26 enero 2011

El Castillo de la Pureza



La tecnología nos ha hecho la vida más cómoda... ¡Madres que! No saben que piocha vivía yo antes de que la trinche tecnología invadiera mi vida y la volviera tan complicada.

Por ejemplo, una de las cosas que más odio, uno de los inventos más nefastos que llegó a mi vida para quedarse, es el maldito teléfono celular. Que tiempos aquellos en que nadie lo molestaba a uno mientras comía, o incluso, mientras descomía (WC). Uno podía estar en un restaurante tranquilamente comiendo sin que sonara el maldito aparato, bastaba con reportarse una vez a la oficina y ya: “¿Mary?... ¿Qué ha habido, alguna novedad?... bueno, al rato voy para allá”. Hoy en cambio, el maldito celular lo interrumpe a uno hasta en el bonito y romántico acto del apareamiento. Además, como evolucionó el maldito celular, ahora resulta que son aparatos “inteligentes”, así que yo creo que por eso son más precisos para la interrupción, parece que esperaran el peor momento para sonar. Nadie disfruta ya los conciertos de música por estar mandando mensajitos a la red, nadie disfruta ya nada que no sea, el apretarle las trinches teclas (los que aun traen) a sus celulares. ¡Los odio!

El trinche horno de microondas vino a darle a mi vida, un delicioso sazón a células cancerigenas. Que padre era cuando le calentaban a uno la comida en la lumbre, o mejor aun, las tortillas en el comal. Ahora todo va directo al horno, del tupperware al microwave. Esa bonita frase que encerraba mucho amor y cariño: “amor ¿quieres que ya te caliente la comida?”, ahora se transformó en: “ahí está la comida en el refri, caliéntatela en el horno”. Definitivamente, ¡qué pinches modos son esos! Bueno, hasta el maíz palomero que usábamos antes para hacer nuestras deliciosas palomitas en casa, ahora desapareció de las alacenas y en su lugar hay,  paquetes de ACT II con mantequilla light. ¡Qué asco!

Antes para ver algún video o escuchar música, uno no tenía que ser un experto en formatos y codecs, con que uno entendiera la diferencia entre VHS y Beta, o entre 33 rpm o 45 rpm, era suficiente. Hoy, uno necesita forzosamente ser un experto en computación y manejar lo que es: AVI, MPEG, MOV, FLV, 3GP, WMV, MP3, MP4, WAV, etc. o de lo contrario, está perdido.

El arte de escuchar música era todo un rito. Desde sacar de su empaque y de su funda de plástico el disco de vinil teniendo mucho cuidando que no se fuera a rayar, quitarle delicadamente el polvo con un cojincito especial como de terciopelo que vendían en cualquier tienda de discos, limpiarlo con una pequeña franelita y un spray que olía delicioso en el caso de que ya estuviera muy sucio, hasta finalmente colocarlo con mucho cuidado sobre el “tocadiscos” o tornamesa (como se les conoció después). Cuando uno de estos discos había participado ya en grandes eventos multitudinarios (bodas, XV años, posadas, etc.) o por el constante uso había sufrido daños casi irreparables (ejemplo: el clásico disco de Pedro Infante con “Las Mañanitas”), la solución era colocar una moneda sobre la aguja del tocadiscos para evitar que esta saltara en las “rayaduras”. Generalmente un “quinto” (moneda de 5 centavos) era suficiente para tal efecto. Normalmente un disco de 33 rpm tenia cinco canciones por lado, pero lo maravilloso es que había tocadiscos que contaban con un mecanismo que nos permitía poner varios discos, uno sobre otro, y automáticamente estos iban cayendo a medida que terminaba de escucharse cada disco. Este sistema, casi estilo “rockola”, nos permitía desentendernos un rato del tocadiscos y disfrutar de la música a todo lo que daba. Podrán decir que los formatos digitales de ahora se escuchan con mayor fidelidad, ¡a mí me vale!, yo prefiero mis discos de 33 rpm con todo y su característico “ruidito”.

La televisión también era más fácil antes. Con la aparición del control remoto, también llegó uno de los deportes preferidos de nosotros los hombres… ¡el zapping! Me refiero a esa bonita costumbre que tenemos de estarle cambiando los canales a la televisión en todo momento, claro, siempre esperando no perdernos algo mejor de lo que ya estamos viendo. Cierto es, que de esta manera, estúpidamente terminamos perdiéndonos todo, ya que no vemos ni una cosa ni otra, sin embargo, esto nos encanta. Pues bien, esta recurrente y apasionante actividad del zapping, no nos llevaba más de 20 segundos realizarla, ya que darle la vuelta a la programación era muy fácil y rápido. Por aquellos años habían en la televisión muy pocos canales, eran el 2, 4, 5, 8, 11 y 13; posteriormente el 8 cambio al 9 y apareció uno más, el 7. Hoy en cambio, intentar darle la vuelta a la programación, sería prácticamente un acto suicida, ya que con la televisión de paga (CABLEVISION, SKY, MASTV, etc.) son como chingomil canales los que hay, lo que nos llevaría toda la tarde-noche hacerlo. Yo que soy un estúpido lo sigo haciendo, y cuando finalmente me decido por un programa y regreso para verlo, normalmente este ya terminó. Por eso digo que es estúpido hacerlo en estos días en que la televisión de paga nos ofrece tantas opciones, sin embargo, yo lo voy a seguir haciendo... ¡y qué!

La computadora y el Internet también trajeron algo que odio… los e-mail. Estos dichosos “correos electrónicos” le quitaron todo el romanticismo, a la siempre querida y añorada actividad epistolar. Recibir una carta antes, era sumamente intimo, personal, ¡único! La emoción comenzaba cuando escuchábamos el silbato del cartero, entonces corríamos a ver si aparecía en el buzón la carta de algún ser amado. Hoy en cambio, cuando escuchamos al cartero, igual corremos, solo que en sentido contrario, alejándonos lo más pronto posible del correo, ya que lo único que aparece en estos tiempos en el buzón de la casa, son las "cuentas" de las tarjetas de crédito, de la luz, del teléfono, del gas, etc. Una carta al viejo estilo, nos permitía admirar la letra de la “damita” que nos escribía, ver como coquetamente cambiaba los puntos de las “ies” por bonitos corazones rojos, como adornaba el borde de la carta con flores dibujadas con distintos colores, y en algunos casos, nos permitía incluso, poder sentirla a nuestro lado al oler el perfume que ella comúnmente usaba. Hoy la trinche pantalla de la computadora nos ha quitado ese gusto, nos ha vuelto impersonal y frío el acto de recibir correo. Pobres de aquellos que incluso coleccionaban los timbres (sellos postales) que venían acompañando los sobres de las cartas, hoy, como dicen los ingleses… ¡se la pelan!

Incluso algo tan trivial pero necesario como es la bonita pornografía, cambió. Antes, mi tan útil y socorrido material pornográfico, se encontraba “cuidadosamente” escondido bajo el colchón de mi cama; hoy en cambio, tengo que hacer uso de un burdo y vulgar password para ocultarlo en mi computadora… ¡me doy asco!  

En fin, me gustaría volver a vivir en mi casa de antes. Quizás no sea mala idea el comenzar a deshacerme de tanta modernidad que ha venido a complicarme la vida. Me gustaría hacer de mi casa, algo parecido a un remanso de paz, ajeno a todo lo nuevo, a la modernidad, a la impertinente tecnología, me gustaría hacer de mi casa algo parecido a… ¡El Castillo de la Pureza!


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!

05 enero 2011

Queridos Reyes Magos...




Esto de los Reyes Magos es… mmm ¿cómo se dice?, ah sí, ¡una chingonería! Y es que la verdad no sé que me hizo más feliz, si recibir regalos de los Reyes Magos o ver la cara de mi hija cuando recibía sus regalos de los Reyes Magos.

Cuando yo era un crío, Santa Claus todavía no pintaba tanto, los que la rifaban por aquellos años, eran los Reyes Magos. El viejo obeso solo servia, en mi caso, para proporcionarme calzado nuevo y cuando mucho, una bolsa de dulces. Ah, pero que diferencia con los tres Reyes Magos, esos si se discutían con bonitos juguetes de moda.

La inocencia de los niños de aquellos años, alimentada con la bonita creatividad de los adultos, hacían de ese día, un día lleno de magia. Éramos tan fáciles de “sugestionar”, que clarito veíamos en el cielo, como ese trío de estrellas cada vez se aproximaban más y más a la Tierra a medida que se acercaba el día de Reyes.

Recuerdo que los más grandes de la “palomilla” (Palomilla.- sinónimo de “banda”, o sea, grupo de gandules), se encargaban de alimentar la inocencia de los más pequeños. En una ocasión, un grupo de ellos, de los más grandes de la cuadra, se fueron en la noche a un jardín que había por nuestras casas, y en la tierra, dibujaron las huellas del elefante, el caballo y el camello de los Reyes Magos. Ya se imaginarán la emoción que sentimos los más pequeños, cuando al otro día, se corrió el rumor de que se habían encontrado las huellas de los animales de los Reyes Magos en el jardín. Cuando las vimos, ¡nomás no lo podíamos creer!

La emoción comenzaba desde la noche previa, cuando preparábamos nuestras cartas. Mi hermano y yo teníamos derecho a pedir tres regalos, uno por cada Rey Mago. Los más socorridos eran: las Avalanchas, los Aventureros u Hombres de Acción, el Kid Acero, los Triciclos Apache o las Bicicletas Vagabundo (para los más grandes), los patines de baleros, el Castillo Exin, las Autopistas Scalextric, el Madelman, el Sargento Stone, el Chuta Gol, el Juego de Química marca Mi Alegría, en fin, había muchos. No importaba que no fueran marca Plastimarx o Lili Ledy, si llegaba un bacón de americano o carro de bomberos de plástico, igual nos hacía feliz.  

Antes se acostumbraba poner la carta en los zapatos, mismos que nos ponían a bolear perfectamente una noche antes. Hoy la mayoría usa “el globo” para hacerles llegar la cartita a los Reyes Magos, o incluso, el Servicio de Correos pone un buzón especial para depositar ahí las cartas. Muchas cosas han cambiado, el modo de hacerles llegar las cartas es diferente, los juguetes ahora son sustituidos por celulares, computadoras, iPods, etc. Pero lo que es igual, lo que nunca cambiará, es la cara de los niños por la mañana, cuando descubren que la magia si existe, que la magia de los Reyes Magos, volvió a hacer de las suyas. 

Por ahora los dejo porque me tengo que ir a dormir temprano o sino no va van a traer nada los Reyes Magos… ¡Suerte a todos!


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!