solo encontré piezas de cartón y ligas, pero eso resultó suficiente para armarla chido. Dentro de la caja venían planetas, naves y marcianillos, todos de cartón, a los cuales se les adaptaba otra pieza de cartón que hacia las veces da base y que les permitía pararlos. También venían dos pistolas, también de cartón, a las cuales se les ponían ligas mismas que disparaban. El juego simplemente consistía en derribar primero las naves del contrincante.

Cuando las pistolas de cartón pasaron a chupar faros un día que mi perro “comecartón” las masticó hasta dejarlas como cuernos de chivo luego de un enfrentamiento con el narco, no me quedó de otra más que ingeniármela y buscar una solución. La respuesta a tal eventualidad fue muy sencilla, las ligas fueron sustituidas por “cuirias” (canicas): agüitas, tiritos, tréboles, flamas, dalmatas y ponches, mismas que lanzaba con el mismo y único fin de derribar los planetas, naves y marcianos del wuey de enfrente. Este juego lo jugué miles y miles de veces con mi hermano en un pasillo de mi casa… y en verdad que me divertía mucho.






El Bólido

Un carito de una sola llanta con una tira dentada de plástico, eso era básicamente este juguete. No me explico como algo tan sencillo podía ser tan divertido. Una vez que esa tira dentada la introducíamos a un costado de la llanta, bastaba con jalarla fuertemente para que la llanta comenzara a girar rapidísimo, lo siguiente era simplemente colocar este Bólido en el suelo para verlo salir disparado, como dicen los polis cuando se les pela el ratero, con rumbo desconocido. Para hacer más divertido el asunto, uno podía adaptarle al recorrido del Bólido, una rampa hecha con un pedazo de madera o cartón para que este saliera volando como si fuera conducido por el mismísimo Evel Knievel.

Yo tuve uno verde y durante muchos años jugué con el. Mi perro Ostin se encargaba de corretearlo, recogerlo y regresarlo a mis manos, claro, el Bólido regresaba sumamente babeado, pero lo memos me evitaba el esfuerzo de ir por el. Adivinaron, yo era uno de esos niños huevones.






El Espiroboll

Súper juguete. Esta chulada de juguete llegó a mis manos gracias a la realeza, si, fue uno de los obsequios de los mundialmente famosos Reyes Magos. El Espiroboll venía doblado a la mitad, como si fuera un portafolio, y al abrirlo, quedaba una especie de campo de fútbol con una leve inclinación de cada lado de la cancha. Cada jugador contaba con dos especies de manijas, de lado izquierdo había una que permitía mover al portero de un lado a otro, y la de lado derecho, había que estarla apréndanlo y soltando continuamente para hacer girar las tres ruedas que hacían que la pelotita saliera disparada hacia el lado contrario de la cancha con la esperanza de anotarle un gol al monito de enfrente. Todo el juego estaba cubierto por un acrílico transparente, mismo que impedía que la pelotita saliera disparada fuera del campo de juego. Para introducir la pelotita y comenzar el juego, había un pequeño orificio en el centro de la cancha por donde se metía la pelotita. Tenía, atrás de cada portería, unos marcadores para llevar la cuenta de los goles. Este, como todos los mejores juguetes de esa época, era marca Plastimarx (♫♪ Son bonitos, son durables, son juguetes… Plastimarx ♫♪).  ¿Recuerdan?







Bueno, creo que por hoy hasta aquí le dejo. Por su puesto que me faltaron muchos juguetes más por incluir, así que si ustedes me lo permiten, pasan a quedan pendientes. Como dije desde un principio, seguro que en lo que publico el próximo post, llegarán a mi mano, pero sobre todo a mi atrofiado cerebro, muchos jugotes más que habrá que incluir. Así que sean pacientes que ya habrá tiempo para publicarlos.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí mas chidos!

09 febrero 2012

Tele-Guía, yo no me aplasto sin ella


Para el respetable que no lo sepa, a mí no solo me gusta hurgar en los rincones más profundos e inhóspitos de mi nariz, no señor, a mí también me gusta hurgar en cajones que casi nunca abro, en cajas arrumbadas en el archivo muerto de los tiliches y en cualquier otro recoveco que coquetee conmigo. Al practicar esta bonita actividad, recreativa en mi caso, me encontré con una revista que durante años jamás faltó en mi casa, y seguramente, en la casa de la mayoría de ustedes. Por su puesto que me refiero al Tele-Guía.

Este “incunable” ejemplar de Tele-Guía data de finales de 1990. Al ojearlo, me llamaron la atención muchas cosas, y como yo soy harto generoso con el respetable, pues aquí les comparto algunas de esas cosas para agasajar nuestro consuetudinario vicio… la nostalgia.


Imagen 1

Imagen 1.- Esta es la portada, en ella aparecen exactamente nuestras mismas luminarias de hoy en día, solo que antes de que las cirugías, el botox y el colágeno comenzaran a transformarlas en lo que son ahora, seres vivos “no biodegradables”. Lo que podemos sacar en conclusión después de ver esta foto, es que en nuestro huehuenche país estamos muy escasitos de talento, seguimos idolatrando exactamente a las mismas estrellitas de hace 22 años. Por cierto, ¿ya se fijaron en el precio de la revista?, tan solo, y porque es “precio pacto”, ¡$2,000.00  pesotes!


Imagen 2

Imagen 2.- En la contraportada del Tele-Guia viene la bonita publicidad de una prestigiada tienda llamada “Buenhogar”. Y para los que nos quejamos de los precios de hoy en día, fíjense nomás lo que costaba una trinche Videograbadora Panasonic, la nada despreciable cantidad de ¡Tres millones seiscientos setenta y cinco mil pesos! Claro que esta “tecnología de punta” costaba, y costaba porque se trataba de una videograbadora de ¡Cuatro Cabezas! (eso las hacía más chidotas que las normales porque funcionaba mejor a la hora de poner cámara lenta o congelar la imagen). Además tenía sonido hi-fi stereo, esto para los que ya pensaban, como yo, en conectarla al estero de su cantón para armar un bonito y primitivo Home Theater System. Otro articulo que me llamó la atención de este anuncio, es el Organo Yamaha que aparece ahí. No se vayan con la finta del precio, si se fijan es solo un ejemplo de otro que NO aparece en la foto y que seguramente era tamaño Lili-Ledy. Órganos como el que aparece en la foto eran bastante caros y solo se veían en las casas más nice y no en la peladotas como la mía. Yo tenía solo un amigo que contaba en su casa con un órgano como este, el cual por cierto me gustaba “tentar” cada vez que iba a visitarlo aunque su jefa se enojara y me pusiera jeta.


Imagen 3

Imagen 3.- Shanik Berman publicó este articulo en donde habla de la rivalidad, tirando a pleito, que traían en ese entonces las dos más “grandes” estrellas de México, Alejandra Guzmán y Gloria Trevi. Por su puesto que el nivel de la entrevista, de la entrevistadora y de la entrevistada, es Nivel APAC, cosa que no nos debe de extrañar porque hasta la fecha es el nivel que se suele manejar en las revistas de chismes y espectáculos. Si a mí me preguntaran cual de las dos es la que tiene más talento, seguramente diría que “empate a cero”. En fin, este par de ejemplos para la juventud mexicana hasta la fecha siguen sonando en la radio, lo triste, es que cuando las entrevistan, parecería que siguen si echar a andar el cerebro… ¿será que les falto oxígeno al nacer?.


Imagen 4

Imagen 4.- Por aquellos años Lucía Méndez presentaba sus “Noches de Cabaret”, espectáculo producido por su entonces marido Pedro Torres. Al debut llegó, según dice la nota, Lucerito de la mano de Francisco Xavier, aquel que cantaba “Qué es la libertad” ¿se acuerdan? También estuvieron ahí Olivia Collins con su esposo el publicista Silvio García Patto, dice ahí “cada vez más enamorados”, claro, hasta antes de que se supiera que el caballero practicaba el punching bag con la huesuda damita, a la cual por cierto, según una exnovia mía que era su vecina, ya le daba sus cates el buen Jaime Moreno antes que Mr. Patto. En otra de las fotos vemos a mi adorada Lola Beltrán, esa síñ, grande entre las grandes… ¡salud!


Imagen 5

Imagen 5.- En esta sección del Tele-Guía, llamada "La Ensaladera", viene una nota de Chantal Andere y Angélica Ruvalcaba, nota por cierto, de lo más mamila y chocantita. Resulta que este par de entonces pubertas, tuvieron la “puntada” de salirse en pijama a la calla… ¡y ya! eso es todo, al retrasado mental que escribió la nota le pareció que era importante compartir esta gran noticia con el respetable. También se habla del “matador” Guillermo Capetillo, que según la nota, andaba toreando enorme por aquellos años. Yo, ahí modestamente, conozco algo de toros y puedo afirmar que, este actor del Canal de las Estrellas, no es tan mal torero, de hecho tiene sus chispazos de genialidad, solo que los taurinos ortodoxos nunca le han perdonado el que se dedique a la artisteada y a la fiesta brava al mismo tiempo. En varias ocasiones lo vi torear y me divertía mucho escuchando todo lo que el respetable le gritaba mientras toreaba, con el único y sano fin, de hacerle bullying taurino. Recuerdo que en alguna ocasión cuando se encontraba frente al toro le gritaron: “arrímatele como te le arrimas a Lucero”, esto mientras su entonces novia Lucerito estaba en una barrera de la Plaza México. Por último hay una nota que habla de un programa que está por salir en el que aparecerá el gran Pompín Pompín Iglesias Iglesias. El programa se llamaría “Sitio El Tapatío”, el cual yo creo que nunca salió porque la verdad no lo recuerdo. La mayoría de los ahí anunciados ya pelaron sus pollos (RIP): Pompín Iglesias, Arturo Alegro y Pepe Flores “El Jagger” (el de “Cachun Cachun ra ra”).


Imagen 6

Imagen 6.- Aquí una pequeña nota de Luis Miguel. Resulta que el Sol grabó un comercial de Coca Cola por el que le pagaron ¡Mil doscientos millones de pesos! Bueno, fueron 400 mil dórales, solo que en ese tiempo y gracias a nuestros hábiles gobernantes del PRI, el tipo de cambio era de $3,000 pesos por dólar. Resalta la melena del Sol, misma que de tanto estársela jalando (la melena), terminó por caérsele.


Imagen 7

Imagen 7.- Victor Hugo Sánchez tenía una sección llamada “Las mil y una notas…” y de esta sección resaltan estas notas. “El productor de Gloria Trevi, Sergio Andrade, se casó en secreto: solo 10 invitados”, segurito que se trató del matrimonio con alguna de sus chicas del clan, de esas que terminaron trabajando en TvAzteca y encuerándose para revistas de caballeros. La verdad no sé a cual de ellas se refiera la nota, pero no importa, todas son igualitas. Y los 10 invitados a los cuales se refiere la nota, seguramente fueron el resto del famoso clan. También se habla de que Miguel Pizarro lanzó su primero disco, y gracias a Dios, su único. Luego de escucharlo seguramente fue que tomó la decisión de intentar el suicidio, cosa que ni eso le salió bien, y gracias a ello, aun podemos contarlo entre los vivos ¿recuerdan? Otra nota se refiere a la Chica Dorada, Paulina Rubio, la cual se nombraba para participar en la segunda parte de la telenovela “Alcanzar una Estrella”. Es increíble, y siempre lo reconoceré, como con tan poco talento esta damita haya llegado hasta donde ha llegado, que no sé a donde ha llegado, pero llegó, o sea, poco talento pa´ la cantada y la actuada, pero mucho para manejar su carrera en base al marketing.


Imagen 8

Imagen 8.- Durante el reinado, o más bien la dictadura del “Cajetas”, Raúl Velasco, se realizaban butimil programas musicales, unos eran concursos, otros festivales, otros entregas de premios y otros simplemente escaparates para que los artistas hicieran sus gorgoritos por tele, aunque ahora que lo recuerdo, siempre hacían “playback”. Pues bien, esta nota habla de uno de esos programas de Don Raúl “Del-asco”, se trata de “Galardón a los Grandes”. Aquí Rafael Martínez, quien si no me equivoco trabajaba de dueño de la revista, comienza su nota dándoles duro a los pubertos del grupo “Menudo” a los cuales tacha prácticamente de ser un mal ejemplo para la juventud por algo que hicieron y que francamente no recuerdo (seguramente los agarraron con mota o algo parecido). Por otro lado, y por increíble que parezca, pone como ejemplo a Gloria Trevi ¡cómo la ven! También señala que el encargado de cerrar el bonito programa “Galardón a los Grandes” fue el Sol, Luis Miguel, claro, cuando todavía era un ser mortal y podía presentarse en la televisión mexicana sin tanta bronca. Por otro lado resalta la bonita participación de Ilse, la güerita yummy yummy del grupo “Flans”, que tuvo a cargo las entrevistas con los artistas en backstage. Yo la recuerdo conduciendo y no lo hacía tan mal, aunque desgraciadamente el mundo entero tuvo que lamentar que el bel canto haya perdido a la “gran” voz del grupo Flans por dedicarse a la conducción y la entrevista chacotera.


Imagen 9

Imagen 9.- Mario de la Reguera tenía su sección dentro de Tele-Guía llamada ¡Que nadie se mueva! En esta ocasión hace una reseña de la tradicional Comida de la Amistad que don Chucho Aroyo ofrecía en su restaurante de Insurgentes. Lo que más me llamó la atención de esta nota, fue la foto de mi querida, adorada, amada, admirada, idolatrada y de más, Lucha Villa, la cual dice que estaba cantando mejor que nunca. Yo jamás voy a olvidar todos esos conciertos en los que la disfruté y la gocé, en el Teatro de la Ciudad (con Manzanero y el Charro Avitia), en el Auditorio Nacional sola o con Fernando de la Mora, y por su puesto, en el palenque de Monterrey. Pero sobre todo, el mejor recuerdo que tengo de ella, fue durante un concierto de Juan Gabriel en el Auditorio Nacional, en donde por azares del destino, ella quedó sentada exactamente a mi lado. La verdad, ¡jamás pensé estar tan cerca de mi vieja preciosa! Junto a la foto de “mi señora” Lucha Villa aparece una de Edith González, la Edith de aquellos tiempos, la Edith que sería primero la mujer de Juan del Diablo y después la de Santiago Creel.


Imagen 10

Imagen 10.- Para los críos de estos tiempos que no conocen más que los CD o las memorias USB o Hard disk portátiles, les presento los medios que se usaban para grabar video por aquellos años. Todavía el formato beta estaba presente; Sony fue muy necio y tardó mucho en aceptar que el formato VHS era el que iba a prevalecer por muchos años.


Imagen 11

Imagen 11.- ¿Se acordaban de Lola Merino? Yo la verdad ya no, pero ¡ah que guapa muchachita matarile rile ron! No sé que fue de ella, probablemente algún ejecutivo de Televisa le puso casa y la retiró del “choubisnes”. Aquí aparece con el Sr. Laguardia, mejor conocido como el “Pancho” de Quinceañera. Al parecer por aquellos años protagonizaron la telenovela “Cenizas y Diamantes” de la cual poco les puedo comentar, porque la verdad, por salud mental yo siempre he preferido “el chemo y la mona” a las telenovelas de Televisa.


Imagen 12

Imagen 12.- Seguí hojeando mi redescubierto Tele-Guía y llegué a una de las secciones que más éxito tenían dentro de esta revista semanal, me refiero al espacio de Chucha Lechuga. Aquí se podían encontrar chingomil notitas, la mayoría de ellas estúpidas y sin ninguna veracidad, pero que al peladaje sin embargo le encantaba. En esta ocasión, Chucha Lechuga publicó una bola de notitas falsas haciendo alusión, al final de la nota, a que era día 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, y ya saben “Inocente palomita que te has dejado engañar, sin saber que este día en nadie debiste confiar…”. Como diría mi sabia abuela: “De joven cirquera y de vieja… ¡payasa!”. Lo que sí me pareció genial, fue ver en una foto (abajo a la derecha) a la ex del carnal Marcelo Ebrard, a la “gran” actriz Mariagna Pratts, de la cual por cierto se burla Chucha Lechuga al llamarla, de manera sarcástica, la mejor actriz del año.


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Imagen 13.- ¿Se acuerdan de “Condorito”? La verdad es que todos tuvimos algún amigo narizón y gandul al cual cariñosamente le apodamos el “Condorito”, ¿a poco no? En mi caso así fue, en la secundaria el Condorito era nuestra victima preferida de lo que por aquellos años le llamábamos “cargarle calor a alguien” y que ahora pomposamente es conocido como “Bullying”. Saludos pues a mi querido amigo el Condorito a donde quiera que este se encuentre, solo espero que ya me haya perdonado por todas las veces que le apliqué el legendario calzón chino y uno que otro sacacaca... siempre fue con cariño.


Imagen 14

Imagen 14.- En la sección “Bitácora Artística” podemos ver a cuatro de las estrellas juveniles de entonces. En primer lugar destaca la talentosísima Thalia, talentosísima para escoger muy bien a sus parejas con harto varo y poder. Por aquellos tiempos cuando lucía su look “pis an lov agogo”, esta virginal e inocente reinita andaba intercambiando fluidos corporales con nada más y nada menos que Alfredo Díaz Ordaz, uno de los vástagos del ex Presidente Gustavo Díaz Ordaz. También aparece la foto de Lucero, en ese tiempo Lucerito (o “Lucerdito” como le decía Alejandra Guzmán). Recuerdo cuando vi por primera vez a Lucerito allá por Plaza Universidad filmando un capítulo de “Mujer Casos de la Vida Real” dirigida por Rafael Banquells. Ella tendría aquel entonces como 13 años y fue ahí donde yo quedé perdidamente enamorado de ella… y hasta la fecha, ¡ánimas que ya pronto me de el si! De lado derecho vemos a Tatiana, regiomontana chicuela con espectaculares piernas a la cual vi por primera vez en la obra “Kuman”. Por ahí de 1984 (aprox.), recuerdo haberla ido a ver a los Televiteatros (conocidos después como Teatros Alameda) que se encontraban en donde ahora está el Centro Cultural Telmex. Esta ópera rock en la que tocaba en vivo el legendario y efímero grupo Cristal y Acero, era algo parecido a una versión huehuenche de Tarzan en la que Tatiana se lucía bailando y cantando siendo aun una mozuela. Por último vemos en esta sección del Tele-Guía a Alejandra Guzmán. A esta criatura recuerdo habérmela encontrado varias veces en el Dan Zoo ingiriendo cantidades exorbitantes de “agüita de horchata” hasta ponerse beoda y vomitar negro. Por cierto, en esa disco (o antro como les dicen ahora) fue donde la Guzmán conoció al padre de su hija, Pablo Moctezuma, quien era el hijo de la dueña del lugar, la Sra. Estela Moctezuma. Por último, una nota curiosa. Cuando mi Sacrosanta madre estaba pariendo a mi hermano Georgie en un hospital de las Lomas de Chapultepec, en el cuarto de a lado, estaban Enrique Guzmán y Silvia Pinal recibiendo a su primera hija, Alejandrita (si, ya sé, esto a nadie le importa pero tenía que decirlo).


Imagen 15

Imagen 15.- Jim Henson, el creador de los sensacionales Muppets, había muerto en aquel año de 1990, el 16 de mayo para ser exactos. En esta nota se le recordaba con mucho cariño. Toda mi infancia fui fan de los Muppets, y hasta la fecha. Recuerdo que John Denver y  Carol Burnett eran los anfitriones de ese programa a cada rato. A finales de los ochentas salieron unas caricaturas llamadas “Los Baby Muppets” de las cuales también fui súper fan. Mis personajes preferidos eran ese par de viejitos que se la pasaban criticando desde un balcon, no recuerdo sus nombre en español pero en ingles son: Statler y Waldorf. Tambien me encantaba el humor del Oso Fozzie, los actos espectaculares de Gonzo (y su pollita Camila) y por su puesto el baterista Animal.


Imagen 16

Imagen 16.- Dentro de la programación de la mañana del 31 de diciembre de 1990, podemos ver que Canal 5 pasaba “Super Vacaciones”. Este programa conducido por el siempre bien recordado Tío Gamboín, era transmitido desde el parque de diversiones que se encontraba en Echagaray y que se llamaba “Divertido”, ahí justo donde antes estuvo “Skatorama”. Acompañaban a Tío Gamboín, Guarachín y Guarachón, y el gato más homosexual de la televisión, el Gato G.C.. Durante el programa que duraba 4 horas se presentaban varias caricaturas y concursos. Recuerdo que también en un tiempo Cynthia Klitbo estuvo conduciendo este programa junto con Tío Gamboín y Rogelio Moreno desde Reino Aventura. También podemos ver que Canal 13 transmitía el programa “Sal y Pimienta” con la legendaria y simpática Chapina Peralta, madre de todos los dizque “chefs” que salen ahora en la televisión… ¿me estás oyendo Chef Oropeza?


Imagen 17

Imagen 17.- Aquí vemos algo de la programación del lunes 31 de diciembre de 1990 y del 1 de enero de 1991. Como vemos ya existía el tradicional, aburrido y pelado programa de Televisa “Doce Uvas, Doce Deseos” con el que acostumbran recibir el año nuevo. A las 10:30 todavía existía el noticiero “24 Horas”. El Canal 13 aun era de Imevision, no existía TvAzteca. El Canal 4 transmitía el Desfile de las Rosas, mismo que generalmente me perdía por el desvelón de la noche anterior (hoy tristemente Televisa ya no lo transmite).


Como verán, una trinche revistucha como Tele-Guía, tiene el poder de traer mil recuerdos a mi mente. Podría seguir revisándola hoja por hoja y recordando muchas cosas más, pero creo que este mamotreto ya quedó más largo y aburrido que la Hora Nacional, así que por salud mental, mejor aquí le dejamos. ¡Ánimas que a ustedes también les haya traído hartos recuerdos!


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!