01 octubre 2011

Los Incendios de "La Sirena", "Astor" y "Blanco"



Mi Inmortal (abuela) llegó de su natal Zacatecas a la corta edad de ocho años. Junto con sus padres y sus hermanas, la bonita familia pueblerina que había salido “por piernas” de Zacatecas por causas de “La Bola” (así le decía ella a la Revolución), al llegar a la Ciudad de México se instaló en una flamante residencia porfiriana... bueno no, la neta era más bien una vecindad “de quinto patio” ubicada en la calle de Libertad en el Centro Histórico. El caso es que toda su infancia y hasta que se casó, mi abuela vivió en el centro: primero en la calle de Libertad, luego en Ecuador, luego en Brasil y Honduras, y por último, en la calle de Paraguay. Como ustedes se imaginarán, por aquellos años todo pasaba en el Centro Histórico, y esto es fácil de suponerlo porque la ciudad apenas comenzaba a crecer lentamente desde el centro hacia la periferia (estoy hablando de los años 20’s y 30’s).

Bueno, todo este choro mareador que a manera de introducción me tuve que reventar, fue solo para justificar la autenticidad, capacidad y veracidad de mis “fuentes” (osease, mi Inmortal Abuela). Y es que resulta que las pláticas que yo tenía con mi abuela eran harto interesantes, ella, como todas las abuelas, estaba llena de historias y anécdotas que siempre me parecieron fascinantes.

Una de esas fascinantes historias que alguna vez me contó y que luego fue enriquecida por otros miembros bastante “veteranos” de mi familia, fue el famoso incendio de la tlapalería y ferretería “La Sirena”.


Bomberos en la calle de Luis Moya.


Era la madrugada del 28 de noviembre de 1948, para ser exacto las 2:32, cuando un edificio de tres pisos que se encontraba en la calle de 16 de Septiembre número 71 en el centro de la Ciudad de México, estallaba en llamas. Esta conflagración (palabra robada de algún bombero atómico), ocurrió en lo que era la famosa tlapalería y ferretería “La Sirena”. Cuenta mi abuela, o más bien contaba, que aquel incendio terminó en una verdadera tragedia. Y es que luego de que llegara al lugar el cuerpo de bulcanos (así le dicen a los bomberos los “reporñeros” de la nota roja), y luego de que rompieran la cortina para entrar a combatir el fuego, solo pasaron unos momentos antes de que aquel incendio ocasionara que el techo de la planta baja del inmueble se desplomara sobre los HEROICOS (así con mayúsculas) bomberos, terminando así tristemente con sus vidas. El saldo de aquella desgracia fue de 13 muertos: 12 bomberos y un civil. En sus más de 120 años de historia del Heroico Cuerpo de Bomberos del Distrito Federal, este ha sido el peor episodio por el que hayan transitado ya que jamás han muerto tantos elementos en un mismo incendio, tal y como ocurrió aquella madrugada.


Así se veía la ferretería "La Sirena" a mediados de los años 20s.
  

Decía mi abuela que al siguiente día, como buena “observadora de la vida social” (chismosa igual que yo), acudieron puntualmente ella y sus hermanas a la calle de 16 de Septiembre a observar los restos calcinados de “La Sirena”. Fue muy triste, y durante mucho tiempo se habló en todo México de aquella tragedia. Mi padre, que en sus años mozos trabajó manejando una ambulancia de la Cruz Roja (como en la que chocaron Pedrito y Luisito en “A toda Máquina”), me contó que conoció a algunas personas que habían estado en el incendio atendiendo a los bomberos heridos e intoxicados aquella madrugada. Le contaban a mi padre que aquello había sido sumamente triste para todos.




Pero bueno, el incendio de “La Sirena” es del “año del caldo”, por su puesto que yo todavía ni nacía, aunque mi madre sí se acuerda de haber ido al chisme y también me ha contado su versión de los hechos. Ahora bien, cosa muy diferente son otros dos invencidos que fueron también muy famosos y que al igual que el de “La Sirena”, ocurrieron en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Me refiero por su puesto a los incendios de las tiendas Astor y Blanco.  

Para 1978, mi Inmortal abuela ya había salido del centro, primero se había mudado a la colonia Álamos, justo en a una casa que daba hacia la entonces casi intransitada Calzada de Tlalpan, y luego, a un fraccionamiento que apenas comenzaba a aparecer en el mapa, la Colonia Militar Marte (lugar donde nació acá su Charro Negro). Esto no impedía que mi familia siguiera visitando el centro cada vez que podía. Ahí, en las calles de Uruguay, había quedado una hermana de mi Inmortal y otra más en las calles de Paraguay y Comonfort, en la merita Lagunilla.

A mi abuela le encantaba visitar los “cajones”, nombre que ella y las de su época usaban para referirse a las tiendas departamentales. Uno de sus cajones preferidos era Astor, tienda que se encontraba en la esquina de Isabel La Católica y Venustiano Carranza, justo donde ahora hay una explanada con un trinche fuente apestosa (habló el nostálgico ardido). En algunas ocasiones, mi Inmortal me compró mi “cuelga” de cumpleaños o mi regalo de navidad en esa tienda, y otras tantas, me llevó de la mano a Astor simplemente para que escogiera algún “firulito”, nomás por el puro gusto de regalarme algo.

Recuerdo perfectamente que el closet y el ropero de mi abuela, siempre estaban llenos de bolsas de platico de Astor repletas de estambres, telas, mascadas, medias, jabones “Maja” y “Maderas de Oriente”, cremas de “Tres Caritas” y demás mugres. Ella era feliz comprando ahí y luego visitando a su hermana en la calle de Uruguay, justo arriba del famoso restaurante bar “La Ola”.

Pues bien, un buen día de mayo del año 1978, comenzó la quemazón en Astor. Al quemarse Astor, se quemaron seguramente parte de los recuerdos de mi Inmortal abuela Rebeca. En aquel incendio desgraciadamente también murieron siete bomberos, igual, al colapsarse el edificio y caer sobre ellos. Yo en aquel tiempo era muy chiquito, apenas un mocoso, un trinche parvulito nalgas miadas, pero me acuerdo perfectamente de aquella imagen en ruinas de la tienda preferida de mi abuela.


Tienda Astor en la esquina de Venustiano Carranza e
Isabel La Católica.

Así lucía la tienda Astor antes de quemarse.

Publicidad de la tienda Astor.

Precios que no volverán. 

El Incendio de "Astor".






Otra tienda que se incendió en aquel año junto con Astor fue Blanco, tienda también ubicada en el centro de la Ciudad de México. Seguramente muchos recordarán a Antonio Badú haciendo los comerciales en la televisión de esta tienda de medio pelo, diciendo al final de cada uno: “Blanco ¡abarata la vida!”.


Publicidad de la tienda "Blanco". Así eran los precios
antes de que al peso le quitaran los tres ceros.


Según yo recuerdo, Blanco y Astor se incendiaron, pero ahora que buscaba algunas imágenes para ilustrar este mamotreto, me encontré en internet con algunos oligofrénicos que hablan de “las bombas de Astor y Blanco”. La verdad, aunque yo era un crío en aquellos años, no recuerdo que en ningún momento se hubiera hablado de artefactos explosivos tipo “paloma de 20 pesos” o algo por el estilo. En fin, desde siempre ha habido personas que les encanta hacerse sus propias historias en la cabeza, pero si yo soy el que está equivocado o alguien sabe más del asunto… ¡ánimas que me cuente con más detalle! (Bueno al parecer si fueron bombas según algunas fuentes, así que retiro lo de oligofrénicos y me como mis palabras).

Finalmente me acuerdo de un banco que estaba entre las calles de Uruguay y Venustiano Carranza sobre Isabel La Católica, justo donde ahora hay un trinche Sanborn’s que sirve las peores enchiladas suizas del orbe. No recuerdo si era Nafinsa o Serfin, pero si recuerdo que igual se chamuscó una buena parte de ese edificio, quizás por ahí de los años ochentas.

Bueno, todo este bonito viaje nostálgico a través de los incendios más famosos del Centro Histórico de la Ciudad de México, surgió ahora que vi que se quemaba la tienda Wal Mart de Buenavista. Y ya que andamos en estas, quiero aprovechar este aburrido pero entusiasta espacio, para hacer un súper reconocimiento a los verdaderos héroes de México que todos los días se juegan la vida por un trinche sueldo miserable, y aun así, muestran ser un ejemplo de lo que es la verdadera vocación de servicio. Recuerdo que cuando era chavito y mi apá me llevaba a los desfiles, para mí lo más padre y emocionante era ver pasar los coches de bomberos. En resumidas cuentas y para acabar pronto, para mí, los bomberos eran, y serán, mis súper héroes de toda la vida. Por eso, cuando yo sea grande… ¡quiero ser bombero!


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!