17 abril 2017

Recordando el Casino de la Selva de Cuernavaca.




Francamente esto sí me cuesta mucho trabajo recordarlo, y es que era yo sumamente pequeño cuando lo viví.

A mi padre le chiflaba salir de la ciudad a la menor provocación, por lo menos cada 15 días íbamos algún lugar normalmente no muy lejos del DF (y digo DF y no CDMX nomás por chingar a Mancera). Dos eran los destinos favoritos de mi padre que en ese tiempo no tenía mucho varo: uno era el parque vacacional Oaxtepec y el otro la ciudad de la eterna primavera Cuernavaca.

De Oaxtepec y sus encantadores bungalows ya les contaré en otra ocasión porque hoy me voy a enfocar a una de mis ciudades favoritas, Cuauhnahuac, oséase Cuernavaca.

No ser requería de mucho dinero para hacer estos pequeños viajes a Cuernavaca, bastaba con llenar el tanque del Ford Falcon de mi padre, echar unas cuantas cosas a la cajuela (sin olvidar las llantitas para la alberca) y agarrar carretera con rumbo a la ciudad que promete sol y calorcito todo el tiempo.

La primera escala era un monumento que estaba antes de llegar a Tres Marías. Dicho monumento era al Siervo de la Nación, José María Morelos. Hasta hace poco tiempo creo que todavía existía ese monumento, hoy ya no estoy seguro. En ese lugar no había nada que hacer pero mi padre no perdía oportunidad para tomarnos unas cuantas fotos en unas columnas que había allí. La cosa era muy aburrida.


Monumento a Morelos en la carretera México-Cuernavaca. 

Este soy yo en una de las escalas obligadas en el Monumento a Morelos.

La siguiente escala era obligada, “Queka City”, oséase Tres Marías. El tamal mañanero con un champurrado era un alimento altamente rico en sabrosura que nunca se perdían mis progenitores. Yo en ese tiempo era harto remilgoso y solo me enfocaba en la vendimia, claro vendimia de juguetes. Siempre hacía mi bonito berrinche con mucha chilladera, de esa que incluye moco de burbuja, con la esperanza de tocar el corazón de mis padres para ver si  así me compraban un títere de payaso o un violincito de madera roja. Mis padres que tenían el corazón de hierro como Margaret Thatcher jamás mordían el anzuelo de mi bonito chantaje sentimental y yo me la pasaba a pelar. Sin embargo la muina se me pasaba pronto, sobre todo cuando me decían que en mi futuro inmediato habría una alberca.

Tres eran los lugares favoritos de mis padres en el Cuernavaca de aquellos setenteros años: el zócalito a donde mi padre iba a tomarse un jugo de alfalfa que vendían en el kiosco del Jardín Juárez; otro de los lugares favoritos de mis padres, y mío también, era un parque al que le llamaban Chapultepec de Cuernavaca, parque que aun existe y al cual sigo yendo; el tercer lugar favorito de mis padres y del cual pretendo hablar en este mamotreto era el ahora desaparecido Hotel Casino de la Selva.

La primera vez que visité el Casino de la Selva habré tenido la friolera de 90 días de nacido, todo un hombrecito ya. Existen pruebas fehacientes (fotos y película “super 8”) que dan fe de lo que les digo. Obvio que de aquellas primeras visitas no recuerdo nada, aunque mi Sacrosanta sí. Ella, mi madre, me platica lo bonito que era ese lugar. Sus grandes jardines, su arquitectónicamente espectacular restaurante, su piscina, su fuete en el jardín francés y sus hermosos murales, hacían de aquel lugar un espacio bastante disfrutable.

El Casino de la Selva tenía murales de artistas muy importantes, tales como: Josep Renau, el maestro José Reyes Meza, Jorge González Camarena, Francisco Icaza, Jorge Flores y uno de los tres más importantes muralistas que ha tenido México, el gran Alfaro Siqueiros. La triste historia que quizás ya conocen todos es que un buen día la empresa Costco compró los terrenos para construir una de sus tiendas. Los murales fueron seriamente dañados y según yo fueron removidos para ubicarlos en un lugar cercano a donde estaban. Mi próxima misión será encontrarlos para ver en qué condiciones están, o si de plano ya no están. Ya les contaré el resultado de mi encomienda.





Regresando a mi ejercicio de memoria les diré que yo personalmente poco recuerdo del Casino de la Selva. Sin embargo recuerdo bien que lo que más me llamaba la atención de ese lugar era el boliche del hotel. Siempre mi padre me llevaba a asomarme para que viera como los jugadores de bolos realizaban sus bonitas chuzas y spares. Por la fecha de la que hablamos es muy probable que en alguna bolera se encontraran jugando el mismísimo Pedro Picapiedra y Pablo Mármol.

Otra de las cosas que medio recuerdo del Casino de la Selva era su arenero. Un espacio próximo a la alberca en donde los frustrados como yo que no habían podido seguir el recorrido natural de la autopista hasta Acapulco se daban vuelo jugando con sus cubetitas y palas de plástico en la arena. Mi hermano, un año menor que yo, se encargaba de preparar pasteles de arena mientras yo con mis vastos conocimientos de arquitectura e ingeniería realizaba impresionantes castillos que hacían ver a los de la provincia de Loira (Francia) como viles casuchas tecermundistas.

El Casino de la Selva contaba con un monorriel del cual francamente no me acuerdo. El restaurante parecía un gran disco LP expuesto al sol, completamente doblado. En Xochimilco, por el embarcadero de Nativitas, existe un restaurante llamado “Los Manantiales” que se asemeja algo al del Casino de la Selva.

Cuando cumplí nueve años me quedé sin papá y por ende sin Casino de la Selva. Mi madre, mi hermano y yo dejamos de visitar Cuernavaca por un largo tiempo. Los balnearios de Morelos comenzaron a llamarnos más la atención, y claro Oaxtepec seguía siendo el principal punto de chacota y vacile familiar.

A continuación les comparto algunas de las fotos que encontré del Casino de la Selva en diferentes etapas de su vida como hotel, con esto se podrán dar una idea de cómo era ese maravilloso lugar.


Antigua entrada al Casino de la Selva.




Alberca Olímpica del Casino de la Selva.

Alberca con la particular regadera del Casino de la Selva.

Alberca Olímpica con el arenero al fondo.

Habitaciones del Casino de la Selva.




Panorámica con el Salón de los Relojes al fondo.






Bungalows del Casino de la Selva.


Obelisco situado en la entrada principal del hotel.


La antigua disco Mambo situada en la entrada principal del
Casino de la Selva.

Fue hasta que cumplí 16 años y comencé a manejar que mi instinto me volvió a llevar a Cuernavaca. Para entonces yo ya no recordaba ni cómo llegar al Casino de la Selva, de hecho a esa edad no me interesaba en lo más mínimo el Casino de la Selva. Yo viajaba del DF a Cuernavaca solo para ir a los Go Cars que estaban en la Av. Domingo Diez cerca de la zona militar. El lugar era el indicado para el puberto imberbe que era en ese tiempo. Ahí en un solo lugar estaba la pista de Go Cars, un pequeño golfito y unas canchas de tenis.

Más adelante, pero mucho más adelante, la curiosidad despertada por la nostalgia comenzó a meterme la idea en la cabeza de regresar al Casino de la Selva. Como yo no tenía idea de cómo llegar a ese lugar, y un poco también por huevón y desidioso, el plan de ir al encuentro del Casino se fue postergando una y otra vez. Fue hasta que escuché en las noticias que un grupo de personas intentaban detener el proyecto de Costco para salvar lo que por mucho tiempo fue uno de los lugares emblemáticos de Cuernavaca que intenté de nuevo regresar al Casino de la Selva, pero lástima, ya era muy tarde.

Hoy gracias a internet y Google Maps sé el lugar preciso en el que se encontraba el Casino de la Selva y sé también que de aquello ya no queda nada, si acaso los recuerdos de la gente que tuvo la suerte de conocerlo. Algunos privilegiados y rucos como yo lo conocimos como el gran Hotel que fue, otros más jóvenes quizás solo lo conocieron por la discoteca Mambo que se encontraba a un lado de la entrada principal.


El lugar construido en la década de los treintas originalmente fue un casino pero cuando estos se prohibieron, allá en la época de Lázaro Cárdenas, dejó de serlo aunque conservó su nombre. En 1956 cuando pasó a manos del empresario español Manuel Suárez se realizó su primer gran remodelación que consistió en la construcción de: más habitaciones, el famoso boliche, un salón de fiestas y la discoteca. Su fin llegó cuando en julio de 2001 comenzó la demolición de lo que otrora fuera un gran lugar de recreo.

Las siguientes fotos aéreas muestran los cambio que sufrió con el tiempo el Casino de la Selva hasta que finalmente desapareció. 


Foto aerea del Casino de la Selva del año 1934 cuando no había
prácticamente nada a su alrededor. 

Así lucía el Casino de la Selva a principios de los años noventa.

Mapa del Casino de la Selva.

Así luce hoy en día el lugar que ocupara el Casino de la Selva. En la imagen
se ven las tiendas Costco y Comercial Mexicana que borraron
 completamente del mapa al gran hotel.


El siguiente video que les comparto está hecho con un fragmento de una película super 8 en la que aparecemos mi madre y yo caminando por los jardines del Casino de la Selva. Ánimas que les guste.






Queridos amigos, antes de concluir mi mamotreto y si ustedes me lo permiten me gustaría dedicarles unas muy sentidas palabras a los dueños y directivos de Costco:

Gente de Costco, por destruir parte de mis recuerdos y, peor aún, parte importante del patrimonio histórico y cultural de nuestro país, HÁGANME USTEDES EL FAVOR DE IR A CHIGAR A SU REPUTA MADRE, ¡CABRONES DE MIERDA! Gracias.


Los tiempos pasados no fueron mejores… ¡pero sí mas chidos!


08 febrero 2017

El bonito recuerdo, la bonita fotografía




De entre las cosas que ya son historia por culpa de la trinche tecnología se encuentran estos pequeños visores que contenían una foto (diapositiva) en su interior. En los restaurantes, en los salones de fiestas, en los centros nocturnos, en los circos, en los festivales escolares, en las ferias, en las plazas públicas… en fin, en muchos lugares existían fotógrafos que vendían este tipo de visores.

Los fotógrafos que trabajaban este tipo de “recuerditos” tenían que revelar su película al instante para poder ensartar al cliente antes de que este hiciera mutis del lugar en donde le habían tomado la foto. Seguramente los fotógrafos tenían su pequeño laboratorio de revelado por ahí en algún rinconcito. Los visores no eran costosos así que normalmente la gente compraba la foto del recuerdo sin pensarlo dos veces.  

 El otro día cuando intentaba poner un poco de orden en las chingomil fotografías que tengo me encontré con estos cuatro visores. Antes de revisar cualquier otra fotografía lo primero que hice fue fisgonear lo que había adentro de los visores. Una de las fotos era mía, obvio, con Santa Claus. Por lo que alcanzo a ver quizás la foto fue tomada afuera de una tienda Aurrera que se encontraba sobre la calzada de Tlalpan a la altura del metro Nativitas (hoy es un Walmart). Otro de los visores tenía una foto de mi Sacrosanta departiendo con otras personas mientras veía una bonita “variedad”, nada más y nada menos que en el famoso centro de espectáculos El Patio. Otra más era de un primo de Guadalajara montado en un imponente corcel blanco de madera frente a un gran letrero que decía: “Recuerdo de mi visita a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe”. Por último encontré una, la más reciente, en la que yo me encuentro en los tendidos de la Plaza México viendo una corrida de toros. Esta foto debe tener apenas unos 25 años. Me dio gusto haberla comprado porque seguramente fue cuando ya estaban por desaparecer este tipo de recuerdos. Curiosamente esta foto es la que está en peores condiciones, casi se ha borrado por completo seguramente por un mal proceso de revelado.

Hoy todo es diferente. Gracias a la cámara que tienen los teléfonos inteligentes todo mundo se la pasa tomando fotos a la menor provocación. Retratan todo, lo que sea. Los teléfonos están infestados de miles y miles de fotos que su dueño seguramente jamás volverá a ver, mucho menos a imprimir. Selfies, fotos de vasos de café, comida, gatitos y perritos en todas las situaciones posibles, eventos deportivos o espectáculos, en fin, muchas fotos que seguramente se perderán cuando alguien extravié su celular, lo dañe, o algún caco malandrín, de esos que casi no hay en nuestra ciudad, se los pase a robar. Pero así son los tiempos y no hay nada que hacer. Yo, vía de mientras, seguiré guardando estos tesoros que me recuerdan la belleza y sencillez de las cosas de antes. 


Los tiempos pasados no fueron mejores... ¡pero sí más chidos!




06 diciembre 2016

¿Mamá, me dejas ir a los juguetes?




¿Mamá, me dejas ir a los juguetes? Esta era la pregunta que siempre le hacía a mi madre en cuanto poníamos el pie en una aburrida tienda. En lo que ella iba a pagar la tarjeta de crédito o bien a ver ropa y zapatos, cosas hipersuperarchirequeterecontraaburridas para un crío, yo salía por piernas en busca de la juguetería para curiosear y descomponer algún juguete.

Las tiendas departamentales que más visitaba en la infancia eran Sears de Plaza Universidad o bien Sears de Insurgentes. Estas eran las tiendas en donde le “fiaban” a mis padres así que eran las que más frecuentábamos. Recuerdo en especial la juguetería del Sears de Plaza Universidad que se encontraba en el sótano y que contaba con tremenda pista de carreras Scalextric. También entrábamos a las tiendas Woolworth que en ese tiempo había varias. Tenían sus jugueterías muy dignas y te daba la impresión de que estabas en una juguetería gabacha, claro no precisamente en el Toys “R” Us. De los Woolworth de entonces recuerdo el de Insurgentes que creo aun existe, el del Centro en la calle 16 de Septiembre que ya no existe y el de Xola y Cuauhtemoc que todavía la rifa. También estaban las jugueterías de las tiendas de autoservicio que cuando se acercaba navidad crecían y se agrandaban. Las jugueterías de Aurrerá Nativitas (hoy Walmart) y de Gigante La Viga (hoy Soriana) eran las que más visitaba porque ahí era donde hacía el super mi Sacrosanta. Cuando mis papás se ponían guapos me llevaban a ver juguetes, que no a comprar juguetes, a la famosa juguetería Ara que estaba en Insurgentes Sur muy cerca de Mundo Feliz, un lugar bien piocha que recordaremos en otra ocasión.

De los juguetes que rifaban por aquellos años ya hemos recordado algunos en este espacio. A mí lo que más me llamaba la atención eran los trenes a escala, desgraciadamente eran híper caros así que los tuve hasta ya más labregoncito. Las pistas de carreras Scalextric también eran muy padres pero tampoco pude tener una hasta ya más grande cuando mejoró la situación económica. Sin embargo no me puedo quejar porque siempre sus majestades los Reyes Magos se pusieron guapos comprándome lo que mis pobretones padres no podían: que mi Avalancha, que mi bicicleta Vagabundo, que mi Espirógrafo, que mi Chutagol, que mi Espiroboll, que mi Castillo Exin, que mis Aventureros de Acción (con su agarre Kung-Fu), que mi Kid Acero y mis Madelman. Claro que entre todos mis juguetes habían dos que eran mis favoritos: el famoso helicóptero VertiBird y el coche Mighty Mike del cuál muy pocos se han de acordar.



La clásica Avalancha.

Bicicleta Vagabundo... la mía era azul.

Chutagol.

Espirobol de Plastimarx, uno de mis favoritos.

El Espirógrafo, sencillo y muy divertido aunque había que cuidar
los alfileres con los que se pegaban las hojas al cartoncito.

El Doctor Drago de Kid Acero, uno de los villanos con su
malo de platino y su tatuaje en el pecho.

Karzak de Kid Acero venía con su aguila misma a la que tiro por viaje
se le caían las alas. Colocarla en el brazo del muñeco era un logro.

Uno de mis dos juguetes favoritos, el VertiBird.

Mi otro juguete favorito, el Mighty Mike. Un simple cochecito
de pilas pero con mucho poder.

El Mighty Mike podía librar muchos obstáculos y subir puentes, incluso
podía hacer actos de balanceo en dos ruedas.


Así como se usan los frijoles pa´ llenar cuando no hay para más carne, así también habían juguetes que servían para completar los regalos de los Reyes, es decir para que no se viera tan triste el árbol o los zapatos. Los juguetes complemento o de guarnición oficiales eran: que la pelota o el balón de americano, que los changuitos que venían en un barrilito, que las canicas, que le yo-yo o el trompo marca Duncan, que el Maletín Médico Mi Alegría (yo creo que mis padres querían que fuera doctor porque cada año me llegaba uno), que los cochecitos de plástico para jugar carreterita (se rellenaban con plastilina para que pesaran más), que el disco volador Frisbee (por si te sentías perro), que la cuerda pa’ brincar (esa yo nunca la use porque era muy jotita y yo muy huevón), que el juego de boliche de plástico, que los soldaditos o luchadores de plástico con harta rebaba muy buenos para jugar a tirarlos con canicas, que la pistola de chinampinas, que el Cohete Espacial al que se le ponía un fulminante en la punta para que tronara al caer, que las pelotas de esponja para jugar en la calle “Hoyos” o “Quemados”, que el estuche de plastilina de colores (en barritas), que las raquetas de plástico con su gallito para jugar bádminton… en fin, muchos muchos juguetillos baratos que cumplían muy bien su función de completar el combo navideño.


Boliche de plástico, económico y vistoso. 

Soldaditos de juguete.

Pistolas de chinampinas, todos tuvimos una para ajusticiar cual sicarios
a nuestros amiguitos.

Cohete Espacial con fulminante.

Los fulminantes venían en rollos como de papel y uno los cortaba según
fuera necesario. 

Raquetas de plástico de badminton con sus respectivos "gallitos".


Con el tiempo mi afición por los juguetes de niños fue sustituida por mi afición a los juguetes de adultos. La pregunta “¿mamá, me dejas ir a los juguetes?” con el tiempo desapareció y nunca más se volvió a escuchar. Así de pronto mi madre dejó de irme a buscar a la juguetería y comenzó a recogerme en el departamento de electrónica, de fotografía o de vinos y licores. Fue hasta que nació mi hija cuando volví a pisar las jugueterías aunque ya no con el mismo entusiasmo con el que lo hacía de niño. Y es que eso de ir a comprar muñecas mionas, juegos de té, hornitos mágicos o chingomil quinientas Barbies, ya no era tan padre como cuando era niño.

Hace unos días llevé a mi vetusta madre a Liverpool para que comenzara, con tiempo y sin compras de pánico, a buscar sus regalos navideños. En el momento en el que ella mencionó la palabra “zapatería”, así, espontáneamente y sin pensarlo, de mi boca salieron las siguientes palabras: “¿Mamá, me dejas ir a la juguetería?”. No sé si fue un deja vu o simplemente fueron las ganas de volver a ser niño por un rato, el chiste es que lo dije (es neta).

Déjenme les cuento que cuando yo era un baby mi madre temía que me robaran en la juguetería porque yo era bien bonito, casi casi que me rentaban para niño Dios en las pastorelas, claro ya luego con el tiempo y el mal uso me eché a perder. Hoy la cosa cambió, hoy yo soy el que teme por mi ciruelita. Y es que como mi antique ya está muy entrada en años me preocupa que se me vaya a perder y vaya a terminar saliendo en Canal 5 en un Servicio Más a la Comunidad. Por eso como dos adultos que somos tuvimos que llegar a un acuerdo, yo me chutaría la monserga de verla hacer sus compras siempre y cuando al final como premio ella me acompañara a ver los juguetes.

Suéteres, pulceritas, zapatos, bolsas, mascadas, pijamas, cremas y hasta lencería, tuve que dar mi jotita opinión a todo eso. Afortunadamente mi Sacrosanta ya no tiene las fuerzas de antes y se cansa rápido sino yo hubiera muerto de aburrimiento viendo pashminas, saltitos de cama y albornoces. Pero un trato es un trato. Al terminar de ver sus “cuelgas”, como ella les dice, siendo fiel a su palabra me acompañó hasta el sótano en donde se encuentra el departamento de juguetería.

Quieras o no al ver tanto juguete junto inmediatamente te sale el escuincle nalgas miadas que todos llevamos dentro. Lo primero que llamó mi atención fue un muñeco Woody de Toy Story, idéntico al de la película, con el cordón en la espalda que al jalarlo hace hablar a Woody. Estuve a punto de comprármelo de no ser por una cosa, ¡el precio! Casi me voy de chichis cuando vi lo que costaba, y es que ya se me había olvidado lo caros que son los juguetes. No son más que pedazos de plástico y te los quieren vender como noches de placer con Melania Trump, que por cierto también está hecha de plástico.

Dejé atrás con todo el dolor de mi corazón a Woody y a su inseparable compañero Buzz Lightyear. Llegué hasta un estante en donde había cosas para nerds, cosas que por cierto yo ya tengo (les digo que son de nerd). Eran una figura a escala con sonidos reales de R2-D2 de Star Wars y algunos Cubos de Rubik’s. Frente a ellos había una pared llena de coches a escala, de esos me hubiera llevado uno de cada uno pero qué creen, también estaban harto caros. Luego llegué hasta la zona de armas. Todos los modelos y todos los tamaños de armas: que la pistolita, que el rifle, que el fusil, que la escopeta, que el cuerno de chivo, que el lanza misiles, que la bazuca, en fin, todo lo necesario para comenzar a volverte un futuro miembro de ISIS. Claro que lo que estos juguetillos disparan no es plomo, es agua, dardos de esponja, bolitas, etc., nada que haga daño al enemigo.


La sección para Nerds.

Todo tipo de armas para el sicario del futuro.

Para jugar al bonito terrorismo islámico.


En el área de Playmobil me encontré un simpático bote Guarda Costa que viene tan completo que trae una lancha de narcotraficantes para perseguir, incluso viene con un maletín lleno de dinero, muy real la cosa y ad hoc a los tiempos. Allí junto estaban las autopistas, y cuál sería mi sorpresa cuando descubrí que ya no están tan caras comparadas con otros juguetes. Vi una de un tamaño bastante respetable y solo costaba $2,500 pesos. Luego vi un juguete que ese sí se lo pienso pedir a Santa Claus. Era un tráiler del cual salía un helicóptero pequeñititito, una monada como de 8cm., y lo mejor es que es de radio control y vuela de verdad. A lado de esta chulada, tengo que decirlo, mi amado VertiBird se hubiera visto ridículo y primitivo.


El Guarda Costa de Playmobil viene con bote de
narcos y maletin de dinero "sucio".

Y hablando de la era primitiva llegué hasta donde estaban los dinosaurios que tanto me chiflan. Aclaro que eran de la colección Jurassic World, no del viejo PRI. Frente a los dinosaurios estaban los súper héroes del hoy, que también son los de ayer (no cambian): Superman, Acuaman, Batman, Ironman, Capitan America, Wonder Woman, Spider-Man, etc. Estos sujetos llamados ahora Avengers la verdad es que a mí me dan flojera así que pasé de largo. Entre estas figuras articuladas yo esperaba con mucha fe encontrar de milagro el regreso de los Aventureros de Acción Ledy, osease los GI Joe tenochcas, pero niguas, nunca más volvieron a salir en México.


Los dinosaurios de Jurassic Park, bien piochas.


Seguí caminando y llegué hasta donde estaban los chocantitos Transformers. No sé por qué nunca me gustaron estos monitos, ni las caricaturas, ni la película, ni los muñecos. Creo que lo único que trago de los Transformers es a la mega bizcocho Megan Fox, y eso por dos obvias razones.


Lástima, los Transformes no incluyen a Megan Fox.


Una de las zonas más visitadas de la juguetería era en donde estaban todas las consolas de videojuegos. Ahí francamente ni me acerqué porque los videojuegos de hoy en día ya me superaron. Yo me quedé en el Nesa Pong, en el Atari y a lo más que llegué fue a mi Super Nintendo en el cual por cierto todavía suelo partirle su mandarina en gajos al tal Bowser, Rey de los Koopas.


Nesa Pong, el primer videojuego que yo use.

Tenis, Squash y Futbolito, ¡tres juegos en uno!


Antes de pasar a retirarme de la juguetería me encantó encontrarme con juguetes que yo tuve y que estoicos aun sobreviven al paso de los años, de los muchos muchos años. Ahí en un rinconcito de la juguetería estaban los auténticos yo-yos y trompos marca Duncan. Yo confieso que nunca fui bueno en el yo-yo pero lo que es en el trompo, ahí si era todo un vaguito. El otro juguete de mis tiempos que vi y que casi me hiso derramar una lágrima fue el Maletín Médico Mi Alegría. Sí, parece que me persigue y que insiste en hacerme ver que equivoqué mi profesión, que debí de ser “dotorcito” como quería mi Sacrosanta. Yo creo que la culpa de que no me gustara la carrera de los galenos fue del estetoscopio que venía dentro del maletín, y es que estaba tan mal hecho que apenas me llegaba a las dos orejas y me las cortaba con la rebaba que tenía. Lo estuve viendo detenidamente y se ve completamente igual al que tuve, igual de mal hecho, pero eso sí  harto económico.


Yo-yos y Trompos, Duncan los sobrevivientes
de mi lejana infancia.

El Maletín Médico marca Mi Alegria, el de siempre.


Bueno, llegó el momento en que mis pies y mi estómago me ordenaron retirarme de la juguetería para ir en busca de un buen café y algún pastelillo de chocolate. Mientras disfrutaba mi espresso estuve reflexionando en lo afortunado que fui al nacer hace tantos años cuando los juguetes eran bien apreciados por los niños. Hoy siento que eso ya fue. Hoy en día los niños buscan más sus estúpidos-inteligentes teléfonos que los cochecitos o los soldaditos que tantas horas de diversión nos dieron a nosotros. Veo tristemente que muchas jugueterías han desaparecido o se encuentran en vías de extinción. De las pocas que quedan, paso y las veo cuasi desiertas cuando por estas fechas ya estaban repletas de niños planeando qué le iban a pedir a los Reyes Magos o a Santa Claus. Pero yo tengo fe, en los niños ya no, tengo fe en los enfermos de nostalgia que podemos seguir comprando juguetes para regalar o bien para jugar con ellos, pero no para coleccionarlos, porque no hay nada más triste que ver un juguete en su caja. Es como un libro que no se lee y solo se usa para decorar el estante de un librero. Los pocos juguetes que aún conservo de mi infancia tienen las huellas de batalla, huellas que recuerdan lo feliz que fuimos ellos y yo pasando tiempo juntos.


En fin, si pueden dense una escapadita por una juguetería y dense el gusto de comprarse algo, algo para ustedes, les aseguro que el niño que llevan dentro se los va a agradecer. 


Los tiempos pasados no fueron mejores... ¡pero sí más chidos!