19 abril 2011

Chihuahua y mis recuerdos




No le pidan mucha precisión a mi atrofiada memoria porque esto pasó hace muchos años, justo cuando yo era apenas un escuincle nalgas meadas de apenas ocho años. Resulta que un día al regresar de la escuela, mis padres me dieron la noticia de que nos mudábamos a vivir a Chihuahua. Como ya se imaginarán, para un niño de esa edad, no había nada peor que abandonar su escuela junto con todos sus amigos de la infancia. Mi Sacrosanta madre se encargó, como dirían los clásicos, de dorarme la píldora. Se nos ofreció, a mi hermano y a mí, una casa muy bonita con todo y alberca. Además, pasaría de ir en una vulgar y pelada escuela de gobierno a una privada, cosa que a mí realmente me valía queso, porque ni siquiera entendía lo que eso significaba. Por su puesto que no nos convencieron ni a mi hermano ni a mí de que iba a estar padre nuestra nueva vida en Chihuahua, y por su puesto que eso no importo, finalmente se hizo lo que querían mis padres y salimos resignados con rumbo a ese gran estado.

Nuestra aventura en Chihuahua comenzó de una manera muy padre, ya que el viaje hasta allá lo hicimos por tren. En ese tiempo los ferrocarriles de México todavía funcionaban y eran relativamente eficientes. Mi hermano y yo ya habíamos volado varias veces en avión pero nunca habíamos viajado por tren, así que aquello nos resultó súper interesante y divertido, es más, creo que ahí comenzó mi afición por los viajes en tren. Si mal no recuerdo, el tren salía por la noche de la estación de ferrocarriles de Buena Vista. La mejor manera de hacer ese recorrido tan largo era en el Pullman. Estos coches contaban con alcobas en las cuales podía viajar toda una familia cómodamente. De día eran pequeñas salitas que incluso tenían hasta un pequeño baño privado. Por las noches, el “porter” (como le decía mi abuela al encargado), se encargaba de bajar unas literas en las cuales uno se podía acostar cómodamente. El viaje era muy largo, duraba toda una noche, luego un día completo y, finalmente, otra noche más para despertar ya en Chihuahua muy temprano. El “porter” pasaba por los pasillos tocando una “triangulo” (campanita) para anunciar que ya era la hora de pasar al coche comedor. Lo más divertido para mi hermano y para mí, era atravesar todos los coches del tren hasta llegar al comedor. El último coche del tren, el de hasta, se le llamaba “coche fumador”... o al menos así le decía mi madre.

Pero bueno, no íbamos a hablar de mi pasión por lo trenes, sino de la ciudad de Chihuahua. Finalmente conocimos mi casa nueva, estaba en la calle Blas Cano de los Ríos a una cuadra de la Iglesia de San Felipe en la colonia del mismo nombre. La dichosa alberca de la casa resultó ser una trinche pileta redonda, pero para nosotros siempre fue nuestra súper alberca. Mi padre ya tenía algunos días viviendo ahí, así que cuando llegamos ya estaba la casa perfectamente habitable, incluso la alberca lista para un chapuzón.


Así se veía mi casa con el coche de mi papá estacionado a la puerta.


El jardín trasero y a lo lejos la Iglesia de San Felipe.


El paso de los años en mi querida casa de Chihuahua.


Lo más difícil para nosotros, para mi hermano y para mí, fue hacer nuevos amigos. Afortunadamente nuestros vecinos rápido se hicieron nuestros amigos y eso nos ayudo a integrarnos a esa nueva ciudad.

Luego llegó el día de entrar a la escuela. Mi nueva escuela era La Salle, recuerdo que estaba en una loma, bastante retirada de mi casa, o al menos eso me parecía a mí. Yo entré a tercero de primaria y mi hermano a primero de primaria. Al principio éramos la botana de nuestros compañeros, tuvimos que aprender a hablar como ellos. En el recreo yo quería comprar una torta en la cooperativa y resultaba que no se llamaba torta, sino “lonche”. Para acompañar mi torta yo quería un refresco, pero no, tampoco se llamaban refrescos, eran sodas. Al coche le decían mueble y al aire acondicionado clima. En fin, poco a poco comenzamos a hablar el nuevo “idioma” e incluso a agarrar el acento norteño. Por cierto, cuando al año regresamos a vivir a la Ciudad de México, me pasó lo mismo, tuve que volver a llamarle a las cosas como las conocía desde un principio y tuve que quitarme el acento de norteñito que adquirí en Chihuahua (volví a ser la botana, solo que ahora de mis antiguos amiguitos).

Recuerdo que un día que entramos al Sears de Chihuahua, mi madre se encontró con un viejo amigo de su juventud, era el gerente. Les dio mucho gusto reencontrarse, nunca pensaron que esto iba a ocurrir en un lugar tan alejado de la Ciudad de México. Mi madre conoció a su esposa e hizo una gran amistad con ella, nosotros, mi hermano y yo, hicimos lo mismo con sus hijos. Para mi madre eso fue muy bueno, porque ella era la que se sentía más sola allá. Nosotros en la escuela conocimos muchos amiguitos y mi padre en el trabajo, pero ella era la que estaba más sola, por lo que su nueva amiga resultó una gran compañía.











Los lugares a los que acostumbrábamos ir los fines de semana a pasear eran pocos. La verdad es que no había muchos lugares a donde ir. Recuerdo que íbamos a un parque que le llamaban “Los Llorones” (por el tipo de árboles que habían ahí). También había una fuente de sodas que a mí me encantaba, era como de los años 60’s, con rockola y toda la cosa, ahí tomábamos helado por las tardes. También nos hicimos aficionados al béisbol, el equipo se llamaba “Los Dorados" de Chihuahua. El parque de béisbol estaba muy cerca de la casa y frente al trabajo de mi padre. Junto al parque de béisbol había un gran terreno, lugar en donde se ponía la feria. Mi padre y mi madre iban al palenque a ver a los artistas de moda. Por aquellos años había un jovencito que comenzaba a ser la sensación en el palenque, este jovencito era nada más y nada menos que Juan Gabriel. Junto a ese terreno estaba la casa del Gobernador.


La Ciudad Deportiva. En esos terrenos se ponía la feria junto al parque
de beisbol. Abajo se ve la casa del Gobernador y la tienda "Futurama".


Mi restaurante preferido era uno que estaba en una glorieta y tenía en la parte de afuera un carreta, este restaurante creo que hasta la fecha existe y se llama “La Calesa”.  También íbamos a un lugar llamado “La Alameda”, un pequeño parque en donde había restaurantes y a donde los adultos iban a tomar una refrescante cerveza (cheve).


Mi restaurante preferido "La Calesa".


Otro de nuestros paseos acostumbrados era al aeropuerto de Chihuahua. Ahi comprabamos un queso muy bueno que venia en una caja, era por supuesto queso Chihuahua ¡buenísimo para hacer quesadillas! Recuerdo que fue en la carretera que llevaba al aeropuerto donde me enseñó a manejar mi papá en su Sarari ¡a los ocho años de edad! Esa carretera llevaba a un pueblo llamado Aldama, ahí íbamos frecuentemente a comprar carne porque era de muy buena calidad. Por el trabajo de mi padre, íbamos frecuentemente a todos los pueblos de Chihuahua: Cuahutemoc, Meoqui, Delicias, Camargo, Parral, Ahumada, etc. Cada vez que podíamos, a mi padre le gustaba ir a Estados Unidos a pasar el fin de semana, así que íbamos mucho a Ojinaga que es la frontera con Presidio Texas o a Ciudad Juárez frontera con El Paso Texas. A veces el viaje a El Paso lo hacíamos en tren, era muy padre porque atravesaba el desierto. Un gran paseo era ir a las Barrancas del Cobre, desgraciadamente el día que fueron yo no estaba en Chihuahua porque había venido a pasar unos días con mi Inmortal abuela a México y me lo perdí.

Aeropuerto de Chihuahua, uno de mis paseos.

Mi Sacrosanta en el Aeropuerto de Chihuahua.

Mi hermano en las Barrancas del Cobre con unos tarahumaras.


Otro lugar que recuerdo perfectamente era la casa de Pancho Villa. Era un museo donde había muchas cosas interesantes e incluso algunos artículos personales del famoso Centauro del Norte. Ahí estaba expuesto el coche todo balaceado en el cual lo acribillaron en Parral. Pero sin duda, lo mejor de ese museo, fue que ahí conocí a una de las esposas de Pancho Villa, doña Luz. Recuerdo que compré unos billetes de los que el mismo Villa hizo circular por aquellos años de la revolución, así como unas fotos donde él estaba tumbado en una cama, muerto. Doña Luz, la anciana esposa del General Villa me autografió esos billetes y esas fotos… ¡y aun las tengo!


Catedral de Chihuahua.


Recuerdo que el súper lo hacíamos en una tienda de autoservicio que estaba en la glorieta en donde está la estatua de Pancho Villa, frente a la casa del Gobernador. Ese autoservicio se llamaba “Futurama”, creo que ya no existe o por lo menos ya no se llama así. Me dijo un amigo que aun vive en Chihuahua que ahora se llama “Alsuper” (o algo así).


Tienda de autoservicio "Futurama", ahí hacía las compras mi Sacrosanta.

Mi hermano en el Monumento a la División del Norte, a un costado de la
tienda "Futurama".


La antigua estación del tren era otro de nuestros paseos, no se si aun exista como yo la conocí. Ahí llegaba el tren que venía de México y de ahí salía el que iba a Ciudad Juárez. También ahí salía el famoso “Chepe” (Chihuahua al Pacífico), una corrida que hasta la fecha es de las pocas que aun quedan para pasajeros. Es un viaje maravilloso porque atraviesa una gran cantidad de puentes y túneles, además de que se pueden apreciar desde el tren unos paisajes increíbles.   

El mejor recuerdo que tengo de Chihuahua, fue una mañana en la que me levantó mi padre de la cama todo emocionado y me pidió que me asomara al jardín de la casa. No se imaginan lo que sentí cuando vi todo blanco, todo el jardín cubierto de nieve. La alberca se había congelado y tenía una gruesa capa de hielo. Recuerdo que aun así nos mandaron a la escuela. Como les decía, mi escuela quedaba en una loma en donde no había nada más que la escuela, así que el camino se veía padrísimo. En la escuela había una capilla a la que nos hacían ir a orar cada semana, pues con todo y la nieve, nos hicieron caminar hasta la capilla que quedaba retirada de los salones de clase. Yo estaba encantado y ni el frió sentía. Por la tarde fuimos al parque de “Los Llorones” a jugar con la nieve.


Esto fue lo que vi desde mi ventana aquella vez que nevo.




Bueno, como les dije, yo solo tenía ocho años entonces, así que seguramente no son muy precisos los nombres y los lugares de los que me acuerdo, pero de lo que si estoy seguro, es que fueron días maravillosos los que pasé en Chihuahua. Al año mis padres se divorciaron y tuvimos que regresar mi madre, mi hermano y yo a vivir a México, pero mis amigos, aunque se quedaron físicamente en Chihuahua, siempre estarán en mi recuerdo.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!


* Este post está dedicado con todo mi cariño a mi gran amigo Luis (q.e.p.d.) y a su hermano Mateo.

06 abril 2011

El Gran Premio de México



Era el mes de octubre de 1986, cuando un sábado por la mañana, recibí la llamada de mi primo Rodolfo - ¿Qué onda pinche Said, que haces? -, - aquí despertando y tú -, - estamos en el Autódromo el “Negro” y yo, vente de volada, nos sobra un boleto -. El boleto era para el Gran Premio de México que había regresado a nuestro país, luego de 16 largos años de ausencia. Pues bien queridos amigos, así fue como comenzó en mí una de mis grandes pasiones (sí, otra más), ¡el automovilismo!




Rapidito me di un baño, agarre mis nalguitas (que diga, mi cámara) y me fui a una de las puertas del Autódromo a donde me iba a esperar mi primo. Al llegar, ahí estaba ya esperándome con un boleto extra listo para mí. En cuanto lo vi, noté que estaba ligeramente intoxicado por los influjos de alguna bebida etílica… bueno, estaba pedo para acabar pronto. Lo saludé y él todo eufórico me dijo – ¡no mames!, están padrísimos los coches, apúrale, ya salieron -. Rápido entré y lo seguí hasta una de las gradas que estaba en lo que se conoce como “el área del estadio”. Al llegar, lo primero que vi, fue a nuestro querido amigo y patrocinador del evento, el “Negro”. Este amigo, que por cierto tenía harto varo, se encontraba acostado debajo de la grada completamente jetón, producto de la bonita borrachera que habían agarrado mi primo y él la noche anterior en el Carlos’n Charlie’s.

Le dimos la bendición al “Negro” y lo dejamos dormir la mona. Subimos hasta lo alto de la grada y el primer auto que veo pasar frente a mí, fue un hermoso Lotus negro patrocinado por la marca de cigarros John Player Special. El piloto que iba conduciendo ese hermosísimo auto, era nada más y nada menos que, el gran Ayrton Senna da Silva… obvio, ¡fue amor a primera vista!


Ayrton Senna en su Lotus - John Player Special (1986).

Durante unos minutos, me intoxiqué de ese inigualable perfume que es el olor al combustible de los autos F1. Me enamoré del sonido de los motores y en general, de todo lo que envolvía la atmósfera en ese momento. Para cuando terminaron las practicas apareció finalmente el “Negro” aun en estado inconveniente. Por nuestra parte, mi primo y yo, nos habíamos “aprevenido” con unas cervezas frías que mitigaban nuestra sed bajo el sol inclemente (bueno, ese era el bonito pretexto para seguir chupando).

Luego de las prácticas de los F1, recuerdo que salieron a correr otros autos de una categoría menor e incluso unas motos. Como mi primo y el “Negro” no habían dormido nada (bueno el “Negro” si), tomaron la decisión de hacer mutis y abandonar el evento. Yo quería esperarme a las calificaciones que serían más tarde, pero ni modo, me tuve que retirar del Autódromo junto con ellos en contra de mi voluntad. Desafortunadamente al día siguiente, el día de la carrera, no hubo boleto para mí y tuve que conformarme con ver las carreras por televisión. La transmisión por televisión la tenía en ese tiempo “Imevisión” (ahora TvAzteca) y estuvo a cargo, si mal no recuerdo, de Alfredo Domínguez Muro, Marco Tolama y Alejandro Lara. Ese año el Gran Premio de México lo ganó Gerhard Berger a bordo de un Benetton. El segundo y tercer lugar fueron para Prost y Senna respectivamente.

La verdad quedé muy frustrado por no haber podido ir el día de la carrera, pero me prometí a mi mismo que, el próximo año, sin excusa alguna, estaría ahí para disfrutar de ese hermoso espectáculo que es la Formula 1.

Meses después, un buen día me dijo mi hermano – Oye Said, fíjate que nos vamos a meter de “bandereros” mi primo Alberto y yo, ¿no te interesa?, es para el próximo Gran Premio de México -, yo le contesté – ¿y de que se trata?, ¿qué hay que hacer? -, - a pues tenemos que ir todos los fines de semana a capacitación y luego a algunas carreras en los autódromos de México -, - ¿y les van a pagar? -, - no, pero dicen que nos van a dar boletos gratis -. No lo pensé dos veces y le contesté – no, ¡que flojera! -. Mi hermano se me quedó viendo como diciendo “allá tú si no aprovechas”. Yo que algunas veces suelo ser ligeramente menos pendejo que de costumbre, pensé: “si le dan boletos gratis, yo para que voy, mejor le pido esos boletos y listo”.

Cada fin de semana, mi primo Alberto y mi hermano, iban puntuales a sus cursos de capacitación. Primero con los bomberos, luego con paramédicos y finalmente con especialistas en automovilismo los cuales les enseñaron todo lo que tenían que saber para tan “noble” actividad. Después comenzaron a llevarlos a los autódromos del interior de la República Mexicana para practicar. El Comité Organizador del Gran Premio de México estaba a cargo de los hermanos Abed (José y Julián), dueños en ese tiempo de una cadena de hoteles muy importante (Hoteles Aristos) y grandes aficionados al automovilismo. Ellos, los hermanos Abed, pagaban los viáticos de esas salidas, pero de sueldo, ¡nada! Yo veía llegar a mi hermano asoleado y cansado todos los fines de semana, mientras, yo ya me estaba saboreando esos boletos de cortesía que seguramente serían míos.  

Boleto del Gran Premio de México 1986.

Boleto del Gran Premio de México 1987.

Boleto del Gran Premio de México 1988. Ojo con el
costo del boleto (¿recuerdan tantos ceros?).

Boleto del Gran Premio de México 1991.

Pues bien queridos amigos, así fue como durante varios años obtuve boletos gratis para la Formula 1 gracias a la “generosidad” de mi hermanito. Pero lo mejor de todo, no solo eran los boletos gratis, lo mejor, fue que mi hermano me prestaba su “gafete” el cual me permitía andar por todos los recovecos del autódromo, a nivel pista e incluso en la zona de pits. Esto me permitió  tomar muy buenas fotos y conocer de cerca de todos los pilotos de ese tiempo: Alain Prost, Ayrton Senna, Gerhard Berger, Nelson Piquet, Rene Arnoux, Nigel Mansell, Riccardo Patrese, Thierry Boutsen, Michelle Alboreto, Martin Brundle, Philippe Alliot, Jonathan Palmer… entre otros.

Alain Prost en McLaren.

Ayrton Senna.

Nelson Piquet.

Michele Alboreto y Gerhard Berger, pilotos de Ferrari.

El mexicano Jo Ramirez (Jefe de Mecánicos de McLaren) y
Alain Prost.  

El equipo McLaren con su piloto Alain Prost.

Los dos F1 Ferrari en los pits del Autódromo Hermanos
Rodríguez.

Listo el Williams de Nigel Mansell.

Aquellos que asistieron a los Grandes Premios de México, seguro que recordarán el ambiente tan padre que existía en el autódromo. La grada No. 20, “La Veinte” como se le conocía, comenzó a tener fama por el ambiente que reinaba por ahí. Yo siempre escogía esa grada que se encontraba en la "zona del estadio", justo antes de las famosas “eses”. Los bonitos “cánticos” insultando a las gradas de enfrente, eran toda una poesía.

Como había que estar casi todo el día bajo el sol, desde las prácticas del viernes hasta el final de la carrera el domingo, el consumo de bebidas “rehidratantes” era vital para sobrevivir. La cerveza se consumía en cantidades devastadoras a lo largo de las horas, esto tenía como consecuencia lógica, que más de uno terminaba ¡hasta su madre! (a veces este era mi caso). Mi acompañante en casi todas las carreras fue mi primo Rodolfo al cual sí le gustaba el trago, yo solo lo hacía como les digo, para rehidratarme y evitar el “váguido” producto de la asoleada. Un día mi primo me propuso que lleváramos ron para prepararnos unas ricas “cubitas” mientras veíamos las practicas; el problema era que estaba prohibido introducir bebidas alcohólicas. Como ya les dije, a veces suelo ser menos pendejo que de costumbre, así que se me ocurrió meter el ron en los botecitos en donde venían los rollos de fotos. Como yo siempre cargaba mis cámaras y mis lentes (profesionales), no le extrañó al poli de la entrada que llevara como 20 botecitos de película Kodak, así que me dejó pasar sin sospechar siquiera. Lo demás fue muy fácil, solo comprábamos cocas a las cuales les vaciábamos el contenido de los botecitos y listo, teníamos unas ricas cubitas mareadoras para disfrutar durante las practicas.

Luego de que el alcohol hacía sus efectos, no faltaban las bonitas bromas
entre amigos... ¡como esta! Mientras uno de ellos hacía "del cuerpo", los
amigos decidieron voltear este sanitario portatil... imaginen como terminó
el pobre usuario.

La técnica de los botecitos mareadores de Kodak la aplicamos como dos años seguidos hasta que mi cerebro lucubró un mejor plan. Para evitar estar gastando en refrescos y cargar tanto botecito de película Kodak, pensé en llenar un gran termo que tenía, con harta Coca Cola fría. Este gran termo, al cual yo cariñosamente le apodé como el “Arturito” (por su forma cilíndrica que hacía que se pareciera al robot de la “Guerra de la Galaxias”), tenía en un costado una pequeña llave por la que salía el líquido. Pues bien, una vez que lo llenamos de refresco, lo que hice fue vaciar toda una botella de Ron Bacardi (Blanco, of course!) en una bolsa de plástico, misma que introduje adentro del termo. Cuando llegamos a la puerta del Autódromo y el policía nos preguntó que traíamos ahí, yo le contesté – es refresquito mi poli, pruebe -, entonces tomé un vaso desechable y le serví un poco, cosa que este celoso guardián del orden me agradeció y sin hacerla de jamón, nos dejó pasar. Ya adentro, una vez instalados en nuestros lugares, lo que hice fue romper la bolsa de plástico en donde estaba el preciado líquido y voilà, la mezcla quedó hecha y el milagro se consumó. El resultado fue una súper cubota que felizmente nos duró para todo el día. Fue tan exitoso mi invento, que lo practicamos los siguientes años cada vez que fuimos a las carreras... Sí, ya sé, ¡soy un genio!

Pero no todo en el Gran Premio de México era alcohol, también habían más cosas que hacer, como ver a todos aquellos “bizcochitos” calidad de exportación que acudían gustosas a pavonearse a ese evento. Lo mejor estaba, claro está, en las gradas que se encontraban frente a los Pits, que por cierto eran las más costosas. Además, por ahí estaban todas las bebotas que se alquilaban para edecanes y que lucían sugestivas prendas de vestir que resaltaban sus peligrosas curvas. Caminando por los Pits me encontré en varias ocasiones a Oscar Cadena, aquel gordito pelón con tirantes que hacía el programa llamado “El Ciudadano Infraganti”. También por ahí andaba el "gran" actor protagonista de varios churros del cine mexicano, Hugo Stiglitz, filmando algo que seguramente fue una película relacionada con las carreras, película que por cierto jamás vi. De cualquier modo, yo no distraía mi mirada en estas pseudocelebridades, yo estaba encantado viendo a mis héroes los pilotos, a los súper autos Formula 1, o a las bonitas bebotas con sus bien formados cuerpecillos.

Oscar Cadena de "El ciudadano in fraganti" en la
zona de pits.

Durante las carreras, ya hablando de automovilismo, vi cosas muy interesantes. Por ejemplo, en el Gran Premio de México 1987 vi como el gran Ayrton Senna le acomodaba sendo patadón a uno de los oficiales de pista que intentó ayudarlo a arrancar su auto luego de haberse despistado… esto me hizo a mí y al resto de la tribuna, llamarle la atención al gran piloto brasileño, con una unísona y sonora ¡mentada de madre! En ese momento Senna cayó de mi gracia, aunque la verdad, nunca deje de reconocerle su indiscutible don para manejar esas veloces máquinas. También recuerdo el súper madrazo que se dio el piloto Phillipe Alliot en su Larrousse durante las prácticas del Gran Premio de México 1988. Saliendo de la curva peraltada, al tocar con la llanta izquierda el borde de la pista, Alliot perdió el control y se fue a estrellar contra el muro de contención frente a los pits, luego rebotó y dio vueltas hasta quedar del otro lado de la pista con su auto deshecho. Sorprendentemente no le pasó nada y al siguiente día arrancó en la carrera luego de ser reconstruido su auto en tan solo 7 horas. Otra cosa que recuerdo muy bien, fue el ESPECTACULAR (así con mayúsculas) rebase del León Británico Nigel Mansell a Gerhard Berger en la peligrosísima curva peraltada durante el Gran Premio de México 1990, fue simplemente ¡increíble! Nigel Mansell, para mí, ha sido sin duda, uno de los pilotos más valientes de la Formula 1. Otra cosa igual de espectacular, fue el accidente de Senna en la curva peraltada, en el que su McLaren quedó de cabeza, enterrado en la arena, luego de chocar con la protección de llantas. En fin, a lo largo de tantas practicas y tantas carreras, vi emocionantes rebases y espectaculares accidentes, incluso alguna vez comenzó a llover y pude ver como manejaban los pilotos sobre pista mojada (Senna, el mejor por su puesto).


* Gran Premio de México 1988, accidente de Alliot.






* Gran Premio de México 1990, rebase espectacular de Mansell.




Para los dos últimos Grandes Premios ya tuve que comprar mis propios boletos, o sea que se me acabo la gorrita café, y todo porque mi hermano decidió un buen día dejar de ser oficial de pista (banderero). Lo que más me dolió, fue que ya no tuve el gafete de mi hermano que me permitía andar por todos lados como lo hice en los primeros Grandes Premios. Entonces, no me quedó otra, más que conformarme con ser un espectador común y corriente el cual no podía moverse de su lugar en la tribuna… ni modo, ya que.

Programa oficial del G.P. de México 1989.

Programa oficial del G.P. de México 1991.

El último Gran Premio de México se celebró el 22 de marzo de 1992. El ganador de esa carrera fue el León Británico Nigel Mansell a bordo de un Williams. El segundo lugar fue para Riccardo Patrese, el coequipero de Mansell. El tercer lugar, aunque ustedes no lo crean, lo obtuvo el entonces neófito piloto alemán Michael Schumacher quien corría para la escudería Benetton. Con los años, el gran Michael Schumacher se convirtió en el piloto más laureado de la historia, con nada más y nada menos que ¡siete títulos mundiales! (2 con Benetton y 5 con Ferrari).

Pues bien, desde 1986 y hasta la fecha, soy un súper fanático de las carreras de autos. Ahora con la llegada de Sergio “Checo” Pérez a la Formula 1, no pierdo la esperanza de que algún día regrese la Formula 1 a México. Si esto no pasa, pues ni modo, como diría mi sabia e Inmortal abuela: “lo bailando, ya nadie me lo quita”.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!


04 abril 2011

"Ultraman" y "Señorita Cometa"... ¡gracias Japón!



Dos de mis programas preferidos de mi infancia se los debo a ese gran país que es Japón. Fue apenas hasta hace poco que tuve la suerte de encontrar en YouTube un par de capítulos de estas series. No tienen idea que feliz me hizo esto, así que vamos a recordarlas juntos.



El primero programa que quiero recordar con ustedes es “Ultraman”. Esta serie fue un clásico por ahí de los años 70’s, aunque su primera aparición en Japón ocurrió en los 60’s. Se transmitía en la Ciudad de México por Canal 5. La serie trataba de un grupo de personas que pertenecían a la Patrulla Científica y que constantemente luchaban contra monstruos que venían en su mayoría del espacio y que les encantaba hacer su “tiradero” destruyendo cuanto encontraban. Uno de esto integrantes de la Patrulla Científica de nombre Hayata, muere en un accidente al estrellar su nave por culpa de Ultraman que se venia dando un tiro con un monstruo desde el espacio. Ultraman aparece para resucitar a Hayata y, luego de hacerlo, lo invita a que combatir juntos al mal. Ultraman y Hayata se vuelven uno mismo, así que cuando Hayata necesitaba transformarse en Ultraman, lo hacia usando una cápsula llamada “Cápsula Beta” que el mismo Ultraman le entrega.


Ultraman era retebueno para los moquetes, se la rifaba con bonitos karatazos y patadas voladoras. Además tenía la capacidad de lanzar rayos que salían de sus manos o de sus brazos al ponerlos en forma de cruz. Ultraman y los monstruos contra los que peleaba eran gigantes, enormes pues, así que cuando comenzaban los trancazos había que correr para no morir accidentalmente aplastados. Ultraman tenía algo parecido a un foquito sobre el pecho que era su “indicador de energía”. Cuando dicho indicador se peonía rojo y comenzaba a hacer un ruidito (tipo celular con la batería baja), más valía que Ultraman saliera por piernas antes de que se quedara sin energía y lo abarataran gacho. La manera como Ultraman se volvía a cargar de energía, era volando hacia el cielo.


Ultraman lanzando usando sus poderosos rayos.

La original Patrulla Cintifica.


La serie contaba con verdaderos desplantes de efectos especiales, únicos para su época. Claro, ahora que volví a ver algunos capítulos de Ultraman, la verdad es que se parecen mucho a los monstruos que correteaban a Chabelo y Pepito o contra los que luchaba el mismísimo Santo, el Enmascarado de Plata.

Comparativo de los dos Ultraman. Las diferencias eran
minimas.

Ultraman origina (1966)... de pelos!

Figura gigante de Ultraman en un parque de
diversiones japones.

Poco tiempo después de que apareció Ultraman en la televisión mexicana, llegó un primo lejano de él que se convirtió inmediatamente en mi preferido, me refiero a “Ultraseven” (Ultrasiete). El programa de Ultraseven era muy similar al de Ultraman. El agente de la policía Dan Moroboshi, cada vez que necesitaba rifársela con un monstruo labregón y gandalla, al igual que Ultraman, se transformaba en Ultraseven usando unos coquetísimos lentes (gafas). También Ultraseven le sabia a eso de karatazos y, al igual que Ultraman, lanzaba sus rayotes de colores que atarugaban a cualquier lagartija gigante mal portada. Cuando los trancazos estaban de a peso, Ultraseven se quitaba una especie de aleta que tenia en la cabeza y la arrojaba como si fuera un boomerang para derrotar finalmente a sus adversarios. En uno de los capítulos de "Ultraman" fue donde practicamente aparece por primera vez Ultraseven salvandole la vida a su cuate. Más adelante cada uno tuvo su propio programa.


Ultraseven (Ultrasiete).

Dan Moroboshi del "Escuadrón Ultra".

La transformación de Dan Moroboshi en Ultraseven.


Ultraseven y sus poderosos rayos.


De chavo a mi hermano y a mi nos gustaba jugar a Ultraman y Ultraseven, yo siempre escogía el segundo. Llegaron a haber batallas épicas sobre la cama de mis padres entre mi hermano y yo, hasta que un día, el pobre de Ultraman (mi hermano) salió despedido y se fue a estrellar contra un chifonier (una cómoda vieja pues) rompiéndose casi toda la maraca. Recuerdo que Ultraseven (o sea yo) no se la acabó con su mamá, por lo que hubo que renuncia definitivamente a nuestros poderes. Yo creo que lo mismo pasó en la casa de varios niños hiperactivos (o sea cabrones) como nosotros, porque de pronto un día, sin previo aviso como siempre ocurre en estos casos, suspendieron la serie y jamás la volvieron a programar. Recuerdo que todos mis amigos y yo llamábamos casi diario a Tío Gamboín o a Rogelio Moreno para pedir el regreso de las series, pero ellos siempre salían con su cantaleta de: “pasaremos sus deseos a la gerencia”. La trinche “gerencia” de Canal 5 siempre se hizo wuey y jamás volvió a pasar a Ultraman o Ultraseven. Creo que muchos años después algunos programas fueron retransmitidos por TvAzteca, aunque la verdad no sé si fueron los originales.


Ultraman y Ultraseven ¡juntos!


Esta foto es única. Aquí están los dos Ultraman y
Ultraseven juntos... ¡de colección!


* En este capitulo aparecen Ultraman y Ultraseven juntos!!!






El segundo programa a recordar en esta ocasión se trata de “Señorita Cometa”. Con tan solo 79 capítulos de media hora cada uno, este programa se convirtió en un de los clásicos de principios de los años 70’s. La serie se produjo en 1967 y 1968, pero llegó a México algunos años después. La serie, para los que no la conocieron, trataba de una princesa de la estrella Beta (hiperbizcocho), que por ser indisciplinada y algo “rejega” es exiliada a nuestro planeta. El Profesor (o El Mago como también se le conocía), es quien decide aplicarle este castigo y es quien se va a encargar constantemente de estarle aplicando sus correctivos. La actriz que interpretaba a la Señorita Cometa era Yumiko Kokonoe, una bebota de muy buen chamorrín de apenas 21 añitos. Muchos años después, cuando Ponchito (Andrés Bustamante) logró encontrarla y entrevistarla, nos enteramos que también era una cantante muy conocida en Japón. Cuando cometa llega a la Tierra consigue chamba de “chacha” (sirvienta, domestica, gata pues) en la casa de una tradicional familia japonesa, la familia Kawagoe. La familia estaba conformada por el papá, la mamá y dos niños bastante traviesos. Los niños eran los famosos Takeshi (Tadayoshi Kura) y Koji (Akito Kawashima), quienes se encargaban constantemente de darle problemas a Cometa y era alrededor de quienes giraban la mayoría de los capítulos.

Parte de la entrada del programa.

En Señorita Cometa podíamos ver diferentes tipos de efectos especiales, desde las apariciones y desapariciones de objetos provocadas por la varita mágica de cometa (efecto basado en simple edición), hasta la aparición del Profesor en una mezcla de dibujo animado interactuando con actores reales. También para el gran personaje de Chibigón (Beta era su nombre original), se usaba una técnica diferente, algo que se conoce como “stop motion”.

Cometa y su varita mágica.

Chibigón (muñeco que usaba la técnica de "stop motion").

El Profesor (caricatura que interactuaba con personas).

El programa era sumamente divertido. El dragoncito Chibigón era la buena onda. Siempre estaba molestando para que Cometa le regalara un poco de leche, misma que tomaba en su minimamila (biberón). Chibigón era bastante travieso pero también sumamente tierno. Si mal no recuerdo, Cometa hacía que apareciera Chibigón luego de decir las palabras mágicas: “Chi Chio Pa Pa” (o algo parecido). El personaje del Profesor aparecía al final de cada capitulo y era quien evaluaba el comportamiento de Cometa pintándole un tache (mal) o un circulo (bien) en la cara, aunque a veces también llegó a utilizar otro tipo de símbolos o números. Otro personaje que aparecía en algunos capítulos, era una niña muy pedante y chocantita que vivía junto a la casa de Cometa, esta niña se llamaba Midori.






Uno de mis capítulos preferidos era aquel en el que los juguetes de Takeshi y Koji cobraban vida al más puro estilo de Toy Story. En ese capitulo se armaban los trancazos y el par de niño gandules tenían que enfrentarse a ellos. Por otro lado, uno de los capitulos que mas recuerdo por el terror que me causaba verlo, era el de “La Bruja del Bosque”. Este capitulo era, ahora que lo veo a la distancia, una mezcla de entre “El Aro” y “La Bruja de Blair”. Recuerdo que salia una niña (bien creepy) botando una pelota sobre la carretera. Esta niña hacía que la pelota se fuera al bosque para que las personas fueran por ella y luego desaparecieran. Recuerdo perfectamente la cancionciata que cantaba la niña mientras botaba la pelota, decia algo asi como: “a botar sin descansar, vas y vienes a mi manos…”. Por su puesto que cuando entraban al bosque aparecia la horrible bruja y yo corria a apagar la televisión.




Gracias a Señorita Cometa todos tuvimos algún amigo al cual le apodamos el “Tekeshi” o el “Chibigón”... ¿a poco no? Desgraciadamente un día finalmente la serie terminó y dejaron de pasarla por Canal 5. Al igual que con “Ultraman”, hubo muchas peticiones para que repitieran la serie pero esto nunca ocurrió. Ahora gracias al internet o a la venta en DVD de la serie, podemos volver a recordar a Comenta junto con sus atractivas y diminutas minifaldas.


Cometa, que bonitos recuerdos... gracias.


* Todo un capitulo restaurado de "Señorita Cometa" listo para recordar.





Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!

* Este post esta dedicado al pueblo Japonés que en estos días ha estado pasando por momentos muy difíciles luego del terremoto y demás tragedias que los han azotado. Un abrazo con todo cariño a toda la comunidad japonesa de México y al pueblo Japonés en general.