18 noviembre 2010

El Ángel

Y que nos agarran las prisas y por eso no se terminó a tiempo ningún monumento para el Bicentenario de la Independencia. El flamante “menumento” llamado La Estela que se iba a inaugurar en paseo de la Reforma, pues con la pena, nomás no estuvo listo para los festejos del Bicentenario. Lo mismo pasó con la remodelación del Palacio de la Bellas Artes y con el Parque Bicentenario (antigua refinería 18 de Marzo).

La informalidad y la impuntualidad es parte de la esencia de los mexicanos. Eso dicen, yo no lo creo. Solo es cuestión de aplicarnos y, entonces si, seguro que terminamos las cosas en tiempo y forma. El problema ahora, es que nos hemos vuelto tan apáticos y valemadristas, que lo mismo nos da quedar bien o mal con los demás. Antes no era así, si no me creen, déjenme les cuento.

Había una vez un bigotón de nombre José de la Cruz Porfirio Díaz Mori, mismo que algún día fue acusado de ser un temible dictador. Sin embargo, a este ilustre e íntimo amigo de Don Susanito Peñafiel y Somellera, le debemos una gran cantidad de infraestructura y mejoras en nuestro país.

Don Porfirio Díaz, para muchos un dictador, para otros, simbolo de
progreso, para mí... las dos cosas.

Don Porfirio con su hija.

Una de las obras que realizó el buen Don Porfirio y que hasta la feche seguimos admirando, es el Monumento a la Independencia, también conocido como Columna de la independencia o simplemente “El Ángel”. Este monumento fue planeado para conmemorar el Centenario de la Independencia de México.

Este monumento que alberga en lo alto de la columna a una “Victoria Alada” (no precisamente un ángel), fue planeado con el tiempo necesario para poder ser inaugurado por el mismo Porfirio Díaz durante los festejos del Centenario. Así, la primera piedra se colocó el 2 de enero de 1902, o sea, ¡ocho años antes del Centenario! De esta manera, se tuvo el tiempo necesario para poder sortear cualquier inconveniente que se presentara durante su construcción. Por eso, en mayo de 1906, luego de descubrir que la cimentación del monumento estaba mal planificada, se decidió demoler lo ya construido sin que esto pusiera en peligro la entrega a tiempo de dicho monumento.

El Presidente Porfirio Díaz llegando a la ceremonia para poner la
primera piedra del Monumento a la Independencia.

Don Porfirio pone la primera piedra.

Periódico de la época que habla de los avances de la obra.

La obra se reinició el 13 de junio de 1907, dejando en esta ocasión, el cuidado del aspecto artístico de la obra al Arq. Antonio Rivas Mercado. Para la nueva cimentación se uso un método muy novedoso en ese tiempo que consistía en pilotes de concreto, que a diferencia de los de madera que se usaban en ese entonces, se podían enterrar a mayor profundidad logrando una mejor cimentación.

Inauguración del Monumento a la Independencia.

Invitados contemplan el Ángel el día de la inauguración.

Desfile por Paseo de la Reforma. Al fondo, la Columna de la
Independencia.

Panorámica de la Columna de la Independencia.

Columna de la Independencia y sobre el Paseo de la
Reforma en los años 40's.

La obra estuvo a tiempo como lo quería, o mejor dicho, como lo ordenó el General Díaz. De esta manera, el 16 de septiembre de 1910, el presidente Porfirio Díaz llevaba a cabo la inauguración de uno de los monumentos iconos de la Ciudad de México. Como dato curioso, déjenme les cuento que el chistecito costo la friolera de 2 millones 150 mil pesotes, dinero por cierto… ¡muy bien invertido!

Estela de la Independencia, el proyecto que no estuvo a tiempo para
el festejo del Bicentenario.

Será una estela de luz... bueno, si es que la terminan.

Más del proyecto inconcluso de Reforma.

Quizás a nuestro flamante presidente Calderón le faltó lo que le sobraba a Don Porfirio (léase un par de súper tompiates) para haber presionado a las compañías encargadas de realizar los proyectos para el Bicentenario. Seguramente si lo hubiera hecho, todos esos proyectos hubieran estado en tiempo y forma como en el caso de aquellos de Centenario de la Independencia. En fin, esos eran otros tiempos, los tiempos de mi general, los tiempos de Don Porfirio, los tiempos del México de mis recuerdos… del México que se nos fue.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero si más chidos!

06 noviembre 2010

Da ya think I'm sexy?

Era una tarde cualquiera de principios de octubre de 1981, cuando en una casa del sur de la Ciudad de México, se escuchaba la siguiente plática:

- Maaa, ¿me dejas ir a un concierto con mis primos? –
- ¿Cuál concierto? ¿De qué me hablas? –
- Es un concierto de rock, va a ser en Puebla, ¡ándale! Van a ir mis primos y todos los de la cuadra –
- Estás loco si crees que te voy a dejar ir hasta Puebla y menos a un concierto de rock –
- Por lo que más quieras mamá, es mi grupo preferido –
- ¿Quiénes son? -
- Es un grupo que se llama Queen –
- Pues no vas. Es muy peligroso y tú estas muy chico –
- Ándale, van a ir mis primos y ellos me van a cuidar –
- Ya dije que no… y no es no –


Así de tajante terminó esa plática aquella tarde y, junto con ella, las esperanzas de este su servidor de ir a su primer concierto de rock. Y no se trataba de cualquier concierto de rock, era EL CONCIERTO DE ROCK, nada más y nada menos, que mi grupo preferido de entonces y de ahora, el sensacional grupo… ¡Queen!.

Mi consuelo fue que la mamá de mis primos se portó igual de mugre que la mía y tampoco los dejó ir. La verdad es que ellos también eran muy chicos en ese tiempo y su mamá prefirió, al igual que la mía, el temporal odio adolescente de sus vástagos.

Así, el día 17 de octubre de 1981, mi “Dios Musical” Freddie Mercury salía al escenario instalado en el Estadio Olímpico de Béisbol “Ignacio Zaragoza” en Puebla, a dar uno de sus conciertos más memorables. Los labregones de la cuadra, que no necesitaron de los permisos de sus mamás, si fueron a este súper concierto y nos contaron al resto de niños regañados que no pudimos ir, que aquello había estado sencillamente increíble.


Freddie Mercury recibe un recuerdo por su visita a México.

Estadio Olímpico de Béisbol “Ignacio Zaragoza” en Puebla antes
de el concierto.





Lo cierto es que las “mamases” siempre tienen la razón, yo creo que su sexto sentido las hace poder ver el futuro, cosa que les encanta usar solo para restregárnoslo en la cara. Resulta que las cosas se pusieron bastante rudas en el concierto. Nos contaba uno de nuestros afortunados amigos que asistió al concierto, que en un momento dado, toda la banda comenzó a lanzarles objetos a Freddie, Brian, John y Roger, objetos tales como ¡monedas! Sí, monedas que lanzadas a cierta velocidad se convierten en verdaderos proyectiles que pueden causar serios daños.

Por su puesto que este comportamiento “de pelados” de aquellos que asistieron al concierto, tuvo sus consecuencias. Durante muchos años se prohibieron este tipo de conciertos de rock en nuestro país, por lo que hubo que conformarse tristemente, con nuestro escaso talento nacional. Hasta que un día…

Era una tarde cualquiera de principios de marzo de 1989, cuando en una casa del sur de la Ciudad de México (la misma de ocho años atrás), se escuchaba la siguiente plática:

- Said, ¿ya le hablaste a tu primo a ver que quería? –
- Ya jefa, le acabo de hablar –
- Y ¿qué quería? –
- ¡No manches! ¿Qué crees? –
- ¿Qué? –
- Pues me dijo que Olga ya había conseguido los boletos –
- Ah ¡que padre! –
- Si ma, ahora necesito que me des dinero porque mañana los tiene que pagar –
- ¿Cuánto cuestan? –
- Son de… 65,000 pesos –
- ¡Cuánto!
- Es que son de nivel cancha, por eso valen 65,000 pesos –
- Ay Said, ves que ahorita no tenemos –
- ¡Nada que!… no me vayas a hacer como hace ocho años que me quedé sin ir a ver a Queen –
- Está bien, dile que pase en la noche por el dinero… -


En ese momento, Said fue el hombre más feliz del mundo. Ya habían pasado casi ocho años de aquella vez en que mi Sacrosanta no me dejó ir al concierto de Queen en Puebla y yo todavía no lo podía superar, pero luego de esta noticia, regresó a mí la alegría y mi madre recuperó su titulo honorario y vitalicio de, ¡mi “sponsor” oficial!

En la noche pasó mi primo por los 65,000 morlacos y quedó de traerme el boleto en cuanto lo tuviera. Cosa que a mí me pareció ¡más que excelente!

No tuve que esperar mucho, a la noche siguiente, me estaba entregando en mano, un boleto verde en el cual venía impreso el nombre de otro de mis ídolos musicales, me refiero por su puesto a, Roderick David Stewart, mejor conocido como ¡Rod Stewart!

Boleto original del concierto de Rod Stewart
en Queretaro, México.

 Gracias a que la esposa de mi primo conocía a “alguien” que trabajaba en la Pepsi (uno de los patrocinadores oficiales), pudimos conseguir los boletos que estaban muy solicitados y cotizados.

Para los que no lo saben, los culpables de que los conciertos de rock de talla internacional regresaran a México, fueron los dos juniors más picudos de Televisa: el niño Emilio Azcárraga Jean (hijo del Tigre) y el niño Miguel Alemán Magnani (hijo de Miguel Alemán Velasco). Gracias principalmente a ellos dos, Rod Stewart  fue contratado para dar un par de conciertos en el estadio Corregidora de la ciudad de Querétaro, que con el tiempo terminaron por convertirse, en la punta de lanza de muchos otros conciertos internacionales de rock en nuestro pais.

La fecha del concierto era el 9 de abril de 1989. Los días previos al concierto fueron muy intensos y emocionantes para mí. La estación WFM, una de las más populares por aquellos años, tocaba todo el día la música de Rod promocionando el concierto. Las rolas que sonaban todo el día en la radio, eran: “Lost in you” y “Forever Young”, de su recientemente lanzado álbum Out of Order.


A medida que se acercaba la fecha del concierto, la cosa se calentaba. Había compañeros de la universidad que me querían comprar el boleto ¡en tres veces su valor! Por su puesto que primero vendía mi celosamente guardada virginidad, antes que vender mi preciado boleto de cancha. Incluso mi novia estuvo a punto de terminar conmigo porque no le había comprado un boleto a ella, cosa que a mí con todo y lo que la quería, pues en ese momento realmente me daba igual.

Finalmente llegó el día. Mi primo mayor (cinco años más grande que yo), fue quien se hizo responsable de mi persona y se comprometió con mi Sacrosanta a regresarme sano y salvo. Claro que yo ya estaba lo suficientemente labregón como para cuidarme por mi mismo, pero ya saben que las mamás son harto exageradas y contal de dejarla tranquila, pues tuvimos que chutarnos todo el numerito de los permisos y las advertencias correspondientes.

En ese tiempo yo ya tenía mi “Minideseo”, un hermoso y flamante vochito azul, pero no lo llevé al concierto, me fui en el carro de mi primo, de nuevo para dejar tranquila a mi madre.

A las 7 en punto de la mañana pasó mi primo por mí y junto con un par de amigos más, salimos con rumbo a Querétaro. Hicimos aproximadamente tres horas de camino, desde la casa hasta el estadio Corregidora. En ese entonces, no sé ahora, el estadio estaba en una loma donde no había nada. Nosotros previniendo una fácil retirada al terminar el concierto, dejamos el coche del otro lado de una gran avenida en una colonia residencial y luego caminamos hasta el estadio. La intención era llegar lo más temprano posible al estadio, porque como nuestros boletos eran de nivel cancha, no estaban numerados.

Al llegar a las afueras del estadio, serían como las 10 y media de la mañana, nos encontramos ya con una larga fila de personas. Mientras caminábamos buscando el final de la fila, nos encontramos con unos amigos “dañados” que se habían ido a quedar toda la noche anterior, para lograr un buen lugar. Eran el “Tepo”, el “Chompi” y el “Gordo”, los mismos que ocho años atrás, había sido los únicos de la cuadra en haber ido al concierto de Queen en Puebla. Estos pachequines amigos tenían mucha experiencia en este tipo de eventos que requieren de una resistencia muy superior a la común, resistencia que solo te da, el haber sido curtido durante varios años en alcohol y en algún estupefaciente fumable. Estos dignos y estoicos sobrevivientes de Avándaro, se mostraron sumamente generosos con nosotros y nos permitieron que de manera discreta nos coláramos en la fila.

Una vez ya instalados en una posición privilegiada dentro de la fila de acceso a cancha, lo único que nos quedó, fue esperar a que abrieran las puertas y comenzaran a dejar entrar a toda la banda (en su gran mayoría chilanga) al estadio. El concierto estaba programado para las 7 de la noche, así que había que ser muy pacientes.

Por ahí de la una de la tarde, el sol ya caía a plomo sobre el llano donde se encontraba el estadio Corregidora. No había ni una trinche sombra para protegernos del sol. Poco a poco comenzamos a sudar como gordas borrachas y la sed empezó a hacer estragos en nuestros acalorados cuerpecillos. A lo lejos, como a un kilómetro de distancia, se veía una gasolinera, lo que representaba la posibilidad de encontrar ahí alguna bebida rehidratante que pudiera calmar nuestra sed. Sin embargo, a esas alturas del día, la banda ya se comenzaba a poner muy loca y nadie quería salirse de la fila por temor a que no lo volvieran a dejar entrar. 

Para las cuatro de la tarde, la mayoría ya estábamos a punto de desmayarnos de sed y muchos comenzaban a tener alucinaciones. De pronto nuestro buen amigo el “Tepo” dijo: – ya vieron, ahí donde están esas edecanes están vendiendo cocas -. Todos pensamos que ya lo habíamos perdido, creímos por un instante, que el “exceso de excesos”, finalmente habían mermado su buen juicio y su cuasi cordura. Decidimos ignorarlo y no crear falsas expectativas, hasta que mi primo, que por lo menos hasta esa fecha no era amante de quemarle las patas al diablo, dijo en voz alta tirando casi a grito pelado: - ¡si cierto, ahí están vendiendo refrescos! -. Entonces sí, todos nos pusimos de pie y vimos a escasos 100 metros, un enorme camión de la Pepsi Cola, con unas bellas edecanes vendiendo refrescos. En unos cuantos segundos, todas las finísimas personas que nos encontrábamos ahí congregados, salimos en friega con rumbo a ese oasis refresquero, con la esperanza de conseguir un chescote. Las damitas edecanes al ver la estampida de pelados en dirección al camión, decidieron huir junto con el chofer y sus ayudantes encargados de vender “el preciado liquido”. En menos de dos minutos, el camión quedó completamente saqueado sin resto alguno de bebida de cola. Nosotros alcanzamos a chingarnos, perdón, a sustraer, una caja de refrescos que repartimos cual ayuda humanitaria entre aquellos que se habían quedado a cuidar nuestro lugar en la fila. No les diré que eso nos quito la sed, pero si nos aliviano mucho.

Finalmente los organizadores del concierto comenzaron a dejar entrar al respetable al estadio y la fila comenzó a moverse lentamente… ¡muuuy lentamente! La seguridad era exagerada. Había granaderos y policía montada en las afueras previniendo algún “portazo”. El acceso a la cancha era muy lento, porque revisaban minuciosamente a cada persona que iba ingresando, en busca de droga o algún objeto peligroso. Además, el estadio tiene o tenía en ese tiempo, una especie de foso que separaba el pasto de las gradas y que había que saltar para poder llegar a la cancha. Para ello, los organizadores pusieron un puente improvisado que solo permitía el acceso de una persona a la vez, cuando mucho dos. Por todo ello, la gente al ver que no avanzaba la fila, comenzó a desesperarse. El tiempo pasaba y la mayoría de la gente aun estaba afuera del estadio.

Luego de mucho esperar (en una tensa calma), finalmente nos encontrábamos a escasos diez metros de entrar, cuando de pronto, una guitarra eléctrica se escuchó dentro del estadio. En ese momento, los corazones de todos comenzaron a latir aceleradamente y sucedió lo que temía. La banda que se encontraba aun afuera del estadio, al escuchar la música, corrió a los accesos buscando entrar cuanto antes y, lo que en un principio era una fila relativamente ordenada, se convirtió de pronto en una estampida humana. Así que buscando salvar el pellejo, corrimos y pasamos sobre los policías que hacían la revisión a la entrada, mismos que se hicieron a un lado, ante la impotencia de poder detener al peladaje enardecido. Nosotros como pudimos llegamos a la cancha, apenas segundos antes, de que una bola de cristianos quedaran aplastadotes en la entrada cual chichis de Sabrina en brassiere copa “A”.


Terminando el escenario en el Estadio Corregidora.

La gente comenzando a entrar al estadio. Al fondo el escenario
con la mujer recostada.

Una fan con su manta estilo "Siempre en Domingo".

Las personas entraban de forma ordenada al principio.

El peladaje queriendo dar portazo.

Un granadero montado a caballo queriendo poner orden. El
caballo resultó herido con un objeto punzocortante.

Rod Stewart llegando al estadio Corregidora (saco amarillo).

Fue tanto el susto que me llevé en ese momento, que prácticamente no recuerdo bien lo que pasó, no sé si el guitarrazo que se escuchó fue parte del sound check de Rod Stewart, o fue algún grupo telonero que le abría el concierto a Rod. Pero bueno, ahí estabamos ya, en el pasto del estadio Corregidora de Queretaro a escasos minutos de que diera comienzo el concierto de mi idolo.

Recuerdo que el escenario era imponente. Era una mujer recostada con un par de piernas “calientes” a todo lo largo, obvio, en clara alusión a una de las rolas de Rod Stewart… la famosa “Hot legs”. Nosotros por seguridad y por recomendación de nuestros expertos asesores roqueros, decidimos no acercarnos tanto al escenario para evitar morir aplastados. El tiempo pasaba lentamente y el estadio comenzaba a llenarse, al parecer ya con más calma y orden.

Finalmente mi corazón se detuvo por un instante en el momento en que se apagaron todas las luces del estadio. Al poco tiempo, comenzó a escucharse “The stripper” a un nivel de volumen bajo, así por unos segundos, hasta que vino una explosión de luces, para que entonces sí a todo volumen se escuchara “Hot legs”, al tiempo que saltaba al escenario, un escocés rubio de nombre Rod Stewart, el cual hizo que aquella noche se convirtiera ¡en una de las mejores de mi vida!

Del concierto en si no pienso hablarles, simplemente porque no podría describir lo que viví, lo que sentí, luego de que finalmente y después de tanta espera, me encontraba frente a uno de mis cantantes de rock preferidos. Toda la espera y todo el cansancio, sin lugar a dudas, valieron la pena. ¡Así se tienen que vivir los conciertos de rock!

Hoy es muy fácil acudir a un concierto de rock: se pueden comprar los boletos por teléfono o por Internet, basta llegar una hora antes para encontrar el lugar que a uno le corresponde, la seguridad dentro y fuera de los conciertos es excelente,  y lo mejor de todo, es que prácticamente todos los artistas tocan nuestro país en sus giras. Quizás por eso, las personas jóvenes que lean esto, no entenderán la emoción que yo y todos los que asistimos al concierto de Rod, sentimos. Fue el primer gran concierto de rock que se dio en México luego de muchos años de espera, luego de que ocho años atrás, los mexicanos maltrataran al sensacional grupo Queen en Puebla. El concierto de Rod Stewart en Querétaro abrió la puerta a muchos más, ya que las cosas salieron relativamente bien y sin ningún percance importante. Con el tiempo, la experiencia hizo que los conciertos llegaran a ser lo que son hoy, sumamente cómodos y seguros. Así que todos aquellos que disfrutan hoy de los conciertos de rock en México, deben de agradecérselo en gran parte, a aquel famoso concierto de Rod Stewart en el estadio Corregidora de Querétaro.



Rod Stewart regaló balones a los que asistimos al
concierto en Querétaro.

Hoy a más de 21 años de aquel histórico concierto y luego de haber estado en muchos de los conciertos más importantes de México, puedo decir sin temor a equivocarme, que hasta la fecha, no he visto algo igual ni me he emocionado tanto, como con el aquel concierto de mi adorado Roderick David Stewart, el gran… ¡Rod Stewart!


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!



02 noviembre 2010

Halloween... ¡la manga (del muerto) que!



Y andábanos comiendo rábanos en un mercado… ¡no cierto! Andaba yo en un mercado harto famoso del DF comprando mis firulitos para la ofrenda, cuando de pronto, un niño se acerco a mí (el niño número chingomil de la noche) para pedirme calaverita. Dispuesto estaba yo a batearlo como al resto de los mocosos que ya me había colmado la paciencia, cuando me fije que este niño era especial y muy diferente a los demás.

Era un niño, ni muy muy, ni tan tan, digamos, un niño de la clase media baja tirando a jodida, como el resto de los mexicanos. Pero lo que llamó ni atención, no fue eso, obvio. Lo que llamó mi atención, es que en lugar de traer en su mano la clásica calabaza de halloween de plástico naranja, traía una caja de zapatos a la cual le había hecho con un cuchillo, ojos, nariz y boca.

Inmediatamente (o sea en chinga), vino a mí un “flashback”. Me acordé de que eso mismo hacía yo todos los días de muerto. ¡Nada de calabazas de plástico! Ni siquiera conocíamos el termino “halloween”.

Cuando los días de muertos se aproximaban, comenzábamos yo y el resto de los escuincles de la cuadra, a buscar frenéticamente alguna caja de zapatos en desuso que alguien nos quisiera regalar. Cuando voluntariamente no había un donante, teníamos que acudir a la manchadez de robarle una caja de zapatos a nuestras mamás. El siguiente paso era hacerles un con un cuchillo, un par de triángulos a manera de ojos, uno más para simular la nariz y, por último, los feroces dientotes. El toque final consistía en fijar una vela dentro de la caja, para que al encenderla por la noche, diera harto meyo. Arriba le hacíamos una ranura para que los amables y gentiles benefactores se mocharan con una moneda. Generalmente nunca dejábamos que depositaran ahí las monedas, porque caían directamente sobre la vela y la apagaban. De esta manera, nos preparabamos con nuestra caja de zapatos para ir a pedir “calaverita”… ¡nada de halloween!

Había lugares estratégicos para realizar esta bonita tarea de poner cara de ternurita y pedir calavera. Estos lugares eran en mi caso, una panadería que estaba muy cerca de mi casa. La clave consistía, en acosar a las personas que salían de la panadería con el cambio en la mano, antes de que lo guardaran. La verdad, como aquellos tiempos uno de chavito podía ser muy vago y no corría peligro alguno andando en las calles, la mayoría de las personas nos conocían, así que con gusto aportaban su lanita. Además eran otros tiempos, la economía era más boyante que ahora, así que era más fácil que las personas se desprendieran de unos pesos para la causa.

Hoy es diferente. Los mocosos piden “halloween” con sus calabazas de plástico. Se disfrazan de madre y media (me refiero a monja y media). Y a diferencia de antes, los papás tienen que andar con sus hijos en calidad de guardaespaldas, cuidando la integridad de sus chilpayates. Antes te daban un “tostón” o un pesote para que compraras lo que se te antojara, ahora en cambio, te dan una trinche paleta “Tutsi”, o un “Pelonete” si bien te va.

En fin, el caso es que al ver a ese niño con su caja de cartón pidiendo calaverita, no pude más que aplaudir tan bonito gesto para conmigo, gesto que como ya es costumbre en mí, genero uno de mis famosos "ataques de nostalgia".

El justo premio para ese crío, fue un billete de cien pesos que causo casi el amotinamiento del resto de los niños que presenciaron ese acto de justicia. Para el resto de los niños, solo tuve la bonita atención de aconsejarles que, para la próxima, hicieran su calavera con una cajita de zapatas de mamá… ¡con la pena!


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí más chidos!