06 diciembre 2016

¿Mamá, me dejas ir a los juguetes?




¿Mamá, me dejas ir a los juguetes? Esta era la pregunta que siempre le hacía a mi madre en cuanto poníamos el pie en una aburrida tienda. En lo que ella iba a pagar la tarjeta de crédito o bien a ver ropa y zapatos, cosas hipersuperarchirequeterecontraaburridas para un crío, yo salía por piernas en busca de la juguetería para curiosear y descomponer algún juguete.

Las tiendas departamentales que más visitaba en la infancia eran Sears de Plaza Universidad o bien Sears de Insurgentes. Estas eran las tiendas en donde le “fiaban” a mis padres así que eran las que más frecuentábamos. Recuerdo en especial la juguetería del Sears de Plaza Universidad que se encontraba en el sótano y que contaba con tremenda pista de carreras Scalextric. También entrábamos a las tiendas Woolworth que en ese tiempo había varias. Tenían sus jugueterías muy dignas y te daba la impresión de que estabas en una juguetería gabacha, claro no precisamente en el Toys “R” Us. De los Woolworth de entonces recuerdo el de Insurgentes que creo aun existe, el del Centro en la calle 16 de Septiembre que ya no existe y el de Xola y Cuauhtemoc que todavía la rifa. También estaban las jugueterías de las tiendas de autoservicio que cuando se acercaba navidad crecían y se agrandaban. Las jugueterías de Aurrerá Nativitas (hoy Walmart) y de Gigante La Viga (hoy Soriana) eran las que más visitaba porque ahí era donde hacía el super mi Sacrosanta. Cuando mis papás se ponían guapos me llevaban a ver juguetes, que no a comprar juguetes, a la famosa juguetería Ara que estaba en Insurgentes Sur muy cerca de Mundo Feliz, un lugar bien piocha que recordaremos en otra ocasión.

De los juguetes que rifaban por aquellos años ya hemos recordado algunos en este espacio. A mí lo que más me llamaba la atención eran los trenes a escala, desgraciadamente eran híper caros así que los tuve hasta ya más labregoncito. Las pistas de carreras Scalextric también eran muy padres pero tampoco pude tener una hasta ya más grande cuando mejoró la situación económica. Sin embargo no me puedo quejar porque siempre sus majestades los Reyes Magos se pusieron guapos comprándome lo que mis pobretones padres no podían: que mi Avalancha, que mi bicicleta Vagabundo, que mi Espirógrafo, que mi Chutagol, que mi Espiroboll, que mi Castillo Exin, que mis Aventureros de Acción (con su agarre Kung-Fu), que mi Kid Acero y mis Madelman. Claro que entre todos mis juguetes habían dos que eran mis favoritos: el famoso helicóptero VertiBird y el coche Mighty Mike del cuál muy pocos se han de acordar.



La clásica Avalancha.

Bicicleta Vagabundo... la mía era azul.

Chutagol.

Espirobol de Plastimarx, uno de mis favoritos.

El Espirógrafo, sencillo y muy divertido aunque había que cuidar
los alfileres con los que se pegaban las hojas al cartoncito.

El Doctor Drago de Kid Acero, uno de los villanos con su
malo de platino y su tatuaje en el pecho.

Karzak de Kid Acero venía con su aguila misma a la que tiro por viaje
se le caían las alas. Colocarla en el brazo del muñeco era un logro.

Uno de mis dos juguetes favoritos, el VertiBird.

Mi otro juguete favorito, el Mighty Mike. Un simple cochecito
de pilas pero con mucho poder.

El Mighty Mike podía librar muchos obstáculos y subir puentes, incluso
podía hacer actos de balanceo en dos ruedas.


Así como se usan los frijoles pa´ llenar cuando no hay para más carne, así también habían juguetes que servían para completar los regalos de los Reyes, es decir para que no se viera tan triste el árbol o los zapatos. Los juguetes complemento o de guarnición oficiales eran: que la pelota o el balón de americano, que los changuitos que venían en un barrilito, que las canicas, que le yo-yo o el trompo marca Duncan, que el Maletín Médico Mi Alegría (yo creo que mis padres querían que fuera doctor porque cada año me llegaba uno), que los cochecitos de plástico para jugar carreterita (se rellenaban con plastilina para que pesaran más), que el disco volador Frisbee (por si te sentías perro), que la cuerda pa’ brincar (esa yo nunca la use porque era muy jotita y yo muy huevón), que el juego de boliche de plástico, que los soldaditos o luchadores de plástico con harta rebaba muy buenos para jugar a tirarlos con canicas, que la pistola de chinampinas, que el Cohete Espacial al que se le ponía un fulminante en la punta para que tronara al caer, que las pelotas de esponja para jugar en la calle “Hoyos” o “Quemados”, que el estuche de plastilina de colores (en barritas), que las raquetas de plástico con su gallito para jugar bádminton… en fin, muchos muchos juguetillos baratos que cumplían muy bien su función de completar el combo navideño.


Boliche de plástico, económico y vistoso. 

Soldaditos de juguete.

Pistolas de chinampinas, todos tuvimos una para ajusticiar cual sicarios
a nuestros amiguitos.

Cohete Espacial con fulminante.

Los fulminantes venían en rollos como de papel y uno los cortaba según
fuera necesario. 

Raquetas de plástico de badminton con sus respectivos "gallitos".


Con el tiempo mi afición por los juguetes de niños fue sustituida por mi afición a los juguetes de adultos. La pregunta “¿mamá, me dejas ir a los juguetes?” con el tiempo desapareció y nunca más se volvió a escuchar. Así de pronto mi madre dejó de irme a buscar a la juguetería y comenzó a recogerme en el departamento de electrónica, de fotografía o de vinos y licores. Fue hasta que nació mi hija cuando volví a pisar las jugueterías aunque ya no con el mismo entusiasmo con el que lo hacía de niño. Y es que eso de ir a comprar muñecas mionas, juegos de té, hornitos mágicos o chingomil quinientas Barbies, ya no era tan padre como cuando era niño.

Hace unos días llevé a mi vetusta madre a Liverpool para que comenzara, con tiempo y sin compras de pánico, a buscar sus regalos navideños. En el momento en el que ella mencionó la palabra “zapatería”, así, espontáneamente y sin pensarlo, de mi boca salieron las siguientes palabras: “¿Mamá, me dejas ir a la juguetería?”. No sé si fue un deja vu o simplemente fueron las ganas de volver a ser niño por un rato, el chiste es que lo dije (es neta).

Déjenme les cuento que cuando yo era un baby mi madre temía que me robaran en la juguetería porque yo era bien bonito, casi casi que me rentaban para niño Dios en las pastorelas, claro ya luego con el tiempo y el mal uso me eché a perder. Hoy la cosa cambió, hoy yo soy el que teme por mi ciruelita. Y es que como mi antique ya está muy entrada en años me preocupa que se me vaya a perder y vaya a terminar saliendo en Canal 5 en un Servicio Más a la Comunidad. Por eso como dos adultos que somos tuvimos que llegar a un acuerdo, yo me chutaría la monserga de verla hacer sus compras siempre y cuando al final como premio ella me acompañara a ver los juguetes.

Suéteres, pulceritas, zapatos, bolsas, mascadas, pijamas, cremas y hasta lencería, tuve que dar mi jotita opinión a todo eso. Afortunadamente mi Sacrosanta ya no tiene las fuerzas de antes y se cansa rápido sino yo hubiera muerto de aburrimiento viendo pashminas, saltitos de cama y albornoces. Pero un trato es un trato. Al terminar de ver sus “cuelgas”, como ella les dice, siendo fiel a su palabra me acompañó hasta el sótano en donde se encuentra el departamento de juguetería.

Quieras o no al ver tanto juguete junto inmediatamente te sale el escuincle nalgas miadas que todos llevamos dentro. Lo primero que llamó mi atención fue un muñeco Woody de Toy Story, idéntico al de la película, con el cordón en la espalda que al jalarlo hace hablar a Woody. Estuve a punto de comprármelo de no ser por una cosa, ¡el precio! Casi me voy de chichis cuando vi lo que costaba, y es que ya se me había olvidado lo caros que son los juguetes. No son más que pedazos de plástico y te los quieren vender como noches de placer con Melania Trump, que por cierto también está hecha de plástico.

Dejé atrás con todo el dolor de mi corazón a Woody y a su inseparable compañero Buzz Lightyear. Llegué hasta un estante en donde había cosas para nerds, cosas que por cierto yo ya tengo (les digo que son de nerd). Eran una figura a escala con sonidos reales de R2-D2 de Star Wars y algunos Cubos de Rubik’s. Frente a ellos había una pared llena de coches a escala, de esos me hubiera llevado uno de cada uno pero qué creen, también estaban harto caros. Luego llegué hasta la zona de armas. Todos los modelos y todos los tamaños de armas: que la pistolita, que el rifle, que el fusil, que la escopeta, que el cuerno de chivo, que el lanza misiles, que la bazuca, en fin, todo lo necesario para comenzar a volverte un futuro miembro de ISIS. Claro que lo que estos juguetillos disparan no es plomo, es agua, dardos de esponja, bolitas, etc., nada que haga daño al enemigo.


La sección para Nerds.

Todo tipo de armas para el sicario del futuro.

Para jugar al bonito terrorismo islámico.


En el área de Playmobil me encontré un simpático bote Guarda Costa que viene tan completo que trae una lancha de narcotraficantes para perseguir, incluso viene con un maletín lleno de dinero, muy real la cosa y ad hoc a los tiempos. Allí junto estaban las autopistas, y cuál sería mi sorpresa cuando descubrí que ya no están tan caras comparadas con otros juguetes. Vi una de un tamaño bastante respetable y solo costaba $2,500 pesos. Luego vi un juguete que ese sí se lo pienso pedir a Santa Claus. Era un tráiler del cual salía un helicóptero pequeñititito, una monada como de 8cm., y lo mejor es que es de radio control y vuela de verdad. A lado de esta chulada, tengo que decirlo, mi amado VertiBird se hubiera visto ridículo y primitivo.


El Guarda Costa de Playmobil viene con bote de
narcos y maletin de dinero "sucio".

Y hablando de la era primitiva llegué hasta donde estaban los dinosaurios que tanto me chiflan. Aclaro que eran de la colección Jurassic World, no del viejo PRI. Frente a los dinosaurios estaban los súper héroes del hoy, que también son los de ayer (no cambian): Superman, Acuaman, Batman, Ironman, Capitan America, Wonder Woman, Spider-Man, etc. Estos sujetos llamados ahora Avengers la verdad es que a mí me dan flojera así que pasé de largo. Entre estas figuras articuladas yo esperaba con mucha fe encontrar de milagro el regreso de los Aventureros de Acción Ledy, osease los GI Joe tenochcas, pero niguas, nunca más volvieron a salir en México.


Los dinosaurios de Jurassic Park, bien piochas.


Seguí caminando y llegué hasta donde estaban los chocantitos Transformers. No sé por qué nunca me gustaron estos monitos, ni las caricaturas, ni la película, ni los muñecos. Creo que lo único que trago de los Transformers es a la mega bizcocho Megan Fox, y eso por dos obvias razones.


Lástima, los Transformes no incluyen a Megan Fox.


Una de las zonas más visitadas de la juguetería era en donde estaban todas las consolas de videojuegos. Ahí francamente ni me acerqué porque los videojuegos de hoy en día ya me superaron. Yo me quedé en el Nesa Pong, en el Atari y a lo más que llegué fue a mi Super Nintendo en el cual por cierto todavía suelo partirle su mandarina en gajos al tal Bowser, Rey de los Koopas.


Nesa Pong, el primer videojuego que yo use.

Tenis, Squash y Futbolito, ¡tres juegos en uno!


Antes de pasar a retirarme de la juguetería me encantó encontrarme con juguetes que yo tuve y que estoicos aun sobreviven al paso de los años, de los muchos muchos años. Ahí en un rinconcito de la juguetería estaban los auténticos yo-yos y trompos marca Duncan. Yo confieso que nunca fui bueno en el yo-yo pero lo que es en el trompo, ahí si era todo un vaguito. El otro juguete de mis tiempos que vi y que casi me hiso derramar una lágrima fue el Maletín Médico Mi Alegría. Sí, parece que me persigue y que insiste en hacerme ver que equivoqué mi profesión, que debí de ser “dotorcito” como quería mi Sacrosanta. Yo creo que la culpa de que no me gustara la carrera de los galenos fue del estetoscopio que venía dentro del maletín, y es que estaba tan mal hecho que apenas me llegaba a las dos orejas y me las cortaba con la rebaba que tenía. Lo estuve viendo detenidamente y se ve completamente igual al que tuve, igual de mal hecho, pero eso sí  harto económico.


Yo-yos y Trompos, Duncan los sobrevivientes
de mi lejana infancia.

El Maletín Médico marca Mi Alegria, el de siempre.


Bueno, llegó el momento en que mis pies y mi estómago me ordenaron retirarme de la juguetería para ir en busca de un buen café y algún pastelillo de chocolate. Mientras disfrutaba mi espresso estuve reflexionando en lo afortunado que fui al nacer hace tantos años cuando los juguetes eran bien apreciados por los niños. Hoy siento que eso ya fue. Hoy en día los niños buscan más sus estúpidos-inteligentes teléfonos que los cochecitos o los soldaditos que tantas horas de diversión nos dieron a nosotros. Veo tristemente que muchas jugueterías han desaparecido o se encuentran en vías de extinción. De las pocas que quedan, paso y las veo cuasi desiertas cuando por estas fechas ya estaban repletas de niños planeando qué le iban a pedir a los Reyes Magos o a Santa Claus. Pero yo tengo fe, en los niños ya no, tengo fe en los enfermos de nostalgia que podemos seguir comprando juguetes para regalar o bien para jugar con ellos, pero no para coleccionarlos, porque no hay nada más triste que ver un juguete en su caja. Es como un libro que no se lee y solo se usa para decorar el estante de un librero. Los pocos juguetes que aún conservo de mi infancia tienen las huellas de batalla, huellas que recuerdan lo feliz que fuimos ellos y yo pasando tiempo juntos.


En fin, si pueden dense una escapadita por una juguetería y dense el gusto de comprarse algo, algo para ustedes, les aseguro que el niño que llevan dentro se los va a agradecer. 


Los tiempos pasados no fueron mejores... ¡pero sí más chidos!

27 febrero 2016

Promoviendo la lectura




Decía la querida y siempre bien recordada maestra Emma Godoy que la mejor manera de fomentar la lectura en una casa era dejar olvidado, así como que no quiera la cosa, un libro en el baño. Bueno eso era antes, hoy en día eso ya no funciona, hoy lo que pide la gente que va al baño a “hacer del cuerpo” es una buena conexión de WI-FI.

Aquella interesante sugerencia de la maestra Godoy era una actividad poco higiénica si ustedes quieren pero era una solución harto práctica y efectiva para pasar un rato de solaz. El problema en muchas casas era que el cuarto de baño contaba con una biblioteca poco culta e importante. Uno esperaría encontrar por lo menos un cuento corto de Borges como “Funes el Memorioso”, o bien para aquellos estreñidos y constipados algo más sustancioso como “El Nombre de la Rosa” del recientemente fallecido Umberto Eco o un clásico como el Quijote de Cervantes. Pero no, normalmente la lectura que se encontraba en los baños de las casas era algo más vulgar e intrascendente pero que bien cumplía con la necesidad fisiológica de evacuar. Quizás aquello era porque lo que entraba por la vista casi instantáneamente salía por el colon y esfínteres vecinos.

Las casas peladísimamente pretenciosas solían colocar incluso un elegante revistero junto al retrete con la literatura lista para ser usada. Ni de chiste se podía encontrar ahí por lo menos el Times o el Architectural Digest, no, nada de eso, solo se encontraban revistas de moda o bien de la naciente industria del chisme cachetón. Las casas más populares, las normalitas, colocaban la literatura sobre el bote de la ropa sucia o bien sobre esa infalible estantería que iba por arriba del WC.

Lo más común, lo que no podía faltar en esas bibliotecas privadas eran las historietas, los cuentitos o bien las fotonovelas, todos muy fáciles y rápidos de leer de un solo “tirón”, o en este caso de una sola “pujada”. Yo recuerdo haber visto entre la literatura para criaturas y criaturos cosas como: Archi, El Capulinita, Condorito, Memin Pinguin, La Pequeña Lulú, Periquita y los clásicos super héroes como Superman, Batman o Flash, solo por nombrar algunos. La icónica Familia Burrón no podía faltar en el cuarto de baño de una familia que se preciase de tener un gusto refinado y nice. Por otro lado los adolescentes ya gozábamos por aquellos años con la revista recién llegada del gabacho MAD que era sumamente divertida y útil para literalmente “cagarse de la risa” (perdonando la figura poética) jeje. 














Pero no solo los críos íbamos al baño, las señoras, las damitas de la casa, también necesitaban de su literatura para tirar el miedo. Ellas solían tener en ese espacio sus propios cuentos y fotonovelas. El famoso Lágrimas, Risas y Amor, mejor conocido como el Lágrimas y Risas, era lo que rifaba por aquellos años. El Lágrimas y Risas eran historietas románticas que se publicaban si mal no recuerdo semanalmente, estaban impresas con tinta café y en un papel de no muy buena calidad, eso sí muy útil cuando se agotaba el Liz o el Pétalo. De esta publicación salieron joyas como: “Rarotonga”, “María Isabel”, “Yesenia”, “Gabriel y Gabriela”, “Ladronzuela”, “Rubí”, y el famoso “Pecado de Oyuki”. Casi todas las historietas fueron escritas por la legendaria Yolanda Vargas Dulché o por su esposo. Esas historietas luego fueron llevadas a la televisión por Televisa convirtiéndolas en sus telenovelas de mayor éxito. He de confesar que yo siendo aun un puberto sucumbí al encanto de una de esas publicaciones y durante unos meses fui esclavo de ella, tanto que corría al puesto de periódicos para comprarla en cuanto salía. Eran tan chiquitas que se leían en un segundo y luego había que esperar varios días a que publicaran el siguiente número.

Las revistas femeninas también eran muy socorridas por las reinas de la casa. No podían faltar las revistas Vanidades o Cosmopolitan, revistas pletóricas de artículos dirigidos a la mujer. Una revista en particular que yo recuerdo haber visto siempre en la casa de mi abuela o mejor dicho en el baño de mi abuela era la revista Kena. La dueña y editora de esta publicación era una mujer muy “metida” en la política que incluso llegó a estar al frente de la Delegación Benito Juárez, me refiero por supuesto a Kena Moreno.  Las más o mejor dicho menos afortunadas en cuestiones de IQ lo primero que leían eran los horóscopos, siempre soñando con que su signo zodiacal les diera la buena noticia, la noticia esperada, que iban a viajar, que iban a ser ricas o que iban a encontrar al amor de su vida. Pero no solo las mujeres con un IQ escasito tenían literatura en el baño, otras con una inteligencia promedio gustaban del Selecciones (del Reader’s Digest), pequeña publicación con artículos muy interesantes y con un nivel digamos superior al de las revistas femeninas antes mencionadas.

Las revistas de chismes de la farándula francamente yo no las recuerdo por aquellos años de mi infancia, el peladísimo TVyNovelas o el TV Notas me imagino que aun no existían en aquel tiempo. Sin embargo una de las revistas más vendidas y que se podía encontrar en prácticamente todos los hogares de México era el Tele-Guía. Esta pequeña revista era la compañera inseparable del televisor pero no faltaba quien la cogía de la mesita y se le llevaba al WC para enterarse no solo de la programación de la semana sino también de los chismes de los artistas nacionales y extranjeros que comenzaban a aparecer en esa revista. De esa revista recuerdo la columna de alguien que se hacía llamar “Chucha Lechuga”, creo que el autor de esta simpática columna era el mismo Rafael Amador director de la revista. El Tele-Guía lo leía toda la familia, papá, mamá, hijo puberto y nene, cada uno encontraba ahí lo que le interesaba.













Los caballeros, los Reyes de la Casa, igual tenían sus publicaciones favoritas que iban desde el tradicional periódico hasta publicaciones más chabacanas y, por qué no decirlo, peladas. Cuentos como Kalimán y Chanoc eran la delicia de esos caballeros que no deseaban esforzarse de más mientras sus intestinos hacían lo suyo. Las aventuras de Kalimán con su fiel paje Solín emocionaban a sus lectores y frases como “Serenidad y paciencia mi querido Solín” se volvían parte del vocabulario popular de sus fans. Chanoc y Kalimán llegaron hasta la pantalla grande. Cómo olvidar al ya para entonces tristemente decrepito Tin Tan personificando a Tsekub Baloyán en “Chanoc contra el Tigre y el Vampiro”.

Pero no había mejor epíteto para describir la peladez y el mal gusto de algunos, en cuanto a literatura varonil se refiere, que el legendario Libro Vaquero. Estos cuentos, más sustanciosos que otros, eran la delicia de los caballeros libinopútiridos porque venían acompañados de ilustraciones harto eróticas y sugerentes. Mujeres generosas en sus formas eran el imán infalible para atraer a los inquietos caballeros que disfrutaban de esa lectura, más aun en la intimidad del cuarto de baño. La calidad del producto dejaba mucho que desear pero eso no importaba porque cumplía con su objetivo, el de despertar la libido de sus jadeosos lectores.






Claro que también se podían encontrar publicaciones más subidas de tono, tanto que podían haber sido tachadas de pornográficas. Estas revistas como: él, Caballero o Signore, no se encontraban a la vista de todos, había que encontrarlas ocultas en el bote de la ropa sucia, en el estante más alto escondidas entre las toallas o bien en cualquier otro lugar discreto lejos de la mirada de curiosos. Los hombres solteros o con un pensamiento más moderno o progresista no tenían ningún problema en dejarlas a la vista de cualquiera, después de todo ellos no las compraban por las muchachas en pelotas sino por sus interesantes artículos (si, aja). Revistas como el Playboy o el Penthouse llegaban a México solo por encargo, había que aflojarle una lana a algún valedor que fuera a viajar al gabacho para que se trajera alguna de estas revistas mismas que siempre terminaban rolando entre cuates.






Hoy como les decía los tiempos son otros, ya nadie lleva un libro o una revista al baño, lo de hoy es entrar al baño con el celular o la tableta. Muchas de las publicaciones que vimos durante muchos años a lado del retrete hoy ya no se encuentran o están a punto de desaparecer. Los libros digitales poco a poco ganan terreno, cosa que a mí no me molesta, mientras atrás de ellos siga el genio y la creatividad de un buen escritor el medio por el que su material llegue al lector es lo de menos. Los nostálgicos que aun conservamos algunas de estas publicaciones, cuentos o revistas deberíamos de escanearlos y digitalizarlos para evitar que nuestros intestinos en algún determinado momento los lleguen a echar de menos. Después de todo la nostalgia no solo vive en nuestros corazones o en nuestras mentes, las tripas también tiene sus recuerdos.


El WC, el espacio de lectura favorito de nuestros ya lejanos tiempos.


Los tiempos pasados no fueron mejores... ¡pero sí más chidos!